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Ligeros de equipaje
Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández
Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los
espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un
bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y
que no tuvieran dos túnicas. Les dijo: “Permanezcan en la casa donde les den
alojamiento hasta el momento de partir. Si no los reciben en un lugar y la
gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies,
en testimonio contra ellos”. Entonces fueron a predicar, exhortando a la
conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos,
ungiéndolos con óleo
(Mc 6,7-13).
Profeta liberado
Si el domingo pasado el evangelio insistía en la figura del profeta
“despreciado” y “rechazado”, en el texto de hoy predomina la figura del
profeta “liberado” y “audaz”, que no se rinde delante de la prepotencia ni
pliega sus rodillas ante los riesgos de la adversidad. Los apóstoles, al
igual que los profetas, son los portavoces de Dios y anunciadores de un
mensaje que los trasciende. Profeta es quien permite a Dios hablar. Por eso
el profeta es uno que calla. “El profeta verdadero cuando habla se calla,
decía el judío Filón. Porque en este momento no es más el que habla. Es lo
que meditamos en la lectura del profeta Amós, quien reivindica con coraje su
libertad contra el representante del rey que le impedía profetizar en el
santuario de Betel, considerado como un signo del reino del Norte: “El Señor
me sacó de detrás del rebaño y me dijo: ‘Ve a profetizara mi pueblo Israel’
(Am 7,15). El texto del evangelio arriba presentado nos describe una
experiencia de misión confiada por Jesús a sus discípulos, poniendo en
evidencia el estilo de radical “libertad”, interior y exterior con el que
deben anunciar la Buena Nueva. Una libertad que no significa “desentenderse
de”, sino “comprometerse con”. En dos ocasiones san Marcos ha presentado la
llamada de los discípulos. Ante todo ha relatado la vocación de los primeros
cuatro discípulos, que dejándolo todo, lo siguieron a Jesús (Mc 1,17-20).
Luego ha retomado el tema, subrayando la intención del Maestro de fundar un
grupo estable: “Llamó a los que él quiso y los constituyó en Doce”
(3,13-14). En ese contexto el evangelista ha explicado la doble finalidad de
esta llamada con un añadido personal: “los instituyó para que estuvieran con
él, y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar a los demonios”
(3,14-15). La primera finalidad de la llamada es para “estar con Jesús”.
Desde esta experiencia profunda de vida, nace la posibilidad de la misión
apostólica.
El estilo del apóstol
Con tres verbos, el evangelista Marcos resume toda la escena evangélica de
hoy: “Llamó” (en griego: pros-kalêitai), no sólo indica la acción de la
llamada, sino también el movimiento hacia alguien. Jesús invita para estar
“con él”. El apóstol es esencialmente una persona en profunda comunión con
su Señor. Además, subraya textualmente que “comenzó a enviarlos”, dejando
entender que lo que aquí comienza es sólo una etapa preliminar de lo que
será la misión de la Iglesia. Finalmente el verbo “dar”, pone de relieve
cómo el poder de los apóstoles (en griego: “exousía”) no es propiedad de
ellos, sino que deriva de Jesús como don de gracia para liberar al hombre
del poder del maligno. El Maestro ofrece luego a sus discípulos algunas
indicaciones de estilo y de método, pero ante todo, que vayan de “dos en
dos” según la usanza hebrea que seguía la tradición judaica para la cual era
necesaria la presencia de dos testigos a fin que la declaración fuese
jurídicamente válida. Para el discípulo el desprendimiento es como un
sacramento, es decir, signo eficaz de la fe en Dios que es providencia. Sin
abandono no hay fe sino tan solo palabras.
Lo único que les pide son dos cosas: llevar un bastón y sandalias. Todo un
signo. El bastón, aún siendo un frágil elemento de madera, ya había hecho
prodigios abriendo el Mar Rojo (Ex 14,16) y golpeando la roca en el Horeb
para que brotara agua y el pueblo peregrino por el desierto no muriera de
sed (Ex 17,5). El bastón es una prefiguración del madero de la cruz, que
abrirá a la humanidad el camino hacia el cielo. El desprendimiento es el
bastón de realeza del cristiano. Las sandalias son signo de libertad. Sólo
los libertos las usaban, mientras que los esclavos andaban descalzos. Sirven
para indicar la libertad, la urgencia y la solicitud con la que se debe
cumplir el largo y duro camino de la misión que se debe iniciar. Sólo con
desprendimiento y libertad se puede anunciar de modo transparente el
Evangelio de Jesús. A propósito de la pobreza, el paso del Antiguo al Nuevo
Testamento marca un salto de calidad. Se podría sintetizar así: el Antiguo
Testamento nos presenta a un Dios “para los pobres”; el Nuevo Testamento a
un Dios que se hace él mismo “pobre”. En el Antiguo Testamento abundan
textos sobre el Dios “que escucha el grito de los pobres”, que “se apiada
del débil y del pobre”, “que defiende la causa de los infelices”, que “hace
justicia a los oprimidos”; pero sólo el Evangelio nos habla del Dios que se
hace uno de ellos, que elige para sí mismo la pobreza y la debilidad:
“Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por ustedes” (2 Cor 8,9). La pobreza
material, de ser un mal a evitar, adquiere el aspecto de un bien a cultivar,
un ideal a perseguir. Esta es la gran novedad que trae Cristo. De este modo
se aclaran ya los dos componentes esenciales del ideal de la pobreza bíblica
y del desprendimiento a los cuales se refiere el evangelio de hoy, que son:
ser “para los pobres” y ser “pobres”. San Francisco de Asís se esfuerza por
practicar en su vida un despojo radical y una atención amorosa a los pobres,
los leprosos, y sobre todo por vivir la propia pobreza en comunión con la
Iglesia y no contra ella.
