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ELOGIO DE LA FRAGILIDAD
Quien no puede escalar las paredes del Aconcagua,
siempre podrá subir de a uno, los 3 ó 4 escalones de cualquier
edificio.
Las biografías de los héroes y la de los santos pasan habitualmente
por alto las debilidades de sus protagonistas. Es muy probable que
sus biógrafos teman provocar escándalo en sus lectores. O que los
vean como hombres y mujeres como nosotros- Pero para los que estamos
lejos de ser héroes y santos como Dios manda, necesitamos comprobar
que los que están en el bronce o en los altares, no han tenido un
cuerpo de plástico, sino que han sido de carne y hueso y que lo que
corría por sus venas no era agua, sino sangre.
Toda esta gente vivió igual las virtudes. Algunos comieron más que
otros, muchos hablaron más de lo que debían, hasta habrá habido
alguno que necesitó pastillas para dormir o para despertarse porque
se dormía rezando más de una vez. Claro que uno se olvida que toda
esa gente rezaba el Padre Nuestro, y ellos también dijeron cuando lo
repetían “perdona nuestras ofensas”, así que algunas ofensas habrán
hecho...
San Pablo, antes de ser perseguido fue perseguidor; Magdalena pasó
de los pecados a las lágrimas; Marta se enojó porque María escucha a
Jesús y no le ayudaba; Zaqueo antes que justo era usurero; a Tomás
le falló la fe; a Santa María Micaela le costó dejar de comer
dulces; san Camilo de Lellis fue mercedario y jugador; Agustín de
Hipona tiene en su haber una vida azarosa; el Cura de Ars antes del
seminario fue desertor del ejército; a Don Bosco casi lo echan del
colegio por haberle pasado a un compañero una escrita para que se
copiara en un examen. Y San Alfonso María de Ligorio, a los 80 años,
le dijo a uno “Si vamos a discutir, dejemos que la mesa esté entre
los dos; yo tengo sangre en las venas”... y así la lista es tan
larga cuan larga es también la de las conversiones.
Pero no estamos aquí para criticar a los santos, ni para hablar de
los defectos ajenos –de absentibus nisi bona- de los ausentes no se
diga sino lo bueno. Además tenemos lo nuestro ¡Y vaya si lo
tenemos!.
Es sólo para recordar que la fragilidad es congénita. Todos nacimos
llorando y desnudos y hemos necesitado un pecho materno para
sobrevivir. Y de grandes, nos sigue pasando exactamente igual:
seguimos débiles y continuamos derramando lágrimas en el alma y en
el cuerpo. Y ojalá tuviéramos siempre un pecho materno que es el
lugar más seguro para las lágrimas.
Por eso, elogiar la fragilidad, es hacer un poco de justicia a
nuestra pobre humanidad. Dicen que los que revisaron los escritos de
Santa Teresita de Lisieux, suprimieron el párrafo en los que ella
contaba, con sencillez, que nunca había logrado rezar un rosario
completo son distraerse.
No tachemos nada de la vida, todo sirve. Y darse cuenta de las
debilidades, de la fragilidad que tenemos es un buen comienzo. Y que
negarlos es también el comienzo, pero de un gran error. Vivir es
relacionarse, y relacionarse también es un riesgo. Ese es el punto:
si hay riesgo hay fracasos, y si hay fracasos es porque hay
fragilidad.
Pero fragilidad no es inactividad. Los santos salieron del
atolladero de sus defectos, mientras daban la mano al prójimo para
que no cayera en su mismo pozo o para que se levantara de él.
Bien, comencemos.
Hay fragilidades que son bien “conocidas” por nosotros y por
desgracia, también “reconocidas” por los demás. No nos vamos a
referir a ella ahora. Más bien iremos a otras que pasan más
desapercibidas por nosotros y por los otros y que muchas veces las
confundimos con “características de nuestra personalidad”. ¿Será
así?; Quién sabe! Pero hay que ser prudentes y reconocer que no todo
es fruto de la psicología que poseemos, a veces tenemos cosas que
son consecuencias de la falta de virtud.
A primera vista, el mayor signo de debilidad es la desesperanza. A
muchos hombres y mujeres les viene una secreta desesperanza;
desesperanza que es viento que seca a la par del hielo, por dentro y
por fuera, pese a los admirables logros científicos, técnicos y
sociales del mundo contemporáneo.
