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NO ME PESA HABER CREÍDO
Terriblemente simple es creer.
Se trata precisamente del coraje de tener miedo.
LA MUJER DEL CEÑO FRUNCIDO
Hay un cuadro pintado por Rembrandt, pero no puedo recordar dónde lo
ví. ¡Una extraña pintura de Rembrandt!. Me dio impresión reconocer
en ese cuadro a la Samaritana del Evangelio, apoyada sobre el brocal
del pozo de Jacob. No se adivina en su actitud ni sombra de mala
voluntad, al contrario: sorprendida por la novedad, busca, indaga.
Una pincelada de Rembrandt marca el frunce del entrecejo. Lo que
dice Jesucristo del agua viva, lo que El le está hablando ¿qué
sentido tiene?.
En realidad, a ninguno de nosotros se nos ha revelado más que a la
Samaritana. Y de lo que le dijo a ella, hace casi 2000 años ¿quién
ha comprendido totalmente su sentido?.
El diálogo se repite indefinidamente: don de Dios, agua viva...
Confieso que yo también, como la mujer de la pintura de Rembrandt,
frunzo el entrecejo, y me concentro en el interior del pozo, porque
seguramente allí oculta un secreto.
En esos secretos, revuelve mi fe.
Los apóstoles, al atardecer, cuando volvían de sus correrías
apostólicas, le preguntaban a Jesucristo: ¿Qué has querido decir?.
Quisiera arrastrarlo conmigo, para que me explique todo y reclamarle
mi parte en la luz.
Pero cada vez que lo pienso, me estremezo, porque aunque conozco que
hay muy pocas respuestas finales en la tierra, la curiosidad me
amenaza siempre.
¿Qué hacer?. Fruncir el entrecejo en un sentimiento de impotencia o
asediar lo que encuentro a preguntas?.
Un pequeño secreto: acudo a la fe como modo de conocimiento. Parto
de una premisa: sólo las cosas buenas y las bellas, otorgan bondad y
belleza a quienes la poseen. Pues bien, busco creer en ellas.
“Procuro –decía Paul Claudel- vivir toda mi vida, hacia delante y
liberarme de la melancolía y de las añoranza del pasado, que no
conducen a nada sino a empobrecer el carácter y la imaginación”.
Por eso no me pesa hasta ahora haber creído. Es cierto que no han
faltado lutos, dolores, crueles separaciones, y que una fuerza de
oposición me impide ir donde quiero y me lleva donde no quiero, pero
el creer en las cosas buenas y bellas me hacen gustar del “encanto
del minuto”.
La vida es un edificio que está siempre en construcción; creer es
tener el gozo de construirlo y de contemplarlo mientras se lo
edifica, ladrillo a ladrillo.
Creer en esas cosas me dan la llave. La llave de muchas moradas de
ese edificio. Llaves que todos tenemos, sólo que a veces en lugar de
abrir la puerta, las amontonamos en las manos. ¡Somos coleccionistas
de llaves!.
No me pesa haber creído. Pero ¿En qué?.
NO ME PESA HABER CREÍDO EN LA ESPERANZA
Cuenta Edgar Allan Poe, en su “Descenso a Maesltrón” algo que
ilustra claramente lo que quiero decir:
Tres pescadores se ven envueltos en un remolino de mar a todo tren.
Un embudo enorme y circular arrastra con fuerza a los dos primeros.
El tercero, más frío, en el análisis de unos hechos vertiginosos, no
pierde la calma en medio de lo que se avecina y observa lo que está
sucediendo. No todo esta perdido, la succión se produce de forma
ordenada, hay una sistemática.
Y en medio de la experiencia aterradora se percata de que los
objetos circulares entran en el torbellino, dan unas vueltas y son
expulsados, arrojados con fuerza hacia el exterior. Entonces se ata
a un tonel, entra en la vorágine, da unas vueltas y después sale
disparado a bastantes metros. A su vez, la barca en la que navegaban
los pescadores es absorbida y deglutida, mientras que este tercer
tripulante no se deja embaucar por un mar enfurecido, sino que
contrarresta el griterío de las olas con lo mejor de sí mismo.
