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LA TERNURA DEL PERDÓN
Si se perdieran todos los capítulos del evangelio y se salvara de esa
catástrofe sólo la "parábola del hijo pródigo" (Lc 15,11-32) que nos
propone la Liturgia de la Palabra hoy, el núcleo central de la
Sagrada Escritura estaría a salvo. El texto sagrado concede un
amplio espacio a las peripecias del hijo menor que exige a su padre
que le entregue la parte de la herencia que le corresponde. Nos
habla de su pecado, no como simple violación de un precepto, sino
como un marcharse de la casa paterna, y nos describe la ilusión en
que cae cuando piensa haber adquirido una libertad que ya poseía y
que, sin embargo, pierde en el mismo momento de alejarse. Pero el
centro de la parábola no es el hijo, sino el anciano progenitor. Lo
revela el hecho mismo que la palabra "padre" aparezca aquí 12 veces.
El milagro no consiste ante todo en el arrepentimiento del hijo menor,
sino en la ternura del padre que perdona y acoge de nuevo al hijo en
su casa como si no hubiera pasado nada. Cuando el hijo se ha hundido
hasta el fondo, en su desoladora serie de errores y de males, le
tiende la mano para ayudarle a salir fuera, corre a su encuentro y
lo abraza, con lágrimas en los ojos. He aquí el hecho
extraordinario: que la ternura de Dios sea tan grande que anula el
pecado del hombre y que su misericordia salvadora pueda llegar hasta
ese punto. Y, por otra parte, es la ternura misericordiosa la que
revela toda la profundidad del pecado del hijo, que había dejado de
ver en el padre a alguien que lo amaba de verdad, negándose a
dejarse amar.
El pecado es siempre una negación de amor: un huir del amor de Dios
para poder obrar por cuenta propia: "Padre, dame la parte de la
herencia que me corresponde". Pocos días después, el hijo menor lo
reunió todo y se marchó a un país lejano" (15, 12-13). El hijo se
marcha. ¡Cuántos sueños de grandeza! Y se va a un "país lejano",
donde está perdido sin ver horizontes. "Malgastó su hacienda,
viviendo como un libertino" (v.13). Ebrio de aquella libertad de la
que se imaginaba que iba a gozar, se arroja a los "paraísos
artificiales" de la diversión, del alcohol y del sexo, ¡y se olvida
del padre! Pero éste lo recuerda siempre. Más aún, no pensó tan
intensamente en su hijo como a partir del día en que se marchó.
Aguarda con ansia su regreso, lo extraña, lo invoca día y noche. No
lo condena porque nunca dejó de amarlo.
"Estando todavía lejos, le vio su padre y conmovido, corrió, se echó a
su cuello y le besó efusivamente" (v.20). Nos parece ver a aquel
padre que, apenas divisa a su hijo en la lejanía, se conmueve,
siente un nudo de emoción en su garganta y comienza a correr, como
loco de alegría, abrazándolo y estrechándolo contra su pecho,
sollozando de gozo. El hijo ni siquiera tiene tiempo para terminar
su confesión, que había preparado con tanto esmero: "¡Padre, pequé
contra el cielo y contra ti! Ya no merezco llamarme hijo tuyo;
trátame como a uno de tus jornaleros" (vv. 18-19.21). No tiene
necesidad de más palabras: el hijo no ha dejado nunca para su padre
de ser su hijo infinitamente amado. Nótese la discreción del padre.
Ni una palabra de reproche; ni una humillación para el hijo; ni una
alusión a su pasado vergonzoso. Únicamente la alegría por su
regreso: "Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un
anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero
engordado y mátenlo. Comamos y festejemos" (vv. 22-23). Se le
devuelven al hijo todas sus prerrogativas - el vestido, signo de
honor y dignidad; el anillo con el sello de la familia, signo de la
filiación reencontrada; las sandalias, signo de libertad recuperada-
ya que en adelante vuelve a integrarse, con todos los títulos, en la
casa paterna: es hijo con todas las consecuencias. Y se celebra una
fiesta.
La experiencia del hijo menor, en este sentido es desconcertante.
