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BIENAVENTURADOS LOS PACIFICADORES
Las nuevas traducciones de la Biblia prefieren las expresiones
“pacificadores” o también “obradores de paz” a aquella usada
anteriormente: “pacíficos”. Hay un matiz importante, porque
“pacificador” es un pacífico activo, una persona que entiende lo que
es la paz, y por eso pone todas sus capacidades y talentos al
servicio de reforzarla, de crear condiciones de paz, y de
establecerla allí donde aún no existe. Algunas veces la palabra
“pacífico”, que en sí misma tiene una connotación positiva, se
desvaloriza porque es usada para hablar principalmente de quien
posee un temperamento débil, dispuesto a ceder cuando se encuentra
en medio de una discusión. Si “pacífico” fuese sinónimo de
indolente, indeciso, carente de iniciativa o indiferente, tendría
entonces una connotación negativa. El pacificador es, en cambio, un
hombre bien convencido de que tiene una responsabilidad en
realización de la paz, y de que la paz constituye un desafío para
él.
El premio de esta bienaventuranza es significativo: los pacificadores
serán llamados hijos de Dios (cf. Mt 5,9). ¿Qué sentido tiene este
premio? A menudo los hijos se parecen a sus padres. Según las
Escrituras, la paz es algo que pertenece a Dios. San Pablo saluda a
los romanos diciéndoles: “El Dios de la paz sea con todos vosotros”
(Rm 15,33), y les asegura que el mismo “Dios de la paz aplastará
bien pronto a Satanás bajo vuestros pies” (Rm 16, 20). Satanás es
perturbador de la paz; es el que divide y enfrenta, por eso se lo
denomina “diabolos”. San Pablo, al exhortar al buen orden en las
reuniones de las comunidades, les da como argumento que “Dios no es
un Dios de confusión, sino de paz” (1 Cor 14,33). Al saludar a los
tesalonicenses, les dice “que Él, el Dios de la paz, os santifique
plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el
cuerpo, se conserve sin mancha hasta la venida de nuestro Señor
Jesucristo” ( 1 Tes 5,23). Este saludo parece establecer una
relación entre paz y santidad, y es claro, puesto que detrás de la
idea de paz está el orden, el cual a su vez es subyacente a la
santidad.
¿Qué es la paz? Sabemos que es un don de Dios, y que sólo Él puede
concederla. Recordemos que la paz conlleva un orden, y que es el
resultado de la justicia (cf. Is 32,17). Es un ordenamiento sereno y
estable. La virtud de la justicia, dando a cada cual lo que se le
debe, es el fundamento del orden, y por tanto de la paz. Sólo puede
haber verdadera paz si se respeta la dignidad de las personas y de
los pueblos; los derechos y los deberes de cada uno, y si se da una
distribución equitativa de beneficios y obligaciones entre las
personas. La opresión y marginación están en la raíz de las
manifestaciones de la violencia y el terrorismo. Pero además de la
justicia es necesario el perdón, porque la justicia humana está
expuesta a la fragilidad y a los límites de los egoísmos
individuales y de grupos. Sólo el perdón sana las heridas del
corazón y restablece íntegramente las relaciones humanas alteradas.
Quien es injusto, no reconociendo a cada cual lo que le corresponde,
no hace obra de paz, sino de desorden. El orden es la disposición de
las partes de un todo, de manera que cada una de ellas se encuentre
en su justo lugar, de modo que cada una dé y reciba y que todas
contribuyan a la armonía del todo. El concepto de orden es muy
similar al de belleza, concebida en su sentido más profundo y
metafísico. Me decía un gran matemático, que era al mismo tiempo un
músico de calidad, que experimentaba una gran alegría intelectual en
traducir en fórmulas algebraicas las composiciones de Johan
Sebastian Bach: según él, esa bellísima música contenía expresiones
de suma perfección matemática.
