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32 DE DICIEMBRE
Del singular título de un libro de José María Cabodevilla,
que caminó filosofando de la vida, después de la muerte.
LOS QUE LLEGARON
No se debería morir cuando se ama. Los que son objeto de nuestra
ternura nunca deberían conocer la muerte. El amor une en la
eternidad y para la eternidad, por eso no deberíamos morir.
Sin embargo, sentimos la muerte cerca, conocemos su amenaza, y su
sombra se desliza por nuestras casas cerca de nosotros. Las cunas,
los nacimientos siempre tienen en su rodeo alguna muerte.
La muerte se transforma en un huésped indeseado, de esos que no
podemos evitar. Hasta se instala como miembro de la familia, a la
manera de los parientes políticos inevitables. Es un pariente
verdugo caprichoso, para él resultan indiferentes las edades, las
autoridades, los méritos... En el mejor gozo de los nietos se van
los abuelos, sin mirar adelante, teniendo en cuenta solamente lo que
hicieron detrás. Ya no sabremos nada de los que nos gustaría seguir
sabiendo todo. ¡Estaban allí!. ¿Dónde están ahora?
La muerte desgarra siempre la carne común. “Todos los días conducen
hacia la muerte, y el último la alcanza” decía Séneca. La pregunta
es siempre la misma ¿Cuál será el día?. En su Infinita sabiduría, el
Creador no revela el día. Viviríamos infelices y esclavos.
Pero ¿por qué no moriremos juntos? Morir juntos para los que se aman
sería menos doloroso; con una muerte nupcial el paso sería menos
doloroso. “El extranjero”, aquel personaje de Camus, era de verdad
un extranjero. Extranjero en la ciudad de Argel y extranjero en la
tierra: nada le concierne, nada le afecta. Durante el entierro de su
madre, relata Camus no derrama ni una sola lágrima, no siente
emoción alguna, sólo alcanza a experimentar tres cosas: curiosidad
vaga por los que acompañan el féretro, un calor agobiante y deseos
de tomar un café con leche. Camus hizo con su relato magistralmente
la figura de un “extraño”, porque nadie que no sea extraño al género
humano puede no sentir ante la muerte de un ser querido.
El idioma tiene más recursos de lo que creemos para expresar
realidades: cuando una persona querida muere, digo “se me muere”.
Cuando esa persona muere se lleva en serio consigo la mitad de mi
propia vida.
En realidad, los seres que se aman y los que se han amado no pueden
ni encontrarse ni separarse; uno “eterniza” a otro y lo defiende
contra la destrucción protegiéndolo del olvido. Los que se aman
hacen responsable al amor esa eternidad. Dios, el Eterno, es el
cómplice activo.
¿LLORAR O NO LLORAR?
Así relata san Agustín la muerte de su madre:
Cuando ya se acercaba el día de su muerte —día por ti conocido, y
que nosotros ignorábamos—, sucedió, por tus ocultos designios, como
lo creo firmemente, que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en
una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos
hospedábamos, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de la
multitud, nos rehacíamos de la fatiga del largo viaje, próximo a
embarcarnos. Hablábamos, pues, los dos solos, muy dulcemente y,
olvidando lo que queda atrás y lanzándonos hacia lo que veíamos por
delante, nos preguntábamos ante la verdad presente, que eres tú,
cómo sería la vida eterna de los santos, aquella que ni el ojo vio,
ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre. Y abríamos la boca de
nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de
vida que hay en ti.
Tales cosas decía yo, aunque no de este modo ni con estas mismas
palabras; sin embargo, tu sabes, Señor, que, cuando hablábamos aquel
día de estas cosas, y mientras hablábamos íbamos encontrando
despreciable este mundo con todos sus placeres, ella dijo:
“Hijo, por lo que respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es
lo que hago aquí y por qué estoy aún aquí, lo ignoro, pues no espero
ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se
prolongara por un tiempo; el deseo de verte cristiano católico,
antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo
convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad
terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?