La esperanza es una forma de navegar.
Dios es poeta. Sí, lo es. Porque el poeta es el que mejor sabe
expresar en palabras los sentimientos más profundos y escondidos del
mundo. Sin embargo, no todo el mundo entiende al poeta. Lo mismo
pasa con las promesas de Dios: creemos y amamos más fácilmente, pero
la esperanza a veces es un tormento.
Creer en la esperanza es un brillo interior. Sin esperanza la vida
no vale la pena. No por nada, el Dante coloca a la entra del
infierno el gran letrero que expresa su condición y esencia:
Lasciate ogni speranza, voi che intrate
Durante muchos años me pregunté, sin dejar de creer, por la esencia
concreta de la virtud de la esperanza. Pero ahora comienzo a
entender: conozco sobre la esperanza mientras la vivo. Cuánto más la
pienso, menos la entiendo, pero ¿qué sería de mi vida sin
esperanza?.
Es como en aquella ciudad de provincia donde se publicó una carta al
director en el periódico local. El comunicante afirmaba que había
asistido regularmente a la Iglesia durante más de veinte años y que
debía de haber escuchado, por lo menos, mil sermones. Pues bien,
salvo detalles insignificantes, no podía recordar nada del contenido
general de ninguno. Y concluía dudando de la utilidad de los
sermones. ¿No sería mejor que los sacerdotes se dedicaran a tareas
más provechosas?.
Durante la misa del domingo, un párroco se refirió al contenido de
aquella carta y pidió a sus feligreses que expresaran por escrito su
opinión al respecto. De entre las diversas cartas que recibió, una
de ellas daba una respuesta que le llamó particularmente la
atención:
“Llevo veinte años casado –escribió el remitente-. Durante este
tiempo he comido bastante más de 15.000 comidas, preparadas en su
mayoría por mi esposa. Puedo recordar algunos de mis platos
favoritos, pero no me acuerdo del menú de una sola comida. Sin
embargo, todas me han servido para alimentarme. Sin ellas, me
hubiera muerto de hambre hace ya mucho tiempo”.
Por eso no me pesa haber creído en la esperanza. Me ayudó para no
temer a la sempiterna lucha de la envidia, del resentimiento, de la
calumnia y de todos los hijos de la maldad. Esperar es caminar con
compañía.
No me pesa haber creído en la esperanza.
NO ME PESA HABER CREÍDO EN EL PERDÓN
En un libro llamado “He touched me” (El me tocó), su autor, John
Powell, narra la historia de una mujer pecadora que, al sentirse
fracasada en la vida, tomó la determinación de ahogarse en el mar.
Se puso a caminar entonces a lo largo de una playa desierta,
llorando a lágrima viva mientras se despedía del mundo. De repente,
oyó una voz interior que le decía que mirase hacia atrás. Al volver
la cabeza vio como las olas borraban las huellas de sus pies, esto
le hizo comprender como el amor y la misericordia de Dios también
borraban todas sus caídas del pasado. Le pareció entonces que la voz
la urgía a que se olvidase de la idea de morir. Así pues dio media
vuelta, se marchó de allí y comenzó una nueva vida.
Cuando uno cree en el perdón toca con su dedo lo invisible, como
Tomás las llagas de Cristo. ¿Qué más queremos?.
Consideraría un error si minimizara el gozo que el espectáculo de
perdonar y ser perdonado me causa. Gozo íntimo, vigorizante, contra
el que paradójicamente no paramos de luchar.
El perdón no necesita otra fuerza que aquella propia del perdón. El
perdón de los otros hacia mí me hizo creer aún más en el valor del
perdón; aún más del poco perdón del que soy capaz de dar yo mismo.
