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RENUNCIA Y ALEGRÍA
"En aquel tiempo, al salir, Jesús vio a un recaudador llamado Leví
sentado al mostrador de los impuestos y le dijo "Sígueme". El,
dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un
gran banquete en su casa y estaban a la mesa con ellos un gran
número de recaudadores y otros. Los fariseos y los letrados dijeron
a sus discípulos, criticándolo: "¿Cómo es que comen y beben con
publicanos y pecadores?" Jesús les replicó: "No necesitan médico los
sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a
los pecadores a que se conviertan". (Lc 5, 27-32)
v. 27: "Jesús miró a Leví": El espacio vital del hombre es la mirada
del otro. Lo acoge o lo rechaza, lo deja o lo busca, lo ama o lo
juzga: la persona vive o muere por la mirada del otro. El ojo es el
órgano del corazón: su manifestación eficaz: el ojo bueno hace buena
a la persona; el ojo malo hace malo al hombre; uno hace morir; el
otro da vida. Por esto Dios al final de su obra creadora, en el
libro del Génesis concluye: "Y Dios vio que era muy buena" (gen 1,
31). Su ojo, es decir, su corazón es la fuente de todo. Con la
primera mirada de Jesús, luego de larga búsqueda, lo encuentra:
ahora en Jesús, encontramos el ojo y el corazón de Dios, de aquel
que nos ama como somos.
Los ojos de Dios encuentran reposo solo cuando encuentran a los más
lejanos, pequeños y pecadores, porque el ojo va donde el corazón lo
ha precedido. Su ojo revela su corazón.
Leví viene descripto mientras está "sentado" contando su dinero. Es la
situación del pecado, la parálisis de la cual, la gracia lo salvará.
También Pedro fue llamado a seguirlo cuando se reconoce pecador (v.
8). A la objeción y perplejidad de los pecadores que lo encuentran y
lo quieren alejar de si porque se reconocen indignos, Jesús responde
perentoriamente con la invitación a acercarse definitivamente a él
en su camino.
"Sígueme": Su propuesta hace capaz la respuesta. Como la primera
palabra de Dios ha llamado de la nada todas las cosas, así su
palabra última y definitiva llama a una nueva vida de intimidad con
él. Con la primera que es el Alfa, el Padre puso al mundo y al
hombre fuera de sí; con la última que es la Omega, lo atrae hacia
sí, en el Hijo de su amor que es el principio y el fin de todo. Esta
Palabra nos hace existir como hombres libres, sus hijos e
interlocutores, propiamente llamándolo a "seguir al Hijo. La esencia
del cristianismo no es una doctrina o iluminación, sino la persona
de Jesús. La fe es un par de pies para ir detrás de él en el camino
hacia el Padre, un par de oídos y de ojos para oirlo y verlo, en
modo tal de seguirle, un par de manos para "tocarlo". El ojo que
encuentra su mirada es nuestra fe, el pie que sigue sus huellas es
nuestra esperanza, las manos que lo tocan en el último hermano
abandonado es nuestra caridad.
La palabra de Jesús "sígueme" es la nueva palabra creadora. Ella
restituye al hombre a sí mismo y lo coloca en el corazón de Dios,
del cual el hombre es imagen y semejanza. Por esto el hombre no
puede seguir a otro hombre, sino solo a Dios y a su Palabra. Sabemos
muy bien a dónde lleva el camino del hombre! El camino de Jesús, en
cambio, lleva a otra esfera. Él es el camino, la verdad y la vida:
la verdad que se hace camino para venir a nuestro encuentro y darnos
su vida. Por esto lo seguimos.
v. 28: "Dejó detrás todas sus cosas, se levantó y lo siguió": Leví
abandona y renuncia a todo, y se levanta, es decir resucita, para
seguirlo. Renunciar a todo es la condición para seguirlo. Decisión
radical, pero indispensable. No se pueden seguir dos caminos: "Ay de
los corazones débiles y las manos caídas, del pecador que va por
doble camino! (Eclo 2, 12)". Leví renuncia a su camino de mentira y
muerte, que lo tiene sentado e inmóvil, semejante a su ídolo que
tiene pies y no camina (cf. Sal 115, 7). Lo suyo no es un acto
estoico de renuncia. Es fruto de la "gran alegría" de quien ha
descubierto el tesoro en el campo, de quien ha encontrado la "perla
preciosa" (cf. Mt 13, 44 ss): es el ser que ha sido conquistado por
Cristo Jesús (Fil 3, 12). Leví se levanta y lo sigue para
conquistarlo, porque ha sido conquistado por él.
