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Feliz quien cree
por el Pbro. Dr. José Fernández
A partir del 17 de diciembre los textos bíblicos que se leen en la Iglesia
ponen de relieve la figura de María, la Madre del Salvador. El evangelio
hodierno así lo demuestra, y nos invita a descubrir que la fe es el
verdadero secreto para hacer de Navidad una fiesta: El ángel Gabriel fue
enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen que
estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David,
llamado José. El nombre de la virgen era María. El ángel entró en su casa y
la saludo, diciendo: “¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!”.
Al oír estas palabras ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía
significar este saludo. Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque Dios
te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre
Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo”. María dijo al
ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relación con ningún hombre?”. El
ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del
Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será santo y será llamado
Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su
vejez, y la que era considerada estéril ya se encuentra en su sexto mes,
porque no hay nada imposible para Dios”. María dijo entonces: “Yo soy la
servidora del Señor; que se haga en mí según tu Palabra”. Y el ángel se
alejó (Lc 1,26-38).
La lectura de esta carta viva que es María, nos ayuda a contemplar también
cuál es el “estilo” de Dios. María es el ejemplo viviente del modo de actuar
divino en la historia de la salvación. “No hay nada –escribía Tertuliano-
que desconcierte tanto a la mente humana, como la sencillez de las obras
divinas que se ven en acción, comparada con la grandeza de los efectos que
de éstas se obtienen. ¡Mezquina incredulidad humana que niega a Dios sus
propiedades, que son sencillez y poder!”. Así ha ocurrido con María y la
venida del Salvador al mundo. Ella es el ejemplo de la desproporción divina
entre lo que se ve desde el exterior y lo que sucede en su interior.
Exteriormente ¿qué se veía de María en su aldea? Nada llamativo. Para sus
parientes y conciudadanos, ella era simplemente “María”, una muchacha
modesta y buena, pero nada excepcional. Hablando de ella es necesario
siempre tener presente las dos características del “estilo” de Dios, que son
la sencillez y la grandeza. En María, la grandeza de la gracia y de la
vocación, conviven con la más absoluta simplicidad y sobriedad.
Lo que de extraordinario aconteció en Nazaret, después del saludo del ángel,
es que María “creyó”, convirtiéndose así en “Madre del Señor”. Con sus
palabras: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc
1,38), se consumó el mayor y más decisivo acto de fe en la historia del
mundo. Con esta respuesta de ella al ángel se expresó la forma más elevada
de disponibilidad pasiva unida a la prontitud activa; el vacío más profundo
que acompaña a la más grande plenitud. Con su respuesta –escribe Orígenes-
es como si María dijese a Dios: “Aquí estoy, soy una tablilla encerada:
escriba el Escritor lo que quiera, haga de mí aquello que el Señor quiere”.
Orígenes compara a María con la tablilla encerada que se usaba en aquel
tiempo para escribir. La Virgen –diríamos nosotros hoy- se ofrece a Dios
como una página en blanco sobre la cual él puede escribir todo lo que
quiera.
También hizo María una pregunta al ángel: “¿Cómo será esto, si yo no tengo
relación con ningún hombre?” (Lc 1,34). No lo hace pidiendo una explicación
para comprender sino para saber cómo cumplir la voluntad de Dios. Así nos
demuestra que en ciertos casos, no es lícito querer comprender a toda costa
la voluntad de Dios o el porqué de ciertas situaciones aparentemente
absurdas, sino que en vez de esto, hay que pedir la luz y ayudas necesarias
para saber y cumplir lo que Dios está pidiendo en ese momento.
