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¿PARA QUÉ SIRVE DIOS?
En mi pueblo chico, en Pergamino, se cometieron varios delitos hace
unos cuantos días. Pero algunos de ellos además de engrosar la
galería siniestra del delinquir, engalanaron también los oscuros
ribetes de la crueldad, la galería del horror. Un hombre, un
productor agropecuario de la zona, fue asaltado en su propia casa.
Después de exigirle el dinero, fue rociado con kerosén y prendido
fuego. Su vida está pendiente del 20% de su cuerpo que le quedó
sano, porque el 80% ha sido quemado. Conocía muy bien a ese hombre
que todas las tardes, dejaba su campo y comulgaba en la misa de las
7 de la tarde de la parroquia de La Merced.
Un hombre bueno, incapaz de hacer mal a nadie, donde su bucólico
vivir extrañaba por su serena presencia. Sin embargo, un acto de
crueldad turbó su vida. Y para siempre.
Una chica, amiga de la familia, me interrogó con los ojos llenos de
preguntas:
“Y entonces Dios ¿para qué sirve?”.
Hacía poco tiempo había caído en mis manos in libro del Lic. Labaké
que traía esta información de la agencia “F” de noticias, extraída
de un diario italiano de años atrás.
“Los soldados italianos que participaron en la Operación de las
Naciones Unidas en Somalía, entre los años 1993 y 1994, no sólo
torturaron a los somalíes, sino que también cometieron estupro y
mataron a civiles “para divertirse”, seguía las nuevas revelaciones
y fotos publicadas hoy en la prensa”. Así rezaba la noticia. Pero
según una foto, de una muchacha somalí, rodeada de militares, sin
ropa interior, con las piernas abiertas atadas con cuerdas a un
vehículo blindado. En otra foto instantánea uno de los militares la
tomaba con la mano, mientras le acercaba una bengala untada con
mermelada... después la manosearon y le pegaron.
Un ex paracaidista declaró: “cuando los oficiales querían
divertirse, todo el grupo iba detrás”. Y seguía diciendo: “Recuerdo
que la muchacha gritaba y los oficiales reían. Más que un juego
sexual, se trataba de divertirse y sentirse importantes porque al
final –decía- no mantuvimos contacto sexual físico con la somalí,
porque olía mal, y además estaba enferma. El fin era sólo
divertirse”.
Al terminar el relato también tuve la tentación de preguntarme lo
mismo que aquella chica:
“Y entonces, Dios ¿para qué sirve?”.
Son tantos los datos de hasta dónde llega la crueldad humana sobre
inocentes, que podríamos hacer una lista entera y nos alcanzaría
toda la vida misma y aunque ensayáramos cientos de respuestas, la
pregunta estaría allí, intacta.
“Y Dios ¿para qué sirve?”.
El silencio como primer respuesta
En cierto sentido, Dios habla sin cesar. En otro sentido, Dios
guarda silencio. Hay períodos en que los hombres notan con mayor
claridad la aparente ausencia de Dios.
Ante este enigmático silencio, algunos quieren milagros ruidosos;
otros sueñan con una invasión mística. Sin embargo, ambos grupos se
equivocan. La novela de Bruce Marshall, “El Milagro del Padre
Malaquías”, lo muestra de una manera humorística. Se trata de un
monje que, en una apuesta con un pastor anglicano, había pedido a
Dios que fuera llevado a lo alto de una montaña de Escocia, el
cabaret cínicamente abierto frente a la iglesia parroquial. Y es
escuchado. Edificio, muebles, vasos, luces, bebidas, mujeres de vida
alegre, muchachos excitados, todo vuela por el aire de Escocia. La
gente mira extasiada y grita ¡Milagro! ¡Milagro! Se cantan Te Deum
en toda la parroquia , pero el Obispo del lugar–hombre prudente y
sabio- le dice a su secretario:
- A la Iglesia no le gustan mucho los milagros.
- Y tiene razón. Después de un aluvión fantástico de gente a la
iglesia parroquial de los católicos, al final todos se recobran.