Mi deber más sagrado es comprender; comprender tal como el otro es,
saber lo que es importante a sus ojos y lo que es menos –aunque se
equivoque- hacer mío lo de él: sus luchas, sus esperanzas, sus
incertidumbres, sus penas. Y no forzar nada, ni “saltar sobre la
Providencia”, como decía san Vicente de Paul.
Mi deber es hacer amar al que amo.
La precisión es esta: sólo el perdón hace creíble lo que creo.
Por eso, no me pesa haber creído en el perdón.
En muchas noches me detuve a pensar cómo será el rostro de Dios,
cómo será su mirada. No sé si agoté o no el pensar en este
aparentemente imposible, pero llegué a la conclusión de que
cualquiera fuese su rostro, su mirada será tranquilizadora.
Bastaría con que confiara en que hay personas erradas, dignas de
perdón.
La ciudad de los muchachos –un hogar- refugio de jóvenes huérfanos y
delincuentes, fundado y dirigido por el padre Flannagan- tiene este
slogan: No existen los chicos malos. La filosofía que encierran esas
palabras es sencilla de comprender: una cosa es el pecador y otra
muy distinta el pecado. Cualquiera puede “hacer” cosas malas; pero
estas, por si mismas, no convierten a nadie en persona
intrínsecamente “mala”.
Hay circunstancias que inducen a las personas a cometer maldades, y
son éstas las que las hacen malas. No obstante si se raspa la
superficie siempre se encuentra debajo una persona “buena” e incluso
muy inteligente. Si la ayudamos a centrarse en la bondad que hay en
ella, reforzamos su voluntad y la motivamos para salir del mal y
encarrilar su vida.
Desde hace décadas la verdad de esta afirmación se ha demostrado en
infinidad de ocasiones.
Siempre hay algo bueno en todos,
aunque en algunos cuesta más encontrarlo
que en otros.
Y a pesar de eso, sigo, creyendo que el perdón tiene más poder que
el poder mismo.
Muchas personas guardan penas secretas
que a nadie comunican;
las consideramos frías,
cuando, en realidad, sólo están tristes.
Por eso creo en el perdón.
NO ME PESA HABER CREÍDO QUE EL AMOR ES MAS FUERTE QUE LA MUERTE
Todos recordamos a Ana Frank, aquella niña que pasó toda la invasión
Nazi, junto a su familia, en un altillo, amurallado, en Ámsterdam,
Holanda. Su “Diario” es increíble. Día a día, mientras luchaban la
esperanza con la muerte, Ana Frank en plena adolescencia se enamora
de otro adolescente que vive las mismas vicisitudes que ella.
Ahora, a pesar del ambiente sombrío del trascuarto, de las ridículas
disputas de los mayores, de las deportaciones diarias de judíos, la
esperanza que trae consigo un amor joven derriba todas las barreras:
“¡Me siento tan libre y tan joven!”, “tan fuerte, dispuesta a
soportar lo que sea; tengo un extraordinario valor frente a la vida”
–dice- el “valor y la alegría, estos son dos factores vitales”.
Me encanta la subida de la alegría en un ser, como la savia en los
retoños que se abren al ímpetu de la vida. Ana, con su amor,
transfigura la miseria de la tumba en que dos familias se hallan
emparedadas. El amor es más fuerte que la muerte: las olas
desencadenadas no podrán extinguir sus llamas. Ana Frank, al cumplir
sus catorce años, da testimonio de la verdad de estas palabras de la
Escritura. El amor es el meollo de la esperanza, es su alma oculta,
que le hace recobrar aliento.
Al poco tiempo, mientras los aliados vencían en Europa, en las
últimas redadas, toda la familia Frank es denunciada y llevada al
exterminio. Ana con ellos. La proximidad de la muerte fue enfrentada
al amor que poseía. El amor es más fuerte que la muerte.
La justicia con Amor te hace justo, sin Amor te hace duro.
La amabilidad con Amor te hace amable, sin Amor te hace hipócrita.
La inteligencia con amor sirve a la razón, sin Amor te hace cruel.
