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EL CORAZÓN DEL CORAZÓN
“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a
Dios”.
Cuando Jesús habló de “la pureza de corazón” fue porque le vino a la
mente el culto que muchos de su época tenían por la pureza
“cultual”. Si bien el salmista recordaba que había que subir al
templo con “las manos limpias y puro el corazón”, algunos lo habían
entendido en la letra, pero no en el espíritu. Así consideraban
impuros algunos animales, a la sangre, a los leprosos, a los
paganos...
Pero el Maestro habla de otra pureza; va mucho más lejos inclusive
de lo puramente afectivo y sensual. Para los hebreos, el “corazón”
es mucho más que la sede de la afectividad: era la sede del
pensamiento. En toda la Biblia el corazón está relacionado con la
búsqueda de la verdad y la huída de la mentira. Para el judío, el
corazón es el que piensa, jura, juzga, obra. El corazón es el centro
del intelecto. Casi podríamos decir que, en el mundo hebreo, es lo
que nosotros llamamos “conciencia”.
Por eso la pureza del corazón es la pureza de la conciencia.
Consiste en alimentar el espíritu en la verdad y no en la vanidad,
en obrar con verdad,
en hablar con verdad,
en hacer – obrar justamente.
Pureza de corazón es hablar, pensar, obrar limpiamente, sin doblez,
rectamente.
Pureza es verdad, sinceridad, honestidad.
Impureza de corazón es, por el contrario pensar mal, hablar
falsamente, obrar injustamente...
La perspectiva correcta
Se cuenta que cierta vez, en una comida de gala, la caja de rapé del
general, recamada de diamantes, había desaparecido. Al final de la
acostumbrada comida anual que celebraba con sus viejos oficiales,
les había dejado la caja para que la contemplaran de mano en mano.
Pero ahora no estaba en ninguna parte. No podían ser los sirvientes,
que se habían retirado mucho antes. Los oficiales, entonces,
acordaron vaciar públicamente sus bolsillos.
Pero hubo un oficial que rechazó con vehemencia esta propuesta, y se
ausentó de la sala. Naturalmente, las sospechas recayeron sobre él.
Al año siguiente, al ponerse la misma casaca que el año anterior, el
general descubrió la caja de rapé dentro de un bolsillo interior.
Decidió, entonces, salir en búsqueda del viejo oficial sospechoso,
lo encontró en una miserable buhardilla, y le pidió toda clase de
disculpas.
-Pero –le dijo el general-, ¿por qué no aceptó usted lo que
sugirieron los otros oficiales, salvándose así de una terrible
sospecha?.
-Porque –explicó el viejo oficial-, mis bolsillos estaban llenos de
trozos de comida que había recogido a hurtadillas de la mesa, para
poder alimentar a mi esposa y a mi familia que estaban medio
muriéndose de hambre.
Al general se conmovió hasta las lágrimas al contemplar este amor
por la familia, y cuidó de que, en adelante, el viejo soldado nunca
más pasara necesidad.
No te fijes en las apariencias...
porque el Señor ve el corazón.
1 Samuel 16,7
Es la primera lección: el manso sabe esperar, tarde o temprano se
cumple la justicia. La pureza de corazón otorga la perspectiva
correcta.
El corazón del corazón
La gran tradición del monacato antiguo afirmó siempre que el fruto
del corazón purificado es la compasión para con todo lo creado; la
misericordia para con cualquier criatura. El corazón puro se vuelve
capaz de leer la belleza interior de cualquier criatura y de amarla
desinteresadamente. El que tiene el corazón puro puede admirar en
todo su esplendor la belleza de lo creado, porque sus ojos ven a
Dios y su rostro, aún allí donde está desfigurado.
Es la propia misericordia de Dios, que se apodera del corazón humano
y toma a pecho todo dolor, toda debilidad, el mal, las ruinas. Por
eso se está más próximo al cosmos asolado por las miserias: los
niños, los ancianos, los enfermos. El corazón se estremece y no
puede así ni soportar, ni oír, ni ver un daño cualquiera o una
tristeza, por pequeña que sea.