Cuando uno está realmente arrepentido, tiene ganas de empezar de
nuevo, completamente de nuevo. No le gusta la idea de volver a la
misma condición en que se encontraba antes de pecar. De hecho, el
perdón de Dios es una nueva creación de la persona. "Lo antiguo ha
desaparecido", dice san Pablo: "un nuevo ser se ha hecho presente".
Este ser nuevo, tiene posibilidades, porque renunció a su vida
anterior. A veces uno no quiere escuchar el llamado de Dios a la
conversión, porque se siente como ante una montaña muy elevada y sin
condiciones para el andinismo. El error está en hacer los cálculos
sólo sobre la base de las propias fuerzas. No hay que olvidar el
poder de Dios, que no sólo hace desparecer nuestras faltas, sino que
además crea algo nuevo.
Mientras que de Pedro y de los otros se dice que "lo siguieron" (5,
11), aquí según muchos códices, se dice que "lo seguía". Allí se
indica la acción neta, en su inicio. Aquí con el imperfecto, se
indica una acción continuada y progresiva. La sequela de Leví, que
tiene un inicio neto como el de cualquier otro, es también un camino
dinámico, que primeramente es menos ágil. La renuncia al mal y la
adhesión al Señor es un crecimiento continuo.
Seguramente también el paralítico, luego de la curación, habrá
caminado con cierta incerteza; ciertamente no con aquella fuerza y
desenvoltura que le dará el ejercicio. El hombre, donde no llega
volando, llega rengueando. Además, como es cierto que no vuela, es
seguro que renguea. Lucas introduce así el tema siguiente, el de la
comida con los pecadores.
v. 29: "Leví le ofreció en su casa un gran banquete": Inicia el
recibimiento: el Señor que lo llama viene invitado, y de invitado,
se convierte en aquel que lo recibe en su ser. Comen juntos. Comer
es el acto necesario en la vida y que los hermanos realizan juntos,
porque tienen en común la misma vida. El reino de Dios es comparado
con frecuencia, con un banquete. Es la realización del banquete
escatológico, el encuentro mismo con Dios (cf. Is 25, 6-10). Está
aquí como en sombra el banquete eucarístico, donde se consuma
nuestra comensalidad con Dios y llegamos a ser una familia única con
él. Jesús admite a este banquete, a los excluidos y a los pecadores.
Su comunidad convivial no está reservada a los "puros". Más aún,
éstos rechazan la invitación y se quejan.
v. 30: "Los fariseos y los escribas murmuraban": Aquello que
escandaliza a los fariseos de todos los tiempos, es que Jesús es
justo; por lo tanto no es justo que condivida la comida con los
pecadores. ¿Qué derecho tienen estos de sentarse a la mesa junto a
los justos?. Los fariseos no pueden entender, en cuanto justos, que
la salvación es don del amor de Dios y no mérito del hombre. El amor
merecido no es más amor, es algo meretriz.
El amor es siempre don. El justo que quiere ganarlo con su justicia, y
excluye a los injustos sin mérito, muestra de tratar a Dios como un
objeto. Este es el único pecado que va directamente contra él que es
amor, y por tanto don y gracia. Lo que salva al justo no es "su"
amor por Dios, sino el amor gratuito de Dios por él. Jesús como con
los pecadores, condivide con ellos la vida y revela su amor
gratuito. El principio de la salvación no es nuestro ayuno por él,
sino su comer con nosotros. Estamos salvados porque él viene a
nuestro encuentro y condivide nuestra vida. La comensalidad con el
Señor, más que fruto de la salvación, es el principio. La
eucaristía, en efecto, es la acción misma con la cual Dios salva el
mundo.
Jesús no sólo come, sino que también beben juntos, a diferencia del
Bautista que ayuda y no bebe vino. Ha llegado el tiempo de la
misericordia divina, el don de la tierra prometida, donde ahora el
hombre goza en el reposo y en la fiesta.
La pregunta de los fariseos no es puesta por Jesús, sino por sus
discípulos. Esto indica que esta pregunta era puesta a los
discípulos en el interior de la comunidad. Quizás estaban tentados
de tendencias fariseas, con el peligro de convertirse en una secta
de puros, olvidando de ser una comunidad abierta a todos, hecha de
pecadores perdonados, propiamente cuando eran todavía pecadores.
v. 31: Les respondió Jesús: "No necesitan médico los que están sanos,
sino los que están mal". En esta primera parte de su dicho, Jesús
declara la verdad del hombre, enfermo y pecador, y la verdad de
Dios, que es médico. (cf. Sal 103,3ss; Os 6, 1; 7, 1; Is 19,22; Jer
17,14).