La agudeza con Amor te hace capaz de adquirir la verdad, sin Amor te
hace agresivo.
La autoridad con Amor te hace guía y protector, sin Amor te hace
déspota.
La amistad con Amor te hace generoso, sin Amor te hace interesado.
La alegría con Amor te ayuda a ver a Dios en todo, sin Amor te hace
un bufón.
La libertad con Amor te hace capaz del mayor bien, sin Amor te hace
un abusador.
Tus éxitos con Amor te hacen crecer, sin Amor te hacen orgulloso.
Tus enseñanzas con Amor te hacen maestro, sin Amor te hacen
arrogante.
La vida con amor, lo es todo; sin amor, no vale nada.
Pero confieso que cuando afirmo esto quiero decir que el amor tiene
su lógica. No es para santos y santas recibidos, sino para
arrepentidos que quieren serlo. Por eso, el amor que es más fuerte
que la muerte, se encuentra misteriosamente en gente increíble.
Recuerdo haber leído algunos volúmenes de lo escrito por Maurice
Chevalier, Ma route et mes chansons, que reconstruye su itinerario y
dan testimonio de una hondura espiritual que no necesita
comentarios. Buscó a Dios constantemente, y con gran confianza lo
llamaba: Mon Père amî. Esto lo llevó a tomar la primera comunión en
el hospital, con pleno conocimiento, en un abandono y felicidad que
traducían sus lágrimas. Poco tiempo después, el P. Carré, capellán
de los artistas cerraba para siempre sus ojos.
El amor está hecho para todos. Y traspasa la mente de cada uno. Pero
confieso que también lloro porque los demás no lloran.
Hablo porque soy también responsable del fuego que el amor ha
encendido en la tierra. Vigilo sus llamas para que su luz y su calor
iluminen y calienten a los pobres de luz y calor, pero ante todo,
hablo, porque estoy fascinado por ese fuego.
NO ME PESA HABER CREÍDO QUE ESTA VIDA PIDE OTRA
En una obra de Gabriel Marcel, que es la prolongación de Le déclin
de la Sagesse, hace eco, veintidós años más tarde, el Monde cassé.
Christiane Chesnay, una mujer que se ha casado sin amor, por
desesperación al ver entrar en religión aquel a quien amaba, se
aturde en compañía de una pandilla de “amigos personales”, como los
llama irónicamente su marido. Estos amigos la arrastran a un
torbellino de galanteos, de recepciones mundanas donde hace estragos
el esnobismo. La hacen vivir en compañía de artistas “avanzados”.
Jazz, música evocadora de “una docena de criadas batiendo al mismo
tiempo sus alfombras”, licencia moral completa, conversaciones
estériles..., he ahí su universo. Su hijo, el pequeño Claude, es
tratado como un muñeco; sus raras apariciones revelan un muchacho
egoísta, gozador, irrespetuoso con su círculo familiar, caprichoso.
En suma, un mundo vacío. Christiane lo comprende de pronto. Y se lo
dice a su amigo Dense:
-¿No tienes algunas veces la impresión de que vivimos..., si a esto
se le puede llamar vivir..., en un mucho estropeado?. Sí,
estropeado, como un reloj estropeado. La cuerda ya no funciona.
Aparentemente, nada ha cambiado. Todo sigue en su sitio. Pero si
acercamos el reloj al oído..., no se oye nada. El mundo, eso que
llamamos el mundo, el mundo de los hombres..., en otro tiempo debía
de tener un corazón. Pero se diría que ese corazón ha dejado de
latir.
¡Hermoso texto ilustrativo!.
Salvo el milagro, el consuelo siempre es momentáneo. Lázaro, libre
ya de las vendas y del sepulcro, vuelve a vivir. Pasado el momento
de felicidad de una fiesta, por ejemplo, todo sigue siendo igual. En
la vida he visto llorar a hombres que no eran sentimentales. Nada es
permanente. La felicidad terrenal, así entendida, tampoco.