El corazón purificado es un corazón exuberante, irrigado, por ese
río, y la rara flor de la misericordia, no dejará de endulzar el
helado paisaje del sufrir humano.
Una carrera sin fin
El corazón puro es una carrera con comienzo cierto. “Me levantaré e
iré hacia mi Padre”, dice resuelto el hijo pródigo de la parábola de
San Lucas. Resolvió volver e hizo el camino inverso al de años
anteriores cuando dejó la casa paterna. Pero este camino no tiene
fin. El punto de llegada es el corazón del Padre y ese corazón tiene
profundidades más hondas que las del océano inmenso.
Dicen que una curiosa salió temprano, una mañana, en busca de Dios.
Llegó al pie de una torre tan alta, que parecía que besaba el cielo.
Una voz la invitó a entrar, y ella empujó la puerta y miró en la
oscuridad. Arriba, había una luz suave que dejaba entrever una
escalera en espiral.
Resuelta y atrevida, y confiando en el Señor, empezó a subir.
Peldaño tras peldaño, subía más y más. La torre parecía que no tenía
fin. La duda y la ansiedad entorpecían sus pasos. En su corazón, la
esperanza dejó paso al miedo. ¿No sería mejor volverse atrás?. Se
detuvo, ya dispuesta a bajar. Apenas echó abajo su pie, se llevó el
susto de su vida. Debajo no había escalones.
Entonces se dio cuenta de que, a cada paso que había dado hacia
arriba, el escalón de abajo se había caído dejando un vacío.
Volvió, otra vez, a mirar hacia arriba. Y allí, la luz seguía
invitándola, pero la escalera parecía sin fin...
Porque yo, el Señor, tu Dios, te agarro de la mano y te digo:
“No temas, yo mismo te auxilio”.
Isaías 41,13.
De cualquier modo no es sólo una intención. Constituye una acción de
comienzo violento y seguro. A partir de ese momento ya no te
perteneces. Tu corazón ya no es el tuyo. Si lo diriges a otra parte
ya no está alegre. Si lo distraes se siente insatisfecho. Si lo
llenas de criaturas queda decepcionado. Tu corazón ya no es el tuyo.
Ya no te pertenece. La purificación del corazón ha absorbido tus más
escondidas y maravillosas capacidades de amor. Dios se convierte en
el único por completo y toda otra cosa te queda excluida.
Es posible amar a la vez a bastantes personas, pero no es posible
enamorarse simultáneamente más que de una sola.
El corazón purificado, comienza una carrera sin final, entonces
reestructura toda su red de afectos y relaciones en torno a este
nuevo polo, de manera semejante a como ocurre en el enamoramiento.
Reorganiza a todas las demás cosas en vistas a esa purificación: su
vida, su actividad, su modo de ser, de sentir, de juzgar. También su
modo de amar, de referirse a otras personas y cosas.
Se puede tener muchos amigos y muchos hermanos, pero sólo un esposo.
Este es el sentido en el “Cantar de los Cantares”, cuando se refiere
al amor exclusivo del corazón purificado:
“Huerto eres cerrado,
hermana mía, esposa,
huerto cerrado,
fuente sellada”.
Muchos amigos, muchos hermanos; todos amigos, todos hermanos. Un
solo amor.
Mañana no, hoy
Se cuenta que había una vez un monasterio de monjes ricos, mientras
que a corta distancia había otro de monjes pobres. Un día uno de los
monjes pobres fue a donde estaban los monjes ricos y se acercó al
abad para decirle adiós antes de partir.
Quería hacer una peregrinación, un largo recorrido a través de
montañas y ríos peligrosos.
El monje rico, después de escuchar la intención del monje pobre, lo
miró y le preguntó maravillado:
-¿Y que cosas llevas?
-Nada más que un vaso para el agua y un plato para el arroz –fue la
respuesta.
Y el otro le dijo:
-Piensas que una cosa muy fácil, querido amigo, pero no sé... Yo
también quisiera hacer una peregrinación como vos, pero nunca llego
a decidirme.
-¿Por qué? –preguntó el otro monje.