Somos más libres que antes, tenemos menos prejuicios que nuestros
abuelos, pero estamos más solos, del mismo modo como estamos llenos
de muchas cosas pero así mismo incompletos. Para nosotros, seres
finitos, limitados, incompletos, la libertad y la soledad crecen
proporcionalmente. Una planta está arraigada al suelo, un animal
está inserto en su medio, pero nosotros, al ser libres, podemos
romper con nuestro origen y así creamos el desarraigo, que es como
fundar la desesperanza. Pasamos los límites de nuestros propios
cercos y ¿qué encontramos?, que somos libres “de todos”, sí, “pero
sin todos”. La independencia nos ha permitido llegar a la libertad,
pero nos ha sumergido en la insignificancia.
Más “libre” quiere uno ser, más difícil es la compañía. La
comunicación es un enigma, porque es lo que más necesitamos y lo que
nos es más inaccesible. La desesperanza por sentirnos solos es la
mayor fragilidad.
LA FRAGILIDAD DEL ANSIOSO
Al ansioso todos lo condenan y muy pocos le tienen paciencia, porque
la ansiedad está en el polo opuesto de la paciencia.
Cuentan que “un grupo de trabajadores estaba apilando aserrín en el
almacén de una fábrica de hielo, cuando uno de ellos advirtió que se
le había caído el reloj de su muñeca. Inmediatamente sus compañeros
interrumpieron el trabajo para buscarlo. Acabaron tomando la
búsqueda como una diversión, lanzándose el aserrín unos a otros y
armando una polvareda con el aserrín que antes habían amontonado.
Pero no dieron con el reloj. Entonces, decidieron dejarlo y se
fueron a tomar un café.
Un joven, que había estado observando toda la faena, entró en el
almacén y, al poco rato, se presentó ante el grupo con el reloj en
su mano.
-¿Dónde estaba?- le preguntaron
-¿Dónde?. En el almacén- les dijo el joven.
-No puede ser –dijeron ellos-, lo hemos buscado por todas partes.
¿Cómo lo has hecho?.
-Me he puesto a buscarlo en silencio completo hasta que he oído el
suave tic.tac del reloj y lo he sacado de donde estaba enterrado
bajo el aserrín”.
Sólo podrás ver reflejada tu imagen en las aguas quietas, nunca en
las movidas. Sólo en la quietud podrás hallar ese lugar de paz que
se en el silencio. Hay que ser muy misericordioso con el que tiene
la fragilidad de ser ansioso, porque él mismo no quisiera ser como
es.
Cuando yo era muy chico, mi madre solía coser mucho. Yo me sentaba
cerca de ella y le preguntaba qué estaba haciendo. Ella me respondía
que estaba bordando.
Yo observaba el trabajo de mi madre desde una posición más baja que
donde estaba sentada ella, así que siempre me quejaba diciéndole que
desde mi punto de vista lo que estaba haciendo me parecía muy
confuso.
Ella me sonreía, miraba hacia abajo y gentilmente me decía:
-Anda afuera a jugar un rato y cuando haya terminado mi bordado te
pondré sobre mi regazo y te dejaré verlo desde mi posición.
Me preguntaba porqué ella usaba algunos hilos de colores oscuros y
porqué me parecían tan desordenados desde donde yo estaba. Unos
minutos más tarde escuchaba la voz de mi madre diciéndome:
-Ven aquí y siéntate en mi regazo.
Yo lo hice de inmediato y me sorprendió y emocionó al ver una
hermosa flor en el bordado. No podía creerlo; desde abajo se veía
tan confuso.
Entonces me dijo:
-Desde abajo se ve confuso y desordenado, porque no te das cuenta de
que hay un plan arriba. Había un diseño, sólo lo estaba siguiendo.
Ahora míralo desde mi posición y sabrás lo que estaba haciendo.
Muchas veces a lo largo de los años he mirado al Cielo y he dicho:
-Padre, ¿qué estás haciendo?
Él responde: "Estoy bordando tu vida."
Entonces yo le replico:
-Pero se ve tan confuso, es un desorden. Los hilos parecen tan
oscuros, ¿por qué no son más brillantes?
El Padre parece decirme:
-Ocúpate de tu trabajo y no hagas el mío. Un día te traeré al cielo
y te pondré sobre mi regazo y verás el plan desde mi posición.
Entonces vas a entender.
¿Ansioso?. Quizá. Sólo tengo la fragilidad de ver únicamente desde
abajo...
