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PENSAMIENTOS PARA UN VIAJE
Lo peligroso de las balas no es el plomo, sino la velocidad que
desarrollan. Lo malo de nuestra época no es la técnica, ni siquiera
la "globalización", sino su prisa, su apuro, sus estremecimientos
por hacer todo cada vez más rápido. En otras palabras, lo nocivo
está en la falta de contemplación, que es aquella actividad del
espíritu que constituye a la persona que vive en la urbe en un ser
espiritual.
Imaginemos una ida en coche con algún amigo. Generalmente pasamos
por lugares que son preciosos, pero que ni siquiera vemos, lo
adivinamos más bien, Hay dos razones: la primera es que nuestros
coches están construidos de tal suerte que no se ve más allá de la
ruta que se tiene delante o el paisaje, si es muy llano. El techo
aplasta, por así decirlo, la mirada. Pero también, en segundo lugar,
porque el auto solamente nos hace "rodar". Si alguien pudiera
detenerse para ver más el paisaje, el otro le respondería. "Si nos
paramos por todas esas cosas no llegaremos nunca".
Alguna vez me contestaron eso hasta cuando se trata de un simple
paseo y no tenemos que llegar a ningún sitio determinado...
¿Minutos de silencio ante el paisaje?. ¡Ninguno!. ¿Mirar?. Es
posible, pero ver no. Para ver lo que se mira hay que pararse,
detenerse.
¿Y para hablar?. Para hablar también.
Imaginemos que la vida es este viaje. ¿Por qué no?. Si la vida es un
viaje, a veces corto, pocas veces lo suficiente largo como
quisiéramos. Tiene caminos buenos, de excelentes y confortables
carreteras, pero también con ríspidos senderos de montañas que
dificultan cualquier movimiento de nuestro carruaje.
Imaginemos el viaje.
Cuando Descartes tuvo el sueño profético que decidió su vocación,
estaba en unos de esos días de tranquilidad, de "dolce fare niente".
Y Newton debajo de su árbol, cuando descubrió la ley de gravedad. Y
Arquímedes, gritó ¡Eureka! en su tina de agua tibia.
La soledad, el silencio, el reposo, son necesarios para todo
nacimiento. La luz del relámpago ilumina la calma de la noche.
Imaginemos entonces un viaje, sin horario fijado de llegada, ni
tarea importante que cumplir al final. Sólo un viaje. Con
pensamientos.
APRENDER A MIRAR
En el Museo Dalí, en St. Peterbourg, Florida, en los Estados Unidos
hay una pintura salida de las manos del artista que se titula "El
niño enfermo". Es una figura de un niño con los ojos adormecidos,
está acostado en una silla alta y blanca al lado de una mesa. Una
botella y una cuchara representan un tipo de medicamento y
simbolizan al niño enfermo.
El lugar es Cadaqués, la casa de veraneo de los padres de Dalí. Hay
pintado también un pájaro encerrado en una jaula que es una analogía
de la reclusión que padece el niño enfermo.
Debido a la pérdida del primer hijo, los padres de Dalí protegieron
excesivamente al segundo, que fue Salvador. Desde pequeño la
personalidad de Dalí fue llamar la atención padeciendo enfermedades
para alarmar a sus padres. Decía que tenía "anginas", entonces los
padres fijaban en él su atención y lo mimaban.
En su tortura, junta sus recuerdos de lo que él llama la "vida
interior", la "distancia" y el "ataque" a su padre -que se había
casado con su tía, a la muerte de su madre. Pintó también por ello a
su "tía-madrastra" en otro cuadro.
En su obra hay siempre muerte tanto en los animales como en la
gente. En su primera época todo es oscuro, resentimiento, burla,
incisivos dibujo que denotan el tono margo que la bilis de su
inconformidad desparrama a su entorno.
En 1929 la relación con su padre se estaba deteriorando del todo.
Dalí se encontraba al fondo de la locura sufriendo violentos ataques
de risa. Ese verano conoció a Gala, su futura mujer y compañera por
el resto de su vida. Su influencia permitió a Dalí no caer en la
locura y proyectar las visiones paranoicas en el lienzo.
Las otras pinturas son burla, recuerdos torturados, calaveras por
doquier.