No recuerdo muy bien lo que respondí, pero al cabo de cinco días o
poco más cayó en cama con fiebre. Y, estando así enferma, un día
sufrió un colapso y perdió el sentido por un tiempo. Nosotros
acudimos corriendo, más pronto recobró el conocimiento, nos miró, a
mí y a mi hermano allí presentes, y nos dijo en tono de
interrogación:
“¿Dónde estaba?”
Después, viendo que estábamos aturdidos por la tristeza, nos dijo:
“Enterrad aquí a vuestra madre.”
Yo callaba y contenía mis lágrimas. Mi hermano dijo algo referente a
que él hubiera deseado que fuera enterrada en su patria y no en país
lejano. Ella lo oyó y, con cara angustiada, lo reprendió con la
mirada por pensar así, y, mirándome a mí, dijo:
“Mira lo que dice.”
Luego dirigiéndose a ambos, añadió:
“Sepultad este cuerpo en cualquier lugar: esto no os ha de preocupar
en absoluto; lo único que os pido es que os acordéis de mí ante el
altar del Señor, en cualquier lugar donde estéis.”
Habiendo manifestado, con las palabras que pudo, este pensamiento
suyo, guardó silencio, e iba luchando con la enfermedad que se
agravaba.
Y después reflexiona santa Mónica:
“Una tristeza inmensa afluía a mi corazón, y ya iba a resolverse en
lágrimas, cuando al punto mis ojos, al violento imperio del alma,
reabsorbían su fuente hasta secarla”.
Enérgicamente se reprueba a sí mismo su debilidad:
“Increpaba yo la blandura de mi afecto... y como me desagradaba
sobremanera que pudiera tanto en mí estos sucesos humanos, que
forzosamente han de ocurrir por el orden debido y por la naturaleza
de nuestra condición, me dolía de mi dolor con nuevo dolor”.
Luego cuenta su resistencia como una gran victoria:
“Cuando llegó el momento de levantar el cadáver le acompañamos y
volvimos sin soltar una sóla lágrima. Ni aún en aquellas oraciones
que te hicimos, cuando se ofrecía por ella el sacrificio de nuestro
rescate...”
Pero por la noche, por fin, terminó cediendo:
“Y di curso libre a mis lágrimas, que tenía contenidas, para que
corriesen cuanto quisieran, extendiéndolas yo como un lecho debajo
de mi corazón”.
Mucha gente tiene escrúpulos de llorar. Se esconden para no ser
vistos. Cree que las lágrimas son sinónimo de no tener fe o de
tenerla escasa. Nada más equivocado. Hay una súplica que resultaría
extraña si no fuera tan cierta. En el rito del entierro el sacerdote
dice: “Tú, Señor, que lloraste sobre la tumba de Lázaro, dígnate
enjugar nuestras lágrimas”. La petición es deseable y sumamente
legítima por lo que ella implora. Jesús le dijo a la viuda de Nahum:
“No llores”, pero es por que la alegría ya abría las puertas de
aquél corazón que vería a su único hijo resucitar al instante.
¿Por qué no llorar?. La fe es compatible con las evidencias más
hostiles. También lo es con el dolor cuando se pierde un amor,
cuando se pierde el corazón, cuando se pierde una vida. Dice la
Biblia que Raquel “sigue llorando incansablemente a sus hijos...”
Los cristianos –decía san Jerónimo- no nacen, se hacen. Sólo en el
marco teorético alguien puede ser “fuerte” como algunas equivocadas
reglas de sociedad solicitan. El paso del tiempo dejará paso al
sereno recuerdo actual, regado por tantas lágrimas.
¿Llorar o no llorar?. El llanto es un hacedor de amor y el amor es
tejedor de llantos. ¿Cómo puede no llorarse a quien se ha amado y
tanto?.
“Cuántos me llorarán mientras los vean, pero ¿Quién me llorará,
Señor a solas?”, se preguntaba acertadamente Julia Prilutzky Farny,
cuando escribe los sonetos imaginando su muerte.
