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Creo en el Espíritu Santo
683. Nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!» sino por influjo del Espíritu
Santo' [1Co 12,3 .]. 'Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su
Hijo que clama ¡Abbá, Padre!' [Ga 4,6 .]. Este conocimiento de fe no es
posible sino en el Espíritu Santo. Para entrar en contacto con Cristo, es
necesario primeramente haber sido atraído por el Espíritu Santo. El es quien
nos precede y despierta en nosotros la fe. Mediante el Bautismo, primer
sacramento de la fe, la Vida, que tiene su fuente en el Padre y se nos
ofrece por el Hijo, se nos comunica íntima y personalmente por el Espíritu
Santo en la Iglesia:
El Bautismo nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por medio de
su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los que son portadores del Espíritu de
Dios son conducidos al Verbo, es decir, al Hijo; pero el Hijo los presenta
al Padre, y el Padre les concede la incorruptibilidad. Por tanto, sin el
Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios, y, sin el Hijo, nadie puede
acercarse al Padre, porque el conocimiento del Padre es el Hijo, y el
conocimiento del Hijo de Dios se logra por el Espíritu Santo. [San Ireneo de
Lyon]
684. El Espíritu Santo con su gracia es el 'primero' que nos despierta en la
fe y nos inicia en la vida nueva que es: 'que te conozcan a ti, el único
Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo'. No obstante, es el 'último' en
la revelación de las personas de la Santísima Trinidad. San Gregorio
Nacianceno, 'el Teólogo', explica esta progresión por medio de la pedagogía
de la 'condescendencia' divina:
El Antiguo Testamento proclamaba muy claramente al Padre, y más oscuramente
al Hijo. El Nuevo Testamento revela al Hijo y hace entrever la divinidad del
Espíritu. Ahora el Espíritu tiene derecho de ciudadanía entre nosotros y nos
da una visión más clara de sí mismo. En efecto, no era prudente, cuando
todavía no se confesaba la divinidad del Padre, proclamar abiertamente la
del Hijo y, cuando la divinidad del Hijo no era aún admitida, añadir el
Espíritu Santo como un fardo suplementario si empleamos una expresión un
poco atrevida... Así por avances y progresos 'de gloria en gloria', es como
la luz de la Trinidad estalla en resplandores cada vez más espléndidos .
685. Creer en el Espíritu Santo es, por tanto, profesar que el Espíritu
Santo es una de las personas de la Santísima Trinidad, consubstancial al
Padre y al Hijo, 'que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y
gloria' [Símbolo de Nicea-Constantinopla]. Por eso se ha hablado del
misterio divino del Espíritu Santo en la 'teología' trinitaria. Aquí sólo se
tratará del Espíritu Santo en la 'economía' divina.
686. El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo del
Designio de nuestra salvación y hasta su consumación. Sólo en los 'últimos
tiempos', inaugurados con la Encarnación redentora del Hijo, es cuando el
Espíritu se revela y se nos da, y se le reconoce y acoge como Persona.
Entonces, este Designio Divino, que se consuma en Cristo, 'primogénito' y
Cabeza de la nueva creación, se realiza en la humanidad por el Espíritu que
nos es dado: la Iglesia, la comunión de los santos, el perdón de los
pecados, la resurrección de la carne, la vida eterna.
Creo en el Espítitu Santo
687. 'Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios' [1Co 2,11
.]. Pues bien, su Espíritu que lo revela nos hace conocer a Cristo, su
Verbo, su Palabra viva, pero no se revela a sí mismo. El que 'habló por los
profetas' nos hace oír la Palabra del Padre. Pero a él no le oímos. No le
conocemos sino en la obra mediante la cual nos revela al Verbo y nos dispone
a recibir al Verbo en la fe. El Espíritu de verdad que nos 'desvela' a
Cristo 'no habla de sí mismo'. Un ocultamiento tan discreto, propiamente
divino, explica por qué 'el mundo no puede recibirle, porque no le ve ni le
conoce', mientras que los que creen en Cristo le conocen porque él mora en
ellos.