LA FRAGILIDAD DEL CORAZÓN DIVIDIDO
Muchos de nosotros tendemos a crear compartimentos estancos en
nuestro corazón. Somos lo suficientemente generosos para concederle
a Dios algunos de nuestros mayores compartimentos (tiempos para
orar, devociones, Eucaristía, obras de misericordia y caridad,
etc.). Esto nos produce cierta satisfacción de haber cumplido
nuestros “deberes religiosos”. Y así, nos sentimos justificados para
dedicar el “resto de nuestro corazón” a éste o a aquél otro de
nuestros “amores”: una amistad, un amor, un hobby... sin Dios.
Pero para estas alturas, ya hemos visto que el verdadero reto está
en darle a Dios todo el corazón, y amar a todas las personas y a
todas las cosas en y a través de Dios.
Si alguien tiene el corazón dividido es frágil porque no conocerá
todo lo que Dios es capaz de hacer con nuestros amores, con nuestros
amigos, con nuestros hobbies.
Una vez un hombre llevó a su casa a un mendigo y, al llegar, le dijo
a su esposa:
-Mira, aquí te traigo a éste.
-¿Dónde lo encontraste? -le dijo su mujer.
Y a lo que el hombre comenzó a relatarle dónde lo había encontrado.
El mendigo se había acercado a él en la calle y le pidió dinero para
poder comer algo. Y el hombre le dijo:
-Si quieres, te convido a un trago.
El mendigo le dijo: “No bebo”.
-Está bien –le dijo el hombre-. Te voy a comprar un buen puro.
-Es que no fumo –dijo el mendigo-. Todo lo que quiero es algo de
comer.
-Tengo una buena información sobre las carreras de caballos de esta
tarde –le dijo el hombre- y voy a hacer una buena apuesta para
vos... Te quedarás con las ganancias.
-Pero es que a mi no me van las apuestas. Lo único que quiero es
comer.
-En ese caso –dijo el hombre-, me gustaría que vengas a mi casa para
comer conmigo. Quiero que mi esposa te conozca, porque quiero que
sepa cómo es un hombre que ni fuma ni bebe ni juega.
Así pasa. El mendigo pide de comer; y el hombre no puede con su
genio: está, vive y desarrolla su existencia entre las cosas del
César. No cabe en su cabeza que haya otra cosa en el mundo que
aquello a lo que él está acostumbrado a hacer. Para él, lo que vive,
es su realidad y no hay otra.
¡Pobre!. ¿No es acaso una muestra de fragilidad?.
LA FRAGILIDAD DE LA CONVIVENCIA
“Si santo quieres ser tus hermanos te han de hacer” decía la
andariega santa Teresa de Avila. Porque si hay algo en lo que somos
frágiles es en la relación con los otros.
Un frío día de invierno pude observar en el zoológico un divertido
comportamiento en un grupo de puercospines. Los puercoespines se
apretaban unos contra otros para defenderse del frío. Pero pronto
sintieron sus mutuos pinchazos y se separaron. La necesidad de calor
hacía que se acercaran unos a otros, pero las espinas los forzaban a
mantenerse aparte. Estuvieron así, acercándose y alejándose a merced
de sus sensaciones, hasta que hallaron la distancia ideal entre uno
y otro para conseguir el máximo de calor y el mínimo de dolor.
Para mantener vivo un fuego, no hay más regla que ésta: colocar los
leños lo suficientemente juntos para que se transmitan el calor, y
lo suficientemente separados para que corra el aire. “Si una espina
me hiere me aparto de la espina, pero no la aborrezco”, decía con
sabiduría Amado Nervo.
Si consigues lo que pretendes en tu proyecto personal,
y el mundo te hace “rey por un día”,
vete al espejo, mírate,
y ve a ver qué te dice ese hombre.
Porque no es tu padre ni tu madre
los que te van a juzgar.
El personaje cuyo veredicto importa más en tu vida
es ése que te mira desde detrás del espejo...
Ese es el tipo a quien tienes que agradar.
¡No te importen los demás!
Porque es él quien va a estar contigo hasta el final.
Y habrás pasado la mayor de las pruebas,
si el hombre del espejo sigue siendo tu amigo.
Podrás engañar a todo el mundo,
y hacer que te aplaudan al pasar,
mas tu premio final será el llanto
si has engañado al hombre del espejo.
En la convivencia la fragilidad no viene por los otros, sino por lo
que somos nosotros mismos.
LA FRAGILIDAD DE LAS EXCUSAS
Excusas, no razones. Las razones no son débiles, pero sí lo son las
excusas. Hay personas a las que las razones le resultan ajenas y
viven desparramando excusas con sus palabras.
