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EL ROSTRO Y SUS MÁSCARAS
"Un hombre que aspira a ser algo separado de sí mismo, siempre logra lo que
se propone, Este es su castigo: quien codicia una máscara termina por vivir
oculto tras ella".
¿QUÉ SOY?
Cuando tus padres te engendraron, sólo pensaron en tener un hijo o una hija,
pero te pensaron a ti, tal como eres, tal como también te pensó Dios.
No fue así por casualidad. Cada parte de tu cuerpo y de tu espíritu está
pensada por Dios, con infinito amor desde toda la eternidad.
No eres una obra hecha en serie, sino una obra de artesanía.
Tienes que aceptarte tal y como te han hecho, y actualizar todo lo que está
en potencia dentro tuyo. No debes intentar ser otro, sino que debes ser tú
mismo. No eres un proyecto. Debes ocupar el lugar que tienes tú mismo en la
Creación. No envidies ni a Velásquez por su arte, ni a Newton por su talento
científico, ni a Brahms por su inspiración musical. Estos hombres, si fueron
felices, no lo fueron por sus dones, sino que aceptaron ser como Dios los
había hecho.
Sin embargo, a veces queremos llenar tanto la vida que sin querer la
rompemos. Con frecuencia comienzan los rostros a esconderse detrás de
máscaras que la vida misma o nuestra propia ambición son capaces de crear.
Muchas de ellas reforman y cambian lo que debería ser el ritmo natural de
vivir y otras llegar hasta deformar el mismo rostro.
Día tras día aparecen padres y madres en el consultorio de un terapeuta o en
la intimidad de un confesionario, con el revés de la trama de su paternidad
y maternidad. No alcanzan las palabras para explicar que sus hijos han
pasado de ser de "la alegría del hogar" a "protagonistas del drama". Y así
tantos otros dramas.
LA OSCURA MÁSCARA DE LA MENTIRA
Cuando veo un rastro serpenteante en la tierra del campo, me digo: por aquí
pasó una víbora o una culebra ciega. Cuando veo a personas despojadas de su
fama, envueltas en situaciones ultrajantes, me digo: por aquí ha pasado un
murmurador.
Para encontrar la verdad hay que seguir sus huellas porque no viene en
bloque. La historia de la humanidad, por ejemplo es inaccesible. Los
cronistas no han logrado encontrar la verdad en esos montones de papeles, en
esos archivos, en donde se relatan los hechos deformados y subjetivos. Si
alguien quisiera transformarse para encontrar así la verdad, sólo se
transformará en un cirujano de la verdad, donde extraerá tejidos sangrantes
y gelatinosos.
Y la verdad sólo podrá ser contada cuando, mediante la sencillez, nos
hagamos como niños.
O comencemos a ver el mundo con los ojos de los sueños.
En un libro de Edgar Lee Masters, llamado "Antología de Spoon River", relata
el diálogo entre un oculista y su paciente. El oculista dice al cliente, al
tiempo que le prueba distintas lentes:
-¿Qué ves ahora?
-Globos -dice el paciente- globos de colores, muy lindos globos: rojos,
amarillos, púrpura...
-Un momento ¿Y ahora?.
-Mi madre, mi padre, mis hermanos...
-Si ¿Y ahora?
-Hermosas chicas, rostros gentiles...
-Pruébate esta otra.
-Un campo de trigo, una hermosa ciudad...
-.........
-Con esta verás mejor ¿Y ahora?.
-Veo un libro.
-Léeme la página.
-No puedo. Mis ojos se fugan más allá de las páginas.
-Optimo -se regocija el oculista olvidando a su paciente- ¿y ahora?
-Luz, solamente luz... Una luz que transforma el mundo en un mundo de niños.
A lo que el oculista dice:
-¡Buenísimo!. Entonces haremos tus anteojos con estos lentes.
Pienso que es el deseo de todos y para todos. Sólo con la luz que tienen los
niños se puede llegar a conocer la verdad de todas las cosas, del mundo, de
Dios.
Casi todos los seres dejan sus huellas. Dios deja también las suyas: son sus
criaturas.
Dios ha dejado muestra de su poder en las grandes cordilleras, en las
montañas rocosas, en los picos de las sirenas.
De su suavidad, en los pétalos blandos de una flor recién nacida.
De su consistencia, en los finos metales escondidos en las fecundas entrañas
de la tierra.