Pero Gala fue importante para su vida cristiana. Dalí dibujó a Gala
como santa Elena (ésta, según se cree fue la responsable de que
Constantino se transformara en cristiano) y ella fue decisiva en el
papel de devolver al cristianismo en su vida. Dalí retrató así a
Gala como santa Elena, sentada, con una cruz, que es el símbolo de
la santa Emperatriz. Evidentemente Gala no era un dechado de virtud
a semejanza de Santa Elena, pero la comprensión que sintió de ella
el artista lo devolvió a muchos valores cristianos perdidos por las
experiencias infantiles.
Después de esto dibujó en 1958, la coronación de Juan XXIII; pintó
santos y ángeles alegóricos adorando el Espíritu Santo; pintó a
Santa Ana y al Niño; realizó un homenaje a Gaudí (el gran arquitecto
católico 1852-1926) pintando la vista de la Sagrada Familia, su
inacabada obra, con una imagen de Cristo; dibujó El Concilio
ecuménico en 1960, recién anunciado por Juan XXIII. En 1961 pinta
una muy especial "Pietà", a su manera. Imposible de pensar esto en
otra etapa donde el cristianismo se asociaba a sus padres, a lo que
quería olvidar.
Dalí conoció a Picasso, en su segunda visita a París en esa época. A
pesar de sus locuras, la influencia de Gala, le habían dado alguna
cordura. Ya no tenía el orgullo demente de otrora. En cambio aún
Picasso sí. Esta anécdota lo pinta de cuerpo entero:
Dalí se encontró con Picasso, en su casa de París, y le dijo:
-He venido a verte a ti antes de visitar el Louvre.
A lo que Picasso respondió
-¡Has hecho bien!.
Sus figuras se van haciendo más y más normales. "El descubrimiento
de América por Cristóbal Colón", pintado en 1958-1959, es de una
belleza inigualable. El uso de los colores y las formas alcanzan una
singular perfección y armonía.
Entre 1962 y 1963, Dalí se centró en el tema religioso de la
Resurrección. Pintó un óleo sobre el lienzo y le puso de nombre:
Galacidacidesoxiribunucleicacid, por que decía que el título más
largo en una sola palabra: "largo como la persistencia genética, de
la memoria humana". Hacía referencia al descubrimiento del ADN en
1953 por Crick y Watson.
En 1962 el río Llobregat y se inundó y causó la muerte de muchos
catalanes. El pintó como consolación a la familia este cuadro
haciendo referencia a: nacimiento-muerte-resurrección. Hubiera sido
impensable en el Dali de la primera etapa que hablara de la
resurrección. ¡Impensable!.
¿Por qué esta referencia a Dalí al comienzo de estos pensamientos?.
Sencillamente porque al detenernos a mirar con excesivo detalle la
vida de las personas, encontraremos en cada una de ellas la verdad
de su ser.
Sí sólo miramos con superficialidad notaremos únicamente los hechos
desconectados entre sí. Cuando lo hacemos con detenimiento veremos
también, junto con los hechos, el por qué.
¡Aprender a mirar!. Es el primer pensamiento para el viaje de vida.
A los grandes y a los chicos siempre les interesó, la narración de
historias de hombres perdidos en el mar. De alguna manera de ellas
se sacan jugosas enseñanzas.
Se cuenta que náufragos que llegaron a una isla aparentemente
desierta, luchaban por la supervivencia. Al principio, las
dificultades eran muchas y el hambre era atroz, pero luego, en
momentos difíciles le llegaban alimentos para subsistir y armas para
la defensa. Algunos decidieron buscar al bienhechor, siguiendo las
huellas a partir del alimento y de las armas. Otros se quedaron
tranquilos, disfrutando de sus beneficios y del gratis bienestar.
Hasta hubieron algunos que dudaron de la existencia del bienhechor,
e insultaron a los que seguían su huella.
Aprende a mirar es seguir las huellas marcadas del Creador en la
naturaleza de las cosas.
CONSERVAR LO MIRADO
Después de mirar hay que aprender a conservar lo mirado. Un viaje se
prolonga en el recuerdo. Y, también al conservarlo, se regresa.
Todo puede conservarse; el pescado, la carne, la fruta, las bebidas,
etc. Se mantienen a fuerza del frío, la sal, la cocción, el envasado
en vacío, etc..
