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LA CONVERSIÓN DE LOS BUENOS
Decir que Dios es amor puede parecerse a un disco ya escuchado e
incluso lugar común. Pero esto es hasta que no se toma en cuenta la
complejidad del lenguaje y la ambigüedad de los términos.
En castellano la palabra “amor” tiene una friolera de significados
que van desde los aspectos más hondos hasta los más sublimes, desde
las subhumanas fórmulas de posesión hasta los radicales gestos de
dedicación. Por lo tanto cuando se dice que uno “ama a Dios”, sin
negar que realmente lo ama, hay que destacar que esa afirmación no
siempre tiene la misma significación y extensión. Para los que somos
prácticos de una religión siempre hay algo de amor en nuestros
actos, al menos en su grado más incipiente. Pero existe, está
presente. La intensidad de ese amor sólo la sabe Dios y raramente
nosotros mismos. Difícilmente los demás cuando juzgan.
Analicemos despacio. Si hay algo de amor, algo de buenos tenemos. No
está lejana la condición de bondad del que tiene a su fe como una
norma de obrar. Pero las preguntas van más allá de esta
consideración. La interrogación es la siguiente: ¿Somos realmente
buenos? ¿Cuáles son aquellas actitudes que nosotros, los buenos,
necesitamos cambiar?.
LA “MALDAD” DE LOS BUENOS
Patricio era el propietario de una fábrica de productos avícolas que
iba viento en popa. Sin embargo, una epidemia acabó con todos sus
animales y se quedó en la ruina. Entonces se acordó de su viejo
amigo Enrique. Hacía años, él le había prestado una gran suma de
dinero para ayudarle a salir adelante. Ahora Enrique tenía un
negocio que marchaba a las mil maravillas y se había convertido en
uno de los hombres más ricos de la ciudad.
Patricio fue a verle:
-Enrique, ¿Recuerdas el préstamo que te hice cuando no tenías dinero
e intentabas montar un negocio para ganarte la vida?.
-Claro que lo recuerdo –le contestó Enrique agradecido-. No olvidaré
nunca lo mucho que me ayudaste en aquel momento tan duro.
-Pues ahora tienes una oportunidad para devolverme el favor –le dijo
Patricio-. Estoy atravesando un momento difícil y te agradecería que
me hicieras un préstamo para intentar salir del atolladero.
-No hay ningún problema –le animó Enrique-. Te presto todo lo que
necesites.
Patricio aceptó el dinero e intentó salvar su negocio. Pero tenía
nuevos competidores que le habían quitado los clientes. Las cosas no
le fueron bien y pronto se quedó otra vez sin banca. Volvió a ir a
ver a Enrique para pedirle otro préstamo. Este volvió a darle dinero
sin problemas.
Y Patricio montó otro negocio, que también quebró. Volvió a pedirle
dinero a Enrique para empezar otro, pero las cosas volvieron a irle
mal. Enrique volvió a prestarle dinero una vez más sin pedirle nunca
explicaciones.
Luego no volvió a saber nada de él. Enrique se enteró de que
Patricio volvía a estar en apuros. Enrique era un hombre bueno y
generoso y seguía estándole agradecido a Patricio por la ayuda que
le había prestado hacía ya años, así que decidió ir a ver a su
amigo.
-Patricio, ¿por qué no has venido a verme si necesitas dinero?.
Sabes que estoy siempre dispuesto a hacerte un favor...
-¡Un favor!. ¿A eso le llamas tú un favor? –le gritó Patricio.
-¿Cómo dices?.
-Sí, me has oído bien. Ya me he dado cuenta de lo que ocurre. Tú lo
que haces es traerme mala suerte, así que fuera de mi vista, no
quiero volver a verte por aquí. Las cosas me van mal por tu culpa...
Cuando a pesar de ser honrado se es al mismo tiempo incompetente, no
es difícil que las culpas de los fracasos vayan a parar a la cuenta
ajena. El “espíritu de transferencia” suele a veces inundar de
maldad a los “buenos”.
“LOS BUENOS OBRAN BIEN, LOS MALOS OBRAN MAL”
Un lugar común prospera en el inconsciente: los buenos obran bien,
los malos obran mal. Sin embargo no es cierto, porque en ambos como
en cada uno conviven el bien y el mal. Dividir la humanidad en
buenos y malos, entre otras cosas, se transforma en un boomerang.