Y de su ternura, en los niños, en el corazón de unos padres con sus hijos,
en los nidos de las aves.
¿Pero quién ve la verdad a través de huellas?. Sólo los niños, son sólo
ellos quienes llegan a la verdad. Si muchos adultos como finos sabuesos
oliesen las huellas calientes del amor, no sentirían la angustia en su
garganta, porque verían, con otros ojos, la providencia de su soledad.
El secreto de una vida no debe buscarse lejos. Y en esto consiste el
encuentro de la inspiración espiritual. Las cosas que sostienen una vida
están más cerca de lo que pensamos. Suelen rondar por la vida
transformándose a veces en circunstancias y otras en diminutos eventos.
Nadie tendrá grandezas si las busca demasiado lejos de donde está. ¿Qué todo
está mal donde andas?. No es así: no hay mal tiempo sino ropa inadecuada.
No hay que permitirse el vagabundeo de los sueños. Demasiados sueños pueden
enfermar al soñador. Sólo hay que conservar algunos, los mejores, en el
bolsillo de los deseos y sacarlos a la luz cada tanto para que el oxígeno de
la esperanza pegue de lleno en el rostro.
Hay personas que han llegado a ser famosas, por sus hazañas victoriosas, por
sus descubrimientos sorprendentes, por haber surcado nuevos mares, por haber
escalado montañas, por haber cambiado las ideas de la gente.
Hay personas, en cambio, que apenas dejaron huellas a su paso por la vida.
Caminaron en silencio, casi de puntillas. Cruzaron la tierra y la vida como
las aves vuelan por las nubes del cielo. Realizaron su trabajo calladamente,
pero con eficacia, a conciencia, sufriendo el terrible cotidiano, formando
eso que hoy llaman la infraestructura. Fueron como esas piedras que se
entierran para levantar sobre ellas las finas agujas de una catedral.
Cuando se sepa todo, cuando lleguemos a la verdad de las cosas, sabremos a
ciencia cierta quién ha dejado en el mundo más belleza, si los famosos, por
todos conocidos, o la gente sencilla de nuestro mundo pequeño.
Allí nos enteraremos de la cobardía de muchos valientes, de las flaquezas de
los santos, de los plagios de los poetas, a quien pertenecieron los libros
de una biblioteca. También conoceremos la insoportable angustia de los
alcohólicos, las lágrimas de algunos ladrones como Dimas, la bondad de
tantas Magdalenas, la inseguridad de los violentos. Sabremos lo malo de los
buenos pero también las lucecitas de los que parecen andar en tinieblas.
Quedaremos sorprendidos al ver las contradicciones que hay entre nuestra
historia y la historia real... La máscara de la mentira quedará por tierra y
el rostro quedará entonces con la perfección de lo que es.
LA PESADA ADVERSIDAD
La clásica bendición irlandesa desea "que el sol te dé de lleno sobre tu
rostro" y "que el viento sople sobre tu espalda". Quiere expresar que los
hechos adversos se desean siempre detrás y no por venir.
Confieso que cuando era chico, admiraba a Alejandro Magno, al rey David, a
Julio César. Me gustaba soñar con toda aquella gente peleadora y audaz.
Después, durante los estudios, me atraían los grandes diplomáticos, los
eximios negociadores: Metternich, Richelieu, Disraeli. Eran gente que sabían
nadar y salpicar con astucia e inteligencia a sus rivales, sin llegar a la
violencia. Después me entusiasmaron los poetas. No podía comprender cómo
sería el interior de Machado, de García Lorca, de Verlaire, o de Borges,
para que esas palabras tuvieran la rima del alma.
Pero hoy, creo que sólo siento admiración por Lincoln, Ghandi, Luther King,
la Madre Teresa, por los que buscaron la libertad y la justicia, por medio
del amor y la verdad. Los héroes ahora son todos aquellos que buscan la paz,
los que le horroriza las violencias, cualquier violencia.
La adversidad es pesada, pero se hace invencible si las armas a vencerla son
inadecuadas.
Cuentan que en un invierno un buen hombre necesitaba leña, así que buscó un
árbol muerto y lo cortó. Pero luego, en la primavera, vio desolado, que en
el tronco marchito de ese árbol surgieron brotes nuevos.
Este buen hombre reflexionó:
-Estaba yo seguro de que ese árbol estaba muerto. Había perdido todas las
hojas en el invierno. Hacía tanto frío, que las ramas se quebraban y caían
como si no le quedara al viejo tronco ni una pizca de vida. Pero ahora
advierto que aún alentaba la vida en aquel trozo de árbol.