Cambia radicalmente su vida; pasa de la adolescencia a la madurez:
un itinerario encerrado entre los verbos "se marchó" (v. 13) y
"partió hacia su padre" (v. 20). Se aleja de casa, rico, petulante,
seguro de sí mismo, soñador; vuelve cabizbajo, desgarrado,
humillado, luego de la experiencia de vacío y del carácter absurdo
del pecado. Se animó a retornar y tuvo la experiencia fascinante de
la ternura del padre que sale a su encuentro, borrando en un solo
momento todo su ayer: experiencia de un amor sin límites y de una
ternura sorprendente, imprevista e imprevisible. El hijo pródigo
tuvo la experiencia de la conversión y del retorno. En el momento
más trágico, entró en si mismo y se dijo: "Me levantaré, iré a mi
padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti" (vv.
17-18). Se trata de un "entrar en sí mismo" que remite a un "salir
de sí mismo" cuando pensó que iba a encontrar la felicidad fuera, en
el tener y el poseer, y no en el ser y el amar. El padre no retuvo
al hijo cuando éste decidió partir, a pesar de que sufría
profundamente; a veces "incluso el pecado", una vez que el pecador
se ha arrepentido, puede ser un itinerario de regeneración y de
retorno a Dios.
Pensemos en el testimonio de San Agustín, quien luego de haber vivido
como pródigo comenzó a estrenar la vida nueva que lo llevaba a decir
en sus Confesiones: "¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara
eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te
conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para
hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de
verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con
fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta
de la gran distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza
que hay entre tú y yo. ¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan
nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por
fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas
hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba
contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no
estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y
quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi
ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté
de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste y deseé con
ansia la paz que procede de ti" (Libro 7, 10,18; 10,27).
El comentario a la parábola quedaría incompleto si no destacáramos
también la actitud del padre con el hijo mayor y la necesidad que
también tiene éste de conversión y de reconciliación.
"Él se enojó y no quiso entrar" (v. 28). Es palpable el contraste
entre la alegría llena de emoción del padre y la indignación airada
del hijo mayor. Este último no ha pasado por la experiencia de la
ternura paterna y se muestra terriblemente cerrado, duro de
carácter. Casi se tiene la impresión de que él se había quedado en
casa no por virtud o nobleza del carácter, sino por falta de
fantasía y de coraje, por una especie de comodidad burguesa. Le
faltó generosidad de ánimo. Por eso ve con malos ojos el regreso de
su hermano. Frunce el ceño y se muestra huraño. Cuando el padre le
suplica que entre, saca a relucir todos sus méritos. Se lamenta de
no haber recibido bastante. Nos parece verlo frente a la puerta, en
pie, con la cara tensa de disgusto, con desprecio en sus labios,
lleno de rebeldía y escandalizado por lo que se considera una
"debilidad" o, al menos, una decadencia senil irremediable de su
padre. El hijo mayor no tiene menos necesidad que el menor de
convertirse. Está encerrado en la frialdad de la ley. Se encuentra
tal vez en estado de gracia, pero no ciertamente en acción de
gracias. No ha cometido pecados graves, pero vive sin amor.
El Dios del evangelio es un Padre que rechaza el fariseísmo. El hijo
mayor pensaba que para estar en su lugar en la casa paterna bastaba
con respetar escrupulosamente el reglamento: "Jamás dejé de cumplir
una orden tuya". Y encerraba sus relaciones con el padre en un libro
de contabilidad, aunque ésta no acababa de cuadrar en su agenda, ya
que estaba por pagar "un cabrito para tener una fiesta con los
amigos". Pero nunca había tenido el coraje de decirlo. Y encuentra
ese valor en el momento en que el padre parece haber echado por
tierra todas las cuentas, organizando una fiesta para el hijo más
pequeño. Entonces ya no puede más y protesta. Las expresiones que
usa son muy duras: llama a su hermano "ese hijo tuyo", negándose a
reconocerlo como "hermano"; y describe al padre como un "amo", dado
que habla de su trabajo en casa como una obra servil: "te sirvo", un
verbo poco simpático, típico de los esclavos. Evidentemente, vivía
su papel de hijo sólo como un problema de obediencia y no como una
condición filial, afectuosa y confiada. Vive la lógica del mérito y
no de la gratuidad. Tal vez estaba en estado de gracia pero no vivía
en acción de gracias.