¡Cuánto bien puede hacer la música a favor de la paz! Dice Cervantes
en “Don Quijote” que “donde hay verdadera música, no puede haber
maldad! Verdadera música. Con ella no tienen nada que ver los gritos
y el estrépito, generadora de alienación y de excesos. El pasado 25
de octubre, el excelente pianista y director de orquesta argentino
de origen judío Daniel Barenboim, en la actualidad al frente de la
Sinfónica de Chicago y de la Opera estatal de Berlín, recibió el
premio Príncipe de Asturias de la concordia, junto al palestino
Edward Said, profesor de literatura inglesa y comparada en la
universidad de Columbia, en Nueva York, y uno de los pensadores y
críticos más importantes del mundo. Diez años atrás se conocieron en
el hall de un hotel, en Londres, y desde entonces no han cesado de
dialogar. Los dos han llevado adelante y con audacia un proyecto
extraordinario: el taller de música “West-Eastern Divan” (nombre
derivado de una serie de poemas –“divan” en árabe- escritos por
Goethe al conocer la poesía musulmana) formada por jóvenes
instrumentistas israelíes y palestinos, simbólica y prácticamente
unidos para ejercer una de las más antiguas y gratificantes
actividades humanas: hacer música en conjunto. “Fue notable
presenciar –observa Said- cómo el grupo, pese a las tensiones de los
primeros siete o diez días, se convertía en una auténtica
orquesta...Una vez conseguido, ya no pueden mirarse de la misma
manera, porque han compartido una experiencia común. Y para mí esto
es de verdad, lo importante del encuentro” . Y Said precisa que “al
inicio no eran sólo los israelíes y los árabes quienes no se
gustaban mutuamente. Había algunos árabes que tampoco querían saber
nada de otros árabes, así como israelíes que detestaban cordialmente
a otros israelíes. Fue notable presenciar cómo el grupo, pese a las
tensiones de los primeros días, se convertía en una auténtica
orquesta. Nunca olvidaré la mirada de estupefacción de los músicos
israelíes durante el primer movimiento de la “Séptima de Beethoven
donde el oboe toca una escala en “la” mayor muy expuesta. Todos se
dieron vuelta para mirar a un estudiante egipcio que tocaba con el
oboe una perfecta escala en “la” mayor. La transformación de
aquellos jóvenes no tenía vuelta atrás”.
Y Barenboim señala: “Lo que a mí me parecía extraordinario era la
ignorancia que existía respecto al “otro”. Los chicos israelíes no
podían imaginar que hubiera personas en Damasco, Amán y El Cairo que
fueran capaces, realmente, de tocar el violín y la viola. Creo que
los músicos árabes sabían que había vida musical en Israel, pero no
conocían mucho de ella. Uno de los chicos sirios me dijo que nunca
había conocido a ningún israelí antes; para él un israelí era
alguien que representa un ejemplo negativo de lo que puede pasar en
su país y en el mundo árabe. El mismo chico se encontró compartiendo
atril con un violoncelista de Israel. Trataban de tocar las mismas
notas, con la misma dinámica, con el mismo movimiento del arco, con
el mismo sonido, con la misma expresión. Trataban de hacer algo
juntos. Es así de sencillo. Estaban tratando de hacer algo juntos,
algo que les importaba a los dos. Bien, una vez conseguido, ya no
pueden mirarse de la misma manera, porque han compartido una
experiencia común. Y para mí, esto es, de verdad, lo importante del
encuentro”.
Hay que aprender a viajar hacia el “otro”, no concentrándose en uno
mismo, lo cual es una visión muy minoritaria en estos días. Hoy se
hace incapié en la afirmación de la identidad, en la necesidad de
raíces, en los valores de la cultura propia y del sentido de
pertenencia. Se ha hecho muy raro proyectar el ser hacia fuera,
tener una perspectiva más amplia. Hay que aprender a dejar de lado
la propia identidad a fin de explorar al “otro”. Para lograr la paz
hay que entender que el camino no es “unos contra otros”, sino “unos
con otros”
Al recibir el premio Príncipe de Asturias, Barenboim dejó una
estupenda lección al indicar: “En la vida y en cualquier sociedad
hay que aprender a convivir como en una orquesta. Para conservar la
armonía es necesario aprender a escuchar al otro y no pretender
querer sonar más fuerte”.
Es verdad que hoy se ha extendido la idea de que la paz es mucho más
que ausencia de guerras. Hagamos la hipótesis de que de golpe todos
los cañones callaran, y que todos los arsenales militares se
disolvieran en la nada, y se destruyeran irreversiblemente todos los
instrumentos nucleares o atómicos. Hagamos cuenta que todos los
soldados comprometidos en los frentes de guerra volvieran a sus
casas, y que no existieran más motivos para enviarlos a luchar
contra otros. Si sucediera todo esto, pero se registraran en la
tierra discriminaciones absurdas; habría deposición de armas, pero
no paz.
Pensemos que por una suerte de milagro, todas las riquezas de la
tierra fuesen distribuidas equitativamente entre los pueblos y que
no hubiera hambre ni personas que murieran desnutridas, y que las
expresiones “tercer” y “cuarto” mundo pertenecieran a un vocabulario
en desuso, no habríamos alcanzado la paz. ¡No! Porque la paz no es
solo un fusil partido, ni una balanza con los platos en equilibrio.