Y volviéndose hacia su hijo, le aconsejó:
-Nunca olvides esta importante lección. Jamás cortes un árbol en invierno.
Jamás tomes una decisión negativa en tiempo adverso. Nunca tomes las más
importantes decisiones cuado estés en tu peor estado de ánimo. Espera. Se
paciente.
La tormenta pasará. Recuerda que la primavera volverá.
La adversidad y su consecuencia es relatada así por Dostoievski:
"El ruido de los sables y las voces de mando a lo largo de las casamatas de
la prisión ha turbado su sueño a medianoche. Aparecen unas fantasmales y
lúgubres sombras. Aquellas sombras le empujan por un estrecho e interminable
corredor. Se oye chirriar un cerrojo. Se abre una puerta. Entonces puede
contemplar el cielo, mientras un viento helado le azota el rostro. Espera un
coche celular, en el que le introducen violentamente. En el coche se
encuentran apretujados, cruelmente encadenados, sus nueve compañeros de
infortunio. Todos callan. Saben adónde van y saben también que su viaje no
tiene retorno. El coche se pone en marcha lentamente. De pronto se detiene y
otra vez chirría una puerta. Al trasponer la verja, sus ojos descubren un
miserable rincón de mundo, casas sombrías, sucias, bajas de techo. Luego ven
una gran plaza, desierta, cubierta de nieve sucia.
Una densa niebla envuelve el patíbulo. Un templo de oro se adivina en la luz
matinal. Después de apearse les hacen avanzar. Un oficial lee la tremenda
sentencia: ¡condenado a muerte por traidores!. ¡A muerte!. Aquellas palabras
se hunden como piedras en el sereno azul del cielo y son repetidas como un
eco.
"Todo lo que está ocurriendo a él le parece un sueño. Sólo sabe que va a
morir. Se adelanta un hombre y en silencio le pone la túnica blanca. Los
reos cambian en voz baja las últimas palabras de despedida. Uno de ellos,
con los ojos desorbitados, lanza un grito de horror. Un sacerdote le
presenta el crucifijo que él besa fervorosamente. Los condenados son diez.
Se les hace avanzar de tres en tres.
"Un cosaco se acerca para vendarle los ojos. Él entonces levanta la vista
para contemplar el cielo por última vez: también puede ver la iglesia, cuya
dorada cúpula resplandece en las primeras luces de la aurora. Recuerda la
Última Cena del Señor y vislumbra que la verdadera vida, la visión beatífica
de Dios, comienza después de la muerte. Le han cubierto los ojos. Ante él
sólo hay una tétrica oscuridad. Pero siente bullir la sangre en sus venas y,
con esa ardiente sangre, nuevos torrentes de vida. Es el último segundo, y
en ese instante parece concentrarse toda su existencia. Tumultuosamente
aparecen las imágenes de sus recuerdos: su infancia, sus padres, sus
hermanos, su esposa, las amistades rotas, las pocas horas de felicidad, los
sueños de gloria. Ahora, la muerte. Nota que alguien se acerca lentamente, y
una mano se posa sobre su pecho. Siente frío. ¿Va a morir?. El corazón
apenas late. Unos momentos más y todo habrá terminado.
"A poca distancia, los cosacos han formado el pelotón y preparan las armas.
Se oye el ruido de los gatillos. De pronto, los tambores empiezan a
redoblar. Van a troncharse unas vidas. ¡Aquel instante dura un siglo!.
"Pero entonces se oye un grito: "¡Alto!". Llega un oficial, en cuyas manos
se agita una hoja de papel, y a la clara luz de la mañana, lee la orden, el
indulto: el zar, bondadoso, ha conmutado la pena. Aquellas sorprendentes
palabras carecen de sentido. Sin embargo, la circulación de la sangre vuelve
a normalizarse, y la vida, gozosa, ha empezado a cantar. La muerte huye
derrotada, y los ojos, cegados por las sombras, perciben como un rayo de
luz. Le quitan la venda. Le aflojan las ligaduras. Su corazón puede ya latir
libremente. Ya no ve aquella horrible fosa a sus pies. La vida es mísera y
dolorosa..., pero es vida.