A lo que el monje rico respondió, mirando la lejanía del horizonte:
-No lo sé... Siempre me falta alguna cosa...
Después de un año el monje pobre regresó y corrió a contarle al rico
sus experiencias. Este lo miró maravillado, pero reconoció:
-Por desgracia, no terminé todavía mis preparativos...
¿Llegarás algún día a transformar tus intenciones en acciones?.
No terminarás nunca de prepararte o de dudar por miedo, por amor a
la comunidad, por inseguridad, por tu condición de ser instalado. Si
dudas, siempre te algo que te parecerá indispensable...
Me puse de rodillas para orar, antes de acostarme, y oré así:
“Señor, bendícelos a todos; alivia el dolor de cada corazón
entristecido y haz que los enfermos vuelvan a estar sanos”.
Al día siguiente, me desperté y reanudé mi vida, sin ninguna
preocupación.
Durante todo el día, no intenté enjugar ninguna lágrima de ningún
ojo.
No intenté compartir la carga de ningún hermano, en su camino.
Ni tan siquiera fui a visitar al enfermo que yacía en la casa de al
lado.
Sin embargo, otra vez, al acostarme, oré así: “Señor, bendícelos a
todos”.
Pero, mientras así oraba, oí junto a mi oído, una clara voz que me
decía:
“Detente, hipócrita, antes de orar. ¿A quién has tratado de ayudar
hoy?”.
“Las mejores bendiciones Dios las da siempre por medio de las manos
de los que aquí le sirven”.
Entonces, cubrí mi cara con las manos y lloré: “Perdóname, Dios,
porque te he mentido; permíteme vivir un día más, que yo trataré de
vivir de acuerdo con mi oración”.
Por fuerza, algo debe ser
De la experiencia fundamental de un amor que se establece como único
y exclusivo, brota una manera completamente nueva de ver y de
afrontar la realidad.
La atención de las cosas diarias, de los amores humanos, tal como la
viven la mayoría de las personas, lejos de ser un obstáculo, surge
para el que comienza a purificar el corazón, como una imagen, como
una pálida sombra, una parábola de lo que será el encuentro.
Las vicisitudes del amor humano, hecho de atracciones, pasiones,
romances, poesía, sufrimiento, heridas, pueden ayudar a entender
algunos rasgos de la misteriosa zona en que comienza a caminar el
corazón purificado.
El redactor del libro bíblico del Cantar de los Cantares, para dar a
entender la intensidad y la fuerza irresistible del final del camino
hacia donde se dirige el corazón purificado, escogió,
verosímilmente, cantos de amor y los hizo símbolo del amor entre
Dios y su pueblo.
Todo este amor humano, por el que el corazón de todo humano late, es
un reflejo no tan pálido, de lo que busca, camina y encuentra el
corazón puro. Es la herida del amor que con nostalgia vive el que
está en camino y ansía por llegar. Así,
“el corazón que mucho ama no admite consuelo, sino del mismo que le
llagó”.
Pero eso si este es el sentimiento, si esta es la melodía inconclusa
que escucha el alma. ¿Cómo es posible que no sea nadie quien llama?.
Por fuerza, el corazón purificado tiene la certeza de quien compone
la música y la ejecuta. Y no solo la intuye.
Hace 150 años, los astrónomos constataron, durante la observación de
la capa celeste, que las órbitas de los planetas hasta entonces
conocidos, mostraban determinada irregularidad. En un primer momento
no fueron capaces de explicar las diferencias constatadas. Pero
luego comenzaron a comprender: la irregularidad podría tener una
sola causa y era que debía ser la existencia de un planeta
desconocido hasta ese tiempo.
Se hicieron los cálculos de su grandeza y del curso de su órbita y
le dieron por fin un nombre. Y en 1845 aparece en el cielo –tal como
estuvo previsto en los cálculos- el planeta Neptuno.
Hay muchas cosas en mi vida que no puedo explicar, preguntas a las
que no puedo responder del todo. Hay situaciones que no resultan
exactas, tanto en mi existencia como en el mundo, como hace 150 años
en la órbita celeste. Pero el corazón purificado no está para
responder preguntas, sino para hacerlas de otro modo. Apenas he
purificado el corazón, las personas, las cosas, el universo entero
reciben orden y sentido.
