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Recuperar la esperanza
Todos
necesitamos reavivar la esperanza en un tiempo de fuerte crisis. Las crisis
ponen a prueba la sabiduría de los pueblos. Exigen hombres sabios que no
digan todo aquello que piensan, pero que piensen todo lo que digan. El necio
dice aquello que sabe; el sabio sabe aquello que dice. Toda crisis pide
discernimiento, pero sin dejar de basar la lúcida búsqueda de fines
honestos, con la espera activa y el trabajo responsable. Diariamente nos
encontramos con personas que están cansadas porque no pueden ser
protagonistas de sus vidas. Cada vez son más los que no pasan por la
historia, sino que la historia pesa y pasa sobre ellos. Muchos sufren en su
cuerpo o en su espíritu. A ellos tenemos que salir al encuentro y ofrecerles
el don del entusiasmo que se hace urgente recuperar. Adviento es el tiempo
de la esperanza que prepara un encuentro con el Niño de Belén al que
contemplaremos con el estupor y la alegría que dona la fe, en el pesebre que
hemos preparado en nuestros hogares. Por desgracia
hoy abundan en la sociedad, el desaliento y los encontronazos. Esperanza y
capacidad de encuentro, son dos realidades que parecen evaporarse
velozmente. Sabemos que las virtudes teologales son tres: fe, esperanza y
caridad. Pero sin la esperanza, las otras dos corren el riesgo de morir.
Charles Péguy en su libro “El misterio de los santos inocentes”, representa
a la fe como una iglesia catedral radicada en la tierra de los hombres, pero
que apunta por medio de sus torres hacia el cielo. A la caridad la muestra a
través de un hospital, es decir, un lugar que recoge todas las miserias y
enfermedades de la humanidad. Pero dice que sin esperanza, tanto la iglesia
como el hospital no serían más que un cementerio. Y es verdad, porque el
hombre muere cada vez que pierde esta virtud. Se hace
necesario orar más intensamente en este Adviento. La oración y la esperanza
están esencialmente implicadas. La oración es la exteriorización y
manifestación de la esperanza. Es el lenguaje de ella. Es “interpretatio
spei”, la “intérprete de la esperanza”. Habrá que alejar de nuestra vida la
desesperación que es “la esperanza pervertida”, según San Agustín. La
desesperación destruye el caminar, que es la característica de la existencia
humana en el “status viatoris”. El que espera nunca desespera, sino que sabe
esperar con paciencia. Paciencia, que es “hermana” de la magnanimidad y
“compañera” de la sabiduría Mirando lo que
sucede hoy a nuestro alrededor, deberíamos pensar, que si no ayudamos todos
a que el pueblo recobre la esperanza, corremos el riesgo de ser tristes
colaboradores para que el presente, en vez de ser un oasis de vida, no sea
más que un desierto sembrado de tristeza y desesperación. La esperanza es,
tal vez, el reto más grande en las puertas de este milenio en el que hemos
comenzado a caminar. Un gran escritor místico alemán: Johannes Scheffler
(1624-1677), afirma que “la esperanza es una soga: si una persona hundida en
la angustia, sabe esperar confiadamente, Dios lo saca de la situación en la
cual se encuentra hundido”. Para poder entender estas palabras creo que es
importante realizar una consideración filológica. En su acepción latina (spes),
como en aquella griega (elpìs), la palabra “esperanza” constituye un
desarrollo de la raíz vel/velle, “querer”, por tanto indica “espera”,
“tensión”. El verbo hebreo que equivale a esperar (qwh) se refiere a la
palabra “cuerda” (qaw) y por esta vía se tendría la imagen de la tensión y
de la espera para emerger del pozo. La situación mundial parece cercada por
el miedo y la incertidumbre. La realidad argentina se encuentra imbuida de
una pesada atmósfera que requiere urgentes gestos inéditos de creatividad
lúcida, propuestas realistas y acciones eficaces. En medio de esta oscura
realidad, no deberíamos olvidar que Dios todos los días, y especialmente en
este Adviento, nos arroja una cuerda para salir a superficie, ver la luz y