¿Acaso no lloró Jesús la muerte de su amigo Lázaro?. El único llanto
reprobado fue el de las mujeres de Jerusalén porque mientras
cumplían un rito, se lamentaban por los pecados ajenos y no por los
propios.
La muerte nunca será fácil de entender, pero siempre será posible
llorarla. Al morir alguien querido, las lágrimas lavan las heridas
del corazón que se partió.
Llorar sí; sin teatros, sin gritos. El respetuoso diálogo del amor
que continúa después de la muerte tiene el espíritu de la serena
comunicación de las lágrimas. El amor no se anuncia con gritos.
Tampoco las lágrimas asoman a los ojos con estruendo.
PERDÓN PARA LAS DEUDAS Y PARA LOS DEUDORES
El Padrenuestro en castellano, en su antigua versión solicitaba a
Dios que “perdonara nuestras deudas así como nosotros perdonamos a
nuestros deudores”. Y alguna gente interpretaba mal el criterio
–técnico de la verdadera exégesis. A esto agrego una pequeña
anécdota: Estando una vez en la Abadía de Monserrat, en Cataluña,
después del canto de la Salve por las increíbles voces de la
escolanía y la comunidad, se invitó a rezar el Padrenuestro. El
monje que dirigía la ceremonia invitó a cada uno de los presentes lo
recitara en su lengua. Y los no cristianos guardaron un respetuoso
silencio. Comenzó el Padrenuestro, y en el momento de decir
“perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros
deudores”, un hombre, del cual me enteré después que era gerente de
una empresa, exclamó: “¡Perdonar a los deudores! ¡Qué diablos! ¡Que
paguen las deudas!”. La ocurrencia sirvió después para reflexionar
sobre el hecho.
Anécdota aparte, el Padrenuestro hace referencia a un punto esencial
de la vida: el perdón. Hay seres que durante toda sus vidas viven
pensando en una culpa propia y ajena sintiendo el dolor del no
perdón. El Padrenuestro no exige que se perdonen las deudas, sino
que se perdonen a los “deudores”. Es decir, que si en la reclamación
del pago de una deuda si es todo lo jurídicamente exigente que se
pueda, no se llegue, sin embargo, a olvidar al ser humano deudor y
no se le haga víctima personal de nuestra ira. Este matiz hay que
tenerlo con meridiana claridad durante toda la vida, porque
confundir deuda con deudor es el signo más significativo de la falta
de caridad.
En cambio, sí la vida tiene más matices que el amanecer, la muerte
no distingue. En la muerte se perdona la deuda como al deudor. Sólo
los vivos deben hacer la ecuación proporcional de la deuda y el
deudor. A muerte es un ángel del perdón. ¿No hemos sido testigos –en
ocasiones frecuentes- dónde alguien culpable llora amargamente por
no haber perdonado al que murió?. He sido frecuentemente interpelado
por moribundos que desean también arreglar sus actitudes, del no
perdón pedido u otorgado.
La muerte iguala a la deuda y al deudor tanto para el que muere como
al que se queda aquí un tiempo más. Y como la muerte es verdad, debe
ser el perdón la verdad misma. Dios es un maestro de escuela –me
decía una vez un hombre- que escribe nuestras malas notas con tiza y
las buenas con tinta. Así las malas se borran al día siguiente con
el primer acierto, mientras que las buenas quedan siempre escritas
como un bello recuerdo.
Pienso que si fuéramos como seguramente había sido la maestra de
este hombre, nos encontraríamos al cabo de los años, con una muerte
que no tiene necesidad de igualar. Y nosotros nos ahorraríamos de
años de rencores y seguiríamos con el corazón abarrotado de motivos
de gozo.
El Talmud dice que “Dios ama a tres clases de hombres:
al que nunca se enoja
al que nunca renuncia a su libertad
y al que no guarda rencor”.
La muerte quita la última etiqueta de los equivocados (o no)
diagnósticos que ponemos a las personas. La muerte borra al pecado y
al pecador, a la deuda y al deudor.