Scott Peck, en su libro “La ruta menos viajada”, relata una
entrevista entre un sargento del ejército americano estacionado en
Okinawa (Japón) después de la segunda guerra mundial, que tenía
problemas con la bebida, y su psiquiatra.
-¿Te gusta leer? –le preguntó.
-Sí. Claro que me gusta leer.
-Entonces, ¿por qué no leer por las noches en lugar de beber?.
-En los barracones hay mucho ruido para leer.
-Y ¿por qué no vas a la biblioteca?.
-La biblioteca queda muy lejos.
-¿Queda mucho más lejos que el bar adonde sueles ir?.
-Es que no soy muy lector. No soy muy aficionado a leer.
-¿Te gusta pescar? –le preguntó después.
-Sí. Me gusta mucho pescar.
-¿Por qué no vas a pescar en lugar de beber?
-Porque tengo trabajo durante todo el día.
-¿No puedes ir a pescar por la noche?.
-No. Por la noche no se pesca en Okinawa.
-Pero –le dijo- yo conozco varias organizaciones que salen aquí a
pescar por la noche. ¿Quieres que te ponga en contacto con alguna?.
-Bueno. La verdad es que no me gusta pescar.
-Por lo que te oigo decir –le dijo claramente el psiquiatra-, en
Okinawa hay otras cosas que se pueden hacer, además de beber, pero
lo que a ti más te gusta hacer en Okinawa, es beber.
-Sí. Creo que sí.
-Pero es que la bebida te está creando complicaciones, y tienes un
serio problema, ¿no es así?.
-Es que es esta maldita isla de Okinawa la que empuja a la bebida.
Si uno busca las razones, no tendrá nunca que buscar excusas. Las
excusas tienen siempre el mismo valor de las transferencias porque
busca la “responsabilidad” de lo que le ocurre en otro. Y a veces
hasta encuentra también la “culpabilidad” en el otro. Su fragilidad
es tan grande que, al no tener razones, se refugia en la excusa.
LA FRAGILIDAD DEL QUE FRACASÓ EN UNA O VARIAS COSAS
Dice San Pablo:
“Estoy contento con las debilidades...por cuando soy débil, entonces
soy fuerte”
Se corrió la voz de que el famoso inventor Thomas A. Edison andaba
buscando un sustitutivo al plomo para la fabricación de pilas. Un
periódico solicitó una entrevista al científico. Edison le informó
al periodista que había hecho 20.000 experimentos, pero que ninguno
de ellos había dado resultado.
-¿Y no le desanima a usted todo ese esfuerzo inútil? –le preguntó,
asombrado, el periodista.
¿Inútil? –exclamó Edison-. No existe nada inútil. He descubierto
20.000 cosas que no funcionan.
El fracaso sería fragilidad, pero sólo si de él no sabemos sacar
provecho.
Un día estaban conversando dos perritos, un perrito y un perro
viejo. El perrito le dijo a un perro viejo:
-Durante un curso de filosofía para perros que estoy cursando, que
hice aprendí que lo mejor para un perro es la felicidad, y resulta
que esa felicidad está en mi rabo. Por eso, trato de atraparlo; en
cuando lo atrape, entonces tendré la felicidad.
El viejo perro le replicó:
-También yo pienso que la felicidad es algo bueno para un perro, y
que esta felicidad está en mi rabo. Pero me he dado cuenta de que,
cuando voy tras él, se aparta de mí; pero cuando me marcho a cumplir
mi deber, el rabo viene detrás de mí. Entonces cuando yo hago lo que
debo hacer, la felicidad me sigue.
En lugar de derrochar energía estando a disgusto contigo mismo o con
los demás, acepta tu fracaso y dile a Dios:
“Bueno, a pesar de todo lo que pueda decir o pensar,
esto es lo poco que yo valgo;
de manera que, ayúdame en mi fragilidad”.
Y esto no es estar disgustado con uno mismo o con los otros;
esto es verdadera y provechosa humildad.
En la ceremonia de la distribución de premios de un colegio inglés,
el director anunció, con orgullo, que sólo dos muchachos habían sido
suspendidos en los exámenes. El actor y dramaturgo, Peter Ustinov,
que era el invitado de honor en el acto, habló al final de la comida
y lo hizo a favor de los aplazados.
“Yo no poseo ningún título ni preparación –dijo- y creo que el mundo
tiene también una gran necesidad de la gente no cualificada. Me
siento inclinado hacia los dos que no han aprobado los exámenes,
como me siento atraído hacia cualquier “minoría”. Si yo hubiera sido
alumno de este colegio, casi seguro que hubieran sido tres los
aplazados. Todos aquellos que no han alcanzado las cumbres de la
sociedad, siguen siendo muy valiosos para este mundo”.