Cuando uno está “cómodo”, instalado, obviamente se considera siempre
de la parte justa, la de los buenos, dando por descontado que “los
otros”, los malos, deben convertirse... Y eso termina por querer
demostrar que si existe el mal, como de hecho existe, se trata de un
producto de los malos. Entonces el drama humano resulta así menos
grave. Desaparecidos los malos, desaparecería así el mal.
Y eso es lo que resulta trágico, porque ésta es la verdadera
“maldad” de los buenos, que a veces hasta llamamos justicia.
Los “buenos” se lamentan: “¡ Cómo está el mundo de corrupto! ¡Cada
vez estamos peor!....
El síndrome de la existencia de “los malos”, su aspecto patológico,
consiste en que uno se siente de la parte justa. Lo que dice de sí
mismo el fariseo en el Templo:
“El fariseo de pie oraba así: “Dios mío, te doy gracias porque no
soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros:
ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la
décima parte de todas mis entradas”.
es presumiblemente verdadero: no roba, paga los impuestos y respeta
las reglas. Encuentra correcto concluir, desde su punto de vista,
que va bien así, que son los otros los que deben cambiar. Pero Jesús
descubre el razonamiento engañoso enseñando un camino diverso.
Creerse bueno y sabiendo y conociendo que uno no lo es tanto, pone
límites muy cercanos que son descubiertos por los demás. Y
difícilmente por uno mismo. La característica del “presumido” es la
consideración de importancia y de valor que quiere que los demás le
otorguen.
Había una vez un joven abogado que empezaba a darse a conocer.
Cuando oyó que llamaban a la puerta, tomó rápidamente el auricular
del teléfono y, al tiempo que le hacía un gesto al hombre de la
puerta para que tomara asiento, habló por el aparato como si se
tratara de algo muy importante.
Al colgar, se disculpó:
-Siento hacerle esperar. Se trataba de una llamada importante. Un
Juez de la Cámara, que quería saber mi opinión sobre un caso. Ahora
dígame, ¿en qué puedo ayudarle?.
-En nada –le contestó el hombre-. Vengo de la compañía telefónica a
arreglarle el teléfono.
PERO ¿QUÉ HACEMOS DE MALO?
Los buenos tiene necesidad de esquematizar y brindar las reglas de
su comportamiento, porque de otra manera deberían interrogarse
continuamente sobre como afrontar la compleja realidad de su propio
ser y de la sociedad en que vive. Existe una tentación que nos toca
a más o menos todos: “Nosotros ¿Qué hacemos de malo?”. Obvio que los
malos son los otros, aquellas diferentes, aquellos que turban el
orden. Pero este pensamiento es de los adultos, de los que ya hemos
descuidado algunas verdades y nos acomodamos en nuestras “pequeñas
grandes maldades”, por que los chicos no se juzgan buenos a sí
mismos.
Me contaron que una profesora preguntó a sus alumnos lo que querían
ser de mayores. Al instante se oyeron todo tipo de respuestas en el
aula.
-Futbolista
-Médico
-Yo, astronauta
-El presidente.
-¡Bombero!
-Profesor
-Cantante.
Toda la clase intervino excepto Tomás. La profesora se dio cuenta de
que no había contestado y le preguntó:
-¿Y tú Tomás?. ¿Qué quieres ser cuando seas mayor?.
-Posible –contestó Tomás.
-¿Cómo dices?. ¿Posible’ –le preguntó la profesora.
-Sí –dijo-. Mi madre siempre me dice que soy imposible, así que
cuando sea mayor me gustaría ser posible.
La justicia de los buenos es siempre contra alguien: el que esta
fuera de las reglas es malo, el que hace “cosas malas”. Y es justo
por ello castigarlo. En cuanto a nosotros, está bien estar como
estamos, satisfechos de nuestros resultados: si estamos entre los
buenos ¿por qué deberemos cambiar?.
Esta es la “maldad” de los buenos.