VIVIR JUNTOS, MORIR CON COMPAÑÍA
Nunca me impresionó aquellas rimas de Bécquer que lloraba porque no
importaba eso. Lo verdaderamente horrible es morir asfixiado por los
muros de cemento de la soledad. Esa soledad que le hizo decir a
alguien que en la hora de la amargura él llamaría a los cuervos y a
los buitres para que le hicieran compañía.
Para no morir solos hay que vivir juntos. La comunión de los santos
es el dogma católica que nos quita la soledad. Y hacer cosas. No
“dejarse” morir de antemano.
Leí una vez que se encontraron el poeta Rilke con el escultor Rodin.
El joven poeta había acudido a visitar al genial artista, y no para
preguntarle sobre el arte, sino para hacerle la pregunta decisiva:
“¿Cómo hay que vivir?”.
Rodin le contestó con una sola palabra:
“Trabajando”.
Y esa palabra iluminó a Rilke, que, muchos años más tarde,
comentará:
“Lo comprendí muy bien. Siento que trabajar es vivir sin morir”.
Confieso que tal vez mi respuesta a la pregunta del poeta hubiese
respondido
“amando”
Pero el que trabaja puede amar también. En realidad, los que están
vivos no se mueren nunca. Sólo se mueren los que ya están muertos.
Para no morir solos hay que vivir juntos. Al examen del amor, en el
atardecer de la vida, cuando se ha vivido en compañía, no se entre
sola. Uno podrá estar muerto, pero solo jamás. La eternidad es un
extenso campo sembrado de futuro.
LA PRESENCIA DE SIEMPRE
Vivir es muchas veces separarse. Los puertos, los aeropuertos
albergan, a menudo, a personas vivas que se separan. La mesa de un
bar puede cobijar a dos personas que se dan el último adiós; los
estrados de un juez tienen a menudo dos personas, de cuerpo
presente, que acaban de firmar el divorcio de su vínculo jurado para
siempre.
Vivir es muchas veces separarse.
En cambio, morir es encontrarse.
No es una paradoja afirmar que los que han conocido el amor llegan a
profundizarlo con la muerte. El amor, con la muerte, se hace más
íntimo, más desprendido. Su tono es más grave. El corazón profundiza
para buscar en el Misterio a los que ya partieron.
El que murió es un escritor de su propia vida que se limita a dar
vuelta una página. El que permanece, aún lee la página anterior.
Se cree que la muerte es una ausencia, sin embargo es una presencia
secreta. La muerte sólo pone distancia al que se cambia de asiento,
al que levanta el muro de la indiferencia. La muerte quiebra odios,
desploma murallas, disipa tinieblas, ata lazos.
Recuerdo a una señora, huésped de la casa de reposo san Girólamo, en
Fiésole. Con la vista cercana del Arno y de Firenze, allí donde las
flores de la primavera son perennes, que mientras se acomodaba en el
lugar a la mesa del almuerzo brindaba, copa en alto, con un
inexistente comensal frente a ella. Inexistente, así fue mi
reflexión al verla. Pensé también en un posible desvarío cuando a la
cena se repitió el hecho. Un día, luego de comer, mientras gozaba
del tibio sol del mes de mayo y mirando el horizonte toscano, se
acercó la buena señora. En un amable diálogo, quizá forzado por mis
extrañas miradas en las comidas, me relató la historia de su vida.
Habían vivido casi 50 años, se habían amado profundamente y no
pudieron procrear. El trabajo de su esposo la había llevado a
conocer la tierra entera. Ahora después de la muerte él, se había
recluido en aquellas colinas donde a su afinado juicio, “el perfume
de las flores se confunden con los del cielo”. “Siempre fue una
fiesta cada comida donde juntos compartieron el pan y las palabras.
¿Cómo podré dejar en el olvido -me preguntó finalmente afirmando- el
brindis que fue siempre parte de lo nuestro?. Nunca nos levantamos
de la mesa sin hacerlo previo al beso de cada día”.
Entonces comprendí en un instante y sin libros que el amor es más
fuerte que la muerte.
Pbro. Dr. Ariel David BUSSO
22-XI-2004
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