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COMIENZA LA CUARESMA
Comenzamos hoy el santo tiempo de
Cuaresma. Días sagrados marcados por el
anhelo, unido a la búsqueda sincera de
la conversión del corazón. Por eso somos
invitados a practicar el ayuno, la
limosna y acrecentar los momentos de
oración en calidad y en tiempo:
elementos todos que coadyuvan al fin
primero. El verbo griego “metanoein”
(arrepentirse), y el sustantivo derivado
“metanoia” (arrepentimiento), significa
etimológicamente un cambio de manera de
pensar y se afirma del hombre que toma
conciencia de ser culpable ante Dios,
siente vergüenza de ello, lo lamenta y
desea obtener el perdón divino. Pero la
“metanoia” no es arrepentimiento
puramente afectivo. Implica un cambio de
mentalidad que pone en juego toda la
actividad del hombre: un cambio de vida
y de conducta. En realidad, el verbo
“metanoein” en el Nuevo Testamento
parece haber absorbido parcialmente el
sentido del verbo hebreo “shûb” (cambiar
de camino), sin que por ello haya
perdido el sentido de “niham”
(arrepentirse). Convertirse implica
adoptar otro camino, no por una estéril
incapacidad para seguir adelante, sino
por la conciencia clara de que lejos de
Dios todas las vías conducen a la
frustración y a la angustia.
Imbuidos por sentimientos de sincero
arrepentimiento y confiados en la
misericordia de Dios, hoy iniciamos con
el Rito romano de la imposición de
cenizas, el itinerario que nos conduce a
la experiencia de la celebración
pascual. Se trata de cuarenta días que
evocan “totalidad”, “tiempo cumplido”,
“memoria de encuentros bíblicos”: los
cuarenta años de peregrinación de Israel
por el desierto, los cuarenta días de
Jesús en el desierto después del
bautismo y antes del inicio de su misión
pública. El desierto es el lugar por
excelencia de encuentro con Dios,
gracias al silencio que allí se vive y a
la soledad que se experimenta,
permitiéndonos descubrir así, el valor
de lo que es esencial para vivir de pie
y en serio. Cada año la comunidad
católica recibe un llamado para
reflexionar a fondo durante cuarenta
días, ingresando en nuestro interior, a
fin de acoger mejor el sentido de
nuestro destino. A esto último tienden
las dos expresiones de las fórmulas que
escucharemos decir en el rito de
imposición de cenizas, reconociendo la
finitud y la futilidad de la vida cuando
no está centrada en Dios: “Conviértete y
cree en el evangelio”; “Recuerda que
eres polvo y al polvo volverás”. A nadie
se le escapa que nuestra mirada, y con
ella nuestro pensamiento, tienden con
frecuencia a dejarse absorber por las
cosas visibles que nos rodean. Y
corremos el riesgo de preocuparnos sólo
por las necesidades más inmediatas, sin
pensar demasiado en el fin último de
nuestro vivir.
Antiguamente los judíos acostumbraban a
cubrirse de ceniza cuando hacían algún
sacrificio y los ninivitas también
usaban ceniza como signo de adopción de
una nueva vida unida a Dios. En los
primeros siglos de la Iglesia, los
fieles que deseaban recibir el
Sacramento de la Reconciliación el
Jueves Santo, se ponían ceniza en la
cabeza y se presentaban ante la
comunidad vestidos con un “hábito
penitencial”. Esto representaba su
voluntad de convertirse. En el año 384
d.C., la Cuaresma adquirió un sentido
penitencial para todos los cristianos y
desde el siglo XI, la Iglesia de Roma
acostumbra a poner cenizas al iniciar
los cuarenta días de penitencia y
conversión.
“Mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37).
Tal es el título del mensaje de
Benedicto XVI para la Cuaresma 2007,
invitándonos a dirigir, con una atención
más viva nuestra mirada a Cristo
crucificado que, muriendo en el
Calvario, nos ha revelado plenamente el
amor de Dios. El “agapé” indica el amor
oblativo de quien busca exclusivamente
el bien del otro. El “eros” denota, en
cambio, el amor de quien desea poseer lo
que le falta y anhela la unión con el
amado. El amor de Dios es “agapé”, pero
es también “eros”. Éste forma parte del
corazón de Dios, ya que el Todopoderoso,
espera el “sí” de sus criaturas.
Desgraciadamente, desde sus orígenes, la
humanidad, seducida por las mentiras del
Maligno se ha cerrado al amor de Dios,
con la ilusión de una autosuficiencia
que es imposible. Dios, sin embargo, no
se dio por vencido, es más, el “no” del
hombre fue como el empujón decisivo que
le indujo a manifestar su amor en toda
su fuerza redentora. Para reconquistar
el amor de su criatura, Dios aceptó
pagar un precio muy alto. La muerte que
para Adán era signo extremo de soledad y
de impotencia, se transformó de este
modo en el acto supremo de amor y
libertad de Jesús. Siguiendo el
pensamiento del Papa, en la Cruz se
revela el “eros” y el “agapé”, ya que
desde allí Jesús mendiga el amor de su
criatura y ofrece su amor desinteresado.
La respuesta que el Señor desea
ardientemente de nosotros en este
itinerario cuaresmal es que aceptemos su
amor y nos dejemos atraer por Él,
abriendo el corazón a los demás:
luchando contra toda forma de desprecio
de la vida y de explotación de la
persona; aliviando los dramas de la
soledad y el abandono de muchas
personas. Sólo así, estos cuarenta días
serán un camino de auténtica conversión
al apasionado amor divino que no cesa de
buscarnos. |
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