La paz es sobre todo, ética del rostro.
No se si habrán escuchado hablar alguna vez de Emmanuel Lévinas, el
gran filósofo contemporáneo que no se inspira tanto en el evangelio,
el que habla de la ética del rostro. Dice que “el primer milenio se
ha caracterizado por la búsqueda del ser; el segundo de la búsqueda
del yo, hasta culminar en la elaboración idealista; el tercero será
caracterizado en cambio, de la búsqueda del “otro”, del “rostro”: de
la ética del rostro”.
Un rostro a descubrir; un rostro a contemplar, un rostro a acariciar:
¡qué hermoso sería que nosotros creyentes descubriéramos estos
signos en el Verbo Encarnado! Esto es lo que nos propone Juan Pablo
II en la Carta Apostólica “Novo Millenio Ineunte”, capítulo II,
titulado “Un Rostro para contemplar” (nn. 16-28). “Queremos ver a
Jesús” (Jn 12,21). Esta petición hecha a Felipe por algunos griegos
que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual, debe
resonar también en nuestros oídos hoy. Los hombres de nuestro
tiempo, quizás no siempre conscientemente, nos piden a los creyentes
de hoy, no sólo que les “hablemos” de Cristo sino, en cierto modo,
que se lo hagan “ver”. Nuestro testimonio sería enormemente
deficiente si nosotros no fuésemos contempladores de su rostro.
Nuestra mirada debe quedarse fija, más que nunca, en el rostro del
Señor. Un rostro doliente y desfigurado, pero no por eso menos
bello. Quien es la belleza misma se ha dejado golpear el rostro,
escupir la cara y coronarse de espinas. Pero en ese rostro
desfigurado aparece la auténtica belleza: la belleza del amor que
llega hasta el final y que se revela más fuerte que la violencia y
la mentira. El rostro de Cristo es el rostro del amor hasta el
final, por eso es belleza que es verdad. Es verdad porque es
belleza. Y la verdadera belleza despierta la nostalgia de lo
inefable. No es la falsa belleza de los griegos que promueve la
voluntad de posesión, sino la voluntad de donación, por eso el
rostro de Cristo en la cruz es el más bello de los rostros humanos:
porque en ese momento se realiza la donación por excelencia. Por eso
su rostro da paz plena. Cuando Fiódor Dostoievski dice: “La belleza
nos salvará”, se refiere a la belleza redentora de Jesucristo.
Ese rostro ensangrentado, en el cual se esconde la vida de Dios y se
ofrece la salvación del mundo, será luego el rostro del Resucitado.
En este rostro, la Iglesia contempla su tesoro y su alegría:
Esta es la paz: ¡búsqueda del rostro! El rostro del hombre con su
individualidad, con su explosiva riqueza espiritual, con su
irrepetible valor. No solo el rostro de nosotros, blancos, sino
también el de los hermanos de Marruecos, Tanzania, de todos los
países abandonados. Rostros únicos e irrepetibles.
Búsqueda del rostro, no de la máscara. Nosotros somos especialistas en
mostrar la máscara y ocultar el rostro. El jueves pasado los diarios
anunciaban que “ya es posible cambiar de cara”. Lo anunciaron
cirujanos ingleses. Los transplantes totales de cara ya no serán una
aventura de ciencia ficción. En una entrevista realizada por la BBC
al cirujano plástico inglés Peter Butler, del Royal Free Hospital,
dijo: “La pregunta no es si estamos en grado de hacerlo, sino si
deberíamos hacerlo”, con lo cual ha comenzado un debate ético y
moral sobre el tipo de transplante, catalogado ya desde un principio
como de ciencia ficción. Lo que había anticipado el film “Face Off”
(Contracara) donde un agente del FBI (John Travolta) y un terrorista
(Nicholas Cage) se intercambian los rostros mediante tecnología de
láser.
En esta civilización caracterizada por la producción en serie y
masificante, todos los hombres parecen hechos en serie. En esta
sociedad homologada en la que se tiende a hacer desaparecer nuestras
individualidades, debemos tomar en serie la ética del rostro: la
única en grado de construir la paz. Todas las guerras encuentran su
raíz última en la uniformidad de los rostros: todos iguales, en
serie. Somos incapaces de mirarnos a los ojos. Cuando nos miramos
así, comprendemos que el otro es mi hermano. Si no hacemos así,
todavía es noche, aunque el sol brille en lo alto del cielo. Para
ser operadores de paz, deberemos aprender a decir: “No me escondas
tu rostro, hermano”.