Si puedes aceptar que no eres muy bueno, puedes dejar de demostrar
que eres muy bueno.
Si puedes dejar de demostrar que eres muy bueno, puedes saber que
sigue siendo muy bueno no ser muy bueno.
Y si puedes saber que sigue siendo muy bueno no ser muy bueno,
puedes saber que eres muy bueno tal como eres.
Sacar diez puntos en todas las materias de un colegio y no saber qué
hacer después con su propia vida, es más fracaso que la fragilidad
del que vivió alguno que otro fracaso y aceptó su situación para
comenzar de nuevo.
LA FRAGILIDAD DE LA INEXPERIENCIA
Hay un viejo adagio que dice: “¡Si el joven supiese y el viejo
pudiese!”. La experiencia es fortaleza, la inexperiencia es
fragilidad. En toda persona hay un deseo inmenso de hacer las cosas
bien, pero muchas veces no saben cómo.
Un niño buscó una vez levantar una enorme piedra. Pero por más que
se esforzaba no lo lograba. El padre le preguntó.
-¿Has probado todos los medios para levantar esa piedra?.
-Naturalmente –respondió el chico, ya con la lengua afuera.
-No –le dijo el padre- te falta aún otra posibilidad: No me pediste
que te viniera a ayudar.
Pero alguna vez se deben aprender aquellas cosas necesarias en la
vida que dan verdadera fortaleza.
Por ejemplo, el haber vivido me dio la experiencia de muchas cosas,
entre ellas:
Que ser bondadoso es mas importante que tener la razón.
Que algunas veces todo lo que una persona necesita es una mano para
tomar y un corazón para entender.
Que los simples momentos con los que me quisieron cuando era niño,
hicieron milagros para mi como adulto.
Que el dinero no compra estilo.
Que bajo la coraza más dura hay alguien que quiere ser apreciado y
amado.
Que cuando te amarras a tu amargura, la felicidad amarrara en otro
muelle.
Que desearía haberle dicho más “te quiero” a mucha gente que ya se
murió.
Que debemos mantener nuestras palabras tiernas, porque mañana tal
vez debamos masticarlas.
Que no puedo decidir siempre como me siento, pero si puedo decidir
siempre que voy a hacer al respecto.
Que todos queremos vivir en la cima de la montaña, pero la felicidad
y el desarrollo ocurren mientras la escalas.
Que mientras menos tiempo tengo disponible, más cosas termino.
Por ejemplo decíamos. Porque uno ha aprendido muchas cosas más que
éstas, pero con éstas solamente que se ajustaran a nuestra vida, ya
habremos aprendido bastante.
¡Miren qué bueno si aprendiéramos así!:
Por el pueblo se corrió la voz de que un conocido maestro realmente
no era realmente sabio, sino que los estaba engañando a todos.
Un discípulo, temeroso, pero franco, le comunicó el hecho al
maestro:
- En el pueblo dicen que tú no eres realmente sabio.
El maestro sonrió y comentó pausadamente:
- Si es verdad lo que dicen, corrígete; si es mentira, entonces
ríete.
La inexperiencia hace actuar al revés. ¡Pobres!. ¡Cómo para no tener
compasión de la fragilidad del inexperto!.
¿CUÁL ES TU FRAGILIDAD?
La venganza de Menelao, un hombre enamorado de la mujer más bella de
Grecia, la princesa Helena, raptada por Paris, príncipe de Troya, da
origen a una guerra de diez años de duración. Las consecuencias del
conflicto son las de siempre: traiciones, robos, amargura, sangre,
hambre, peste, ruina, llanto...
El más importante de los héroes griegos en la guerra de Troya fue
Aquiles, un joven audaz, ardoroso, fuerte, valiente, hijo del mortal
rey Peleo y la nereida Tetis.
Aquiles niño es la preocupación de su madre, que quiere hacerle
inmortal. Para ello todas las noches, en medio de las negruras y
llantos del chiquillo, lo expone a las rojas llamas de fuego de la
inmortalidad, para después curarle las heridas con ternura.
Una noche –la última- ha sido sorprendida por Peleo, que,
desconociendo lo que pretende su mujer, arrebata al niño de sus
manos y huye con él. Sólo el talón del pequeño ha sido expuesto al
frío de la noche. Únicamente el talón, que no ha sido tocado por el
fuego de la inmortalidad, es el punto vulnerable de su cuerpo.