Tal vez, lo haya comprendido aquél pintor de aficción que estaba
instalado con un caballete, en un museo vaya a saber dónde, no lo
recuerdo, que pintaba de un modo muy extraño. Un curioso que
desaprobaba su pintura, le preguntó:
-¿Qué pinta Ud. en realidad?.
-Yo –dijo el pintor- pinto las cosas que hay detrás de las cosas.
La respuesta dejó a todos como estaban y muchos pensaron, creo, que
“en este mundo hay de todo”.
Pero a mi, la respuesta, se me quedó grabada, porque ilumina cierta
búsqueda de lo que no depende de nuestras pruebas inmediatas, pero
nos hacen llegar a la realidad total.
Por eso creo que, al decir de santa Teresa de Avila, esta vida pide
otra. Y creo en la Eterna.
Eso no significa que no haya amor a esta vida. Quiero el minuto que
pasa y el minuto que nace. Porque comprendo que se trata de un bien
precioso. Hay que inaugurar el “culto al minuto” para que nadie se
acostumbre a desperdiciar el tiempo, la vida. Un instante decide el
resto de la vida.
Pero que el tiempo sea breve no es motivo para desperdiciarlo,
porque amando esta vida se goza mejor de la eternidad. Esta vida
tiene valor propio también.
Y porque quiero esta vida, creo que tal como es, pide otra.
NO ME PESA HABER CREÍDO EN LOS NIÑOS
Los niños enseñan, como los sabios. Cuento sólo dos anécdotas, para
que saquemos la conclusión.
Una vez un sacerdote le preguntó a un niño:
- Has rezado antes de comer?
- No padre –contestó el niño- pero no se preocupe. Mi mamá es muy
buena cocinera.
Y la otra:
Un papá entró una vez en el cuarto de su hijo pequeñito y lo
encontró haciendo algunos garabatos en un block de esos que se usan
para tomar apuntes. Le preguntó el papá:
- Qué estás haciendo?.
El niño respondió, sin quitar la mirada del papel:
- Estoy dibujando a Dios.
- Pero si nadie ha visto nunca a Dios, hijo mío. No hay nadie en el
mundo que sepa como es.
El niño aseguró:
- Ahora lo van a ver cuando termine mi dibujo.
En la primera anécdota, el niño enseña su ciencia: Dios viene en su
ayuda “cuando las papas queman”. Cree en la omnipotencia de Dios.
En la segunda anécdota, ese niño cree que a Dios puede conocérselo,
llegar hasta El.
Cada vez que observé a un niño aprendí que la realidad de la fe es
más hermosa que sus falsificaciones. Su enseñanza es genuina. Por
eso no me pesa haber creído en la sinceridad de los niños.
En las horas de oscuridad en que parece desplomarse nuestro edificio
interior, tenemos la posibilidad de remitirnos a la fe que tuvieron
otros, los que se hicieron como niños. Son momentos en que sólo se
puede creer “con la fe de los otros”; como los niños que creen por
la fe de sus padres o de sus hermanos mayores.
He conocido a lo largo de mi vida que otros se apoyan en la mía.
Gracias a la comunión de los santos, hay quien cree con mi fe en un
Dios, cuya presencia apenas han experimentado.
Si así lo hacemos, somos como niños. Por eso creo en ellos.
NO ME PESA HABER CREÍDO EN EL VALOR DE LA ENTREGA
Después de la guerra, un soldado herido regresó a su casa.
Uno de los vecinos, al encontrarse con él , le dijo:
- veo que has perdido un brazo.
Y el soldado contestó:
- No lo perdí. Lo dí.
Hay diferencia. Las heridas que la fe producen en la vida son
solamente por la entrega. Creer es un continuo combate entre un Dios
que llama y un cobarde que responde.
Pero para ello, hay que quitar la ambición.
En cierta ocasión, un buscador de tesoros entró en un monasterio y
fue recibido por el prior de los monjes.