También el amor, que es el alimento del alma, puede y debe
conservarse. Hay que impedir que se muera o se deteriore. Si el
ingenio humano ha discernido para mantener la calidad de las
sustancias nutritivas, proteínas, grasas, hidratos de carbono, etc,
se pueden poner también los medios para que se mantenga vivo el
cariño.
Una de las cosas que deben tener presentes los amantes que quieren
que no decrezca el amor, es el trato respetuoso. Las personas que se
gritan terminan por dejar de amarse. El amor sólo crece y se
desarrolla en una clima de mutuo respeto y aprecio. La delicadeza,
la amabilidad, la consideración, es el abono para el amor. La
conservación del amor se hace en el respeto.
También en la comunicabilidad.
Un hombre mandó a su mujer de regalo, once rosas, y un papel que
decía "La rosa que falta eres tú". Es una cursilada, o al menos así
parece, pero esta frase u otra parecida hacen soportable la vida.
El viento apaga las velas, pero reaviva el fuego de las fogatas. La
convivencia aburre a los que se aman tibiamente, pero aumenta el
amor de los que se quieren de verdad.
Viajar por la vida es también conservar lo que los sentidos le han
dado a la inteligencia y lo que ésta brindó al corazón.
Decía Plotino que todo es bello para el que tiene el alma bella. Por
eso, para el que ha purificado el alma, todos los recuerdos que
anida son bellos, porque selecciona aquello que debe quedar en su
memoria.
Cuando se estrena un recuerdo de amor, el alma se vuelve a llenar de
ilusión. La ilusión es el gozo de una novedad amable. La novedad,
como la palabra lo indica, es un hecho que rompe la monotonía de la
vida, haciéndola más atractiva.
Recuerdo una vez haber visto a un sacerdote anciano celebrar la
misa. Era en Irún, en la frontera española vasca con Francia. Era
viejo, muy viejo; apoyaba sus piernas en un bastón y estaba casi
ciego. Andaba muy despacio, paso a paso, con la otra mano se apoyaba
en el joven que le ayudaba a misa. Llegó hasta el altar, y con voz
apenas audible de viejo, decía el antiguo introito de la misa que
comenzaba así: "Subiré al altar de Dios. Al Dios que es la alegría
de mi juventud".
Este sacerdote tenía razón. Con apariencia frágil era joven, porque
estaba más cerca de Dios. Además era joven porque en su cansada voz
había una recogida paz. Dios estaba en él y el era joven. Conservaba
el recuerdo de la novedad. Y la vivía.
Cualquiera que sea el número de años transcurridos, nuestro futuro
es un futuro interminable. Por eso el pasado es siempre pequeño. La
vida puede ser siempre estrenada. Lo viejo se hace nuevo cuando algo
valioso nos estrena los acontecimientos. Lo nuevo, puede parecer
tedioso y por lo tanto viejo, si no se lo sabe vivir.
Pero conservar lo mirado no significa gozarlo siempre. El destino de
aquellos que dan vida es morir justamente por ello, al igual que un
grano de trigo, un bulbo de papas, un carozo de fruta y cualquier
semilla, de la que nace una nueva vida, muere y es desechado y
olvidado.
Por tanto, toda buena persona ha de saber siempre que, con todo lo
que trae a la vida, muere él y es desechado en silencio porque se ha
vuelto prescindible.
Y el verdadero arte de vivir es reconciliarse con este saber, porque
esta reconciliación, en el total acuerdo con esta forma de morir,
está escondida la fruta más rica de todas: la fruta de la alegría
profunda de la vida.
¡Sí a la vida!.
Vivir significa abrazar a seres y cosas y volver a soltarlos.
Conservarlos no es aprisionarlos.
En el testamento de Martín Luther King, sin comentarios ni glosas,
se encontró esta frase:
"Me gustaría que alguien contase, en el día de mi muerte, que Martín
Luther King trató de vivir al servicio del prójimo. Me gustaría que
alguien dijera aquél día que Martín Luther King trató de amar a
alguien... Quiero que digan intenté amar y servir al prójimo... si a
alguien pude ayudar a encontrarnos a lo largo del sendero, si a
alguien pude hacerle ver que había escogido el mal camino, entonces
mi vida no habrá sido en vano".
Desde luego, un testamento así no podía haber sido firmado sino con
sangre. Y con sangre quedó rubricado.