Y allí comienzan los problemas. Los anglicanos dicen que fue
astucia; los incrédulos dicen que fue autosugestión. Poco a poco la
iglesia parroquial queda otra vez vacía. Es más; el cabaret,
trasladado a la montaña, resulta “sensacional”, a los pocos días
quintuplica el negocio: el lugar es fascinante, el paisaje novedoso,
el sitio es discreto.... El monje comprende que ha sido impaciente:
el hombre es de tal condición que, si no está moralmente dispuesto a
buscar a Dios, no lo convertirá el más sensacional de los milagros.
Esta fue su sabia conclusión. El hombre es de tal condición que, si
no está moralmente dispuesto a buscar a Dios, no lo convertirá el
más sensacional de los milagros.
Y aunque el milagro hubiera sido fructuoso, y muchos se convirtieran
ante éste, otros se preguntarían: Pero ¿por qué este milagro y no
otros?. ¿Por qué a veces sí y otras veces no?. ¿Por qué uno es
curado y otros no?.
Aunque hubiera algunos milagros, nosotros seguiríamos siendo “hijos
de esta tierra” y aún seguiríamos preguntándonos al unísono:
Si no hay milagros permanentes o si hay sólo algunos y no en todas
partes como se pide, entonces, “ Dios ¿para qué sirve?”.
Humildemente creo que cuando alguien se hace esta pregunta es porque
va llegando a un límite en su haber.
La mejor respuesta inmediata es el silencio. Frente a las preguntas
más profundas, la primera respuesta es el silencio, a la manera de
cómo Dostoiewski dice que respeta otra profundidad; el dolor: de
silencio y de rodillas.
El silencio como primera medida tiene tres finalidades:
Respetar el interrogante y la sensibilidad del otro
Reflexionar uno mismo y comprender sus propios dilemas
No caer en respuestas superficiales y cómodas.
La pregunta sigue allí:
“Y Dios, ¿para qué sirve?”.
Si lo primero es el silencio, lo segundo es la búsqueda. Una
búsqueda que no es cómoda.
Una vez, no podía creer lo que veían mis ojos: mientras caminaba por
a calle había un gran letrero que decía: “El negocio de la verdad”.
Así decía: “El negocio de la verdad”. Allí vendían la verdad.
La vendedora era muy cortés:
- ¿Qué tipo de verdad desea comprar?. Dijo con voz suave- ¿Una
verdad total o una verdad parcial?.
- La verdad total obviamente –le respondí.
Ninguna falsedad de mi parte, ninguna defensa, ninguna
racionalización. Yo quería la verdad simple y pura y toda entera.
Entonces me indicó que pasara a la trastienda, porque era el lugar
donde se vendía la verdad total. Allí estaba otro vendedor, un señor
serio que apenas vio que traspasaba la puerta de entrada me señaló
un cartelito del precio.- Y me dijo:
- Señor le advierto que el precio de la verdad total es altísimo.
- ¿Cuánto es? Le pregunté, dispuesto a comprar la verdad total a
toda costa.
- El precio –me dijo- es este: si Ud. elige la verdad total deberá
pagarla perdiendo la tranquilidad por el resto de su vida.
Entonces, salí muy triste del “negocio de la verdad”. Creía que la
“verdad total” se compraba a un precio modesto.
La verdad total – que es lo único que libera- tiene un precio
enorme: la tranquilidad por el resto de la existencia.
Después del silencio viene, la búsqueda. Ya la búsqueda tiene un
precio muy caro: búsqueda es incomodidad.
Pero el silencio primero, viene en ayuda. Y cómo. Porque si
pudiéramos responder a esa pregunta ¿para que sirve Dios?” habríamos
logrado reducir a Dios a una simple dimensión de criatura.
Si nosotros supiéramos “para qué sirve”, podríamos usarlo como una
pieza ajustada para nuestras necesidades. ¿Se comprende?. Si Dios
sirviese para “algo” sería entonces parte de nuestra estructura y
podríamos disponer de El de acuerdo a nuestra voluntad. Y entonces,
Dios ya no sería Dios: sería “algo”, y para colmo a nuestra medida.