Era el mes de agosto de 1990, se cumplían diez años de un terremoto
que había destruido en Irpinia tantas ciudades. Estando en una
parroquia de Teora, fuimos con el párroco en una marcha que se había
organizado para recordar a las víctimas de aquel hecho catastrófico.
En la tarde pasamos por una población donde había casas
prefabricadas, containers, construcciones precarias de madera. En el
centro de ese “paesino”, había una pequeña iglesia. Maravillado pude
observar que era antigua, y que el movimiento sísmico no la había
dañado en absoluto. Pregunté cual había sido el motivo de tanta
estabilidad. Me relataron una hermosísima historia sucedida muchos
años atrás. Dos hermanos poseían un molino cerca del río: allí
trabajaban todo el día. La gente del pueblo llevaba allí el trigo
para la molienda, y como recompensa les dejaba a los hermanos una
porción de harina. Al terminar la jornada laboral, la cantidad
recibida por los hermanos como donación, venía distribuida
equitativamente. Luego los dos abandonaban el puesto de trabajo y el
molino, y volvía cada uno a su casa. Vivían en zonas opuestas de la
villa. Uno era casado y tenía nueve hijos; el otro era soltero. Este
último pensaba justamente, que no era lógico dividir la harina en
partes iguales, ya que él era solo, mientras su hermano tenía nueve
bocas que alimentar. Así de noche, volvía al molino, llenaba una
bolsa de harina, y de manera oculta, la transportaba en sus espaldas
hasta el depósito de su hermano, y volvía feliz a su casa.
El otro hermano, por su parte hacía el mismo razonamiento, si bien en
sentido opuesto. Pensaba que durante la vejez, teniendo nueve hijos,
no afrontaría problemas de sustento, y que su hermano en cambio, al
ser solo, tal vez podía sufrir carencia o dificultad más adelante.
Por esto, escondidamente, también él se dirigía cada noche al
molino, llenaba una bolsa de harina y lo llevaba a la despensa de su
hermano.
Una noche los dos se encontraron en el centro de la villa, cada uno
con una bolsa de harina en sus espaldas. Se miraron, se abrazaron y
allí en aquel lugar construyeron una iglesia, esa misma que estaba
de pie, sin que el temblor la hubiera afectado en lo más mínimo.
La segunda experiencia es el relato de un sacerdote misionero. Había
estado predicando en Etiopía meridional. Después de la primera
semana de permanencia allí, el obispo diocesano lo condujo por las
misiones de la zona. Algunas se encuentran en medio de la foresta.
El sacerdote quedó desconcertado por la penosa situación de
degradación social y económica de la región a causa de una guerra de
más de veintiseis años y que ha llevado a la población a sufrir la
más triste de las miserias: un trabajador gana una cifra equivalente
a un café en cualquier ciudad de Europa.
En los hospitales de las misiones, hay un solo médico para setenta y
cinco mil enfermos. El religioso había encontrado una sola monja que
era médica, que corría desesperadamente todo el día con un enfermo
de lepra, otro de tuberculosis, y otro con HIV. En aquel país, el
agua corre solo en los sueños. Veía como la gente calmaba su sed en
los pozos de agua donde también bebían los animales, y tantos niños
sonrientes, demacrados, cuyos rostros venían literalmente comidos
por las moscas. El sacerdote se preguntaba allí, qué era la
felicidad. Al obispo, el sacerdote le dijo: “No estoy asombrado
tanto del hecho de que estos niños sean hijos de Dios. Lo que me
golpea fuertemente es que en esta situación sean herederos del
Paraíso”. Y el obispo replicó: “Te parecerá una herejía lo que te
voy a decir, pero si esta gente no entra en el Paraíso, yo tampoco
quiero entrar”.
Esta solidaridad, expresada por un hombre que ha dedicado toda su vida
a calmar y paliar los sufrimientos de la gente, lo había interrogado
sobre el valor de la paz y la cercanía junto al dolor.
La tercera experiencia, es de tipo literario. Sabemos que desde el
mediodía del 1 de agosto y todo el día 2 se puede ganar la
indulgencia llamada de la Porciúncula. Fue una concesión otorgada en
un primer momento por el Papa Inocencio III, y reafirmada luego por
Honorio III. ¿Cuál es la historia de este privilegio? En 1216, en
pleno período de las Cruzadas, todo el pueblo cristiano veía en los
mahometanos, la bestia negra del Apocalipsis; el reino de Satanás,
el imperio del mal que era necesario debilitar.