SE PUEDE COMPARTIR
Una vez un hombre después de una larga y heroica vida murió. Cuando
llegó a las puertas del Cielo fue destinado allí, al Paraíso mismo,
pero por curiosidad, pidió antes hacer una escapada al infierno.
Fue complacido y un ángel se encargó de acompañarlo.
Al llegar, el hombre se encontró ante un vastísimo un salón que
tenía en el centro una mesa que no parecía tener fin. La mesa estaba
servida de platos colmados de majares suculentos y de postres
inimaginables, pero los comensales que estaban sentados todos a su
alrededor, estaban tan pálidos y esqueléticos que daban piedad.
-¿Cómo es posible?- le dijo el hombre a su guía. -¿Con todos los
manjares que tienen delante?.
-Mira -le dijo el ángel- cuando llegan aquí todos reciben dos
palitos, como esos que usan los japoneses para comer. Pero estos
palitos tienen el largo de un metro y los pobres desgraciados no
pueden ponerse ni un grano de arroz en la boca...
El hombre quedó helado frente a una pena tan terrible: tener el
alimento allí y morirse de hambre. Entonces, no quiso ver nada más y
pidió volver al Paraíso.
Pero allá también le esperaba una sorpresa. En el Paraíso había un
salón idéntico al del infierno. Una mesa larga que parecía al
infinito y la gente estaba entorno a ella, con todos los mismos
manjares que en el infierno. Había una sola diferencia: la gente a
la mesa estaba alegre, bien comida y desbordante de gozo.
-¿Cómo es posible? -preguntó el hombre al ángel-
-Mira -le respondió el ángel-. En el infierno cada uno se preocupa
para aferrar el alimento y llevarlo a su propia boca y con los palos
de un metro de largo no pueden. En cambio aquí, cada uno toma el
alimento con los palitos y se preocupa de embocarlo en la boca del
vecino.
Las buenas miradas y el recuerdo, en el viaje de la vida, deben ser
efectivas. Deben traducirse en obras. Lo afectivo no basta. No basta
llorar con el que sufre; hay que llevar la palabra y los hechos. El
amor es un sentimiento dinámico y le dedica atención a nueve cosas:
en el mirar, se cuida de ver claro;
en el escuchar, de entender;
en la expresión, de ser gentil;
en el trato, de ser respetuoso;
en la palabra, de ser leal;
en los negocios, de ser reverentemente cauto;
en la duda, de prudentemente interrogar;
en la ira, de pensar en el sufrimiento que continúa;
en el aprovechamiento, en la justicia.
Al menos hay que intentarlo.
Nacido en 1903 dentro de una familia literata, el escritor inglés
Evelyn Waugh, se desarrolló desde muy joven como autor de novelas
famosas, su sátira fue siempre sobre la moda de la sociedad
londinense y sobre los jóvenes intelectuales ingleses de los años
veinte.
Casado a los 24 años, divorciado a los 27, alcohólico parrandero y
escritor, describió al catolicismo en 1930 y se convirtió en firme
miembro de la Iglesia católica. Fue atraído por los valores
tradicionales de la Iglesia católica en contraste con el estilo de
vida del siglo XX que estaba emergiendo. Pero su conversión no puso
punto final a su vida de alcohólico y trasnochador.
En 1937 se le declaró nulo su primer matrimonio y se volvió a casar,
en medio de algunos escándalos. Murió en 1966, por ataque cardíaco
cuando regresaba de la Misa de Pascua.
Una escritora amiga de Waugh le preguntó una vez cómo él podía
comportarse tan abominablemente y aún llamarse "un católico bueno".
Y él respondió:
-¡Tú no tienes idea de lo que sería sin la ayuda de la Gracia. Sería
tal vez menos que un ser humano!.
Dice san Juan de la Cruz que en el atardecer de la vida seremos
examinados en el amor. Y es cierto. Pero seremos examinados sobre la
delicadeza del amor más que su intensidad, porque la intensidad es
asunto de Dios, en cambio la delicadeza, el modo de usarlo, es
cuestión nuestra: se usa la propia cosecha.
Es difícil amar, pero cuando se ama hay que cuidar la delicadeza que
en ello se pone.