Se trata de aquella que no entendía san Felipe Neri cuando repetía:
siate buoni se potete
La parábola de la cizaña y el trigo pone en guardia del riesgo de
erradicar también el trigo, aún teniendo la buena intención de
quitar solamente la hierba mala. El “bueno” difícilmente parte de la
intención “de hacer el mal”, pero cree que la cizaña está en otro
campo que en el suyo.
Si el mal pudiese cortarse de plano o aniquilarlo si existiera en
estado puro las cosas no serían como realmente son: un campo
simultáneamente sembrado de trigo y cizaña. Y esto es así tanto en
la sociedad como en el interior de cada uno.
Steven Spielberg rodó “La lista de Schindler”. Oskar Schindler era
alemán y cristiano. Un cristiano un tanto descarriado, pero a pesar
de todo, cristiano. Se afilió al partido nazi porque en aquel
momento le convenía económicamente. Era empresario y fue escalando
puestos y ganándose la confianza de los más altos cargos militares
nazis. Les invitaba a cenar suntuosos manjares que regaba con los
mejores vinos y, a cambio, los nazis le compraban las ollas y
sartenes que fabricaba. Para Oskar Schindler era un negocio muy
rentable.
La mano de obra barata de Schindler provenía del gheto judío. O por
lo menos así fue hasta que los nazis comenzaron el proceso de
exterminio de los judíos en los campos de concentración. Para
mantener su fuente de mano de obra barata empezó a sobornar a los
militares. En efecto, Oskar Schindler compró vidas judías. Compró
tantas como pudo, tantas como le permitieron sus ahorros. Oskar
Schindler se arruinó comprando judíos de los campos de concetración
de Auschwitz, Dachau y todos los demás. Al final, se percató de que
no lo hacía para su propio beneficio sino porque se había dado
cuenta de que aquellas personas eran sus hermanos y hermanas, seres
humanos iguales a él. Se convirtió en su salvador.
Oskcar Schindler no fue ningún santo, ni antes de sus chanchullos
comerciales ni tampoco después. No se propuso nunca salvar el mundo,
ni siquiera a los judíos. Y, a pesar de todo, acabó arriesgando su
vida por salvar otras vidas.
¿No coexisten acaso juntos el trigo y la cizaña?.
Éramos muchos los en algún momento nos preguntábamos qué había sido
del padre Aimé Duval, aquel jesuita francés que, en los años sesenta
había sabido crear auténticas canciones religiosas de inspiración
popular, con la que había alcanzado un éxito sin precedentes. De
pronto había desaparecido de la escena. Y nadie supo dar una
explicación. Al fin, después de muchos años, el propio padre Duval
develó el misterio en uno de los libros más impresionantes que
existe. Allí relata su éxito, su larga muerte y la costosa
resurrección lograda por su inmenso deseo de vivir y de hacer vivir
a otros en su misma situación. El libro se llama “El niño que jugaba
con la luna”.
El padre Duval se había transformado en un alcohólico.
Así comienza su propio relato:
“Hubo en el curso de mi enfermedad una etapa eufórica... el alcohol
me ayudaba a rodar, a cantar, a reflexionar, a rezar... En el mismo
sitio en que llevo ahora una botella de agua mineral solía llevar
una botella de vino. El vino me ayudó a hacer mis canciones dándoles
un toque de nostalgia o de rabia, de cansancio o de ansias de
cielo... También tenía algo muy propio del alcohólico: un ansia loca
de comunicación. Si Ud. no entiende lo que quiero decir, jamás será
Ud. un alcohólico.
Una insaciable ansia de amistad, una terquedad de mula en liberar a
la gente de la miseria, una necia temeridad para hacer frente a la
desgracia en todas sus formas... Con estos sentimientos hice que el
cuerpo se alcoholizara lentamente. Pero se me alcoholizó el alma más
lentamente aún. Había contraído nupcias con el alcohol. Y el
divorcio no será nada fácil”.
Mas adelante dice:
“Yo no vi llegar la enfermedad del alcoholismo. Sentía que algo
cambiaba en mi espíritu, en mi comportamiento con relación al
alcohol. Veía que algo me ocurría pero no sabía lo que era... Sólo
diez años más tarde caería en la cuenta de esta anomalía...”