En 1217 el Papa Inocencio III se encontraba en Perugia para organizar
la cruzada. Había muchísima gente que quería tener una audiencia con
él. Un día entre todas estas personas, se presenta un joven:
Francisco de Asís. El desea, absolutamente, hablar con el Sumo
Pontífice. Lo introducen un poco sonriendo, porque produce ternura
ver a este humilde “fraticello”. San Francisco, con la cara dura,
típica de los santos dice: “Tú, Papa, concedes la indulgencia
plenaria a aquellos que quieren reconquistar para la devoción de los
fieles un sepulcro donde el cuerpo de Jesús estuvo encerrado tres
días. ¿No podrías conceder la indulgencia plenaria también a
aquellos que ingresan en la iglesia de la Porciúncula, allí en Asís,
para venerar a la Virgen, en cuyo seno Jesús ha estado no por tres
días, sino por nueve meses?”.
El Papa primero lo miró, y después comenzó a pensar. A un cierto punto
intervienen sus consejeros que le dicen: “Pensateci bene, Signore,
perché se concedete a costui una tale indulgenza, comp`romettete,
sino a far venir meno, quello della Terra Santa”. Y el Pontífice,
atraído por la figura no violenta de Francisco, se la concede. En
1219 Francisco había buscado en varias oportunidades, pero en vano,
de convencer a los cruzados de no participar en la guerra contra los
musulmanes. Exhortaba a conquistar los musulmanes no con las armas
sino con la evangelización, con el anuncio positivo del Evangelio.
Pero no fue escuchado y los cruzados sufrieron uno de los más
grandes errores y derrotas. Francisco ingresó en el campamento del
sultán Menelek y regresó con un mensaje transformador lleno de paz:
“Los sarracenos son nuestros hermanos y amigos y debemos amarlos
mucho”.
Francisco obtuvo el privilegio de la indulgencia porque cree en la no
violencia. No cree en la fuerza de las armas, de las guerras y de la
ideología del enemigo. También nosotros debemos aprender y
decidirnos a defender la paz sobre el terreno de la no violencia
absoluta. Se que es muy fácil decirlo con las palabras y muy difícil
practicarla con los hechos. Cristo mismo le advirtió a Pedro:
“Guarda tu espada, porque quien a espada mata, a espada morirá”, y
luego: “Si te pegan en tu mejilla derecha, ponle también la mejilla
izquierda”. Con estas palabras, Jesucristo ha desarmado para siempre
todos los ejércitos del mundo y ha desvanecido todas las lógicas de
la violencia.
“Hay que apostar a la paz por medio de la fe y no del cálculo”: lo
decía Dietrich Bonhoeffer, aquel pastor protestante que en 1943
viene asesinado por los nacistas. Es que a Dios no se llega subiendo
los escalones de nuestros razonamientos. ¡No puede ser así! Sería un
Dios frío, que no dice nada. Las escaleras de nuestros razonamientos
sirven más que nada para bajar de Dios hacia las criaturas, que para
subir de las criaturas hacia Dios. Así sucede también con la paz: si
es fruto de las prudencias carnales o de las contraposiciones, no es
paz. Hay que apostar a la paz por fe, hasta llegar al desarme
unilateral, como decía Bonhoeffer. Jean François Six indicaba que
“la oración crea futuro”.
Para ser agentes de paz deberíamos rezar siempre a Dios diciendo:
“Señor, danos un corazón dócil, capaz de discernir el bien y el
mal”. Necesitamos de esa capacidad de discernimiento, de esa
“sapientia mentis”, antes que la “sapientia cordis”. Es mejor dar
diez pasos juntos que un kilómetro solos.
“Danos Señor, un corazón dócil y luego una palabra audaz”. Nos hemos
convertido en profesionales equilibristas. Sabemos decir y no decir.
Afirmaba Martin Luther King, el famoso apóstol de los derechos de
los negros en América: “No tengo miedo de las palabras de los
violentos, sino del silencio de los honestos”. Y Anton Cechov: “La
indiferencia es muerte prematura”.
El secreto para permanecer alejados de cualquier peligro de violencia
es de vivir según lo que nos enseña Jesús, de buscar el rostro de
los demás para ofrecerles la paz, sabiendo que la peregrinación más
larga no es la que va desde Capital Federal a Luján o a cualquier
otro santuario, sino el que va desde nuestra casa hacia el lugar de
trabajo o de convivencia.
Pbro. Dr. José Manuel Fernández |
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