Dios, ya no sería Misterio; habríamos resuelto el misterio de
nuestra vida. Y entonces, sí –si el misterio se resolviese- entonces
tendría cabida nuestra primera pregunta:
¿Y Dios –entonces- para qué sirve?.
Decía Antonio Machado
“¿Tu verdad?
No: la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela”.
Si la pregunta es esa, donde se le busca a Dios una utilidad, la
respuesta, después del silencio y de la búsqueda será esta:
“Dios no sirve para nada”.
Dios no da “utilidades”, no da posibilidades de “adquirir” nada,
Dios no es “comodín” en el juego de la vida.
Muchos creyentes confesos se siguen haciendo la misma pregunta y al
dar una respuesta incómoda, llegan a perder la esperanza.
La pregunta al revés
El malentendido surge por haber hecho la pregunta al revés. Después
de aquellas dos primeras noticias: la de Pergamino y la de Somalía,
con los soldados italianos, no deberíamos preguntarnos con la
interrogación de trasferencias: “¿para que sirve Dios?”, como si
nosotros fuéramos los grandes conocedores del árbol de la ciencia
del bien y del mal, sino
“¿qué sentido tenemos nosotros?”
o dicho de otro modo
“¿qué sentido tenemos nosotros y tiene nuestra vida?.
En lugar del pretendido: “Dios ¿para qué sirve?”, la interrogación
sería “¿Cuál es el sentido de nuestra vida?”.
Si hay muertes, dolor, soledad extrema, confusiones,
contradicciones, frustraciones de los deseos más profundos, la
pregunta no es
“¿Dios, para qué existe?”
Sino
“qué sentido tenemos nosotros, que somos contradictorios y plagados
de momentos irracionales”.
“¿cuál es la desproporción que nos desequilibra?”.
La pregunta ¿para qué sirve Dios?, casi no tiene sentido. Está mal
formulada desde la raíz, porque parte desde nuestra posición de
“jueces de la realidad”, de una realidad de la que, en verdad, sólo
somos testigos. Somos sólo testigos. ¡Y queremos ser jueces!. Es de
la autosuficiencia desde donde nos surge la pregunta ¿Y Dios para
que sirve?. Pero sería sabio dar vuelta la pregunta:
“¿Qué somos nosotros sin El?”.
Nosotros nos enfermamos
No podemos vivir más allá de la muerte
No podemos resucitar.
No podemos vencer ni siquiera el mal que aqueja a nuestra familia;
No podemos eliminar algunos de nuestros vicios;
No hemos podido sacar de la faz de la tierra –ni de nuestras propias
vidas- la guerra, la discordia, el odio, el rencor, la soberbia, el
resentimiento, el atropello, la osadía, la perversidad, la
insensibilidad...
Y todavía hacemos la pregunta “¿Y Dios para qué sirve?” con
tranquilo espíritu de transferencia.
Hacemos cosas contradictorias todo el tiempo, hasta de vacaciones:
En las vacaciones nos salen alas, queremos ir lejos del stress del
trabajo, lejos de la vecindad. Pero ¿qué buscamos?: un paraíso de
esos que regalan las agencias de viaje pintados con el mejor color.
Y ¿qué encontramos?, campings abarrotados, hoteles caros, rutas
llenas de coches, que nos hacen perder la paciencia, concierto de
bocinas en cada embotellamiento. Llegamos agotados y muertos de
cansancio. Somos “bichos raros”. ¿Le daremos también por eso la
culpa a Dios?. Y preguntarnos a su vez ¿para qué existe?.
El tiempo se nos acaba a nosotros, no a Dios. Al cumplir 50 años,
Jorge Luis Borges, escribía estos versos bajo un título
significativo: “Límites”
Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar.
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos.
Hay un espejo que me ha visto por última vez.
Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
hay algunos que ya nunca abriré.
Este verano cumpliré cincuenta años.
La muerte me desgasta incesante.