Un testimonio: san Francisco de Asís
San Francisco y el hermano Masseo llegaron un día a una aldea. Estaban
hambrientos y fueron, según prescribe su regla, a mendigar un pedazo de pan.
Francisco de Asís fue a una zona del pueblo, y el hermano Masseo a otra.
Pero san Francisco era un hombre de escasa apariencia y pequeño de talla,
pasando por un vil mendigo para quienes no lo conocían. Quizá por eso, solo
consiguió sólo unos pequeños restos de pan seco. Al hermano Masseo, por el
contrario, que era grande, de atractiva presencia física, le dieron muchos y
grandes trozos de pan, e incluso panes enteros. Una vez que terminaron de
pedir, se reunieron en las afueras de la aldea, en un lugar en el que había
una bella fuente y, Francisco sintió una enorme alegría, y le dijo así: “Oh,
hermano Masseo, no somos dignos de un tesoro tan grande”. Como seguía
repitiendo varias veces esta misma frase, el hermano Masseo le respondió:
“Queridísimo padre, ¿cómo se puede hablar de tesoro, donde hay tanta pobreza
y donde falta lo más necesario? Aquí no hay cuchillo ni mantel, ni tenedor
ni cuchara, ni casa, ni mesa, ni criado ni criada”. Y san Francisco le
replicó: “¡Eso es precisamente lo que estimo como un gran tesoro: nada de lo
que aquí hay, ha sido preparado por el trabajo del hombre, sino por la
providencia de Dios, como se ve claramente en el pan mendigado, en la mesa
de piedra tan bella y en la fuente de agua tan cristalina. Por eso quiero
que recemos a Dios para que nos haga amar con todo el corazón, el tesoro tan
noble de la santa pobreza, que tiene a Dios por servidor!”. Tras estas
palabras, rezaron, tomaron el alimento corporal del pan y un poco de agua y,
después, se levantaron felices para dirigirse a Francia.
Fue el Concilio Vaticano II el que volvió a poner en primer plano el
discurso sobre “Iglesia y pobreza”. En la Constitución “Lumen gentium” n.8,
se lee al respecto: “Como Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la
persecución, así la Iglesia es llamada a seguir ese mismo camino…Cristo fue
enviado por el Padre a evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos,
para buscar y salvar lo que estaba perdido; de manera semejante la Iglesia
abraza a todos los afligidos por la debilidad humana, más aún, reconoce en
los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se
esfuerza en aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo”. En
este texto se reúnen los dos aspectos: ser pobres y estar al servicio de los
pobres. No debemos cometer el error vivido en la historia de la Iglesia
antes de san Francisco de Asís y antes del Vaticano II. En esas épocas la
Iglesia universal era como ser sólo “para los pobres” promoviendo
iniciativas sociales. La Iglesia de hoy necesita descubrir que, no basta con
una “opción preferencial por los pobres”; se necesita también una “opción
preferencial por la pobreza”. Ésta significa desechar la opción por la
riqueza y la sola promoción social.
Carismáticos itinerantes
Ha llegado a ser bastante común definir el grupo de Jesús y de sus
discípulos, desde el punto de vista de la sociología religiosa, como
“carismáticos itinerantes”. “Carismáticos” indica el carácter profético de
la predicación de Jesús, acompañada de signos y prodigios; “itinerantes” su
carácter móvil y el rechazo a establecerse en un lugar fijo, confirmado por
la expresión de Jesús: “las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo
nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20).
Los católicos estamos más preparados para ser “pastores” que “pescadores” de
hombres; esto es, estamos más preparados para apacentar a las personas que
han permanecido fieles a la Iglesia que para traer a ella nuevas personas, o
para “repescar” a las que se han alejado. Los cristianos somos “evangélicos”
por nacimiento y por vocación. No debemos permitir que la predicación
itinerante en medio de nuestros pueblos la lleven a cabo sólo las Iglesias
“Evangélicas” protestantes. Habría que evitar caer en una prédica sólo
moralista. Se necesita una predicación kerigmática, es decir, que anuncie a
un Jesús que se encarnó, murió y resucitó por nosotros. Con esta noticia los
apóstoles evangelizaron el mundo pre-cristiano y con tal anuncio podemos
confiar en re-evangelizar el mundo post-cristiano.
El privilegio de no tener privilegios
El evangelio es de verdad evangelio, o sea, buena nueva; anuncio del don de
Dios al hombre antes aún que respuesta del hombre a Dios. Dante recogió bien
este clima cuando dice de san Francisco de Asís y de sus primeros
compañeros: “Su conducta y sus felices semblantes, su maravilloso amor y la
dulzura de sus miradas fueron causa de santos pensamientos”. Habían hallado
el tesoro escondido y la perla preciosa, y querían darlo a conocer a todos.
Mucha gente hoy no es capaz de llegar a Jesús a través de la Iglesia; hay
que ayudarla a llegar a la Iglesia a través de Jesús. No se acepta a Jesús
por amor a la Iglesia, pero se puede aceptar a la Iglesia por amor a Jesús.
San Francisco de Asís es la encarnación viva del evangelio de hoy. Su grito
“El Amor no es amado” sigue sonando hoy a quienes estamos llamados a
anunciarlo, y como él mismo decía a sus frailes: “Considerad como el mayor
de los privilegios, no gozar de privilegio alguno”.
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