"Contempla otra vez la dorada cúpula de la iglesia, que en los albores de
aquella terrible mañana brilla místicamente. El cielo parece estar lleno de
rosas, de gloriosos himnos. Allá en lo alto brilla la cruz con los brazos
abiertos como en oración.
Ha caído de rodillas, destrozado por el grito de dolor humano. Luego se
siente abatido por un infinito estremecimiento, una especie de convulsión
que disloca sus miembros; la boca se le llena de espuma y un mar de lágrimas
brota de sus ojos. Está convencido de que no pudo gustar la dulzura de la
vida hasta que sus labios probaron la amargura de la muerte.
Su alma ha comprendido, se ha dado plena cuenta de los terribles momentos
que sufrió Aquel que murió, hace dos mil años, en una cruz. Y, como nuevo
Cristo, debe amar la vida iluminado por una luz nueva".
Esta escena fue el 22 de diciembre de 1849, en San Petersburgo en la Plaza
Semenovsk, e ilustra cómo un hombre, a punto de llegar a la culminación de
la adversidad, ha comprendido, recién allí, su sentido.
A veces la adversidad tiene rostro demasiado feo y parece vencedora de
antemano, pero casi siempre depende de nosotros.
¿Qué son las dunas?. Son montañas de arena, formadas por el viento, que
desean imitar a los niños, que juegan en las plazas construyendo castillos
encantados. Crecen y se deshacen continuamente, se mudan sin cesar, tomando
diferentes formas soñadas, de acuerdo a la brisa que corre libre y alegre
desde el mar.
Para la adversidad, no hay que ser duna. Provoca temor no tener forma
definida, carecer de ideas y seguridad.
Pero ¡cuidado! tampoco ayuda ser roca intransigente, tener ideas fijas, sin
escuchar la razón de cada hombre que busca honradamente la verdad. Sólo el
que es tierra firme, humanizada y pródiga, podrá servirse de los embates de
la adversidad. Ser duna significa mudarse o amasarse, ser roca montañosa es
encontrar un muro sin puerta de acceso. La tierra firme permite ver la
frontera entre lo que tenemos de ángel y lo que trae la realidad.
LA MÁSCARA DEL PAVO REAL
El primer colibrí que ví en mi vida, fue en el jardín del campo. Había allí
un jazmín plantado delante de la casa que parecía centenario y florecía todo
el año. Tendría yo menos de 6 años y el colibrí me pareció un abejorro de
gran tamaño, porque su diminuto cuerpo no tiene más de cuatro ó cinco
centímetros.
Materialmente se paraba delante de las flores para meter su largo pico y
movía tan velozmente las alas que apenas podían verse. Casi 100 aleteos por
segundo. Los colores del colibrí son variados y muy vivos. Dicen que hay
unas 300 especies de colibríes. Decir cuál es la más hermosa y atractiva es
imposible. Es un ave delicada y fina. Parece mentira que esta menudencia
pertenezca a la misma especie del cóndor, del águila, del buitre, del
halcón. Esta delicada criatura desarrolla una labor importantísima: lleva el
polen de unas flores a otras para fecundarlas.
En su pico diminuto lleva la vida. Ante él las flores se estremecen de amor.
Pero lo más hermoso es que todo esto lo hace en silencio, sin darse
importancia. El colibrí no canta, ni trina. Ni siquiera es como el pavo real
que tiene la gracia de su plumaje aunque no sepa cantar.
Cuentan que una vez un niño se acercó un día a la ladera de una montaña.
Venía caminando por un verde camino ascendente. Comenzó a gritar algunas
palabras sueltas que se le iban ocurriendo a cada paso, y para su sorpresa
advirtió que éstas volvían a su oído casi idénticas a cómo las había
pronunciado, sin embargo, volvían con un extraño timbre que le hacia dudar
de su origen. Más emitía palabras, más le regresaban.
Le gustó tanto, que siempre iba ahí a conversar con la montaña que hablaba.
Cuando se sentía deprimido, iba y le preguntaba cosas al "Señor de la
Montaña" para que le ayudara verse tal cual era.
Le decía a la montaña:
-¿Soy lindo?.
-Lindo, lindo, lindo... escuchaba volver.
-¿Soy inteligente?
-Inteligente, inteligente, inteligente... - respondía suavemente el eco.
-¿Soy bueno? -Bueno, bueno, bueno... - escuchaba el muchacho.