Sin competidores
El Capitán de una nave, muy temido a causa de su dureza en su trato,
encontró una noche al timonel, borracho y tirado en un asiento del
puente de mando. Entonces, escribió en el libro de a bordo:
“Anoche, el timonel, estaba borracho”.
La situación se supo y el timonel buscó alguna situación para
vengarse.
A la noche siguiente, le tocó al timonel escribir el libro de a
bordo. Y allí escribió:
“Anoche, el Capitán, no estaba borracho”.
El timonel escribió la verdad, es cierto, pero con una intención
mala. Entonces, el corazón así animado, no busca la justicia, sino
que trata de vengarse. El corazón puro no tiene competidores, por
eso nunca y por ninguna razón busca vengarse.
El corazón purificado es para la búsqueda de Dios. Y Dios no tiene
competidores.
Y si de verdad que te purificas, comprenderás además que esos celos
omnipotentes que no dejan espacio a otros amores son un gesto de
predilección, porque es el Todo el que se apodera de ti, y te quiere
por entero.
El corazón puro es un corazón indiviso. Sin competencia alguna.
Un profeta llegó a la plaza del mercado con un saco lleno de bolsas.
“Hay dentro semillas especiales”, anuncia.
-¿Especiales?. ¿Qué tienen de especial? –preguntó la gente que lo
rodeaba.
-Estas semillas no son par sembrarlas a voleo –explicó-.
Hay que sembrar cada día solamente una semilla. Y cada mañana debes
regar el sitio donde has sembrado las semillas. Y cada tarde tienes
que sembrar una nueva semilla. Y una vez que lo hayas hecho, inclina
tu cabeza y da gracias a Dios por su amorosa presencia.
-Está bien –intervino un labrador-. Pero ¿qué hemos de hacer para
estar seguros de que van a brotar?.
-Oh, no te preocupes. Dios se cuidará de ellos –le aseguró el
profeta.
-Y ¿qué es lo que producen? –preguntó un curioso.
-Sólo Dios lo sabe! –replicó el profeta-. Los que las han empleado
de este modo han descubierto que las semillas contienen poder para
transformar el corazón.
La mayor parte de los oyentes se rió para sus adentros, dio media
vuelta y se marchó. Sólo unos pocos se llevaron a casa las bolsas
con cierta esperanza. Pero, también éstos se sintieron totalmente
desilusionados cuando, al abrir las cajas, se encontraron con
semillas, aparentemente, vulgares.
-¡Se trata de una broma! –se dijeron. Y arrinconaron las bolsas en
un trastero.
Solamente un hombre simple y su esposa, decidieron utilizar las
semillas como era debido.
A la mañana siguiente, muy temprano, limpiaron su patio trasero y lo
dividieron en dos parcelas, una para cada uno. Y colocaron unas
marcas, en fila, para la siembra. Al volver del trabajo, por la
tarde, el hombre cavó un pequeño agujero en una esquina y sembró la
primera semilla. Su mujer hizo lo mismo en la esquina de su parcela.
Permanecieron ambos en silencio, por unos momentos, agradeciendo la
amorosa presencia de Dios. A la mañana siguiente regaron los sitios
donde habían sembrado las semillas y por la tarde sembraron nuevas
semillas, concluyendo la tarea con una breve oración.
Prosiguieron cumpliendo este ritual, con fidelidad, día tras día.
Comenzaron a aparecer brotes, después árboles, después flores y
frutos –de notable y exótica variedad- ¡toda una fiesta para los
ojos y el paladar!. La noticia se difundió, y llegó mucha gente de
cerca y de lejos para ver este auténtico Jardín del Edén, como
comenzaron a llamarlo.