crear encuentros fraternos. Y en relación
con la luz, hoy encendemos el primer cirio de la “corona de adviento”. Se
trata de una antiquísima tradición del norte de Europa, adaptada por el
cristianismo. En su origen era un símbolo pagano: esos pueblos celebraban el
fin de noviembre y el comienzo de diciembre (la época de los grandes fríos
con el panorama emblanquecido por la nieve y el hielo) encendiendo fuegos y
luces para disipar y exorcisar el frío y las tinieblas. Por otra parte, las
ramas de siempreverdes (pinos y abetos) se usaban mucho como adornos,
especialmente en las puertas de las viviendas, porque constituían el anuncio
de la permanencia de la vida vegetal mortificada por el frío, y por ende,
como una afirmación de vida y de esperanza. Afirmación reforzada por la
forma circular de la corona, forma que simboliza la eternidad. Los cristianos
medievales mantuvieron vivos muchos de estos símbolos de la luz y del fuego,
como antiguas tradiciones populares. Desde el s. XVI comenzaron a usarlos
como símbolos cristianos. Primero los asumieron los cristianos luteranos de
Alemania Oriental y de ellos los tomaron los católicos. El aumento gradual
de la luz al encender una candela según pasan los domingos, indica la
progresiva claridad que los profetas dieron al mensaje mesiánico, al anuncio
del Redentor. La corona, símbolo de victoria y de gloria, anuncia la
plenitud de los tiempos en la venida de Cristo. Es el símbolo tradicional
del Adviento: la esperanza de los piadosos de la antigua alianza, cuando la
humanidad estaba sumida en las tinieblas y en sombras de muerte (Lc 2,79);
cuando los profetas, iluminados por Dios anunciaban al Redentor, y cuando
los corazones de los hombres se iluminaban con el deseo del Mesías. La
corona es un símbolo de que la luz y la vida han triunfado sobre las
tinieblas y la muerte. Invoquemos a
quien será nuestra compañera de camino hacia la Navidad. Le decimos: “Santa María,
Virgen de la espera, danos de tu aceite porque nuestras lámparas parece que
se apagan. Como verás, las reservas se están consumiendo. No queremos ir
hacia aquellos que quieren vendernos un aceite adulterado. Enciende en
nuestras almas los antiguos fervores que nos quemaban y alegraban por
dentro; cuando bastaba poco para hacernos rebosar de gozo: la llegada de un
amigo lejano; el cielo enrojecido de una tarde, luego de un fuerte temporal;
la caída del sol en un día frío de invierno, cuando volvíamos a casa
cansados por el trabajo. Si hoy no sabemos esperar más, es porque nos hemos
quedado cortos de esperanza. Se nos están secando las fuentes. Sufrimos una
fuerte crisis de deseo. Santa María,
Mujer de la espera, conforta el dolor de tantos hombres y mujeres de nuestra
patria, que están desalentados; jóvenes que no vislumbran con claridad su
futuro; ancianos ignorados y por eso abandonados; niños desnutridos y
hambrientos de pan y de valores. Seca tú, como madre, el dolor de tantos que
han cultivado muchos sueños con los ojos abiertos, y por la maldad humana
vemos que se desvanecen, y hoy tienen temor hasta de soñar con los ojos
cerrados. Santa María,
Virgen de la espera, danos en este Adviento un alma vigilante. Hemos entrado
en el tercer milenio, y por desgracia nos sentimos más hijos del crepúsculo
que profetas de la luz radiante. Tú que eres la Estrella de la mañana, danos
un corazón siempre joven, rociado por tu divina gracia, para que llevemos
buenos y nuevos anuncios al mundo que se siente envejecido. Danos como dice
el salmista, una cítara y un arpa, para que junto a ti, mujer de la mañana,
podamos vislumbrar alegres la Aurora. Ayúdanos a entender que no basta
recibir; que es necesario esperar. Recibir, no pocas veces es signo de
resignación. Esperar, es siempre signo de esperanza. Ayúdanos a ser
diariamente servidores pequeños de la esperanza grande. Y el Señor que
viene, Virgen del Adviento, nos sorprenda, gracias a tu materna complicidad,
con la lámpara encendida en la mano. Amen”.
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