688. La Iglesia, comunión viviente en la fe de los apóstoles que ella
transmite, es el lugar de nuestro conocimiento del Espíritu Santo:
- en las Escrituras que El ha inspirado;
- en la Tradición, de la cual los Padres de la Iglesia son testigos siempre
actuales;
- en el Magisterio de la Iglesia, al que El asiste;
- en la liturgia sacramental, a través de sus palabras y sus símbolos, en
donde el Espíritu Santo nos pone en comunión con Cristo;
- en la oración en la cual El intercede por nosotros;
- en los carismas y ministerios mediante los que se edifica la Iglesia;
- en los signos de vida apostólica y misionera;
- en el testimonio de los santos, donde El manifiesta su santidad y continúa
la obra de la salvación.
I.- La misión conjunta del Hijo y del Espíritu
689. Aquél que el Padre ha enviado a nuestros corazones, el Espíritu de su
Hijo [cf. Ga 4,6 .] es realmente Dios. Consubstancial con el Padre y el
Hijo, es inseparable de ellos, tanto en la vida íntima de la Trinidad como
en su don de amor para el mundo. Pero al adorar a la Santísima Trinidad
vivificante, consubstancial e indivisible, la fe de la Iglesia profesa
también la distinción de las Personas. Cuando el Padre envía su Verbo, envía
también su Aliento: misión conjunta en la que el Hijo y el Espíritu Santo
son distintos pero inseparables. Sin ninguna duda, Cristo es quien se
manifiesta, Imagen visible de Dios invisible, pero es el Espíritu Santo
quien lo revela.
690. Jesús es Cristo, 'ungido', porque el Espíritu es su Unción y todo lo
que sucede a partir de la Encarnación mana de esta plenitud. Cuando por fin
Cristo es glorificado, puede a su vez, de junto al Padre, enviar el Espíritu
a los que creen en él: El les comunica su Gloria, es decir, el Espíritu
Santo que lo glorifica. La misión conjunta se desplegará desde entonces en
los hijos adoptados por el Padre en el Cuerpo de su Hijo: la misión del
Espíritu de adopción será unirlos a Cristo y hacerles vivir en El:
La noción de la unción sugiere... que no hay ninguna distancia entre el Hijo
y el Espíritu. En efecto, de la misma manera que entre la superficie del
cuerpo y la unción del aceite ni la razón ni los sentidos conocen ningún
intermediario, así es inmediato el contacto del Hijo con el Espíritu... de
tal modo que quien va a tener contacto con el Hijo por la fe tiene que tener
antes contacto necesariamente con el óleo. En efecto, no hay parte alguna
que esté desnuda del Espíritu Santo. Por eso es por lo que la confesión del
Señorío del Hijo se hace en el Espíritu Santo por aquellos que la aceptan,
viniendo el Espíritu desde todas partes delante de los que se acercan por la
fe. [San Gregorio de Nisa]
II.- El nombre, los apelativos y los símbolos del Espíritu Santo
691. "'Espíritu Santo', tal es el nombre propio de Aquel que adoramos y
glorificamos con el Padre y el Hijo. La Iglesia ha recibido este nombre del
Señor y lo profesa en el bautismo de sus nuevos hijos.
El término 'Espíritu' traduce el término hebreo 'Ruah', que en su primera
acepción significa soplo, aire, viento. Jesús utiliza precisamente la imagen
sensible del viento para sugerir a Nicodemo la novedad trascendente del que
es personalmente el Soplo de Dios, el Espíritu divino. Por otra parte,
Espíritu y Santo son atributos divinos comunes a las Tres Personas divinas.
Pero, uniendo ambos términos, la Escritura, la liturgia y el lenguaje
teológico designan la persona inefable del Espíritu Santo, sin equívoco
posible con los demás empleos de los términos 'espíritu' y 'santo'.
692. Jesús, cuando anuncia y promete la Venida del Espíritu Santo, le llama
el 'Paráclito', literalmente 'aquel que es llamado junto a uno', 'advocatus'
[Jn 14,16 .26; 15,26; 16,7.]. 'Paráclito' se traduce habitualmente por
'Consolador', siendo Jesús el primer consolador. El mismo Señor llama al
Espíritu Santo 'Espíritu de Verdad' [Jn 16,13 .].