Cuando se hizo mayor, a pesar de que no era nada agraciado, de que nunca
pudo terminar ningún estudio, de que fracasó en sus trabajos por holgazán y
de que su mujer lo abandonó, y de que sus hijos no lo querían por su mal
carácter, él siempre pensó que era muy lindo, inteligente y bueno por que el
"Señor de la Montaña" así se lo revelaba.
Quien busca las respuestas en su propio interior sin considerar la realidad,
cree escuchar a Dios cuando sólo se oye a sí mismo. La máscara de pavo real
transforma el verdadero rostro de la sencillez.
En cambio. Como contrapartida a esta necedad me contaron que, antes de la
Segunda guerra mundial, un misionero que predicaba en las parroquias de
Alemania, relató esta anécdota desde el púlpito: "Una madre estaba por
morirse; todos los hijos circundaban su lecho de muerte; excepto uno. Se
trataba de un hijo pródigo que, por su mala conducta, había provocado
grandes y profundos dolores a su madre. El único deseo de la moribunda era
que este hijo pudiese estar presente en aquél momento supremo. Pero el hijo
estaba en la cárcel purgando delitos contra la sociedad.
Entonces, los hijos de aquella mujer, se pusieron en conexión con el
director del penal y obtener que aquél muchacho pudiera salir, con dos
guardacárceles y llegar así al lecho de muerte de la madre. La pobre mujer,
estaba muy débil para poder decirle a su hijo al menos una palabra, pero
podría verlo al menos una vez mas antes de morir.
Llegó el hijo pródigo -continuó relatando el predicador- y la mirada de su
madre lo venció.
Al volver a la soledad de la celda él, que nunca había querido saber nada
con recibir al capellán de la cárcel, lo mandó llamar y con ánimo sereno
hizo una sincera y humilde confesión general. La gracia continuó trabajando
en su corazón ya fortificado por la tierna mirada de su madre moribunda.
Cuando salió de su prisión, retomó los estudios y se ordenó sacerdote.
Y aquél sacerdote -concluyó el misionero- soy yo".
¿SIN AMOR? ¿SIN MISERICORDIA?
Esta es la peor máscara transformante de rostros y almas: vivir dando amor a
cuentagotas y reservándose la misericordia para con los simpáticos. Aunque
hay algunos que ni siquiera a los simpáticos les reparten misericordias.
Se cuenta que recogiendo donativos para un Hogar de Leprosos, acudió un
joven al hombre más rico de la ciudad. Pero éste no accedió a su petición.
-Tiene usted que comprender -le explicó el hombre rico al joven- que tengo
una madre de 91 años alojada en una residencia de ancianos, hace ya ocho
años. Y tengo una hija, viuda hace tres años, que lucha por sostener a sus
cinco hijos. Y tengo dos hermanos que solicitaron unos préstamos que ahora
no pueden pagar...
-Lo siento -le dijo el joven-. No sabía que tuviera usted tantas necesidades
a las que atender.
-No; no he querido decir eso -replicó el hombre rico-. Solamente trataba de
explicarle que, ya que no les doy a ellos ni un solo centavo, ¿por qué le
voy a dar algo a usted?.
Sin embargo, el que tiene en cuenta la belleza de las cosas percibe más
fácil la necesidad de amar.
¿Qué relación hay entre la belleza y el amor?. Siempre que amamos a una
persona, lo hacemos por sus cualidades, por su belleza moral o física. Pero
tal vez podremos preguntarnos. ¿Esa es belleza real o la creamos nosotros
mismos porque amamos a esa persona previamente?.
La respuesta no puede ser simple ni radical, ya que aquí las causas y los
efectos están mezclados. Tal vez en otra persona que nos cautiva, pero
luego, al amarla, sublimamos lo objetivo, y éste fenómeno nos da pié para
aumentar nuestro amor.
Esa nueva oleada envuelve en un halo luminoso e idealista a la persona y
hace que la veamos más hermosa todavía y más buena. El amor y la belleza son
dos entidades relativas que aumentan alternativamente y se repercuten una a
la otra.
Cuando amamos lo íntimo de una persona, todas sus manifestaciones externas
nos parecen hermosas. El núcleo embellece la periferia. Por eso, los mismos
gestos, el mismo modo de andar, el mismo tono de voz, que una persona nos
molesta, cuando los vemos en una persona querida, hasta nos parecen llenos
de gracia.
Milagrosamente se realiza una extraña metamorfosis en nuestro interior.