"No he venido a llamar a la conversión a los justos sino a los
pecadores". Donde está el médico se reciben los enfermos para
curarlos; donde está Dios se reciben a los pecadores para
devolverles una vida nueva. Surge aquí una transformación: los que
retienen el derecho, son excluidos. Esto no es capricho, es
necesidad: Dios es amor y los justos se excluyen, porque lo
destruyen queriendo comprarlo. Todo el capítulo 15 de Lucas está
dirigido a los justos para que reconozcan el gran pecado de ellos, y
sintiéndose pecadores, puedan finalmente acoger la misericordia.
Por esto también la Iglesia, venciendo las tendencias farisaicas, debe
considerarse una comunidad de desgraciados que son agraciados por el
Señor. Si participan de su gracia, no pueden hacer otra cosa que
ejercitar gracia en relación a los otros desgraciados. La Iglesia
continúa la misma obra de salvación del Señor, de quien vive.
A principios de marzo fue presentado en Roma un nuevo libro, cuyo
autor es Jean Vanier, y cuyo título es: "La depresión. El camino de
la curación". Es uno de los maestros espirituales de estos inicios
del milenio, fundador del movimiento laical "Fe y Luz" que cuenta
con 1.500 comunidades en 72 países. Este canadiense abandonó una
brillante carrera militar para dedicarse a la filosofía y teología,
pero su vida experimentó un giro inesperado en 1964, cuando conoció
en Francia a dos hombres con profundas deficiencias mentales, a
quienes acogió en su casa para sacarles del abandono en un hospital
psiquiátrico. Con ellos fundó la comunidad del Arca, en la que
hombres y mujeres de toda procedencia social conviven con personas
de capacidades diversas (algunos tienen el síndrome de Down, otros
proceden de centros psiquiátricos, etcétera).
A la pregunta que se le formuló: "¿Porqué ha decidido escribir ahora
un libro sobre la depresión?", responde: "He conocido a demasiadas
personas cristianas o no, que han perdido la confianza en sí mismas
y están aprisionadas en sentimientos de tristeza y de culpa. Es como
si tuvieran enormes barreras en torno a sí. Son hombres y mujeres
que no creen en verdad que Dios les ama. Cuando la primera cosa que
Cristo nos dice es: tú eres precioso, tienes un valor, eres
importante. Toda la pedagogía de nuestro movimiento está en revelar
que: "tú eres valioso y estamos contentos de estar contigo". Nuestro
tratamiento consiste ante todo en ser felices y serlo juntos, para
transformar la imagen negativa de sí mismo en una positiva. El
objeto consiste en transformar el miedo de vivir en un deseo de
vida.
Hoy somos mucho más frágiles que nuestros antepasados. El
individualismo feroz genera depresión. Pero para superar esta
anomalía son necesarios tres elementos: una buena comunidad, un
trabajo que nos interese y la fe. Por el contrario, hoy muchas
personas ya no tienen una familia armónica o amigos, ni un trabajo
digno, ni la fe que les permita tomar contacto con la realidad, pero
para trascenderla. Y entonces ni siquiera la mejor terapia funciona.
- "Y ¿qué puede hacer la Iglesia para ayudar a los que están sumidos
en la tristeza angustiante?". Hay dos aspectos - responde -. El
primero, muy doloroso, es que los sacerdotes no se hacen tiempo para
confesar. Haría falta un mayor número de sacerdotes capaces de
escuchar a los hombre y las mujeres que se han vuelto frágiles por
la tristeza. La confesión no es un juicio sino un encuentro con
alguien que puede escuchar los sufrimientos y dificultades de otra
persona; no sólo para consolar sino para ayudarlo a asumir el
sentido de la tristeza. Segundo aspecto: la Iglesia empuja mucho
hacia ideales que inspiran a los jóvenes pero en ocasiones se olvida
a quienes no tienen fuerza para asumir estos compromisos. En el
misterio de la Iglesia deben estar tanto los creyentes comprometidos
y fuertes, como los débiles: los ancianos, los enfermos, las
personas en crisis. Y cada día son más numerosas. Está la Iglesia
del entusiasmo, pero hace falta también la Iglesia refugio de los
heridos.
¿Quién no recuerda nuestros años de niños en que frecuentábamos la
catequesis, cuando recitábamos de memoria la lista de los pecados
capitales?. "Los pecados capitales - decíamos - son siete: el
primero, soberbia; el segundo, avaricia; el tercero, lujuria; el
cuarto, ira; el quinto, gula; el sexto, envidia; el séptimo,
pereza".
La verdad es que no sabíamos muy bien qué significaba cada una de esas
palabras, y menos aún qué fuera ese "apetito desordenado" con el
que, a continuación, las definíamos.