693. Además de su nombre propio, que es el más empleado en el libro de los
Hechos y en las cartas de los apóstoles, en san Pablo se encuentran los
siguientes apelativos: el Espíritu de la promesa, el Espíritu de adopción,
el Espíritu de Cristo [Rm 8,11 .], el Espíritu del Señor [2Co 3,17 .], el
Espíritu de Dios [Rm 8,9 .14; 15,19; 1Co 6,11 ; 7,40.], y en san Pedro, 'el
Espíritu de gloria' [1Pe 4,14 .].
694. El agua. El simbolismo del agua es significativo de la acción del
Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la invocación del Espíritu
Santo, ésta se convierte en el signo sacramental eficaz del nuevo
nacimiento: del mismo modo que la gestación de nuestro primer nacimiento se
hace en el agua, así el agua bautismal significa realmente que nuestro
nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo. Pero 'bautizados
en un solo Espíritu', también 'hemos bebido de un solo Espíritu' [1Co 12,13
.]: el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva que brota de
Cristo crucificado como de su manantial y que brota en nosotros como vida
eterna.
695. La unción. El simbolismo de la unción con el óleo es también
significativo del Espíritu Santo, hasta el punto de que se ha convertido en
sinónimo suyo. En la iniciación cristiana es el signo sacramental de la
Confirmación, llamada justamente en las Iglesias de Oriente 'Crismación'.
Pero para captar toda la fuerza que tiene, es necesario volver a la Unción
primera realizada por el Espíritu Santo: la de Jesús. Cristo ['Mesías' en
hebreo] significa 'Ungido' del Espíritu de Dios. En la Antigua Alianza hubo
'ungidos' del Señor, de forma eminente el rey David. Pero Jesús es el Ungido
de Dios de una manera única: la humanidad que el Hijo asume está totalmente
'ungida por el Espíritu Santo'. Jesús es constituido 'Cristo' por el
Espíritu Santo. La Virgen María concibe a Cristo del Espíritu Santo quien
por medio del ángel lo anuncia como Cristo en su nacimiento e impulsa a
Simeón a ir al Templo a ver al Cristo del Señor; es de quien Cristo está
lleno y cuyo poder emana de Cristo en sus curaciones y en sus acciones
salvíficas. Es él en fin quien resucita a Jesús de entre los muertos. Por
tanto, constituido plenamente 'Cristo' en su Humanidad victoriosa de la
muerte, Jesús distribuye profusamente el Espíritu Santo hasta que 'los
santos' constituyan, en su unión con la Humanidad del Hijo de Dios, 'ese
Hombre perfecto... que realiza la plenitud de Cristo' [Ef 4,13 .]: 'el
Cristo total' según la expresión de san Agustín.
696. El fuego. Mientras que el agua significaba el nacimiento y la
fecundidad de la Vida dada en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la
energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que
'surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha' [Si 48,1.], con
su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo,
figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan
Bautista, 'que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías' [Lc
1,17 .], anuncia a Cristo como el que 'bautizará en el Espíritu Santo y el
fuego' [Lc 3,16 .], Espíritu del cual Jesús dirá: 'He venido a traer fuego
sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!' [Lc 12,49
.]. En forma de lenguas 'como de fuego' se posó el Espíritu Santo sobre los
discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él [Hch 2,3-4 .]. La
tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los
más expresivos de la acción del Espíritu Santo. 'No extingáis el Espíritu'
[1 Ts 5,19.].
697. La nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables en las
manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las teofanías del Antiguo
Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo
y salvador, tendiendo así un velo sobre la trascendencia de su Gloria: con
Moisés en la montaña del Sinaí, en la Tienda de la Reunión y durante la
marcha por el desierto; con Salomón en la dedicación del Templo. Pues bien,
estas figuras son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. El es quien
desciende sobre la Virgen María y la cubre 'con su sombra' para que ella
conciba y dé a luz a Jesús. En la montaña de la Transfiguración es El quien
'vino en una nube y cubrió con su sombra' a Jesús, a Moisés y a Elías, a
Pedro, Santiago y Juan, y 'se oyó una voz desde la nube que decía: «Este es
mi Hijo, mi Elegido, escuchadle'» [Lc 9,34-35 .]. Es, finalmente, la misma
nube la que 'ocultó a Jesús a los ojos' de los discípulos el día de la
Ascensión, y la que lo revelará como Hijo del hombre en su Gloria el Día de
su Advenimiento.
