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PROHIBIDO ESCONDER LA LUZ
Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández
“Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor,
¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser
tirada y pisada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo. No se
puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se
enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la
pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la
casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay
en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen
al Padre que está en el cielo” (Mt 5,13-16).
Al proclamar el sermón de la montaña, Jesús nos invita a asumir el
espíritu de las Bienaventuranzas como la nueva ley que ha venido a
proclamar a la humanidad. Hoy da un paso más, solicitando que sus
discípulos sean “sal de la tierra y luz del mundo”. Más que
referirse o hacer mención al contenido del actuar cristiano,
prefiere subrayar en qué consiste el “estilo” del creyente. Para un
cristiano el estilo con que se hacen las cosas es casi más
importante que las cosas mismas que se hagan. Lo que debiera revelar
la identidad (sal) del creyente, es la claridad de su testimonio
(luz).
Lo primero que destaca Jesús es el carácter público del cristiano.
Mateo subraya que la luz, por su naturaleza, está hecha para
iluminar, mostrarse visible y públicamente, no para esconderse. El
peligro que el evangelista parece denunciar, no es que la luz se
apague sino que se esconda. El evangelista teme el anonimato, ya que
es un peligro gravísimo, pues el Evangelio no es una cuestión
“privada”. El Evangelio es público y va anunciado desde los techos
como lo indica Jesús, pero no en el modo sensacionalista como en el
mundo se pregonan las noticias.
Lo segundo es la universalidad: “sal de la tierra y luz del mundo”.
No se puede olvidar que la universalidad de Jesús es no solo
extensiva sino sobre todo cualitativa. “Ustedes son la luz del
mundo”: la luz es el principio de la creación. En efecto, lo primero
que Dios crea es la luz: “Dijo Dios: ‘que exista la luz’. Y la luz
existió” (Gen 1,3). Pero hay que ser luz “del mundo”. En griego, la
palabra “mundo” (kósmos), significa orden, estructura, belleza. En
la medida en que iluminamos con la claridad del ejemplo
comprometido, cooperamos para que alrededor nuestro haya más paz
como expresión exterior del orden interior, y más belleza que
transfigure la opacidad de la mediocridad cotidiana con la claridad
de la trascendencia. La clave está en sembrar diariamente, porque
luego otros podrán vivir la luminosidad de los frutos. A veces
quizás nos sentimos desalentados porque la sociedad se va
descristianizando lentamente, pero el interrogante que surge, es:
¿qué estamos haciendo nosotros para detener ese fenómeno laicista?
Se dice que una noche un joven tuvo un sueño: ingresaba en un local
donde detrás del mostrador se encontraba un ángel. “¿Qué venden
aquí?”, preguntó el muchacho. “Todo lo que necesita la humanidad”,
respondió el ángel. Entonces dijo el joven: “Quiero que se terminen
las guerras, que cesen las injusticias, que se brinde tolerancia y
comprensión a los inmigrantes, que reine la armonía en las
familias…”, pero en ese momento el ángel lo interrumpió diciéndole:
“Perdón, creo que usted no me ha entendido. Aquí vendemos las
semillas pero no los frutos”. Nosotros podemos añadir afirmando que
los frutos serán el resultado de las semillas que nuestro
perseverante trabajo arroje a lo largo de cada día. No vale la fácil
y rápida queja sin el arduo esfuerzo previo.
Lo tercero es, no la utopía sino la realidad. No palabras ni
teorías, ni discusiones, ni demasiados documentos, sino obras. La
comunidad de Mateo tenía la tentación de las palabras (7,21-23) y de
los milagros. El evangelista la reprende fuertemente e invita a
vivir no obras de caridad sino a poner caridad en las obras. Hay
que recordar que la caridad evangélica se distingue por la
“condivisión” y no solamente ni sobre todo por la eficiencia.
La última nota es la transparencia: esta nota sugiere la forma más
amplia del reconocimiento de Dios. Los discípulos deben cumplir
“obras buenas” para que viéndolas se glorifique al Padre que está en
los cielos. Se dice que un día un niño entrando con su madre a la
imponente catedral de Notre Dame en Paris, le preguntó quiénes eran
los santos. La mujer le contestó interrogándolo a su vez: “¿Observas
los vitrales? Bueno, gracias a que ellos dejan pasar la luz del sol,
tú puedes saber qué viene representado en cada una de esas escenas.
Los santos son como los vitrales que no ponen resistencia a la
claridad y en sus gestos, palabras y obras, puedes admirar la luz de
Dios.
Cuando no existían los equipos para refrigerar los alimentos, la sal
se empleaba para preservarlos y conservarlos, de modo especial
aquellos que eran más perecederos, como la carne y el pescado. La
aplicación es transparente. El desafío permanente del cristiano, es
vivir la incorruptibilidad de la coherencia para ser comprensible
instrumento de edificación en cercanos y lejanos.
Debemos ser además sal de la tierra. La sal da sabor y preserva de
la corrupción. Además, es símbolo de sabiduría, amistad y
disponibilidad al sacrificio. La comunidad es sal cuando tiene el
sabor de las bienaventuranzas. Ellas nos dan el saber y el sabor.
Saber en latín se expresa con el término “sapere” cuyo significado
es “tener sabor”. Por eso, sabio es quien revela el sabor de lo que
sabe, viviendo enamorado en la práctica de aquello que conoce en
teoría.
Con gestos simples pero plenos de significado se puede iluminar y
ayudar a que otros encuentren sentido y sabor por la vida. Raúl
Follerau, apóstol de los leprosos, solía contar una historia
emocionante: visitando una leprosería en una isla del Pacífico le
sorprendió que, entre tantos rostros muertos y apagados, hubiera
alguien que había conservado unos ojos claros y luminosos que aún
sabían sonreír y que se iluminaba con un “gracias” cuando le
ofrecían algo. Cuando preguntó qué era lo que mantenía a este pobre
leproso tan unido a la vida, alguien le dijo que observara su
conducta por las mañanas. Y vio que, apenas amanecía, aquel hombre
acudía al patio que rodeaba la leprosería y se sentaba enfrente del
alto muro de cemento que la rodeaba. Allí esperaba hasta que a media
mañana, tras el muro, aparecía durante unos cuantos segundos otro
rostro, una cara de mujer, vieja y arrugadita que sonreía. El hombre
comulgaba con esa sonrisa y sonreía él también. Luego el rostro de
mujer desaparecía y el hombre, iluminado, tenía ya alimento para
seguir viviendo una nueva jornada y para esperar que mañana
regresara el rostro sonriente. Era –le explicaría después el
leproso- su mujer, que cada mañana continuaba expresándole así su
amor. Esa tal vez “insignificante” luz de la sonrisa, le daba
fuerzas a este débil hombre para seguir caminando y saboreando la
vida en medio de la adversidad.
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