Los que regresaban de su visita al Jardín no se cansaban de ponderar
a sus vecinos las frutas deliciosas que habían probado, el exquisito
aroma de las flores, el esplendor de los rostros y el brillo de los
ojos del hombre simple y su esposa. Estos, por su parte, les
indicaban el lugar donde habían sembrado ¡aquellas semillas
especiales en su patio trasero!. Fue la misma siembra de las
semillas, el día a día de riego, las flores, los frutos y las
sombras de las plantas las que cambiaron el corazón. No había
semillas especiales sino corazones cambiados.
Y así, la vida, para general sorpresa, descubre que los árboles
tienen lengua, que los raudos arroyos escriben en prosa, que las
piedras hablan a voces y que hay algo bueno en todas las cosas.
(W. Shakespeare)
El corazón puro ¡nunca está vacío!
El corazón purificado tiene la capacidad de llenar todos los vacíos
y recovecos que los otros amores con minúsculas son capaces de
dejar.
Porque tener “el corazón limpio” no es una meta en sí. La
purificación del corazón es el arte de amar con todas las potencias
del alma; es un conjunto de medios para desalojar del corazón de los
dioses que no son Dios.
Está hecho de largas y penosas ausencias, de deseos, de silencios,
de purificaciones. El corazón humano es el refugio de todo desorden,
de muchas audacias, de mucho ser extraño y a la larga incómodo. Por
eso, el corazón humano, puede ser un ingobernable enemigo. Y cuando
se hace enemigo, ahuyenta todo consuelo y lleva a su dueño a un
vacío, lleno de incompleta soledad.
El corazón vacío -¡lleno de tantas cosas inútiles!- se transforma en
un correo no deseado:
“Y no quieras enviarme mensajero que no saben decirme lo que quiero”
dirá San Juan de la Cruz al respecto.
Así el corazón, se vuelve molesto, como las piedras en el calzado de
un caminante. Todo le fastidia, todo es problema.
¿Problemas o regalos?
Eileen Egan era una mujer laica que había colaborado con las
Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa durante 30 años. Nos
describe sus experiencias con la Madre Teresa, en su libro “Esta
visión de la calle”:
“Un día, después de haber estado hablando de toda una serie de
problemas, la Madre Teresa me dijo: “Todo es un “problema”. ¿Por qué
no llamarlo un regalo”. Y así, hicimos un pequeño cambio en el
nuestro vocabulario.
Poco después, teníamos que volar de Vancouver a Nueva York. Me llevé
un disgusto cuando nos dijeron que el vuelo iba a sufrir una larga
demora, y fui a comunicarle este “problema”. Entonces, me di cuenta
y le dije: “Madre, tengo que hablarle de un regalo. Tenemos que
aguardar aquí cuatro horas, y no llegará usted al convento hasta muy
tarde”. La Madre Teresa, allí mismo, en el aeropuerto, se puso a
leer su libro favorito de meditaciones.
Desde entonces, las noticias que suponían contratiempos o
dificultades se transmitían diciendo: “Tenemos un pequeño regalo” o
“Hoy tenemos un regalo muy especial”. Aparecían sonrisas, a veces
forzadas, ante situaciones que antes hubieran sido mencionadas con
la amarga palabra, problemas”.
Hay un precio que pagar para que el corazón esté lleno. La mirada
pura y el corazón limpio se obtienen al final de muchas
peregrinaciones. La vigilancia y la ascesis de cuanto entra y se
agita en nosotros, es la garantía inevitable para tener un corazón
pleno. La custodia del corazón exige siempre una vigorosa ascesis,
para que no se mezclen la cizaña y el trigo.
Pasar la noche y esperar como el centinela aguarda a la aurora, es
el principio para no vaciarse en la nada, que brilla como fugaz
luminaria que enceguece sin iluminar.
“Porque verán a Dios” es el fin de esta bienaventuranza. Y estar
vacío es porque se está ausente de la plenitud debida.
En una calle, la más animada, de la ciudad, había dos ciegos que
pedían limosna, teniendo ambos al cuello un cartel con una
inscripción. Pero ¡qué cosa más extraña!: uno de los ciegos tenía
más suceso que el otro. Su sombrero tendido, se llenaba rápidamente,
mientras que la gente pasaba de un lugar a otro, transitaban casi
sin darse cuenta del otro ciego.