698. El sello es un símbolo cercano al de la unción. En efecto, es Cristo a
quien 'Dios ha marcado con su sello' [Jn 6,27 .] y el Padre nos marca
también en él con su sello. Como la imagen del sello ['sphragis'] indica el
carácter indeleble de la Unción del Espíritu Santo en los sacramentos del
Bautismo, de la Confirmación y del Orden, esta imagen se ha utilizado en
ciertas tradiciones teológicas para expresar el 'carácter' imborrable
impreso por estos tres sacramentos, los cuales no pueden ser reiterados.
699. La mano. Imponiendo las manos Jesús cura a los enfermos y bendice a los
niños. En su Nombre, los apóstoles harán lo mismo. Más aún, mediante la
imposición de manos de los apóstoles el Espíritu Santo nos es dado. En la
carta a los Hebreos, la imposición de las manos figura en el número de los
'artículos fundamentales' de su enseñanza. Este signo de la efusión
todopoderosa del Espíritu Santo, la Iglesia lo ha conservado en sus
epíclesis sacramentales.
700. El dedo. 'Por el dedo de Dios expulso yo [Jesús] los demonios' [Lc
11,20 .]. Si la Ley de Dios ha sido escrita en tablas de piedra 'por el dedo
de Dios' [Ex 31,18 .], la 'carta de Cristo' entregada a los apóstoles 'está
escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de
piedra, sino en las tablas de carne del corazón' [2Co 3,3 .]. El himno 'Veni
Creator' invoca al Espíritu Santo como 'digitus paternae dexterae' ['dedo de
la diestra del Padre'].
701. La paloma. Al final del diluvio [cuyo simbolismo se refiere al
Bautismo], la paloma soltada por Noé vuelve con una rama tierna de olivo en
el pico, signo de que la tierra es habitable de nuevo. Cuando Cristo sale
del agua de su bautismo, el Espíritu Santo, en forma de paloma, baja y se
posa sobre él. El Espíritu desciende y reposa en el corazón purificado de
los bautizados. En algunos templos, la santa Reserva eucarística se conserva
en un receptáculo metálico en forma de paloma [el columbarium], suspendido
por encima del altar. El símbolo de la paloma para sugerir al Espíritu Santo
es tradicional en la iconografía cristiana.
III.- El Espíritu y la Palabra de Dios en el tiempo de las promesas
702. Desde el comienzo y hasta 'la plenitud de los tiempos' [Ga 4,4 .], la
Misión conjunta del Verbo y del Espíritu del Padre permanece oculta pero
activa. El Espíritu de Dios preparaba entonces el tiempo del Mesías, y
ambos, sin estar todavía plenamente revelados, ya han sido prometidos a fin
de ser esperados y aceptados cuando se manifiesten. Por eso, cuando la
Iglesia lee el Antiguo Testamento, investiga en él lo que el Espíritu, 'que
habló por los profetas', quiere decirnos acerca de Cristo.
Por 'profetas', la fe de la Iglesia entiende aquí a todos los que el
Espíritu Santo ha inspirado en la redacción de los Libros Santos, tanto del
Antiguo como del Nuevo Testamento. La tradición judía distingue la Ley [los
cinco primeros libros o Pentateuco], los Profetas [que nosotros llamamos los
libros históricos y proféticos] y los Escritos [sobre todo sapienciales, en
particular los Salmos].
703. La Palabra de Dios y su Soplo están en el origen del ser y de la vida
de toda criatura:
Es justo que el Espíritu Santo reine, santifique y anime la creación porque
es Dios consubstancial al Padre y al Hijo... A El se le da el poder sobre la
vida, porque siendo Dios guarda la creación en el Padre por el Hijo.
