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RECUPERAR LA ESPERANZA
Hoy comienza el nuevo ciclo litúrgico y se inicia con uno de los
considerados tiempos fuertes de la espiritualidad católica. Nos referimos al
Adviento, tiempo de preparación a la Navidad que surgió en España-Galias a
finales del siglo IV, como respuesta al deseo allí sentido de dedicar unos
días a preparar la fiesta de Navidad. Según el concilio de Tarragona, del
año 380, durante 21 días, a partir del 17 de diciembre, los fieles debían
acudir diariamente a la Iglesia. Otros concilios de las Galias precisarán
que los monjes deben ayunar todos los días del mes de diciembre hasta
Navidad, o los lunes, miércoles y viernes desde la fiesta de San Martín de
Tours (11 de noviembre) hasta la Nochebuena. El tiempo de Adviento tuvo pues
un origen ascético, penitencial; hasta el extremo de ser considerado en
España y en las Galias como una “semicuaresma”. La liturgia romana, que
introdujo el Adviento en la segunda mitad del siglo IV, adoptó una posición
muy distinta, pues lo concibió como un tiempo de gozo y esperanza ante la
venida del Señor. “Adviento” significa “venida”, y es el tiempo fuerte de la
esperanza cristiana, llamada a generar encuentros llenos de vida. Adviento
es esperanza: no espera vana de un dios sin rostro, sino confianza concreta
y cierta en el retorno de Aquel que ya nos ha visitado. Esa esperanza está
orientada hacia la segunda venida de Cristo, durante las primeras semanas. A
partir del 17 de diciembre la esperanza se orienta hacia la celebración del
nacimiento histórico de Cristo.
Para potenciar la espera del Mesías, la liturgia deja oír en estos días la
voz de algunos personajes que la han encarnado y proclamado con especial
fuerza: Isaías, prototipo del ansia del Mesías en el Antiguo Testamento;
Juan el Bautista, modelo de itinerario que lleva al encuentro con el
verdadero Mesías; y María, Aurora que anuncia la llegada inminente del
Salvador esperado por las naciones y cumbre de la esperanza del mundo
hebreo. Estos tres personajes son los grandes modelos del Adviento de la
Iglesia y de cada bautizado, así como los inspiradores de la esperanza
cristiana, tanto litúrgica como existencial.
Todos necesitamos reavivar la esperanza en un tiempo de fuerte crisis. Las
crisis ponen a prueba la sabiduría de los pueblos. Exigen hombres sabios que
no digan todo aquello que piensan, pero que piensen todo lo que digan. El
necio dice aquello que sabe; el sabio sabe aquello que dice. Toda crisis
pide discernimiento, pero sin dejar de basar la lúcida búsqueda de fines
honestos, con la espera activa y el trabajo responsable. Diariamente nos
encontramos con personas que están cansadas porque no pueden ser
protagonistas de sus vidas. Cada vez son más los que no pasan por la
historia, sino que la historia pesa y pasa sobre ellos. Muchos sufren en su
cuerpo o en su espíritu. A ellos tenemos que salir al encuentro y ofrecerles
el don del entusiasmo que se hace urgente recuperar. Adviento es el tiempo
de la esperanza que prepara un encuentro con el Niño de Belén al que
contemplaremos con el estupor y la alegría que dona la fe, en el pesebre que
hemos preparado en nuestros hogares.
Por desgracia hoy abundan en la sociedad, el desaliento y los encontronazos.
Esperanza y capacidad de encuentro, son dos realidades que parecen
evaporarse velozmente. Sabemos que las virtudes teologales son tres: fe,
esperanza y caridad. Pero sin la esperanza, las otras dos corren el riesgo
de morir. Charles Péguy en su libro “El misterio de los santos inocentes”,
representa a la fe como una iglesia catedral radicada en la tierra de los
hombres, pero que apunta por medio de sus torres hacia el cielo. A la
caridad la muestra a través de un hospital, es decir, un lugar que recoge
todas las miserias y enfermedades de la humanidad. Pero dice que sin
esperanza, tanto la iglesia como el hospital no serían más que un
cementerio. Y es verdad, porque el hombre muere cada vez que pierde esta
virtud.