No cabe dudas que amamos a las personas porque son bellas, pero, en parte,
son bellas porque las amamos.
Por eso se comprende que no haya ningún hijo feo para su madre. Como también
se explica lo que decía aquella monjita, dedicada a cuidar a los ancianos
desamparados, cuando contaba que todavía no había encontrado a ningún
viejito que oliese mal.
Y volvemos a los niños. Entre ellos el amor brota como una fuente, sin más
límites que la propia naturaleza. Había una vez una niña precoz de ocho
años. Un día escuchó a su madre y a su padre hablar acerca de su hermanito
Andrés. Ella solo sabía que su hermano estaba muy enfermo y que su familia
no tenía dinero. Planeaban mudarse para un complejo de apartamentos el
siguiente mes porque su padre no tenía el dinero para las facturas médicas y
la hipoteca. Sólo una operación costosísima podría salvar a Andrés. Escuchó
que su padre estaba gestionando un préstamo pero no lo conseguía. Escuchó
también a su padre murmurarle a su madre, quien tenia los ojos llenos de
lágrimas, "Sólo un milagro puede salvarlo." Teresa fue a su cuarto y sacó un
frasco de jalea que mantenía escondido en el ropero. Vació todo su contenido
en el suelo y lo contó cuidadosamente. Lo contó una segunda vez, ¡una
tercera! La cantidad tenía que ser perfecta. No había margen para errores.
Luego colocó todas las monedas en el frasco nuevamente, lo tapó y se
escabulló por la puerta trasera y caminó las dos cuadras hasta la farmacia.
Esperó pacientemente su turno. El farmacéutico parecía muy ocupado al
momento y no le prestaba atención. Teresa movió su pie haciendo un ruido.
Nada. Se aclaró la garganta con el peor sonido que pudo producir. Nada.
Finalmente, sacó una moneda del frasco y golpeó el mostrador".
-"¿Qué deseas? -le preguntó el farmacéutico en un tono bastante malhumorado.
Y le dijo sin esperar respuesta: "Estoy hablando con mi hermano que acaba de
llegar de muy lejos y no lo he visto en años.
-"Bueno, yo quiero hablarle acerca de mi hermano, le contestó Teresa en el
mismo tono que usara el farmacéutico.
-Está muy enfermo y quiero comprar un milagro.
-¿Qué dices?, dijo el farmacéutico
-Su nombre es Andrés y tiene algo creciéndole dentro de la cabeza y mi padre
dice que sólo un milagro lo puede salvar. Así que, ¿cuánto cuesta un
milagro?
-Aquí no vendemos milagros, nena. Lo siento pero no te puedo ayudar, le
contestó el farmacéutico; ahora en un tono más dulce.
-Mire, yo tengo el dinero para pagarlo. Si no es suficiente, conseguiré el
resto. Sólo dígame cuánto cuesta.
El hermano del farmacéutico que había escuchado toda la conversación era un
hombre alto y elegante. Se inclinó y le preguntó a la niña:
-¿Qué clase de milagro necesita tu hermanito?
-No lo sé. Contestó Teresa con los ojos a punto de explotar. Sólo se que
está bien enfermo y mi mami dice que necesita una operación. Pero mi papá no
puede pagarla y dice que sólo un milagro podrá salvarlo, así que yo quiero
usar mi dinero para comprar el milagro.
-¿Cuánto dinero tienes?- le preguntó el hombre.
-Cinco pesos con veinte centavos- contestó Teresa en una voz que casi no se
entendió.
Es todo el dinero que tengo pero puedo conseguir más si lo necesita.
-Pues que coincidencia. Dijo el hombre sonriendo. Cinco pesos con veinte
centavos, justo el precio de un milagro para hermanos menores. Tomó el
dinero en una mano y con la otra tomó a la niña del brazo y le dijo:
-Llévame a tu casa. Quiero ver a tu hermano y conocer a tus padres. Veamos
si yo tengo el milagro que necesitas. Ese hombre de buena apariencia era el
Dr. Carlos Armstrong, un cirujano especialista en neurocirugía. La operación
se efectuó sin cargos y en poco tiempo Andrés estaba de regreso a casa y en
buena salud. Los padres de Teresa hablaban felices de las circunstancias que
llevaron a este doctor hasta su puerta.
-Esa cirugía, dijo su madre -fue un verdadero milagro. Me pregunto cuánto
habrá costado. Teresa sonrió. Ella sabía exactamente cuanto costaba un
milagro: cinco pesos con veinte centavos, más el amor de una niña de ocho
años.