[Liturgia]
704. 'En cuanto al hombre, Dios lo formó con sus propias manos [es decir, el
Hijo y el Espíritu Santo]... Y El trazó sobre la carne modelada su propia
forma, de modo que incluso lo que fuese visible llevase la forma divina'.
705. Desfigurado por el pecado y por la muerte, el hombre continúa siendo 'a
imagen de Dios', a imagen del Hijo, pero 'privado de la Gloria de Dios' [Rm
3,23 .], privado de la 'semejanza'. La Promesa hecha a Abraham inaugura la
Economía de la Salvación, al final de la cual el Hijo mismo asumirá 'la
imagen' y la restaurará en 'la semejanza' con el Padre volviéndole a dar la
Gloria, el Espíritu 'que da la Vida'.
706. Contra toda esperanza humana, Dios promete a Abraham una descendencia,
como fruto de la fe y del poder del Espíritu Santo. En ella serán bendecidas
todas las naciones de la tierra. Esta descendencia será Cristo en quien la
efusión del Espíritu Santo formará 'la unidad de los hijos de Dios
dispersos'. Comprometiéndose con 'juramento' [Lc 1,73 .]. Dios se obliga ya
al don de su Hijo Amado y al don del 'Espíritu Santo de la Promesa, que es
prenda... para redención del Pueblo de su posesión' [Ef 1,13-14 .] .
707. Las Teofanías [manifestaciones de Dios] iluminan el camino de la
Promesa, desde los Patriarcas a Moisés y desde Josué hasta las visiones que
inauguran la misión de los grandes profetas. La tradición cristiana siempre
ha reconocido que, en estas Teofanías, el Verbo de Dios se dejaba ver y oír,
a la vez revelado y 'cubierto' por la nube del Espíritu Santo.
708. Esta pedagogía de Dios aparece especialmente en el don de la Ley. La
letra de la Ley fue dada como un 'pedagogo' para conducir al Pueblo hacia
Cristo [Ga 3,24 .]. Pero su impotencia para salvar al hombre privado de la
'semejanza' divina y el conocimiento creciente que ella da del pecado
suscitan el deseo del Espíritu Santo. Los gemidos de los Salmos lo
atestiguan.
709. La Ley, signo de la Promesa y de la Alianza, habría debido regir el
corazón y las instituciones del Pueblo salido de la fe de Abraham. 'Si de
veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza..., seréis para mí un reino de
sacerdotes y una nación santa' [Ex 19,5-6 .]. Pero, después de David, Israel
sucumbe a la tentación de convertirse en un reino como las demás naciones.
Pues bien, el Reino objeto de la promesa hecha a David será obra del
Espíritu Santo; pertenecerá a los pobres según el Espíritu.
710. El olvido de la Ley y la infidelidad a la Alianza llevan a la muerte:
el Exilio, aparente fracaso de las Promesas, es en realidad fidelidad
misteriosa del Dios Salvador y comienzo de una restauración prometida, pero
según el Espíritu. Era necesario que el Pueblo de Dios sufriese esta
purificación; el Exilio lleva ya la sombra de la Cruz en el Designio de
Dios, y el Resto de pobres que vuelven del Exilio es una de las figuras más
transparentes de la Iglesia.
711. 'He aquí que yo lo renuevo' [Is 43,19 .]: dos líneas proféticas se van
a perfilar, una se refiere a la espera del Mesías, la otra al anuncio de un
Espíritu nuevo, y las dos convergen en el pequeño Resto, el pueblo de los
Pobres, que aguardan en la esperanza la 'consolación de Israel' y 'la
redención de Jerusalén' [Lc 2,25 .38.].
Ya se ha dicho cómo Jesús cumple las profecías que a El se refieren. A
continuación se describen aquéllas en que aparece sobre todo la relación del
Mesías y de su Espíritu.
712. Los rasgos del rostro del Mesías esperado comienzan a aparecer en el
Libro del Emmanuel, en particular en Is 11,1-2:
Saldrá un vástago del tronco de Jesé,
y un retoño de sus raíces brotará.
Reposará sobre él el Espíritu del Señor:
espíritu de sabiduría e inteligencia,
espíritu de consejo y de fortaleza,
espíritu de ciencia y temor del Señor.