Aquiles será invulnerable salvo en el talón.
Otras versiones nos presentan a su madre bañando a su hijo en las
aguas de la laguna Estigia, sosteniéndolo del talón, dejándole así
vulnerable en ese punto. Pero sea cual fuere el mito, lo cierto es
que, a semejanza de Aquiles, todo mortal tiene su talón frágil. Y
como esto es así, la santidad debe ser ofrecida y accesible a todos
los heridos y a los más desvalidos.
Esta fragilidad, este “talón de Aquiles” es un presupuesto al que
debe convencerse quien convive. Convivir es co-existir. Compartir la
existencia con el otro, es contar con la presunción de debilidad que
el otro posee. Esto permitirá transformar a un interlocutor en un
dialogante; a alguien que existe conmigo en mi prójimo. Decía Van
der Meersch, en su libro “Máscara de Carne” que “todo hombre puede
ser un santo en el instante mismo que él lo quiere, aunque
exteriormente, a los ojos del mundo, siga siendo alguien de barro”.
La dificultad no es tanto encontrar la fragilidad ajena. Estimo que
en esto, a veces somos verdaderos expertos. Lo difícil es llegar a
convencerse de que un verdadero “talón de Aquiles” socava nuestra
fingida fortaleza. Pero si somos frágiles y asumimos la fragilidad,
entonces estamos salvados. ¡Y salvados “de” nuestra propia
fragilidad!. Los que están heridos por la vida, los alcohólicos, los
drogados, los dependientes de tantas cosas, los ansiosos, los que
tiene el corazón dividido, los que sufren en la convivencia, los que
se excusan, los inexpertos, todos, si aceptan sufrir su miseria y de
luchar a pesar de todo, abriéndose a la misericordia, entonces
tendrán el destino del Buen ladrón.
Descubrir su “talón de Aquiles” y asumirlo, eso es fortaleza.
En la Iglesia de San Nicolás, en Bruselas, encontré tallado en
piedra la afirmación de alguien que siguió esos pasos:
“Pedí salud para poder hacer cosas grandes;
y recibí enfermedad, para poder hacer cosas mejores.
Pedí riquezas para poder ser feliz;
y recibí pobreza para poder ser prudente.
Pedí poder para conseguir que me adulara la gente;
y recibí debilidad para poder sentir la necesidad de Dios.
Pedí todas las cosas para poder disfrutar de la vida;
y recibí vida para poder disfrutar de todas las cosas.
No conseguí nada de lo que pedí
pero recibí mucho más de lo que podía esperar.
Casi a pesar de mí,
hubo respuesta a mis ruegos no expresados.
Por eso, me considero uno de los hombres más dichosos”.
LA FORTALEZA EN CUATRO MIRADAS
Cada uno se fortalece humanamente si realiza 4 miradas:
hacia fuera
hacia arriba
hacia dentro
y hacia delante
Estos cuatro movimientos no son de dirección local, sino de estricta
ejercitación personal.
El reconocimiento hacia arriba es la trascendencia; abre al misterio
de Dios;
el movimiento hacia dentro, es la interioridad, abre a la íntima
realidad humana;
el movimiento hacia afuera, abre al mundo, a la naturaleza, a los
demás hombres y mujeres;
el movimiento hacia delante, abre al futuro como consumación de las
propias posibilidades.
La fortaleza de cada uno depende de cómo mirar en esas cuatro
direcciones: en lo interior y en lo exterior, en lo superior y en lo
por delante. Cada una de ellas tiene que ser trascendida e integrada
por las otras cuatro, a tal punto de no perder la circularidad. Así
el hombre podrá ir:
De sí mismo al mundo;
del mundo vuelve a sí mismo;
de Dios va y viene a sí mismo y al mundo.
Cuando se es capaz de integrar estos cuatro dimensiones:
Dios
sí mismo
el mundo
el futuro
Entonces podrá decirse que se adquirió la fortaleza.
Pero la limitación es muy profunda. Más aún de lo que pensamos. Tal
como están las cosas, como estamos las personas en nuestro tiempo,
la pregunta es aún más aguda y más compleja:
¿Existe para nosotros todavía un arriba y un abajo?.
Nietzsche fue la figura más significativa en el pasado reciente, es
el que refleja mejor este pensamiento. Su originalidad trágica le
permitió escribir en su obra “Así habló Zaratustra” una muestra de
esta situación. Crea un personaje que se llama: “El hombre loco”.
