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Un Evangelio a descubrir: la ternura Se recibe un regalo inmenso cuando somos capaces de ternura. El sustantivo “ternura” viene del latín “teneritia” que evoca la idea de algo “blando”, “mórbido”. Algo privado de dureza, de rigidez que impide la adaptación. El adjetivo “tierno” – de tenerum, tendere – viene de “tender”, “proyectarse”. Implica un actitud que oriente a salir de uno mismo. Es una exclusión al egoísmo. Es entrega, reciprocidad.
Teniendo en cuenta estos dos aspectos, la ternura se opone a dos actitudes muy comunes y siempre relacionadas entre si: La dureza de corazón
y el repliegue sobre sí mismo. La primera es el muro que rodea la mente, antes que el corazón, que impide comprender. La segunda lleva al egocentrismo: “yo antes que nadie”.
Produce la
incapacidad para dialogar, para entender con la mirada. Las formas de la ternura son la benevolencia (bebe-volere o querer bien) y la amabilidad. Reviste mil rostros, pero siempre es la misma.
No es opcional. Es la condición que humaniza a la persona y la hace capaz de
escuchar, de aceptar, de perdonar. Regala esa especial sensibilidad que hace participar de sus propios sentimientos a los que lo rodean.
Por eso la ternura mide “lo humano”, el grado de humanidad que se ha
alcanzado.
¿Ternura es debilidad? Para muchos la ternura es debilidad: “Si no pisás te pisaré” –dice. Sin embrago esos mismos apelan a la “ternura” del otro cuando su propia y equivocada violencia fracasó.
Ternura es la “fuerza del amor humilde” en vez de “la brutalidad de la
fuerza” Al enterarse de la acción no violenta del Mahatma Ghandi, Wiston Churchill, desde su poder, lo despreció: “Ese faquir medio desnudo…” lo calificó. Pues bien. La ternura originó la no violencia de Ghandi. Venció al ejército más poderoso del mundo, en sus años. Venció sin un arma, sin un grito, sin otra fuerza que su ternura. Y pudo decir al pueblo de la India, al final:
“Esta noche, la libertad”. La ternura no se enseña; se atestigua. La familia es el lugar primario, indispensable, de este testimonio. Es el primer espacio en que se descubre, se experimenta esa actitud. La ausencia de ternura en una familia le priva humanidad a sus hijos. Los gritos, la violencia verbal y física, cavan pozos enormes en la vida de los hijos por varias generaciones.
La ternura es el “compromiso”. Por eso no puede estar allí donde las
personas se usan unas a otras en el ejercicio de la libre sexualidad. La
sexualidad pertenece al género de relación de una persona. Manifiesta una
forma de existir. El límite de la sexualidad lo marca el amor mismo. “Haz lo
que pide tu cuerpo”, decía la propaganda. Pero, ¿qué hace el cuerpo sin la
responsabilidad del deber?. Sólo usa del otro en su propio placer.
Proyecto de vida La ternura está ligada a opciones de fondo. En resumen, es una cuestión de elección personal. Por eso es importante la exhortación como modelo de enseñanza. La ternura debe proponerse como forma de relación humana. Jesús lo hace. Y lo enseña a hacer con gestos. En el relato de la pecadora pública, la que unge los pies de Jesús (Lc. 7, 37-47) se advierte su pedagogía: “Entró en tu casa y TU no me diste agua para los pies. ELLA, en cambio, mojó mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos; TU no me besaste. ELLA, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. TU, no me ungiste mi cabeza con aceite,
ELLA, ungió mis pies con perfume”. La ternura de Jesús tiene origen religioso, se basa en el amor al Padre y por eso es más humana. No es la forma de ser pegajosa la que hace al ser. Es ternura profunda, que comprende, razona, actúa y resulta. Es acción viva, no pasividad abandónica. La ternura es inseparable del deseo de redimir, de rescatar. En cada acto de ternura hay un inmenso deseo de que el otro no se pierda.
Por eso el amor de dios es una fuente inagotable para la ternura de las
criaturas. El pesebre de Belén es el comienzo; la cruz y la resurrección el
camino; la vida eterna el final…
La ternura es un proyecto de vida. Cuenta Teilhard de Chardin un
relato-metáfora: Unos lamentan haber dejado el hotel. El cansancio y los peligros les parece que no guardan proporción con el interés por el éxito. A otros no les disgusta haber salido. Brilla el sol. El panorama es espléndido. ¿Por qué subir más aún?. No sería mejor disfrutar de la montaña desde donde están en medio de los prados o en pleno bosque. Y se tumban en la tierra explorando los alrededores, esperando la hora del almuerzo.
