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¿CUANTOS SE SALVAN? Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández
Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a
Jerusalén. Una persona le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que
se salvan?”. Él respondió: “Traten de entrar por la puerta estrecha, porque
les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. En cuanto el
dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se
pondrán a golpear la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”. Y él les
responderá: “No sé de dónde son ustedes”. Entonces comenzarán a decir:
“Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas”. Pero él
les dirá: “No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen
el mal!. Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a
Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean
arrojados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y
del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del reino de Dios. Hay algunos que
son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y
serán los últimos” (Lc 13,22-30).
Es la segunda vez que en el evangelio de Lucas se menciona el viaje de Jesús
hacia Jerusalén y que inició en Samaría (9,52). Es el viaje del Samaritano
que recorre ciudades y pueblos recogiendo todos los fragmentos de humanidad
perdida para llevarlos sobre sus hombros y presentarlos al Padre. No realiza
proselitismo en busca de suceso sino que él es la misma misericordia que se
hace cercana a toda miseria. Su enseñanza es su mismo viaje: en él Jesús nos
revela que Dios “nos ha salvado y elegido con su santo llamado, no por
nuestras obras, sino por su propia iniciativa y por la gracia: esa gracia
que nos concedió en Cristo Jesús, desde toda la eternidad” (2 Tim 1,9).
La salvación es el único problema serio del hombre. La pregunta formulada a
Jesús expresa esa inquietud de cualquier persona, pero se refiere al número:
¿cuántos se salvan, muchos o pocos? Jesús cambia el centro de atención del
“cuántos” al “cómo” es posible salvarse. Esta manera de actuar de Jesús no
es extraña ni descortés. Es simplemente la actuación de quien quiere educar
a los discípulos, a pasar del nivel de la curiosidad al de la auténtica
sabiduría; de las cuestiones ociosas que apasionan a la gente, a los
auténticos problemas existenciales. De aquí podemos comprender la absurdidad
de aquellos, como los Testigos de Jehová, que creen saber incluso el número
exacto de los salvados: 144.000. Este número que aparece en el Apocalipsis,
tiene un valor meramente simbólico (el cuadrado de 12, que es el número de
las tribus de Israel, multiplicado por mil) y se explica en esta expresión:
“una multitud inmensa, que nadie podía contar” (Apoc 7, 4.9). Si aquel fuera
realmente el número de los salvados, entonces podríamos ahorrar todo
esfuerzo. De ser eso cierto, en la puerta del paraíso deberían haber escrito
desde hace tiempo el cartel: “Completo”.
Todas las religiones son un tentativo de solución y proponen una
iluminación, ascesis o revolución mediante la cual el hombre pueda salvarse.
Realmente, para la Sagrada Escritura, al hombre le es imposible salvarse por
sí mismo, ya que todos somos salvados por el amor gratuito del Padre.
“Salvar” es un verbo que solo puede conjugarse en pasivo: “soy salvado”. El
Reino no es objeto de apropiación: es la herencia que Dios ofrece a sus
hijos. Es verdad que la puerta es estrecha, pero también hay que ser
creativos de modo tal que todos seamos salvados. Ésta es en efecto la
voluntad de Dios: “que todos los hombres sean salvados y lleguen al
conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4).
San José Cafasso (1811-1860) era llamado “el sacerdote de la horca”, porque
en todas las ejecuciones capitales estaba junto al condenado. Durante su
vida, el lugar preferido que eligió para ejercer el apostolado fue la
cárcel. Fue el más grande amigo y benefactor de Don Bosco. Un día relataba
que no lograba confesar a un encarcelado, porque éste le había dicho que en
cierta ocasión en que ingresó en un templo, el sacerdote estaba predicando
que eran poquísimos los que se salvaban. El malviviente pensó, “yo no me
puedo contar entre ellos”, entonces siguió robando y asesinando. Pero
Cafasso le dijo: “La puerta es estrecha, pero eso significa que no vamos a
entrar todos de golpe sino que pasaremos de uno a la vez”. El hombre quedó
iluminado por esas palabras, y arrepentido pudo gozar de la misericordia
bondadosa de Dios, experimentando que nadie tiene derecho a agrandar o
eliminar la puerta pero si a vivir todos el compromiso y la decisión de
tomar en serio las exigencias del evangelio. |
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