Este, habla en nombre de muchos. Para Nietzsche “el hombre loco” es
el simplemente “el hombre”, a secas.
Ese, “El hombre loco”, hace preguntas a todos y consigue
sobrecogedoras respuestas. Con una linterna, encendida en la
claridad del mediodía, iba corriendo por la plaza y gritaba:
-“Busco a Dios”.
Ante la risa y la burla de todos, “el hombre loco” salta en medio de
ellos y los taladra con su mirada, diciendo:
-“¿A dónde se ha ido Dios?. Voy a decírselos. ¡Lo hemos matado
nosotros. Ustedes y yo. Todos somos sus asesinos”!.
Tras esta confesión, se pregunta entonces:
“¿Cómo hemos hecho esto?. ¿Cómo hemos podido vaciar el mar?. ¿Quién
nos ha dado una esponja capaz de borrar el horizonte?. ¿Qué hemos
hecho para defender esta tierra del sol?. ¿Hacia dónde se mueve
ahora?. ¿Hacia dónde nos movemos nosotros, apartándonos de todos los
soles...? ¿Existe para nosotros todavía un arriba y un abajo?. ¿No
vamos errantes como a través de una nada infinita? ...¿no viene la
noche para siempre, más y más noche?. ¿No se han de encender
linternas a mediodía?.
Esa profunda soledad, tan maravillosamente descripta, resalta cuando
las cuatro miradas no están integradas. O simplemente no están. O
para decirlo de otra manera más sincera: algunas están y otras no. Y
las que están, a veces tampoco están integradas con los demás.
¡Cuántos han matado a Dios en su vida y ahora la esponja de la
soledad llora su propio horizonte!.
Así, la soledad, viene por doble raíz. Continuamos siendo frágiles
porque no estamos en orden y vivimos así nuestra propia realidad
desintegrada.
Una es la separación de los mundos en los que la existencia es real:
sí mismo
el mundo, la naturaleza
Dios.
y la otra –más profunda- es la negación de una de ellos o la no
atención a sus exigencias por considerarlo irreal, insignificante o
superfluo. Sin las cuatro miradas integradas, hay fragilidad. ¡Pobre
hombre solo; que por querer ser libre de Dios, se encontró con un
mundo sin sentido, con una naturaleza debilitada y con la fragilidad
de sí mismo!.
QUIERO SALIR DE LA FRAGILIDAD
¿A qué dedicarme?. Sin dudas que lo principal es aprender a hacerse
fuerte. Y siempre hay una escuela para aprender: la vida en Dios.
Durante el último año en la facultad un profesor tomó exámenes
finales. Como era un estudiante consciente, leí rápidamente todas
las preguntas, hasta que leí la última: “¿Cuál es el nombre de la
mujer que atiende la portería?”.
Seguramente esto era algún tipo de broma. Yo había visto muchas
veces a la mujer en la portería. Ella era alta, cabello oscuro, de
unos cincuenta años, pero, ¿cómo iba yo a saber su nombre?.
Entregué mi examen, dejando la última pregunta en blanco.
Antes de que terminara la clase, alguien le preguntó al profesor si
la última pregunta contaría para la nota del examen.
“Absolutamente”, dijo el profesor. “En sus vidas ustedes conocerán
muchas personas. Todas son importantes. Ellos merecen su atención y
cuidado, aunque sólo les sonrían y digan: “hola” por la mañana”.
Nunca olvidé esa lección. También aprendí su nombre desde ese día.
Y aprendí así la primera lección para salir de mi fragilidad:
Todos somos importantes
Una vez leí esta historia:
Una noche, a las 11,30 p.m. una mujer afroamericana, de edad
avanzada estaba parada en el acotamiento de una autopista de
Alabama, tratando de soportar una fuerte tormenta. Su coche se había
descompuesto y ella necesitaba desesperadamente que la llevaran
hasta el mecánico y toda mojada, ella decidió detener el próximo
coche.
Un joven blanco se detuvo a ayudarla, a pesar de todos los
conflictos que habían ocurrido durante los 60 el joven la llevó a un
lugar seguro. La ayudó a obtener asistencia y la puso en un taxi.
Ella parecía estar bastante apurada. Ella anotó la dirección del
joven, le agradeció y se fue.
Siete días pasaron cuando tocaron la puerta de su casa. Para su
sorpresa, un televisor pantalla gigante a color le fue entregado por
correo a su casa. Tenía una nota especial adjunta al paquete. Esta
decía: “Muchísimas gracias por ayudarme en la autopista la otra
noche. La lluvia anegó no sólo mi ropa sino mi espíritu. Entonces
apareció usted. Gracias a usted, pude llegar al lado de la cama de
mi marido agonizante, justo antes de que muriera. Dios lo bendiga
por ayudarme y por servir a otros desinteresadamente.