713. Los rasgos del Mesías se revelan sobre todo en los Cantos del Siervo.
Estos cantos anuncian el sentido de la Pasión de Jesús, e indican así cómo
enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud: no desde fuera, sino
desposándose con nuestra 'condición de esclavos'. Tomando sobre sí nuestra
muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida.
714. Por eso Cristo inaugura el anuncio de la Buena Nueva haciendo suyo este
pasaje de Isaías [Lc 4, l8-19 .]:
El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva,
a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.
715. Los textos proféticos que se refieren directamente al envío del
Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón de su Pueblo en
el lenguaje de la Promesa, con los acentos del 'amor y de la fidelidad'.
Según estas promesas, en los 'últimos tiempos', el Espíritu del Señor
renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá
y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera
creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz.
716. El Pueblo de los 'pobres', los humildes y los mansos, totalmente
entregados a los designios misteriosos de Dios, los que esperan la justicia,
no de los hombres sino del Mesías, todo esto es, finalmente, la gran obra de
la Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las Promesas
para preparar la venida de Cristo. Esta es la calidad de corazón del Pueblo,
purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos. En
estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor 'un pueblo bien dispuesto' [Lc
1,17 .].
IV.- El Espíritu de Cristo en la plenitud de los tiempos
717. 'Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. [Jn 1,6 .].
Juan fue 'lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre' [Lc 1,15
.41.] por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del
Espíritu Santo. La 'visitación' de María a Isabel se convirtió así en
'visita de Dios a su pueblo'.
718. Juan es 'Elías que debe venir' [Mt 17,10-13 .]: El fuego del Espíritu
lo habita y le hace correr delante [como 'precursor'] del Señor que viene.
En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la obra de 'preparar al
Señor un pueblo bien dispuesto' [Lc 1,17 .].
719. Juan es 'más que un profeta' [Lc 7,26 .]. En él, el Espíritu Santo
termina el 'hablar por los profetas'. Juan termina el ciclo de los profetas
inaugurado por Elías. Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es
la 'voz' del Consolador que llega [Jn 1,23 .] Como lo hará el Espíritu de
Verdad, 'vino como testigo para dar testimonio de la luz' [Jn I,7 .]. Con
respecto a Juan, el Espíritu colma así las 'indagaciones de los profetas' y
el ansia de los ángeles: 'Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se
queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo... Y yo lo he
visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios... He ahí el
Cordero de Dios' [Jn 1,33-36 .].
720. En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura, prefigurándolo,
lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al hombre la 'semejanza'
divina. El bautismo de Juan era para el arrepentimiento, el del agua y del
Espíritu será un nuevo nacimiento.
721. María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra
maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los
tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la
ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu
pueden habitar entre los hombres. Por ello, los más bellos textos sobre la
sabiduría, la tradición de la Iglesia los ha entendido frecuentemente con
relación a María: María es cantada y representada en la Liturgia como el
'Trono de la Sabiduría'.
En ella comienzan a manifestarse las 'maravillas de Dios', que el Espíritu
va a realizar en Cristo y en la Iglesia:
722. El Espíritu Santo preparó a María con su gracia. Convenía que fuese
'llena de gracia' la madre de Aquel en quien 'reside toda la Plenitud de la
Divinidad corporalmente' [Col 2,9 .]. Ella fue concebida sin pecado, por
pura gracia, como la más humilde de todas las criaturas, la más capaz de
acoger el don inefable del Omnipotente. Con justa razón, el ángel Gabriel la
saluda como la 'Hija de Sión': 'Alégrate'. Cuando ella lleva en sí al Hijo
eterno, hace subir hasta el cielo con su cántico al Padre, en el Espíritu
Santo, la acción de gracias de todo el Pueblo de Dios y por tanto de la
Iglesia.
723. En María el Espíritu Santo realiza el designio benevolente del Padre.
La Virgen concibe y da a luz al Hijo de Dios con y por medio del Espíritu
Santo. Su virginidad se convierte en fecundidad única por medio del poder
del Espíritu y de la fe.