Y como si la idea le siguiera fascinando, sabedor de que el tiempo
teje a la vez que desteje la tela de nuestra vida, vuelve bajo el
mismo título a escribir un largo poema, cuyas dos primeras estrofas
son las siguientes:
De estas calles que ahondan el poniente,
una había (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido.
a quien prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, a los sueños y a las formas
que destejen y tejen la vida.
Ante la limitación que ve Borges –y que vemos todos si no somos
necios- la pregunta debe ser, ¿qué sentido tenemos nosotros?.
¿Para qué sirven nuestros deseos?
¿Por qué somos como somos?
¿Por qué a veces estamos llenos pero incompletos?
¿Por qué esta desproporción entre lo que quisiéramos ser y lo que
realmente somos?.
Estas preguntas, que son las esenciales, nunca serán respondidas si
se empieza a preguntarse por la utilidad de Dios. Sin lo esencial lo
demás es superfluo.
Dicen que una vez, un filósofo cruzaba un ancho río en un bote
conducido por un sencillo botero. El filósofo preguntó al botero:
- Conoces matemáticas?
- No dijo el botero. ¿Es grave? –preguntó a su vez
- Gravísimo –dijo el filósofo- Has desperdiciado por lo menos un
cuarto de tu vida.
Y prosiguió:
- ¿Conoces al menos algo de astronomía?
- ¿Es algo que se come? –inquirió a su vez el pobre hombre.
- No. –dijo seriamente el filósofo- Desperdiciaste otro cuarto de
vida.
En ese momento, un imprevisto movimiento del filósofo hizo mover el
bote bruscamente, que se dio vuelta y se hundió. Los dos hombres –el
filósofo y el botero- estaban en el agua dando brazos para
mantenerse a flote.
Y el botero preguntó al filósofo:
- ¿Sabe nadar?
- No –respondió el filósofo.
A lo que el botero le afirmó
- Entonces, has perdido la vida entera.
No podemos darnos el lujo de comenzar por preguntas importantes pero
no esenciales. La sensatez nos obliga.
Se puede vivir sin Dios
“Entonces, si Dios no es útil, sino “sirve para nada”, se puede
vivir sin Dios”. Esta es la pregunta inmediata a la respuesta
otorgada. Dicen que Göring, en la cárcel de Nüremberg mientras
esperaba su juicio dijo:
- Si El existe que se ocupe de mí, porque yo puedo vivir muy bien
sin El.
Se puede vivir sin Dios. Esto no se puede negar porque la
experiencia lo demuestra. Pero también la experiencia muestra la
decadencia de las sociedades cuando pierden la confianza en el
sentido final de la vida. Nadie que haya visto el magnífico film de
Luchino Visconti “El ocaso de los dioses”, podrá olvidar la
enseñanza que deja.
Y ahora la pregunta, otra vez, si Dios “no sirve” ¿se puede vivir
sin Dios?.
Dios no cabe en el que se llena de sí, porque éste está vacío.
Iba una vez con mi padre. El se detuvo en una curva y después de un
pequeño silencio me preguntó: Además del cantar de los pájaros,
¿escuchas alguna cosa más?
Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí: Estoy
escuchando el ruido de una carreta.
Eso es – dijo mi padre -. Es una carreta vacía.
Pregunté a mi padre: ¿cómo sabes que es una carreta vacía, si aún no
la vemos?
Entonces mi padre respondió: Es muy fácil saber cuándo una carreta
está vacía, por causa del ruido. “Cuanto más vacía la carreta, mayor
ruido que hace”.
Me convertí en adulto y hasta hoy cuando veo a una persona hablando
demasiado, interrumpiendo la conversación de todo el mundo,
inoportuna, presumiendo de lo que tiene, de sentirse prepotente y
haciendo de menos a la gente, tengo la impresión de oír la voz de mi
padre diciendo:
“Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace”
“La humildad consiste en callar nuestras virtudes y permitirle a los
demás descubrirlas. Existen personas tan pobres que lo único que
tienen es dinero.. o están completos de ellos mismos.
Muchas veces, por estar vacíos, hacemos mucho ruido. Y Dios no suele
ser huésped del ruido.