Esta situación que vivió el padre Duval, le haría decir a más de uno
de los “buenos” ¡que sacerdote descarriado!. Sin embargo, se trataba
de alguien que desmoronó la barrera interior de la dureza y del
orgullo para encontrar la serena conversión. La vergüenza primero,
la soledad después y hasta que terminó descubrir que en todo rostro
humano por más desfigurado que se encuentre hay una intrínseca
belleza. Este hombre marcado por la fama y la gloria, convivió
durante la gran parte de su vida también con la miseria y la
limitación. ¡Que bien comprendió la oración de los alcohólicos
anónimos y con ella a todas las demás personas!:
“Dios mío, dame la serenidad de aceptar las cosas que no puedo
cambiar,
el valor de cambiar las cosas que no puedo cambiar,
y la sabiduría para conocer la diferencia”.
Sólo se estrena la esperanza. Es difícil saber cuando en la vida es
de noche o es de día.
ENFRENTARSE, PERO TOMADOS DE LAS MANOS
Jesús, en el Evangelio, no estuvo tan benévolo con los que se
pensaban buenos, por ejemplo en la parábola de los dos hijos. Fácil
es creer que Jesús se los decía a los de aquella época y no a la de
todos los tiempos. Sigue la parábola padre manda a un hijo a
trabajar, éste dice que sí pero no va; el otro se niega a ir pero al
final acude.
Según otro lugar común, los “malos” deberían imitarlos para venir
buenos. En cambio, para Jesús, todos deberíamos convertirnos para
ser hijos. Zaqueo, Magdalena, el Buen Ladrón, eran de los “malos”,
hasta que la paternidad de Jesús los transformó en hijos, aunque
para los “buenos” de aquella época no eran de su bando a juzgar por
los relatos evangélicos.
Pablo era de los “buenos” y perseguía a la Iglesia naciente en su
celo de bondad, hasta que su ceguera le trajo luz: “Señor ¿Qué
quieres que haga?”
En la parábola del buen samaritano, el sacerdote y el levita
observaban rígidamente las leyes, pero demuestran no conocer a Dios
que creen servir.
Los buenos, sin soltarnos de las manos de los demás de las que
estamos tomados, nos peleamos. Estamos todos en el mismo bote y sin
embargo arriesgamos la salvación de todos por nuestro propio
egoísmo. Aún tomados de la mano, por pertenecer al mismo planeta, a
la misma sociedad, a la misma familia, nos mordemos.
EL TEATRITO DE LA HIPOCRESÍA
Otra maldad de “los buenos” consiste en esforzarse por demostrar lo
que uno no es totalmente. Es cierto que si demostráramos siempre
todo lo que pasa en nuestro interior resultaríamos insoportables
(Para los demás pero también para nosotros mismos). Por eso el
inconveniente no está en ocultar lo malo que somos sino en querer
que otros crean que nosotros no somos malos. Cuando uno oculta
ciertas “maldades”, sabiendo que están mal, deberá valorarse al
menos que su aprecio por el bien, aunque no lo siga. De allí que
alguien haya dicho que la hipocresía es el homenaje que el vicio le
rinde a la virtud.
Los “buenos” a veces se escandalizan del mal, pero a menudo no
constituye un verdadero escándalo. Se trata de lo que los moralistas
clásicos llaman “escándalo farisaico”, es decir escándalo pour la
galerie.
Jesús tampoco fue benévolo con los escribas y fariseos que habían
patentado a su nombre la bondad divina. Esta gente basaba la
religiosidad sustancialmente en tres pilares: la limosna, la oración
y el ayuno y eran sostenidas por los escribas y seguidas
escrupulosamente por los fariseos con la declarada intención de ser
un ejemplo para todo el pueblo. Pero según Jesús, en cambio, no es
el ejemplo sino el servicio el que cualifica al verdadero creyente.
Si prevalece el deseo de dar ejemplos, resultará fácil asumir
modelos de comportamiento humanos que no corresponden a la propia
realidad, sino con el cliche de hombre “bueno”. Jesús destruye este
modelo y sin medios términos lo define como hipócrita, que significa
comediante, actor. Quiere decir que la persona que obra de esta
manera se transforma en un comediante y son aquellos que se
“desfiguran” para “figurar”.