LA MASCARA DE LA VIOLENCIA
Toqué una vez la puerta donde vivía un sabio solitario, y le pregunté dónde
estaba el país de la felicidad. El se quedó pensativo y luego me respondió
que la felicidad no era un lugar, sino un modo de caminar.
¡Qué espanto el que camina con violencia!.
Martín Luther King, escribió estas palabras dirigidas a los blancos racistas
que terminaron por asesinarlo:
"No tenemos, ni queremos tener,
otros medios para vencerlos, que el amor.
Jamás emplearemos contra ustedes la violencia.
Por medio del amor,
a ustedes, que son nuestros enemigos
los convertiremos en amigos.
A la capacidad de ustedes de hacernos sufrir,
opondremos la nuestra para soportar el sufrimiento.
Pónganos en la cárcel
y los seguiremos amando.
Quemen nuestras cosechas
y los seguiremos amando.
Aterroricen a nuestros hijos
y los seguiremos amando.
Envíennos gente que nos apalee
y los seguiremos amando.
Llegará un día en que se avergonzarán
de su propia violencia.
En ese día nos darán libertad
y lograrán la de ustedes,
porque se habrán librado del odio.
En ese día se alcanzará una doble victoria".
No creas que apretando tus manos sobre lo que tocas, serán más hondas tus
huellas.
Acaricia el lomo del perro enfurecido y se amansará; hasta podrá dormirse
soñando con el fino tacto de tus dedos.
Apoya suavemente tu mano sobre el hombro de tu amigo herido y recordará como
un alivio.
Mira el mar: las altas olas se deshacen en blanca espuma cuando es tocado
por la arena de la playa. ¿Se quedará enamorado el mar de la suavidad de la
arena?.
Dejarás huellas profundas cuando beses con tus labios, rozando amorosamente
con tu piel, todos los seres, mudos y animados, que veas a tu lado. Nada
permanece tanto como el sabor de una caricia, como el calor de una mano
amiga cuando estrecha otra mano.
Lo que expones tiene más o menos fuerza, según el tono amistoso de tus
palabras. La influencia de las ideas se potencia con el amor. Cuanto más
ames a una persona mejor la persuadirás. No busques vencer, sino con-vencer.
No violentes a los demás con tu ciencia, sino con tu pa-ciencia.
Una vez una mujer, en plena rebelión y agresividad a sí misma, al mundo, a
Dios, le escribió al rey Balduino, de Bélgica, conocido por su dedicada vida
espiritual. La respuesta de Balduino fue directa, personal, llena de
sinceridad. La profesión de fe que figura en la carta, es sin máscaras,
simple, leal. Así dice:
"Abriendo los ojos y mirando a mi alrededor, he descubierto, nuevamente el
amor de Dios por mí, por la humanidad. Veo que cada vez que buscamos de
vivir el evangelio, es decir amándonos unos a otros, las cosas comienzan a
cambiar: la agresividad, la angustia, la tristeza, dejan lugar a la paz y la
alegría.
Puedo contarte que, desde hace muchos años, no obstante mis culpas y mis
debilidades, vivo gozando de esa paz y de esa alegría, a pesar de las
dificultades y las divisiones que nos rodean. Ninguno se encuentra en
condiciones de conservar esta alegría y esta paz, en el corazón, solos. Pero
Jesús lo promete a todos los que sienten el deseo de seguirlo.
Era todavía adolescente cuando descubrí que Dios nos ama, en la persona de
Jesús, y me ama a mí con un amor loco, inimaginable, pero muy concreto. Que
afrontó el martirio más atroz para salvarnos, para salvarme, para salvar
personalmente a cada uno de nosotros de la prisión del mal y de hacernos
participar, si queremos, de su vida divina. Si nosotros lo consentimos, su
Padre se transforma en mi Padre; María, su Madre, se transforma en mí Madre,
nuestra Madre.
Desde aquél día mi vida cambió. Quiero decir: mi modo de ver las cosas,
porque creo que soy la misma persona con los mismos defectos que tengo
ahora. Pero mis debilidades no me quitan más el coraje, al contrario, son un
motivo para apoyarme enteramente en su amor omnipotente y en la fuerza de mi
Padre, que es también el tuyo.
Cada día, desde entonces, veo en mi vida signos tangibles del amor de
Dios...