El “fiat” de María sigue siendo pues, pleno y sin condiciones. Surge
espontánea la comparación de este “fiat” pronunciado por María con el “fiat”
que resuena en otros momentos cruciales de la historia de la salvación: con
el “fiat” de Dios al comienzo de la creación, y con el “fiat” de Jesús en la
Redención. Los tres expresan un acto de voluntad, una decisión. El primero,
es decir, “Fiat lux” es el “sí” divino de un Dios: divino en su naturaleza y
divino en la persona que lo pronuncia. El segundo, el “fiat” de Jesús en
Getsemaní, es el acto humano de un Dios: humano porque es pronunciado según
la voluntad humana y divino porque tal voluntad pertenece a la persona del
Verbo. El “fiat” de María es el “sí” humano de una criatura humana. En éste
todo adquiere valor por la gracia. Antes del “sí” decisivo de Cristo, todo
lo que hay de consentimiento humano a la obra de la redención está expresado
por el “fiat” de María.
En ella es como si Dios interpelase nuevamente a la libertad creada,
ofreciéndole una posibilidad de rescate. Dirá san Ireneo: “Lo que ató la
virgen Eva por la incredulidad, lo desató la virgen María por la fe”. Y san
Agustín aportará su interpretación: “Después que el ángel hubo hablado,
ella, llena de fe (fide plena), y habiendo concebido a Cristo antes en su
corazón que en su seno, dijo: He aquí la sierva del Señor, hágase en mí
según tu palabra”. A la plenitud de gracia de Dios, corresponde la plenitud
de fe de parte de María. Al “llena de gracia” corresponde el “llena de fe”.
La fe de María no consistió en el hecho de que dio su asentimiento a un
número determinado de verdades, sino el hecho de que se fió de Dios;
pronunció su “fiat” a ojos cerrados, creyendo que nada es imposible para
Dios. Pero la fe nunca es un privilegio u honor, sino que implica siempre un
morir; y así fue sobre todo la fe de María en este momento.
Ante todo, Dios nunca engaña, ni arranca a las criaturas su consentimiento
furtivamente, escondiéndoles las consecuencias que surgirán después del
encuentro. Podemos verlo en todas las grandes llamadas de Dios. A Jeremías
le anuncia: “Te harán la guerra” (Jer 1,19) y a Ananías le dice de Pablo:
“Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre” (Hech 9,16). A
la luz del Espíritu. María ha comprendido que su llamada y su camino,
tampoco sería distinto del de los demás llamados. Pero en el plano humano,
María va a encontrarse en una total soledad. Hoy en día, hablamos
gustosamente del riesgo de la fe, entendiendo en general con ello el riesgo
intelectual, en cambio, para María se trató de un riesgo real.
Creer es adentrarse por un camino en donde todas las señales dicen: “¡Atrás,
atrás!”. Decía el filósofo Kierkegaard que creer “es realizar un acto por el
cual uno llega a encontrarse completamente abandonado en brazos del
Absoluto”. María se rindió. El acto de fe en la Anunciación, es la
“rendición” de María. Ella se siente absolutamente amada por Dios, y ese
añor la empuja a darse a Él con todo su ser. Una experiencia similar
encontramos en la vida de santa Teresita del Niño Jesús, en el momento de su
consagración perpetua a Dios: “Fue –escribe- un beso de amor; me sentía
amada y decía: Te amo y me ofrezco a ti para siempre”
Un bello relato navideño nos hace desear llegar así a Navidad: con el
corazón pobre y vacío de todo, sólo pleno de fe en Dios. Entre los pastores
que acudieron la noche de Navidad a adorar al Niño, había uno tan pobrecito
que no tenía nada que ofrecer y se avergonzaba mucho. Llegados a la gruta,
todos rivalizaban para ofrecer sus regalos al recién nacido. María no sabía
como recibirlos todos, al tener en brazos al Niño. Entonces, viendo al
pastorcito con las manos libres, le confió a Jesús. Tener las manos vacías
pero el corazón lleno de deseos de Dios fue su fortuna, y en otro plano,
también será la nuestra.
Esto es lo que se nos pide en Navidad: que nuestra pequeñez se abandone al
Todopoderoso que toma nuestra debilidad para enriquecernos con su grandeza
oculta en el Niño de Belén. Si la omnipotencia es para admirar, la debilidad
es para aproximarse, y sólo la proximidad engendra amor. Que la cercana
Nochebuena sea la ocasión propicia para menguar rencores y acrecentar la fe.
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