Un hombre contaba a su amigo:
-Cuando era adolescente, mi padre me puso en guardia sobre ciertos
lugares de la ciudad donde vivíamos. Me dijo: “no vayas nunca a una
casa que está en la esquina de la plaza”.
-¿Por qué? –le pregunté
Me respondió: “porque vas a ver cosas que no debes ver.
Esto obviamente suscitó mi curiosidad. En la primera ocasión fui a
ver de qué se trataba. Era un prostíbulo.
El amigo preguntó:
-¿Y allí viste algo que no debías ver?.
-Cierto –respondió el hombre-¡ vi a mi papá!
Un niño de pié sobre su camita con su pijamita puesto puso el dedito
contra la mamá, mirándola al rostro y le dijo: “yo no quiero ser
inteligente. Yo no quiero ser bien educado. Yo quiero ser como
papá”.
El ejemplo no es uno de los tantos métodos para educar. Es el único.
LAS PERSONAS SON ÚNICAS
Otro pecado de “los buenos” es pensar que todos debemos ser iguales.
Pero la realidad es otra, y el Evangelio revela que Cristo advierte
y santifica esta diversidad.
Para el estadístico, eres una unidad de un todo.
Para el cartero, una dirección.
Para el político, un voto.
Para el fisco, un contribuyente.
Para el físico, una fórmula.
Para el químico, un compuesto de sustancias.
Para el biólogo, un especimen.
Para alguien que te quiere, eres simplemente tú.
Cuando aceptamos a las personas como individuos únicos significa que
las queremos tal como son. Esta actitud no es fácil de alcanzar.
Dadas nuestras limitaciones humanas tendemos a idealizar a aquellos
hacia los que nos sentimos atraídos, nos enamoramos de la imagen del
otro que nos hemos creado en la imaginación y no de la persona como
es en realidad. Ese es el gran peligro al que estamos continuamente
expuestos y que tenemos que evitar por todos los medios.
Te quiero porque das sin exigir.
Te quiero porque me invitas a buscar sin temor.
Te quiero porque sonríes sin esperar nada a cambio.
Te quiero porque indagas en mi interior sin entrometerte.
Te quiero porque adviertes pero no condenas.
Te quiero porque cantas y quiero cantar contigo.
Te quiero porque al vivir sumas mi vida a la tuya.
Te quiero porque eres fuerte sin hacer daño.
Te quiero porque eres delicado sin astucia.
Te quiero porque eres tú y eres único.
Cuando amamos a las personas como son, sin imponerles condiciones ni
emitir juicios estereotipados, nos damos cuenta de que los pequeños
defectos que éstas puedan tener pierden importancia. Nos damos
cuenta de que el pecador no es el pecado personificado y que los
fallos humanos suelen ser superficiales. Incluso los peores
criminales tienen una fibra sensible enterrada bajo los escombros de
una vida rota y fracasada.
Pero los “buenos” queremos dar consejos a todo el mundo para que
“hagan como yo hago”, para que “les sirva mi experiencia”. Mi
pequeña maldad no es darle lo bueno que tiene la vida, sino que sean
semejantes a mi.
El único que pudo hacer esto sin equivocación fue Jesús: “Yo soy la
Resurrección y la Vida”, “Yo soy la Puerta”. Sin embargo, damos
consejos a todo el mundo.
Parece que al menos hay once cosas que nunca deberían decirse a las
personas que amamos, once frases que no se deberían aconsejar.
“Yo ya te lo había dicho”.
“Eres igual a tu madre” (o tu padre).
“Todo es por culpa tuya”.
“Cualquier cosa que hagas nada te va bien”.
“Estás cosechando lo que sembraste”.
“¿Por qué nunca me escuchás?”
“Eres imposible”
“No sé por qué todavía estoy al lado tuyo”
“Si no te gusta puedes irte”.
“Siempre dices estupideces”
“Para lo único que sirves es para hablar”
El ser humano es un ser inabarcable. Es fascinante, no hay manera de
entenderlo a fondo. A veces hay momentos que algo me mueve para
entrar en su corazón. Sin embargo no me animo a entrar. El defecto
que le encontré me impide avanzar al prodigio que subyace
profundamente en él.