724. En María, el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre hecho Hijo de
la Virgen. Ella es la zarza ardiente de la teofanía definitiva: llena del
Espíritu Santo, presenta al Verbo en la humildad de su carne dándolo a
conocer a los pobres y a las primicias de las naciones.
725. En fin, por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner en
Comunión con Cristo a los hombres 'objeto del amor benevolente de Dios' y
los humildes son siempre los primeros en recibirle: los pastores, los magos,
Simeón y Ana, los esposos de Caná y los primeros discípulos.
726. Al término de esta Misión del Espíritu, María se convierte en la
'Mujer', nueva Eva 'madre de los vivientes', Madre del 'Cristo total'. Así
es como ella está presente con los Doce, que 'perseveraban en la oración,
con un mismo espíritu' [Hch 1,14 .], en el amanecer de los 'últimos tiempos'
que el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la
manifestación de la Iglesia.
727. Toda la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la plenitud de los
tiempos se resume en que el Hijo es el Ungido del Padre desde su
Encarnación: Jesús es Cristo, el Mesías.
Todo el segundo capítulo del Símbolo de la fe hay que leerlo a la luz de
esto. Toda la obra de Cristo es misión conjunta del Hijo y del Espíritu
Santo. Aquí se mencionará solamente lo que se refiere a la promesa del
Espíritu Santo hecha por Jesús y su don realizado por el Señor glorificado.
728. Jesús no revela plenamente el Espíritu Santo hasta que él mismo no ha
sido glorificado por su Muerte y su Resurrección. Sin embargo, lo sugiere
poco a poco, incluso en su enseñanza a la muchedumbre, cuando revela que su
Carne será alimento para la vida del mundo. Lo sugiere también a Nicodemo, a
la Samaritana y a los que participan en la fiesta de los Tabernáculos. A sus
discípulos les habla de él abiertamente a propósito de la oración y del
testimonio que tendrán que dar.
729. Solamente cuando ha llegado la hora en que va a ser glorificado, Jesús
promete la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su Resurrección
serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres: El Espíritu de
Verdad, el otro Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la oración de
Jesús; será enviado por el Padre en nombre de Jesús; Jesús lo enviará de
junto al Padre porque él ha salido del Padre. El Espíritu Santo vendrá,
nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para siempre, permanecerá con
nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará todo lo que Cristo nos ha
dicho y dará testimonio de El; nos conducirá a la verdad completa y
glorificará a Cristo. En cuanto al mundo, lo acusará en materia de pecado,
de justicia y de juicio.
730. Por fin llega la hora de Jesús: Jesús entrega su espíritu en las manos
del Padre en el momento en que por su Muerte es vencedor de la muerte, de
modo que, 'resucitado de los muertos por la Gloria del Padre' [Rm 6,4 .], en
seguida da a sus discípulos el Espíritu Santo exhalando sobre ellos su
aliento. A partir de esta hora, la misión de Cristo y del Espíritu se
convierte en la misión de la Iglesia: 'Como el Padre me envió, también yo os
envío' [Jn 20,21 .].
V.- El Espíritu y la Iglesia en los últimos tiempos
731. "El día de Pentecostés [al término de las siete semanas pascuales], la
Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se
manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el
Señor, derrama profusamente el Espíritu.
732. En este día se revela plenamente la Santísima Trinidad. Desde ese día
el Reino anunciado por Cristo está abierto a todos los que creen en El: en
la humildad de la carne y en la fe, participan ya en la Comunión de la
Santísima Trinidad. Con su venida, que no cesa, el Espíritu Santo hace
entrar al mundo en los 'últimos tiempos', el tiempo de la Iglesia, el Reino
ya heredado, pero todavía no consumado:
Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial, hemos
encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible porque ella nos
ha salvado. [Liturgia]
733. 'Dios es Amor' [1Jn 4,8 .16.] y el Amor que es el primer don, contiene
todos los demás. Este amor 'Dios lo ha derramado en nuestros corazones por
el Espíritu Santo que nos ha sido dado' [Rm 5,5 .].
734. Puesto que hemos muerto, o al menos, hemos sido heridos por el pecado,
el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La
Comunión con el Espíritu Santo [2Co 13,13 .] es la que, en la Iglesia,
vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado.