Lo que no se sabía es que, en los catecismos primitivos, los pecados
capitales eran ocho, porque añadían, al final, el pecado de la
tristeza, y que fue San Gregorio Magno quien vio, como si fueran el
mismo, el de la tristeza al de la pereza, con lo que ese
entristecimiento quedó fuera de la tabla de los capitales.
Y la verdad, pienso yo, es que fue una pena y una mala jugada la de
San Gregorio, porque buena falta les hace a todos los hombre y
mujeres, y especialmente a los cristianos, que les recuerden que la
tristeza no sólo es un error, sino también un verdadero pecado.
Claro que es necesario aclarar que no es lo mismo tristeza que dolor y
sangre en el alma. Bastante tiene el que sufre con sufrir para que
encima le digamos que eso es pecado. Y tampoco estoy hablando de
esas ráfagas de tristeza que cruzan alguna vez incluso por las almas
más santas y felices. Quien no conozca esas horas oscuras poco sabe
de la vida. Y quien no acepte que a veces son inevitables es que no
es muy comprensivo.
La tristeza que yo señalo como pecaminosa es la terca, esa especie de
masoquismo en ver el mundo como pura oscuridad y, sobre todo, el
olvidarse de que, incluso en medio de la noche, Dios sigue amando al
hombre. Cristo lo explicó muy bien en el Huerto de los Olivos. Allí,
dicen los evangelios, Cristo confesó que "estaba triste hasta la
muerte" y, lógicamente, si Cristo, que era impecable, conoció hasta
el fondo la tristeza, es que no toda tristeza es pecaminosa. Pero es
que Cristo, aún en esa sima de amargura, no olvido nunca que la
volunta de su Padre - y, por tanto, la alegría - estaba detrás de la
tapia oscura del dolor.
La tristeza mala es, pues, la de quien se entrega a la tristeza, quien
se rinde a ella, en el fondo por falta de coraje e incluso por
comodidad. Séneca explicó muy bien que "la tristeza, aún cuando esté
justificada, muchas veces es sólo pereza, ya que nada necesita menos
esfuerzo que estar triste".
Pero es que de verdad ¿puede combatirse la tristeza? Desde luego. A
uno pueden darle disgustos; pero, en definitiva, siempre es libre de
tomarlos o no, y de tomarlos con mayor o menor coraje y entereza, de
modo que no acaben entenebreciendo nuestra alma. Y es que no hay
bruma que, a la corta o a la larga, no sea desgarrada por el sol.
Para quien no cierre los ojos voluntariamente, claro.
Por otro lado, toda tristeza puede ser compartida y, por tanto,
dividida entre dos o destruida por dos. Es cierto que el egoísmo de
nuestro tiempo suele olvidar demasiado aquella obra de misericordia
que era "consolar al triste", pero también lo es que hay personas
que - por timidez o por lo que sea - prefieren encerrarse a sufrir
solos antes que abrir el alma a los demás. Y eso sí que es un gran
error.
¡Qué hermoso en cambio, el oficio de llevar consuelo y alegría a los
demás! Los santos lo sabían muy bien. San Juan de la Cruz, a quien
muchos han pintado como un hombre adusto y solitario, era, al
contrario, un magnífico santo que llevaba consuelo a los tristes.
Una de las normas de conducta que se imponía, cuando era superior de
algún convento, era la de que jamás el súbito saliera de su
habitación entristecido. Y se sabe que cuando veía algún fraile
melancólico le tomaba de la mano, le llevaba al campo y comenzaba a
hablar de la hermosura del mundo, la belleza de la hierba y las
flores, la alegría de la creación, hasta que veía aflorar en sus
labios una sonrisa.
Y la alegría puede coexistir con el dolor. Giovanni Papini lo explicó
con el ejemplo de su precioso libro La felicidad del infeliz, en una
de cuyas páginas escribe: "He perdido el uso de las piernas, de los
brazos, de las manos, he llegado a estar casi ciego y casi mudo.
Pero no hay que tener en menos estima lo que aún me queda, que es
mucho y mejor; siempre tengo todavía la alegría de los otros dones
que Dios me ha dado. Tengo, sobre todo, la fe".
Sí: la ayuda de Dios, el coraje y la fe son suficientes para desterrar
toda tristeza. Y si encima, contamos con amigos o familiares a
quienes querer y que nos quieran, mejor todavía.