Los “buenos” tememos la “maldad” de los “malos”. En cambio,
necesitamos gente como el bienaventurado Francisco de Asís que
alababa a Dios por cada criatura que encontraba, como Teresita de
Lisieux, capaz de sonreír hasta frente a la dureza de la madre
Gonzaga, su superiora. O como el chiquito descalzo de la calle el
cual ya no siente sus pies helados cuando alguien le mira con clara
ternura
EL DESEO DE VER MÁS CLARO
Pienso que los tres amores que tenemos las personas: Dios, los demás
y uno mismo, deberían tener la misma intensidad. En última instancia
el amor es siempre uno solo.
Amar a Dios sin amar a los demás es beatería vacía;
Amar a los demás sin amar a Dios (habiendo conocido a éste) es falta
de lógica de espíritu;
Amarse a sí mismo sin amar a los demás da lugar a un mundo
inhabitable, aún para los mejores. Un mundo en que la violencia
terminará estrangulando a los que sobrevivan;
Amar a los demás sin amarse a sí mismo es una patología que puede
conducir a cualquier vicio: la droga, el tabaquismo, el alcohol...
EL RÍO Y EL DESIERTO
Un río, durante su tranquilo cauce hacia el mar, se encontró frente
a un desierto y se detuvo. Ahora, delante, tenía solamente rocas
diseminadas por todos los sitios, algunas cavernas escondidas, dunas
de arena que se perdían en el horizonte. El río quedó aterrorizado
pensando en su destino.
- Es mi fin- dijo – no podré atravesar este desierto. La arena
absorberá mi agua y yo desapareceré, no llegaré nunca al mar. Aquí
todo terminó.
Lentamente, sus aguas comenzaron a entorpecerse. El río se estaba
transformando en un pantano y de ese modo moría.
Pero el viento había escuchado los lamentos del río y decidió
salvarle la vida. Le dijo:
- Déjate calentar por el sol, vas a subir al cielo en forma de vapor
acuoso. De lo demás me encargo yo.
El río tenía más miedo y pensó:
- Yo he sido hecho para correr en la tierra, líquido, pacífico y
majestuoso. Yo no fui hecho para volar por el aire.
Y el viento le respondió:
- No tengas miedo, cuando subas al cielo en forma de vapor acuoso,
te vas a transformar en una nube, yo te transportaré más allá del
desierto y entonces podrás caer de nuevo sobre la tierra en forma de
lluvia, de esta forma te vas a volver otra vez río y llegarás al
mar.
Pero el río tuvo mucho miedo y fue devorado por el desierto.
Muchos seres humanos han olvidado que existe un solo momento para
superar los imprevistos desiertos de sentimientos y la aridez feroz
que desbarrancan en algún momento el tranquilo subir de la
existencia.
Esta es la verdadera bondad de los buenos: su vida espiritual. Y
dejarse transformar por el sol, que es Dios, para ser transportados
por el viento del Espíritu. Pero es un riesgo que pocos “bueno”
aceptan de correr. Porqué, como dice Jesús, “el viento sopla donde
quiere: uno lo siente, pero no puede decir, de donde viene ni a
donde va”.
En fin, de hecho, cuando uno sufre la enfermedad de considerarse
“bueno” también advierta que en esta enfermedad no hay culpables.
Nadie es culpable de soñar con un mundo feliz, como tampoco uno es
culpable de lamentarse que los demás no han conseguido serlo.
“Amar es ser vulnerable. Ama cualquier cosa y tu corazón sufrirá e
incluso se partirá. Si quieres asegurarte de que permanezca intacto,
no des tu corazón a nadie, ni siquiera a un animal. Envuélvelo con
cuidado de aficiones y pequeños caprichos, evita cualquier problema,
ciérralo bajo llave en el cofre o baúl de tu egoísmo. Pero en ese
cofre –seguro, oscuro, inmóvil, hermético- cambiará. No se partirá;
se volverá irrompible, impenetrable, irredimible. La alternativa a
la tragedia, o por lo menos al riesgo de tragedia, es la
condenación. El único sitio fuera del cielo en el que se puede
permanecer completamente al abrigo de los peligros y las
perturbaciones del amor es el infierno”.
C. S. Lewis
Pbro. Dr. Ariel David BUSSO
22-XI-2004
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