CON MAYOR TERNURA SE NECESITAN MENOS COSAS
"Mendigando de puerta en puerta
como un sueño espléndido,
iba yo por el camino de la aldea,
cuando tu carroza de oro
apareció a lo lejos
mientras, yo me preguntaba admirado
quién sería aquel Rey de todos los reyes.
Mis esperanzas volaron alto, mientras pensaba
que habían acabado los malos días,
y estaba puesto para esperar limosnas espontáneas
y riquezas desparramadas por todas partes en el polvo.
La carroza se detuvo donde yo estaba.
Tu mirada se posó sobre mí
y descendiste con una sonrisa.
Sentí que por fin había llegado la oportunidad de mi vida.
De pronto tendiste tu mano derecha.
Y dijiste:
"¿Qué tienes para darme?".
¡Ay, qué juego real el de tender la mano al mendigo para mendigar!.
¡Me quedé confuso y perplejo;
por fin, de mi propia alforja saqué lentamente
un pequeñísimo grano de trigo y se lo dí.
Pero ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando, al final del día,
al vaciar en tierra mi alforja,
encontré un pequeñísimo grano de oro
en el montón de mis pobres granos.
Lloré amargamente entonces
por no haber tenido el valor de dárselo todo".
Así dice Tagore en su "Ofrenda lírica".
La ternura es una forma de peregrinación que libera para acercarse a
todos, con simplicidad, sin pretensiones, calentados por el sol de
primavera, sin medios para construir una ciudad, pero con la luna
que hace soñar y unas estrellas que brillan en lo alto como
compañeras de viaje.
La única condición es librarnos de todo lo que nos impide volar
alto.
Se cuenta que Miguel de Unamuno, mientras estaba contemplando una
gran vidriera, manifestó:
-¡Hay que ver de cuántas cosas no necesito!.
Me contó alguien que alguna vez que el río que atravesaba el pueblo
donde vivía subió repentinamente de caudal. Una balsa que
transportaba a seis personas naufragó. Los pasajeros nadaron hasta
la otra orilla. Uno de ellos parecía no avanzar a pesar de nadar con
todas sus fuerzas. Sus compañeros le dijeron:
-Tu eres mejor nadador que todos nosotros. ¿Por qué te quedas tan
atrás?.
Y él le contestó:
-Porque llevo atado un cinturón con una bolsa con muchas monedas. Y
eso pesa.
-¿Por qué no las tiras? -le dijeron los otros.
Sin contestar, sacudió la cabeza en señal negativa porque el
cansancio era cada vez mayor.
Los que ya habían llegado a la otra orilla le gritaron:
-¿Eres tonto o qué?. ¡No te empecines!. ¡Vas a ahogarte!. ¿Para qué
te va a servir el dinero?.
De nuevo el hombre sacudió la cabeza mientras daba brazadas cada vez
más cortas. Poco después era arrastrado aguas abajo y moría ahogado,
con su bolsa de monedas.
Cuando terminó el cuento miré al narrador y recordé lo que el
director espiritual solía decirme: "Te esforzarás en poseer sólo
aquello que puedas llevarte en un naufragio".
Cuánto menos cosas hay más ternura, sobre todo en los recuerdos, en
las "monedas".
Una señora llevaba en su corazón, el mal recuerdo de la guerra civil
española. La había vivido en carne propia y su memoria llevaba
grabada cuando, escondida detrás de un muro, unos vecinos se
llevaban todo de la casa de sus padres apenas muertos por un
bombardero.
"Un domingo -me relataba- oyendo misa, en el momento que el
celebrante dijo: "Nos damos fraternalmente la paz", instintivamente
me volví hacia la persona que tenía a mi lado para darle la paz. En
aquél momento me di cuenta de que aquella persona era una de las que
había saqueado mi casa. No obstante, y mientras él se sorprendió al
verme, le di la paz de todo corazón.
Pienso, y estoy seguro, de que a él le resultó mucho más difícil
recibir el perdón y la paz, que de mi parte ofrecérselos".