"Salió su padre para rogarle que entrara" (v.28). Una vez más es el
padre quien toma la iniciativa. Lo mismo que había salido al
encuentro del hijo menor, acude ahora a hablar con el mayor con
ternura y comprensión.
"Hijo mío, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo" (vv.
31-32). Parece decirle: "¿Es posible que no llegues a comprender la
alegría que siento por la vuelta de tu hermano?". Sólo quiere que
comprenda su gozo y que participe de él, junto con el hermano
"recuperado" y con toda la familia. El padre no se pone a defender
al hijo menor, pero tampoco aprueba al mayor. Es ésta la paradoja
que deja llenos de asombro a los "virtuosos hipócritas" a los que
Jesús narra su historia. El mensaje resultaba demasiado evidente: la
persona humana puede malgastar su vida de dos maneras, decía
substancialmente la parábola:
- una consiste en huir de Dios, eludiendo la responsabilidad de ser
hijo, no reconociendo el amor de Dios y destruyendo la parte más
noble de la propia naturaleza. Esto está mal. Y la persona tiene que
arrepentirse de semejante conducta y cambiar de vida para poder ser
acogida nuevamente en la casa del Señor;
- la otra manera es la de quienes no saben apreciar el don de ser
hijos y se quedan en casa sin experimentar la más pequeña alegría,
sin sentirse nunca felices de vivir en ella, cultivando incluso un
espíritu de reivindicación por un cabrito que nunca les han dado.
También ésta es una manera equivocada de vivir. También ellos
cometen un pecado, porque no saben amar. Y su espíritu no le agrada
al Señor.
Es ésta la buena nueva de Jesús: un Dios de ternura, de consuelo y
misericordia. No hay en ninguna literatura palabras más candentes
que aquellas con las que Jesús condena la triste hipocresía de los
fariseos, como el hijo mayor de la parábola: la vida es una gracia
que hay que vivir, no una condena que haya que pagar. Y ésta es la
fuerza de la ternura del Padre celestial: una ternura capaz de
resucitar a los hijos, si se abren a ella, y hacer que sean capaces
de ternura los unos con los otros y ante la vida. No ya un espíritu
de revancha o de rivalidad, sino de respeto y de fraternidad
sincera, amorosa y abierta al perdón.
En la parábola, no obstante las apariencias, falta el final feliz, el
cual se verificará cuando suceda la conversión del hijo mayor. Una
conversión mucho más ardua que la del hijo menor.
Jesús quiere que tengamos la experiencia del hijo pródigo: vivir a
fondo la reconciliación, acercándonos con humildad al Sacramento de
la Confesión, pero seguros de recibir el reconfortante abrazo del
perdón divino. Es lo que Pablo exhorta a los Corintios: "Déjense
reconciliar por Dios" ( 2 Cor 5,20). Y como Pueblo de Dios tenemos
que poner en práctica aquello que recordaba Juan XXIII: "La Iglesia
debe acostumbrarse a ejercer con más frecuencia la medicina de la
misericordia que las armas de la severidad". Dios no vive
obsesionado por condenar, absolver, juzgar o emparejar las cuentas,
sino por expresar un amor exultante, indestructible e
incondicionado, porque Dios es exclusivamente amor. Su amor no se
mide de acuerdo a los méritos de los hijos. No se mide por un
ternero cebado. Hay algo mucho más importante: "Todo lo mío es tuyo"
(v. 31).
En la página evangélica que meditamos, comprendemos que, mientras el
hombre tiene necesidad de muchas cosas y de muchas palabras para
decir poco o nada, sin embargo, Dios con nada dice todo. Un simple
abrazo ha expresado que sólo la compasión salva.
Pbro. Dr. José Manuel Fernández |
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