Sinceramente. La señora de Nat King Cole”.
Y aprendí la segunda lección para ser fuerte:
No esperes nada a cambio y lo recibirás
En los días en que un helado costaba mucho menos, in chico de 10
años entró en un establecimiento y se sentó a una mesa. La mesera
puso un vaso de agua en frente de él. “¿Cuánto cuesta un helado de
chocolate con almendras?” preguntó el chico. “Cincuenta centavos”,
respondió la mesera. El niño sacó su mano de su bolsillo y examinó
un número de monedas. “¿Cuánto cuesta un helado solo?”, volvió a
preguntar.
Algunas personas estaban esperando por una mesa y la mesera ya
estaba un poco impaciente. “Treinta y cinco centavos”, dijo ella
bruscamente. El niño volvió a contar las monedas. “quiero el helado
solo”, dijo. La mesera le trajo el helado, y puso la cuenta en la
mesa y se fue.
El niño terminó el helado, pagó en la caja y se fue. Cuando la
mesera volvió, ella empezó a limpiar la mesa y entonces le costó
tragar saliva con lo que vio. Allí, puesto ordenadamente junto al
plato vacío, había quince centavos... su propina. El niño prefirió
dejar de darse un gusto, para darle la propina a la mesera.
Allí aprendí la tercera lección:
Jamás juzgues a alguien antes de tiempo
En el libro de fábulas e historias me detuve más tiempo en una de
ellas que así decía:
Hace mucho tiempo, un rey colocó una gran roca obstaculizando un
camino, entonces se escondió y miró para ver si alguien quitaba la
tremenda roca.
Algunos de los comerciantes más adinerados del rey y cortesanos
vinieron y simplemente le dieron una vuelta. Otros culparon al rey
ruidosamente de no mantener los caminos despejados, pero ninguno
hizo algo sacar la piedra grande del camino.
Entonces un campesino llegó, y llevaba una carga de verduras. Al
aproximarse a la roca, el campesino puso su carga en el piso y trató
de mover la roca a un lado del camino. Después de empujar y
fatigarse mucho lo logró. Mientras recogía su carga de vegetales
notó una bolsa en el suelo, justo donde había estado la roca.
La bolsa contenía muchas monedas de oro y una nota del mismo rey
indicando que el oro era para la persona que moviera la piedra del
camino.
El campesino aprendió lo que los otros nunca entendieron.
Y así apareció la cuarta lección:
Cada obstáculo presenta una oportunidad para mejorar la condición de
uno
Alguien me contó alguna vez que cuando trabajaba como voluntario en
un hospital conoció a una niñita llamada María quien sufría de una
extraña enfermedad. Su única oportunidad de recuperarse,
aparentemente, era una transfusión de sangre de su hermano de 5
años, quien había sobrevivido milagrosamente a la misma enfermedad y
había desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla.
El doctor explicó la situación al hermano de la niña y le preguntó
si estaría dispuesto a dar su sangre a su hermana. Se lo vió dudar
por sólo un momento antes de tomar un gran suspiro y decir: “Sí, lo
haré, si eso es lo que salvará a María”.
Mientras la transfusión continuaba, él estaba acostado en una cama
al lado de la de su hermana, y sonriente mientras los que los
asistieron a él y a su hermana, vieron retornar el color a las
mejillas de la niña. Entonces la cara del niño se puso pálida y su
sonrisa desapareció. Miró al doctor y le preguntó con voz
temblorosa: “¿a qué hora empezaré a morirme?”.
Siendo sólo un niño, no había comprendido al doctor: él pensaba que
le daría toda su sangre a su hermana, y así después el moriría. Y
aún así se la daba.
Y aprendí la mejor lección:
Da todo a quien quieres, no te reserves nada.
Y si aún te queda alguna duda, para salir de tu fragilidad, puedes
poner en práctica lo que sigue:
Cuenta tu jardín
por las flores,
no por las hojas caídas.
Cuenta tus días
por los triunfos conseguidos
y no por las penas habidas.
Cuenta tus noches
por las estrellas,
no por las sombras.
Cuenta tu vida
por las sonrisas
no por las lágrimas.
Cuenta tu edad
por lo que tienes en tu corazón
y no por tus años.
Pbro. Dr. Ariel David Busso
Noviembre 2002
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