Todo esto es tan hermoso que me he preguntado si es verdadero, o si no será
el fruto de mi imaginación y si todo esto es el mundo de los sueños!!!.
¡Esta presencia no me ha dejado nunca más desde los 18 años!.
Y después de leer esta carta e imaginarme a semejante hombre con esa
serenidad, recordé lo que me había dicho aquél viejo sabio cuando toqué a su
puerta: que la felicidad no era un lugar sino un modo de caminar.
LA CRITICA
Alguien dijo una vez que él no criticaba y que sólo hacía comentarios
constructivos. ¡Comentarios constructivos!. ¡Es como si quisiéramos darle a
un misil el carácter de constructor!.
Nos vamos amasando con lágrimas, nos perfeccionamos unos a otros con gozo,
pero las críticas no amasan: amasijan.
Hay que saber usar libremente la arcilla para sacar de ella una obra de
arte. A Santa Teresa, por ejemplo, no le ayudaron las críticas, para pulirla
se necesitaron los cuatro mejores alfareros de su tiempo: San Juan de Avila,
San Francisco de Borja, San Juan de la Cruz y San Pedro de Alcántara.
Sibelius, el autor de tantos poemas sinfónicos, paseaba una vez por el
bosque con un viejo y estimado amigo.
Los pájaros trinaban, volando por encima de sus cabezas. Sibelius se
entretenía identificando el canto de las aves con los diferentes
instrumentos musicales.
De pronto, se oyó el graznido desarmónico de un cuervo de gran tamaño. El
amigo preguntó a Sibelius.
-¿Y ése, qué instrumento toca?.
Sibelis respondió rápidamente:
-Ese no toca, ese es un crítico musical.
Como uno es poco propenso a reconocer los propios errores, raramente haya
críticas entre los escasos aciertos de nuestra parte.
Padre e hijo ven la televisión, después de cenar, mientras madre e hija
friegan los platos en la cocina.
De pronto, se oye el ruido de algo que se cae y se rompe.
Luego, un completo silencio.
-Ha sido mamá la que ha dejado caer el plato -dijo el muchacho.
-¿Cómo lo sabes? -le dijo el padre.
-Porque ella no ha dicho nada- dijo el chico.
La crítica deforma el rostro de quien la practica y muy poco al criticado.
Un hombre es feliz cuando ve el lado bueno de cada persona, cuando se alegra
de la belleza creada por los demás.
Sucedió una cosa extraña en una ciudad remota. Un joven se cayó y se rompió
una pierna. Para ayudarle a andar, le dieron un par de muletas. El joven se
acostumbró totalmente a usarlas, y no sólo para andar sino también para
otras cosas.
Y sucedió que también la gente de la ciudad empezó a aficionarse a las
muletas. Un carpintero muy avispado, comenzó a fabricar muletas y a
venderlas. Tuvo un éxito total. La gente que gozaba de brazos y piernas
sanos comenzó a usar las muletas porque se pusieron de moda. Para salir al
paso a la demanda, hubo que erigir una gran fábrica de muletas. Se
fabricaban muletas, cada vez más sofisticadas, adornadas con joyas y
trabajos en marfil.
Varias generaciones más tarde, la gente de aquella ciudad no podía
prescindir de las muletas para caminar. Se habían olvidado de andar sin
ellas. Los que no las usaban eran considerados como primitivos.
Y nosotros, estamos tan acostumbrados a las críticas en las reuniones
sociales, que ya nos parecen que sin ellas no podemos andar. Son las
muletas, adornadas con joyas, con ricos minerales de confección, pero
muletas al fin. ¿Concebiremos alguna reunión nuestra sin críticas?.
ENVÍO
Por mi alma corre un río
que viste de azul y plata.
Es como un río tranquilo
que se quiebra entre las piedras
y camina entre las zarzas.
Al río le cruza un puente,
un puente que no es de hierro.
Está hecho con suspiros, con ansias y con anhelos.
Arranca desde mi orilla
y casi llega hasta el cielo.
Por mi alma corre un río,
al lado de un limonero.
Por él navega una barca
y mi Dios es el barquero.
Barquero mío, te veré mañana, después del alba. Te veré sin espejos y me
verás sin máscaras. Te veré sin cansarme y no dejarás de asombrarme y
¿sabes?. Quisiera ver como esta máscara mía se transforma en poesía.
Pbro. Dr. Ariel David Busso
Marzo 2003
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