Se hace necesario orar más intensamente en este Adviento. La oración y la
esperanza están esencialmente implicadas. La oración es la exteriorización y
manifestación de la esperanza. Es el lenguaje de ella. Es “interpretatio
spei”, la “intérprete de la esperanza”. Habrá que alejar de nuestra vida la
desesperación que es “la esperanza pervertida”, según San Agustín. La
desesperación destruye el caminar, que es la característica de la existencia
humana en el “status viatoris”. El que espera nunca desespera, sino que sabe
esperar con paciencia. Paciencia, que es “hermana” de la magnanimidad y
“compañera” de la sabiduría
Mirando lo que sucede hoy a nuestro alrededor, deberíamos pensar, que si no
ayudamos todos a que el pueblo recobre la esperanza, corremos el riesgo de
ser tristes colaboradores para que el presente, en vez de ser un oasis de
vida, no sea más que un desierto sembrado de tristeza y desesperación. La
esperanza es, tal vez, el reto más grande en las puertas de este milenio en
el que hemos comenzado a caminar. Un gran escritor místico alemán: Johannes
Scheffler (1624-1677), afirma que “la esperanza es una soga: si una persona
hundida en la angustia, sabe esperar confiadamente, Dios lo saca de la
situación en la cual se encuentra hundido”. Para poder entender estas
palabras creo que es importante realizar una consideración filológica. En su
acepción latina (spes), como en aquella griega (elpìs), la palabra
“esperanza” constituye un desarrollo de la raíz vel/velle, “querer”, por
tanto indica “espera”, “tensión”. El verbo hebreo que equivale a esperar (qwh)
se refiere a la palabra “cuerda” (qaw) y por esta vía se tendría la imagen
de la tensión y de la espera para emerger del pozo. La situación mundial
parece cercada por el miedo y la incertidumbre. La realidad argentina se
encuentra imbuida de una pesada atmósfera que requiere urgentes gestos
inéditos de creatividad lúcida, propuestas realistas y acciones eficaces. En
medio de esta oscura realidad, no deberíamos olvidar que Dios todos los
días, y especialmente en este Adviento, nos arroja una cuerda para salir a
superficie, ver la luz y crear encuentros fraternos.
Y en relación con la luz, hoy encendemos el primer cirio de la “corona de
adviento”. Se trata de una antiquísima tradición del norte de Europa,
adaptada por el cristianismo. En su origen era un símbolo pagano: esos
pueblos celebraban el fin de noviembre y el comienzo de diciembre (la época
de los grandes fríos con el panorama emblanquecido por la nieve y el hielo)
encendiendo fuegos y luces para disipar y exorcisar el frío y las tinieblas.
Por otra parte, las ramas de siempreverdes (pinos y abetos) se usaban mucho
como adornos, especialmente en las puertas de las viviendas, porque
constituían el anuncio de la permanencia de la vida vegetal mortificada por
el frío, y por ende, como una afirmación de vida y de esperanza. Afirmación
reforzada por la forma circular de la corona, forma que simboliza la
eternidad.
Los cristianos medievales mantuvieron vivos muchos de estos símbolos de la
luz y del fuego, como antiguas tradiciones populares. Desde el s. XVI
comenzaron a usarlos como símbolos cristianos. Primero los asumieron los
cristianos luteranos de Alemania Oriental y de ellos los tomaron los
católicos. El aumento gradual de la luz al encender una candela según pasan
los domingos, indica la progresiva claridad que los profetas dieron al
mensaje mesiánico, al anuncio del Redentor. La corona, símbolo de victoria y
de gloria, anuncia la plenitud de los tiempos en la venida de Cristo. Es el
símbolo tradicional del Adviento: la esperanza de los piadosos de la antigua
alianza, cuando la humanidad estaba sumida en las tinieblas y en sombras de
muerte (Lc 2,79); cuando los profetas, iluminados por Dios anunciaban al
Redentor, y cuando los corazones de los hombres se iluminaban con el deseo
del Mesías. La corona es un símbolo de que la luz y la vida han triunfado
sobre las tinieblas y la muerte.
“Santa María, Virgen de la espera, danos de tu aceite porque nuestras
lámparas parece que se apagan. Como verás, las reservas se están
consumiendo. No queremos ir hacia aquellos que quieren vendernos un aceite
adulterado. Enciende en nuestras almas los antiguos fervores que nos
quemaban y alegraban por dentro; cuando bastaba poco para hacernos rebosar
de gozo: la llegada de un amigo lejano; el cielo enrojecido de una tarde,
luego de un fuerte temporal; la caída del sol en un día frío de invierno,
cuando volvíamos a casa cansados por el trabajo. Si hoy no sabemos esperar
más, es porque nos hemos quedado cortos de esperanza. Se nos están secando
las fuentes. Sufrimos una fuerte crisis de deseo.
Santa María, Mujer de la espera, conforta el dolor de tantos hombres y
mujeres de nuestra patria, que están desalentados; jóvenes que no vislumbran
con claridad su futuro; ancianos ignorados y por eso abandonados; niños
desnutridos y hambrientos de pan y de valores. Seca tú, como madre, el dolor
de tantos que han cultivado muchos sueños con los ojos abiertos, y por la
maldad humana vemos que se desvanecen, y hoy tienen temor hasta de soñar con
los ojos cerrados.
Santa María, Virgen de la espera, danos en este Adviento un alma vigilante.
Hemos entrado en el tercer milenio, y por desgracia nos sentimos más hijos
del crepúsculo que profetas de la luz radiante. Tú que eres la Estrella de
la mañana, danos un corazón siempre joven, rociado por tu divina gracia,
para que llevemos buenos y nuevos anuncios al mundo que se siente
envejecido. Danos como dice el salmista, una cítara y un arpa, para que
junto a ti, mujer de la mañana, podamos vislumbrar alegres la Aurora.
Ayúdanos a entender que no basta recibir; que es necesario esperar. Recibir,
no pocas veces es signo de resignación. Esperar, es siempre signo de
esperanza. Ayúdanos a ser diariamente servidores pequeños de la esperanza
grande. Y el Señor que viene, Virgen del Adviento, nos sorprenda, gracias a
tu materna complicidad, con la lámpara encendida en la mano.
Pbro. Dr. José Manuel Fernández |
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