- ¿Qué deseas? –preguntó el santo varón.
- Quiero encontrar la perla que no tiene precio –respondió el
buscador de tesoros- ¿Qué debo hacer?.
El prior metió la mano entre los pliegues de su hábito, sacó algo y
se lo dio a aquel hombre.
- Yo la tengo y te la doy. Tómala. Ya es tuya desde ahora –le dijo
con toda sencillez mientras le miraba como si lo que hacía fuese la
cosa más natural del mundo.
El buscador de tesoros enmudeció de asombro y apenas pudo
tartamudear:
- ¿Cómo me la puede dar con tanto desinterés?. ¡Es una perla de
valor inestimable que a todos nos gustaría tener guardada bajo siete
llaves!. ¿Está usted bien seguro de que no le importa quedarse sin
ella?.
Y se lo repetía una y otra vez, dudando tomar gratis un objeto tan
valioso.
El prior contestó a su pregunta haciéndole otra pregunta:
- ¿Qué es mejor, en realidad, poseer la perla que no tiene precio o
regalarla?.
Aquél hombre la tomó y se fue a toda prisa. No contó a nadie que la
tenía, porque no le iban a creer o se reirían de él pensando que
alguien lo había engañado; o sentirían envidia; o intentarían
robársela. Así la guardó en un sitio seguro, encerrada con siete
llaves.
Pero desde entonces el poseedor vive obsesionado día y noche con la
pregunta que le hizo el prior:
- ¿Qué es mejor, en realidad, poseer la perla que no tiene precio o
regalarla?.
Esta cuestión le que quitado la alegría de vivir.
Amar, vivir,
Tener, guardar
Y – en su momento- dar.
En esto consiste la alegría.
La entrega incluye también la seguridad.
Un hombre de ochenta años está cavando en el jardín trasero de su
casa. Un vecino que le ve trabajar le pregunta lleno de curiosidad:
- ¿Qué estás haciendo, Tomás?
- Voy a plantar cocoteros –contestó el octogenario.
- ¿Esperas llegar a comer los cocos que den esos árboles? –replicó
con sorna el vecino.
- Probablemente, no –fue la respuesta. Pero toda mi vida he comido
cocos de árboles que no había plantado. Y eso hubiera sido imposible
si otras personas no hubiesen hecho antes lo que estoy haciendo
ahora. Sólo les estoy pagando la deuda contraída con ellos.
La entrega consiste en sacrificar una parte de sí. Venerables
reliquias de sí mismo que sólo la entrega le da valor.
No es crecer fuerte, como un árbol,
lo que hace mejor a un hombre.
Ni tampoco la longevidad del roble,
enhiesto trescientos años,
pero que muere, al fin, seco y sin hojas.
Una frágil azucena en mayo
es mucho más hermosa.
Aunque se marchite esa misma noche,
ha sido durante todo el día
la planta y la flor de la luz.
La bella gusta de lo pequeño
y, a breves sorbos,
la vida puede ser perfecta.
(Ben Jonson)
NO ME PESA HABER CREÍDO EN LA AMABILIDAD Y EN LA TERNURA
Dijo la Madre Teresa: “Cuando veo todo el dolor y el sufrimiento que
provocan las observaciones hechas a alguien en forma indolente, sin
amabilidad, pienso en nuestro Señor cuando dijo a quienes querían
apedrear a la mujer pecadora que lo hicieran si no tenían pecado.
Todos se alejaron porque sabían que Jesús conocía sus pecados.
Cuando estemos tentados de hablar sin caridad o de traer a la luz
los errores del pasado de alguna persona, escuchemos a Jesús cuando
dice: tiren la piedra sólo si están libres de pecado”.
Porque la ternura es la forma de extenderse uno mismo. La
amabilidad, la ternura, es ése cuidadoso detalle increíble que
extiende el corazón mucho más lejos que el espacio del cuerpo. Por
eso la ternura hace cuidar necesariamente el detalle.