Uno que los observaba, descubrió el motivo: éste tenía un cartel que
decía solamente:
“soy ciego”
mientras que el otro tenía esta inscripción:
“Es primavera, y soy ciego”.
¡Ciego!. ¡Qué cosa terrible! Decían los caminantes que pasaban y
seguían adelante. Pero cuando pasaban delante del otro, recordaban
la primavera, la hierba verde, las plantas en flor, los colores...
Un corazón lleno de otras cosas, un corazón no purificado, estará
siempre vacío de la primavera y sus contornos.
Busca la limpieza del corazón y ejercítate en habitarla con
huéspedes honestos. ¡El corazón puro nunca está vacío!.
Se cuenta que un rey debía nombrar a uno de sus dos hijos, sucesor
en el trono. Sintiéndose viejo y cansado, quiso probarlos. Entregó a
cada uno una moneda de plata y le dijo:
-¿Ven la sala principal del palacio?. Con esta moneda tienen que
llenarla. Cómo y con qué es cosa de ustedes.
-¿Una moneda de plata? –dijeron a coro los dos hermanos- ¿cómo vamos
a llenarla si es una sala enorme?.
Uno de los hermanos usó el ingenio e hizo llevar pasto, carradas y
carradas de pasto, hasta que llenó la sala hasta el techo.
Satisfecho, se sentó para ver qué hacía el otro hermano.
Pero éste, pidió a los sirvientes que sacaran todo el pasto y puso
en medio de la sala una candela y la encendió. Toda la sala se llenó
de luz.
Entonces, el rey dijo a este hijo:
-Tu hermano gastó el dinero en llenar esta sala con pasto inútil, en
cambio vos la has llenado con aquello que los hombres tienen más
necesidad: la luz.
¿Con qué cosa has llenado tu corazón?. ¿Con qué la has de llenar en
lo que queda de este día, en lo que queda de tu misma vida?. Hay
muchas cosas que son costosas o baratas, pero inútiles. Hay una sola
cosa que lo llena con lo necesario.
Sin culpar
Se cuenta que un celoso novicio fue a ver al maestro por la mañana
temprano y se lamentó de sus compañeros:
-Todos están todavía en la cama y duermen. Y yo sólo me levanté
temprano para alabar al Buen Dios.
Y el maestro le respondió:
-Si piensas que puedes alabar al Buen Dios, mientras acusas a tus
hermanos, habría sido mejor que te quedaras también tú a dormir.
Cuántos piensan: -conscientes o no- “purifico mi corazón, mientras
los otros no lo hacen”. Pero entonces en lugar de purificar el
corazón se corre una carrera de competencias.
El “limpio de corazón”, no sólo se ve introducido en la comprensión
de su misterio, sino que alcanza también una visión distinta de los
otros.
No acusa. Su imaginación se llena de disculpas que nadie ve a su
alrededor sino otro que también vive la misma experiencia. Tiene una
higiene mental cuya práctica lo libera de las imágenes agresivas de
la tendencia al exclusivismo, a los celos...
Si pudiéramos leer en el corazón de nuestros enemigos, hallaríamos,
en cada uno, tristeza y sufrimiento como para desarmar toda nuestra
hostilidad.
Plegaria del corazón puro
No cuesta nada, pero crea mucho.
Enriquece a quienes reciben sin empobrecer, a quienes dan.
Ocurre en un abrir y cerrar de ojos y su recuerdo dura a veces, para
siempre.
Nadie es tan rico para que pueda prescindir de ella
y nadie tan pobre que no pueda enriquecerse por sus beneficios.
Crea la felicidad en el hogar, alienta la buena voluntad en los
negocios y es la contraseña de los amigos.
Es descanso para los fatigados, luz para los decepcionados, sol para
los tristes y el mejor antídoto para las preocupaciones.
No puede ser comprada, pedida, prestada o robada
porque es algo que no rinde beneficio a nadie, a menos que sea
brindada espontánea o gratuitamente.
Nadie necesita tanto una sonrisa como aquel
que no encuentra razones para dar.
Madre Teresa de Calcuta
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