"SI DIOS EXISTIERA VISITARÍA MI SOLEDAD"
"Sólo si hubiera un Dios, me parece que visitaría mi soledad, y me
hablaría familiarmente en medio de la noche. No me sentiría incómodo
ante Él, ni avergonzado -tan sólo me asombraría lo que tengo de más
universal, ser un efecto particular... Dios no tendría necesidad de
mis remilgos, de mis temores, de mis sacrificios, de mis anhelos
forzados. Y no se trataría de bien ni de mal, de amor, de compasión,
de pecado, de contricción, de salvación ni de recompensa, sino tan
sólo de ternura y de resplandores entre nosotros. Habría una
confianza inmensa, no sólo de mi en El, sino también de El en mí, y
yo me sentiría tan infinitamente comprendido y concebido por el
absoluto y, en suma, tan verdaderamente creado por esa Persona, que
todo sería aceptable, aceptado".
Así decía el poeta Paul Valery, ocupado por Dios.
Valery había perdido la fe. El sitio de Dios estaba vacío. Todo lo
que habla da testimonio del lugar que Dios habría ocupado en esta
vida si Valery hubiera podido creer en El.
"¡Oh solo!. ¡Oh el más solo!. Todas las cosas me rodean pero no me
tocan... Mi bienestar es un extraño...", exclama en un triste
momento.
Sabemos, por sus mismas confidencias, que Valey recibió un poco más
de superstición que de religión. Su educación fue una confusión
entre fe y fenómenos emotivos.
¿Qué pensamientos ayudan a recuperar la fe verdadera?. Hay muchos.
No pocas veces la soledad, como a Paul Valery, ayuda a acercarse a
Dios sentido como ausente. Pero también en otras situaciones
extremas.
Un acróbata del circo se especializaba en caminar sobre un cable
tendido a gran altura. La culminación del espectáculo estaba al
final: sobre el cable ondulante el artista saltaba sobre otro cable
tendido. Sin la menor duda el hombre saltaba, con piernas firmes, al
otro cable. Los espectadores, cuando llegaba esa escena, aplaudían
entusiastas. Entonces el acróbata preguntó:
-¿Me creen capaz de saltar otra vez al otro cable?
De nuevo el aplauso de aprobación.
Por segunda vez repitió la pregunta:
-¿Tienen confianza que lo haré?
De nuevo otro aplauso.
Entonces, desde lo alto, el acróbata interrogó a un espectador que
aplaudía entusiasmado:
-¡Ud.!. ¿Confía que seré capaz de saltar otra vez y caer sobre la
otra cuerda?
-¡Claro! -respondió el hombre, aplaudiendo al mismo tiempo.
-Entonces -dijo el artista- venga aquí arriba, súbase a mis
espaldas, que yo lo llevaré a la otra cuerda.
¡Qué situación!. Yo creo que Tu existes, oh Dios, pero ¿Cuándo
aprenderé a tener verdadera confianza en Ti?.
También el pensamiento de la muerte y de la desaparición física
acercan a la fe verdadera, purificada de toda mezcla de superstición
y de ilusiones.
El barro no parece, se transforma. En su constante metamorfosis,
busca la perfección.
Las ilusiones mueren, se desmoronan. De sus restos descompuestos
nace la flor de la esperanza. De lo efímero de las ilusiones, nace
la fortaleza de la esperanza verdadera.
La ausencia de una persona querida deja un vacío doloroso, pero
gozamos al enriquecernos con su recuerdo idealizado.
Perdemos cada año vigor físico, sin embargo aumenta en nosotros la
capacidad para recibir mansamente al hermano dolor.
El barro del cuerpo se preparar para espiritualizarse. Viene más
delgado, más débil, se llena de sutilezas no soñadas, hasta que un
día el cuerpo se echa a volar.
Al final de la vida, cuando se llega al fin de la escalera, ésta
empieza a cimbrear, los peldaños tiemblan, y nuestros ojos ven mejor
las torpezas materiales que hay en los primeros peldaños que
recorrimos. Sin embargo, en nuestro mundo interior, en el fondo de
nuestro corazón, vemos más clara a la experiencia, que es el
producto de la subida de los años de subida, la inefable sabiduría
del amor.
En el mundo de Marcel Proust, los personajes de A la recherche du
temps perdu, mientras envejecen irremediablemente, recuperan poco a
poco, al menos en el pensamiento y en la experiencia del narrador,
el tiempo perdido, y tienen la impresión de una especie de redención
de su vida.
"Todas las calles de la vida desemboca en ti,
querido campo santo, mi última cuna.
Acércate, campo amigo, deja de ser eterna lejanía,
quiero beber en tu horizonte para llenarme de la otra Esperanza.