Otras veces es porque vivimos en la mentira. Y de esto me hago
cargo: la mentira también permite vivir sin Dios. Al menos por un
tiempo.
Una señora me contaba:
Una agradable tarde de sábado decidí llevar a mis hijos al
zoológico.
Al llegar me acerqué al joven de la boletería y le pregunté el valor
de la entrada.
El muchacho respondió:
- Adultos y niños mayores de seis años, pagan diez pesos.
Mirando a mis hijos, me dijo:
- Si tienen seis años o menos entran gratis. ¿Qué edad tienen?
- El menor tiene tres y el mayor acaba de cumplir siete, le indiqué.
- Es decir, debemos pagar veinte pesos.
El joven de la ventanilla se asombró:
- Eh, señora, ¿se da cuenta que podría haberse ahorrado diez pesos?,
Si me hubiera dicho que el mayor tenía seis, no me habría dado
cuenta.
Es posible, le respondí, que Ud. no se hubiera dado cuenta pero los
niños sí.
Porque la mentira permite estar sin Dios, pero sólo hasta que se
llega a la Verdad.
El misterio
Si pudiésemos dar respuesta a la pregunta inicial nos quedaríamos
sin misterio. Habríamos reducido la grandeza a nuestra propia
dimensión, pero no habríamos abierto ningún espacio. Al contrario,
habríamos cerrado el único que permite salir de los corredores de
nuestra propia limitación.
Y nos habríamos condenado a nosotros mismos a vivir
irremediablemente “sin sentido”. Seríamos los huérfanos del
universo. Habríamos reducido la limitación a una fatalidad. Sería
como negar la existencia de lo que en ese momento no se ve, por el
sólo hecho de que allí no lo veo. Como aquél hombre que negaba la
existencia del peluquero, porque había hombres que llevaban el pelo
largo.
El hombre no tiene esperanza: es esperanza. Existir es aspirar y
aspirar es esperar. El temor y la esperanza son contemporáneos y
consubstanciales con el corazón humano. El primero es el eco y el
aliento de la criatura que se siente desvalida en el mundo y con la
caducidad como futuro, ya que percibe todo: también el dolor.
La esperanza, en cambio, es el latido de una criatura que, a la vez
que es consistente en sí, se siente precediendo a Alguien.
El temor se centra por lo que lo que el hombre puede hacer o, mejor
dicho, por lo que no puede hacer; la “esperanza”, por el contrario,
le abre para contar con todos los recursos de sí mismo y del otro.
La esperanza se abre al Misterio.
Es necesario conservar el Misterio. Sin el Misterio entonces sí que
“el hombre es una pasión inútil”.
Sin el Misterio, no podría nadie reflexionar después de una vida
llena de vicisitudes, lo que dice Julien Green:
“Si tuviera que partir esta noche y se me preguntara qué es lo que
más me conmueve en este mundo, diría que es el paso de Dios por el
corazón de los hombres. Todo se pierde en el amor y, aunque sea
verdad que seremos juzgados según el amor, es igualmente indudable
que seremos juzgados por el amor, que no es otro sino Dios. Yo creo
que, si se diera el nombre de “Mal” a la “falta de caridad”, en vez
de abrumar al pobre cuerpo humano con esta maldición, se haría
zozobrar a todo un falso cristianismo y, al mismo tiempo, se abriría
el Reino de Dios a millones de almas”.
¡Esto es magnífico!. Esas palabras de Julien Green, pronunciadas en
abril de 1950, nunca podrían haberse conocido si hubiéramos podido
reducir el Misterio a nuestra propia utilidad. Las religiones
reveladas se basan en lo que hay “más allá” de nuestros propios
interrogantes Jesús le dijo por eso al apóstol Felipe: “Felipe,
quien me ve a mí, ve al Padre” y no “Te resolveré toda tu duda”.
No es posible descifrar el Misterio, aunque siempre me pregunte:
“Pero ¿por qué entre mi corazón y mi corazón estará siempre el mar?.