Un gran número de personas se agolpaba ante el taller de Fidias, el
gran escultor griego, deseosas de contemplar cómo esculpía la
estatua de la diosa Atenea para el Partenón de la Acrópolis. El
escultor ponía el máximo esfuerzo en el trabajo de cincelar los
cabellos de la nuca de la diosa. Uno de los que observaban hizo este
comentario:
- Cuando la estatua esté acabada, medirá algo más de 30 metros de
altura y la espalda casi tocará una pared de mármol. ¿Quién se va a
fijar en el detalle del pelo de la nuca?.
Fidias, que le oyó, simplemente respondió:
- Yo, yo me fijaré.
El trabajo de una persona es el retrato de uno mismo. La ternura que
ponga en él también.
La ternura distingue rostros. El rostro indica al otro como distinto
de mí, como un tú que debe ser reconocido como persona y no como un
objeto.
A un objeto se lo estudia, a una persona se la encuentra; a un
objeto se lo conoce, una persona se me revela; un objeto “está
allí”, una persona lleva adentro una historia, una proyección.
La diversidad de los rostros es la exposición visible de la unicidad
de todo ser humano. Por eso, cada persona reivindica el derecho de
ser identificada y llamada por su nombre. El otro existe no porque
yo lo pienso, sino que lo pienso porque existe, y existe porque
puede ser objeto de ternura. La otra persona, con su sóla presencia
me está diciendo:
“No te pertenezco por más que me quieras, sólo soy digno de tu
respeto y de tu ternura”.
La ternura descubre el verdadero ser del otro. Cuando uno se dirige
a otro con ternura, importan menos las palabras, porque lo que
cuenta es la humanidad que se ha alcanzado. Por eso dice Pedro
Salinas:
“Lo que eres
me distrae de lo que dices”.
La ternura puede compararse a un embalse, cargado de un enorme
potencial energético. Lo que se requiere es que el embalse se vea
contenido dentro de los límites de un dique sólido, capaz de
controlar el ímpetu de las aguas y de canalizarlas de la manera más
adecuada; de lo contrario más que una reserva de energía sería una
realidad inútil e incluso peligrosa y fuente de destrucción. Si la
ternura desborda, si el dinamismo es demasiado impetuoso, la misma
ternura, esa que es genuina, que es mal, dirá desde su profundidad:
Perdóname por ir buscándote
tan torpemente, dentro de ti.
Perdóname el dolor, alguna vez.
Es que quiero sacar
de ti tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
nadador por tu fondo, preciosísimo.
(Pedro Salinas)
Sólo gracias a la ternura el pensamiento de altruismo y caridad
entra en los corazones.
La cultura del individualismo desecha inevitablemente a la ternura.
Uno de los problemas más grandes de la modernidad es la negación del
otro como ser necesitado.
La única manera de “tener” ternura es “ser” ternura. Sin la ternura
no existe plena madurez en el amor, ya que falta la dimensión del
afecto, de simpatía y empatía, de cariño humano, de recepción, de
abrazo.
Y creo que si la belleza salvará al mundo, al decir de Dostoiewski,
es la belleza del corazón humano, purificado de odio y
resentimiento, el que a través de la ternura, salvará al mundo.
Por eso creo y apuesto a la ternura.
ENVÍO
Y porque no, también en todo esto:
No le pido a Dios más luz,
sino ojos para ver la realidad;
No le pido a Dios músicas celestiales,
sino oídos para oír las melodías que ya existen;
No le pido a Dios más poder
sino como usar el que tengo;
No le pido a Dios más amor,
sino la habilidad para cambiar un ceño fruncido en una mirada
cariñosa;
No le pido a Dios más alegría,
sino como disfrutarla,
para dar a los demás todo lo que tengo;
No le pido a Dios más dones,
sino como utilizar mejor lo que me ha otorgado.
Por eso no me pesa hasta el día de hoy haber creído.
Pbro. Ariel David Busso
21 de Abril de 2004
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