Otros, finalmente, los verdaderos montañistas, no apartan sus ojos de la
cima que se han propuesto conquistar. Y emprenden una y otra vez la
escalada”. Aquí se ven tres personalidades distintas. Los PESIMISTAS, que creen que la vida es un error, un fracaso, una derrota. “No vale la pena hacer nada”, dicen. Ni siquiera salen del hotel. Los MEDIOCRES, son los que se sitúan en una visión de que la vida es linda y por eso hay que disfrutarla como sea: “toma la flor mientras puedas…”
Los VALIENTES, son lo que para ellos, la ternura, es un acontecimiento y un
don. No es una experiencia momentánea, sino el fruto y la recompensa hacia
arriba, hacia la plenitud. “Podemos hacernos alguna idea de esta ternura-buscada, de esta ternura-de-la-cumbre, hacia arriba, si pensamos un momento en la novela estupenda de Richard Bach, Juan Salvador Gaviota. El autor dedica el libro “al verdadero Juan Gaviota que vive en lo más profundo de nosotros”. El relato comienza cuando el gaviota Juan se niega a secundar el comportamiento común de las demás gaviotas, que se contentan con volar tan sólo para procurarse el alimento. El quiere llegar allá arriba, sobre las nubes, estudiar nuevas técnicas de vuelo, entrar en nuevos conocimientos, en otros mundos nuevos. Sólo así se siente vivo, vibrante de gozo, orgulloso de haber domado el miedo y la mediocridad. Esta decisión va contra corriente y se oponen a ella toda la bandada y sus propios padres. “¿Porqué, Salvador”? ¿Porqué no vas a ser una gaviota como todos los demás? ¡Es tan fácil!, le dice su madre. ¡Escúchame, Salvador!” –le dice un día su padre de buenas maneras-. Se acerca el invierno. Habrá pocas barcas y los peces nadarán más hondo bajo el agua. Si lo que quieres es estudiar, estudia; pero estudia la manera de ganarte la vida. Te gusta volar y eso es bonito. Pero volando por arriba no podrás saciar el hambre. ¿Me comprendes? No te olvides, hijo mío; si vuelas, es para comer”. Y Juan se rebela contra esta idea (se vuela para comer), ya que no quiere reducir su existencia tan sólo a este dato de orden biológico. De manera que:
“…a los pocos días, Salvador dejó la bandada y se marchó solo, mar adentro,
para ejercitarse en el vuelo, hambriento y feliz”.
Si. Este modelo de vida propuesto por Jesús desde el pesebre parece a veces
un itinerario que conduce a “nadar contra la corriente”. Sin embargo no es
así. Somos muchos los que intentamos hacerlo; que hemos tomado esa forma de
vida como opción y, gracias a eso, hay poco de humanidad en el mundo, en
nuestras familias y en nosotros mismos.
El lugar donde comenzó la ternura En belén de Judá. El profeta Miqueas, campesino de origen humilde, cuya vida transcurre en el siglo VII aC, profetizaba: “Y tú, Belén de Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judah, de ti nacerá el
que va a gobernar a Israel…” Esta escena, ochocientos años después, ocurrió en ese lugar predicho por el profeta. Y el protagonista fue Jesús, de la familia de David, junto a María y José.
Es Bartolomé Esteban Murillo quien, en 1668, plasmó en un óleo sobre lienzo
la escena del nacimiento, conservado hoy en el Museo de Bellas artes de
Sevilla. En el cuadro aparece la escena del Nacimiento, en la que Jesús,
rodeado de su familia, recibe la adoración de unos pastores a la hora de
nacer. El conjunto se complementa con una parte celestial en donde unos
ángeles observan el acontecimiento.
Análisis iconográfico de la obra
La obra sigue la descripción del Evangelio. Representa el Nacimiento de
Cristo en un pesebre (pobreza y renuncia a los bienes materiales) junto a su
Madre con la tradicional ropa roja (copartícipe de la Pasión de su hijo) y
manto azul (la esperanza en el cielo) y su padre adoptivo representado como
un anciana (circunstancia de edad de la que no se tiene constancia, pero que
se quiere así hacer hincapié en la virginidad de María), rodeados por unos
pastores (mujer, viejo, joven, niño, es decir, todas las edades y todos los
sexos: Toda la humanidad va a adorar el Nacimiento de Dios) que le adoran y
traen presentes (la caridad y el reconocimiento de la divinidad del nacido)
y unos animales: el buey en este caso, siguiendo de esta manera una
tradición que surge en los relatos apócrifos de la infancia de Jesús, y un
gallo y un cordero, el primero es el símbolo del animal que canta a la
salida del sol (que es Cristo), el segundo, el cordero, como símbolo
eucarístico de la razón de ser de este Nacimiento. La escena se complementa
con unos ángeles que adoran la escena divina. Los ángeles adoran al Niño
porque es Dios.
La escena se sitúa de una construcción pobre y derruida, inserta en un fondo
oscuro e indeterminado, que realza la intimidad.
Significación iconológica de la obra:
Nada más que decir. Todo para adorar. El pesebre de Belén resalta los
valores de la ternura: la pobreza, la caridad, la adoración de Dios, la
humildad, la familia, el Nacimiento de Cristo, la Divinidad de su persona
(atestiguada por los ángeles que dan fe de esta manera de su doble
naturaleza encerrada en una sola persona) y la Virginidad de su Madre, todo
ello por medio de la belleza que conmueve. La ternura es la fuerza más formidable universal y misteriosa, inscrita en el corazón del hombre
capaz de transformar el mundo. Se trata de una ternura teologal: nace de la fe en Dios, se mueve en la caridad de los gestos y se extiende en la esperanza
de cada uno de los actos. Me consuela pensar que llegará el momento, fuera de este mundo, en el que amaré de veras y todo lo que he querido amar y no he podido hacerlo. Por eso el viaje más largo de todos los viajes es el amor, el de la ternura, que continuará todavía en el más allá, hasta llegar a la cumbre
señalada por dios en el amor. Pbro. Dr. Ariel David BUSSO Navidad 2010
Colegio Parroquial Santa Julia.
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