Porque seguramente es cierto aquello que solía repetir León Bloy: "La
única verdadera tristeza es la de no ser santos". Y si alguien le
asusta esta palabra, podemos decir que la verdadera tristeza es la
de no amar. Y amar es compartir, verbo éste último que habría que
aprender a conjugar con mayor frecuencia. Pero me temo que hoy falta
alegría, porque falta compartir. Hoy es facilísimo encontrase
multitudes, pero claro, una multitud no es una compañía; normalmente
es un amontonamiento de soledades.
Una vez nos encontramos con un sacerdote que tenía una manera muy
especial de catalogar a las personas. Un día en que alguien elogiaba
las magníficas virtudes que rodeaban un clérigo que había sido
elegido obispo, diciendo: -" es un hombre equilibrado, profundo,
celoso, inteligente, sólido teológicamente - el sacerdote preguntó:
"¿Y se ríe mucho?. "¡Ah! NO - le contestaron -, es un hombre
tremendamente serio en todo". A lo que el sacerdote añadió por todo
comentario: "¡Hum!".
Los psicólogos aseguran que el humor es siempre una victoria sobre el
miedo y la debilidad. Todos los hombres nos sabemos débiles, tenemos
miedos que ocultamos a todos, pero que están en nuestro corazón. Y
resulta que en la mayoría de los casos, el débil, sobre todo cuando
está en puestos de autoridad, desde el padre hasta el jefe tiene a
ocultar esa debilidad suya con una capa de solemnidad. Cree que
endureciendo el rostro nadie descubrirá sus miedos interiores. Y por
eso da sus órdenes a gritos, se refugia en el "esto se hace así
porque lo mando yo", "aquí el que manda soy yo". Frases que denotan
una debilidad tremenda y una gran necesidad de ocultarla.
El verdaderamente fuerte, en cambio, no necesita demostrarlo a todas
horas y prefiere superar sus miedos a través del humor. Hay gente
que cree que la fe hay que vivirla de modo muy serio. Es cierto que
las coss de Dios deben admirar con respeto, pero de ahí asumirlas
con una seriedad aburridísima con que algunos creen que hau que
vivir la fe hay demasiados kilómetros.
Yo recuerdo siempre, aquello que contaba Bruce Marshall: educado en
una familia protestante puritana, al buen niño Bruce se le hacían
insoportables las iglesias. La hora de los cultos era, para él, la
mayor de las torturas: no podía hablar, no podía casi respirar; si
se movía, su madre lo pellizcaba; si por casualidad, se le escapaba
del bolsillo una moneda y se ponía a correr hacia el presbiterio, ya
sabía que en su casa estallaría la tormenta y le tendrían castigado
quince días sin salir. Así hasta que un día tuvo que asistir a la
primera comunión de un amiguito católico y acudió a una Iglesia
"papista". Y ocurrió que en el momento más solemne de la misa, se le
escapó del bolsillo, una moneda, que por el pasillo central,
emprendió una carrera que todos los fieles e incluso el cura que
celebraba la misa siguieron con los ojos... hasta que fue a meterse
por la rejilla de la calefacción. En ese momento el cura que
celebraba prorrumpió en una sonora carcajada que muchos corearon con
sonrisas. Bruce no entendía nada. ¿Cómo es que allí nadie se había
escandalizado? Y, con esa lógica propia de los niños, se dijo a sí
mismo: "Esta debe ser la Iglesia verdadera. Aquí se ríen".
No diré que haya que incluir en los libros de teología, entre las
pruebas de credibilidad sobre la Iglesia, ésta de que los católicos
podemos libremente sonreír sin que Dios se nos enoje, pero sí diré
que un poquito de humor, de alegría, hace bien a la vida y a la fe.
Permítanme que les cite un texto de Martín Grotjahn que, me parece,
vale la pena meditar en cada una de sus palabras: "Todo lo que se
hace con una sonrisa nos ayuda a ser humanos. La risa es una forma
de comunicación humana que es esencia exclusiva del hombre. La risa
es una forma de comunicación humana que es esencia exclusiva del
hombre. Se basa en la liberación de las tendencias agresivas y los
falsos sentimientos de culpabilidad; y esta liberación nos hace,
quizá, un poco mejores y más capaces de comprender a los demás, a
nosotros mismos, a la existencia. La alegría nos da libertad y el
ser libre puede reír. El que comprende la parte buena de las
personas y de las cosas, comienza a entender a la humanidad y su
lucha por libertad y felicidad".
Me parece que no es éste tampoco un mal programa para los creyentes.
Porque yo estoy completamente convencido de que una de las mejores
sorpresas de la vida eterna va a ser descubrir que Dios es alegría
suma e infinitamente más divertido de lo que nos imaginamos. Porque,
efectivamente, si Dios fuera como uno de esos señores que se han
tragado una escoba, la eternidad sería sencillamente insoportable. |
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