735. El nos da entonces las 'arras' o las 'primicias' de nuestra herencia:
la Vida misma de la Santísima Trinidad que es amar 'como él nos ha amado'.
Este amor es el principio de la vida nueva en Cristo, hecha posible porque
hemos 'recibido una fuerza, la del Espíritu Santo' [Hch 1,8 .].
736. Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar
fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos 'el fruto
del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad,
fidelidad, mansedumbre, templanza' [Ga 5,22-23 .]. 'El Espíritu es nuestra
Vida': cuanto más renunciamos a nosotros mismos más 'obramos también según
el Espíritu' [Ga 5,25 .]:
Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos
restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción
filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la
gracia de Cristo, ser llamados hijos de la luz y de tener parte en la gloria
eterna. [San Basilio de Cesarea]
737. La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia,
Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta asocia
desde ahora a los fieles de Cristo en su Comunión con el Padre en el
Espíritu Santo: El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su
gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les
recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su
Resurrección. Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre todo en la
Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la Comunión con Dios,
para que den 'mucho fruto' [Jn 15,5 .8.16.].
738. Así, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu
Santo, sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos sus miembros ha
sido enviada para anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el
Misterio de la Comunión de la Santísima Trinidad [esto será el objeto del
próximo artículo]:
Todos nosotros que hemos recibido el mismo y único espíritu, a saber, el
Espíritu Santo, nos hemos fundido entre nosotros y con Dios. Ya que por
mucho que nosotros seamos numerosos separadamente y que Cristo haga que el
Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, este Espíritu
único e indivisible lleva por sí mismo a la unidad a aquellos que son
distintos entre sí... y hace que todos aparezcan como una sola cosa en él. Y
de la misma manera que el poder de la santa humanidad de Cristo hace que
todos aquellos en los que ella se encuentra formen un solo cuerpo, pienso
que también de la misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos,
único e indivisible, los lleva a todos a la unidad espiritual. [San Cirilo
de Alejandría]
739. Puesto que el Espíritu Santo es la Unción de Cristo, es Cristo, Cabeza
del Cuerpo, quien lo distribuye entre sus miembros para alimentarlos,
sanarlos, organizarlos en sus funciones mutuas, vivificarlos, enviarlos a
dar testimonio, asociarlos a su ofrenda al Padre y a su intercesión por el
mundo entero. Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su
Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo [esto será el
objeto de la Segunda parte del Catecismo].
740. Estas 'maravillas de Dios', ofrecidas a los creyentes en los
Sacramentos de la Iglesia, producen sus frutos en la vida nueva, en Cristo,
según el Espíritu [esto será el objeto de la Tercera parte del Catecismo]
741. 'El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no
sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros
con gemidos inefables' [Rm 8,26 .]. El Espíritu Santo, artífice de las obras
de Dios, es el Maestro de la oración [esto será el objeto de la Cuarta parte
del Catecismo].
RESUMEN
742. 'La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros
corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abbá, Padre' [Ga 4,6 .].
743. Desde el comienzo y hasta la consumación de los tiempos, cuando Dios
envía a su Hijo, envía siempre a su Espíritu: la misión de ambos es conjunta
e inseparable.
744. En la plenitud de los tiempos, el Espíritu Santo realiza en María todas
las preparaciones para la venida de Cristo al Pueblo de Dios. Mediante la
acción del Espíritu Santo en ella, el Padre da al mundo el Emmanuel, 'Dios
con nosotros' [Mt 1,23 .].
745. El Hijo de Dios es consagrado Cristo [Mesías] mediante la Unción del
Espíritu Santo en su Encarnación.
746. Por su Muerte y su Resurrección, Jesús es constituido Señor y Cristo en
la gloria [Hch 2,36 .]. De su plenitud, derrama el Espíritu Santo sobre los
apóstoles y la Iglesia.
747. El Espíritu Santo que Cristo, Cabeza, derrama sobre sus miembros,
construye, anima y santifica a la Iglesia. Ella es el sacramento de la
Comunión de la Santísima Trinidad con los hombres.
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