Final
¿Pero, entonces, se puede llegar de alguna manera al Misterio?.
Y no, porque si se llegara ya no sería Misterio. Sería igual que
conseguirle una respuesta a la pregunta ¿Dios para qué sirve?.
Puede suceder que, sin embargo, uno puede subirse al Misterio y
andar en El. No se puede desatar el nudo de semejante regalo, pero
es que el regalo es el nudo mismo. Despacio, despacio, se llega al
Misterio y el secreto es subirse a El, no desarmarlo.
La única condición es cambiar de ropaje.
Una pequeña oruga caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del
camino se encontraba un saltamontes:
-¿Hacia dónde te diriges?, le preguntó.
Sin dejar de caminar, la oruga contestó:
- Tuve un sueño anoche; soñé que desde la punta de la gran montaña
yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he
decidido realizarlo. Es mi gran deseo.
Sorprendido, el saltamontes dijo, mientras su amigo se alejaba:
- ¡Debes estar loco!, ¿Cómo podrías llegar hasta aquel lugar?
- !Tú, una simple oruga!. Una piedra será para ti una montaña, un
pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable.
Pero la oruga ya estaba lejos y no lo escuchó. Sus diminutos pies no
dejaron de moverse.
La oruga continuó su camino, habiendo avanzado así ya unos cuantos
centímetros.
Del mismo modo, la araña, el topo, la rana y el grillo aconsejaban a
la oruga a desistir de su sueño!
-¡No lo lograrás jamás! - le dijeron -.
Pero en el interior de la oruga había un impulso que lo obligaba a
seguir.
Ya agotada, sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a
descansar y construir con su último esfuerzo un lugar donde
pernoctar:
- Estaré mejor, fue lo último que dijo, y murió.
Todos los animales del valle iban a mirar sus restos. Ahí estaba el
animal más loco del pueblo, decían.
Habían construido su tumba como un monumento a la insensatez. Ahí
estaba un duro refugio, digno de uno que murió "por querer realizar
un sueño imposible".
Una mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos
los animales se congregaron en torno a aquello que se había
convertido en una “advertencia para los atrevidos”.
De pronto quedaron atónitos.
Aquella tumba dura donde habían puesto a la oruga comenzó a
quebrarse y con asombro vieron unos ojos y una antena, pero que no
podía ser la de la oruga que creían muerta. Poco a poco, como para
darles tiempo de reponerse del impacto, fueron saliendo dos hermosas
alas arco iris de aquel impresionante ser que tenían frente a ellos:
UNA MARIPOSA.
No hubo nada que decir porque todos sabían lo que haría: se iría
volando hasta la gran montaña y realizaría un sueño; el sueño por el
que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto
a vivir.
Todos se habían equivocado. Dios no hubiera dado la posibilidad de
desear, si no hubiera dado la oportunidad de hacer realidad el
deseo...
Por eso, tienes el deseo del Misterio, vive por él, intenta
alcanzarlo, pon la vida en ello y si te das cuenta que no puedes,
quizá necesites hacer un alto en el camino y experimentar un cambio
radical en tu vida y entonces, con otro aspecto, con otras
posibilidades y con circunstancias distintas: !!LO LOGRARAS!!!!
EL ÉXITO DE ESTA EMPRESA NO SE MIDE POR LO QUE YA LOGRASTE, SINO POR
LA SUPERACIÓN DE LOS OBSTÁCULOS QUE TUVISTE QUE ENFRENTAR EN EL
CAMINO.
LUCHA CON TODAS TUS FUERZAS POR CONSEGUIR A DIOS, NO A COMPRENDERLO.
NO IMPORTA LAS VECES QUE LO INTENTES, SIGUE HASTA EL FINAL.
Porque, aunque Dios “no te sirva”, porque aunque no sea tu mucamo,
porque a Dios no se lo mide por la utilidad, sin embargo nadie queda
exento de desearlo, de estar inquieto por la plenitud; porque
“El corazón que mucho ama,
no admite consuelo
sino del mismo que le llagó”.
Pbro. Dr. Ariel David Busso
24-06-2002
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