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HAY QUE QUERER VER
Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández
“Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre
muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos. El quería
ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque
era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicomoro
para poder verlo, porque iba a pasar por allí. Al llegar a ese
lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: “Zaqueo, baja pronto,
porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Zaqueo bajó rápidamente y
lo recibió con alegría. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: “Se
ha ido a alojar en casa de un pecador”. Pero Zaqueo dijo
resueltamente al Señor: “Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a
los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces
más”. Y Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya
que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del
hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,1-10).
El evangelio sorprende siempre: en el corazón de este hombre al que
no pocos consideraban “perdido”, se esconde un gran deseo de “ver
quién era Jesús”. Buscar a Jesús es para él, una prioridad, un don y
un compromiso. Zaqueo nos educa para superar una religiosidad
genérica, que considera inútil la pregunta: “¿Quién es Jesús para
mí, aquí y ahora?”. Nos enseña a ir más allá de la curiosidad
momentánea, del conformismo y la emotividad. La Iglesia está llamada
a ser el pueblo de gente inquieta, de peregrinos sedientos
dispuestos a ayudarse recíprocamente para llegar al encuentro con el
único que puede ofrecer salvación integral y plena.
En primer lugar hay que subrayar que el árbol puede ser un refugio,
un modo de ver sin hacerse ver, una satisfacción personal para no
comprometerse ni con Cristo ni con los demás; un replegarse sobre sí
mismos para vivir una religiosidad individualista que tranquilice
simplemente la conciencia personal. Pero el sicómoro puede indicar
otro aspecto: todo puede servir al Señor para cumplir su deseo de
revelarse a todo hombre. Zaqueo no deja escapar la noticia del paso
de Jesús: sale de su casa, reflexiona, se preocupa en alcanzar los
medios para lograr el fin, que no es otro que verlo a Dios.
El segundo ámbito es la calle: Jesús pide a Zaqueo que “baje” para
estar a su lado. Él mira al jefe de los publicanos de abajo hacia
arriba, cuando habitualmente los poderosos miran a los pobres de
arriba hacia abajo. Llamándolo por el nombre, el Señor lo invita a
vivir la humildad, ubicándose al mismo nivel que el resto de la
gente. Es el símbolo de tantos cristianos que se sienten superiores
y por eso avasallan los derechos de los otros, o emiten juicios
condenatorios sobre los demás. Dios pide abandonar el propio
orgullo, no cediendo a la soberbia ni sintiéndose por encima del
prójimo.
Es cierto que el camino es también el lugar de la violencia, donde
se desatan los instintos colectivos. Pero para Jesús nadie debe
sentirse separado o aislado. Zaqueo con su pecado ha construido
barreras que limitan la cercanía con su hermano, aumentando la
envidia, la murmuración y el fingimiento. La invitación del Maestro
para que baje al mismo nivel que el resto de la gente sirve para
equilibrar el mundo desbalanceado por el mal.
El término “parroquia” significa etimológicamente “entre las casas”,
para indicar a la Iglesia en medio de la gente. La espiritualidad
cristiana ha rechazado siempre la tentación de destacarse como “los
puros”, separados de los demás “pecadores”. La Iglesia es el Pueblo
de Dios, compuesto de santos y pecadores, siempre necesitados de
purificación.
El tercer ámbito que sobresale en el evangelio que estamos
meditando, es “la casa”, vale decir, el lugar de la intimidad y de
la sinceridad; donde se está al reparo de los ojos indiscretos y de
la inseguridad generadora de miedo. El hogar es el antídoto a los
juicios y las fáciles condenas. Delante de Cristo caen finalmente
las máscaras y cada uno reconoce ser como es, por eso se le pide al
publicano que baje para ir a alojarse a su casa. No sabemos de qué
han hablado. Quizás bastó que allí estuvieran el uno junto al otro,
para consentir a Zaqueo de experimentar su miseria para
inmediatamente recibir la misericordia. La casa como símbolo de la
Iglesia es el espacio donde cada uno puede encontrar al Señor sin
velos y donde Dios toca el corazón de quien se anima a abrirle desde
dentro.
El encuentro de Zaqueo y Jesús es privado, y como tal, celosamente
defendido y custodiado, pero los efectos son evidentes y concretos,
verificados por todos. Zaqueo anuncia hacia afuera, la alegría que
está experimentando por dentro. ¡Se convirtió, pero no por efecto de
una ley sino como conclusión de un recorrido hecho junto a Dios, que
cambia la vida de quien a El se confía! Es que quien se siente amado
y perdonado, no puede hacer otra cosa que ejercitar la misericordia
y la solidaridad; a no escandalizarse simplemente por el mal, sino
aprender a maravillarse fundamentalmente por el bien.
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