Un día me veré acostado en tu seno.
Miraré mi tierra como se mira una vieja cuna.
Y me diré: allá nací yo para una nueva vida. Mi partera fue al cabo
mi sepultura.
Cuando hace años, después de un largo viaje de nueve meses,
aparecí aquí abajo, en la tierra, todos sonreían satisfechos,
me miraban complacidos, mientras era yo quien lloraba.
Cuando muera, para nacer a una nueva vida, todos me llorarán. Pero
yo espero ir sonriente a la casa de mi Padre".
La vida, en realidad es lo que tardamos en pasar de una cuna a otra.
Morir es volver a nacer, es acabar de ser.
Claro que sólo el amor puede salvarnos de la soledad. Ser amados por
alguien a quien se ama.
No me importa morir; lo único que me da miedo es que tú mueras.
En el amor, cuando es compartido, se olvida la muerte, o se la
relega a un futuro indeterminado. En el amor, el que ama sólo teme
una cosa, y es que muera la persona amada:
"Lo único que me da miedo es que tú mueras".
La suerte que corremos está decidida por el juego entre la
misericordia y la confianza. Es así, ese es el pan misterio de la
vida. Una prueba muy sencilla es lo que sucede a la hora de la
muerte. En ese momento no hay más que hacer que arrojarse
profundamente en la misericordia. Entonces, si es el único acto que
debiéramos realizar en el momento de la muerte, es el único que se
nos pide necesariamente para toda la vida.
El precio a pagar para hallar misericordia, es aceptar el temor.
Todas las impurezas espirituales que nos desvían de lo verdadero, se
reduce en apoyarse en otra cosa, y a no sentirnos tan seguros de
nosotros mismos.
¿ME SIENTO INÚTIL?
Un andinista contaba que en una pared rocosa, en un punto difícil de
la subida del pico al que siempre llegaba, había una pequeña planta
que crecía entre aquellas rocas. Cuando sus manos buscaban un hueco
en la pared, encontraba aquel pequeño pero seguro tronco para
aferrarse.
Un día el tronco fue cortado y en la roca alguien lo reemplazó por
un clavo metálico.
Por causalidad el andinista lo encontró después al pie de la pared
rocosa, sobre un montón de leña. Lo llevó a la casa y lo guardó como
un buen recuerdo, pero antes contó con paciencia los anillos del
tronco que seña lañaban su vida: eran 120.
¡120 años!.
Pero no era una planta imponente, con un precioso tronco y con
tramas floridas. Solo había crecido una parte de lo que podría haber
sido un árbol, una parte que parecía aparentemente sin valor. Sin
embargo, muchas manos de andinistas se tomaron a tientas de aquél
sutil arbusto, encontrando sostén frente al abismo vertiginoso.
Me sucede a menudo de sentirme bastante inútil, poco adaptado a
muchas cosas, a semejanza como el arbusto de la montaña. Pero si
otro cualquiera busca sostén en mí, te pido que se aferre.
Y si en las ríspidas paredes de mi vida busco sostén, le pido a Dios
que tienda sus manos hacía mí.
CONTRA LA TRISTEZA
Y si te agobia tu tristeza, cuando la vida te parezca demasiado
agobiante,
Trata de parecerte a un payaso:
en su corazón el llora, pero,
imponiéndose un rostro sonriente,
toca el violín para un niño,
para curar de esa forma,
su corazón en la tristeza.
He buscado la causa profunda de la felicidad humana.
Nunca la he encontrado en el dinero, en mi propio provecho, en el
poder, en el ocio, en el dinero...
En las personas felices
he encontrado siempre una rica vida interior,
una alegría espontánea hacia las cosas pequeñas. Y una gran
sencillez.
En las personas felices me ha impresionado siempre una falta de
envidias insensatas.
En las persona felices no he encontrado nunca impaciencia,
agresividad o resentimiento.
Pero siempre una gran dosis de sensatez y sentido del humor.
ENVÍO
¿Hace falta algún otro pensamiento para el viaje de la vida?.
Creo que no, porque si en el atardecer de la vida seremos examinados
en el amor, estaremos seguros, pero no porque lo tengamos en
abundancia, sino porque seremos examinados por el Amor mismo. En
persona.
Y ese es el final del viaje.
Pbro. Ariel David Busso
10 de Agosto de 2004
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