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AMAR EN EXTREMO
“He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes” (Lc 22,15). ¿Por
qué Jesús habrá esperado tanto? Porque en esta Pascua él transforma la
figura en realidad, llevando a cumplimiento la antigua espera a través de
los siglos. Él es el Cordero de Dios, del cual el cordero pascual era un
pálido símbolo. Lo que hizo Jesús el jueves santo, nos lo recuerda Pablo:
“Terminada la Cena, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus
discípulos diciendo: Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo. Lo
mismo hizo con la copa” (1 Cor 11,23-25). Con toda la Iglesia hoy meditamos
sobre la mayor herencia que Jesús deja a los suyos: el sacramento de la
Eucaristía como expresión de la caridad y pasión de Dios por el hombre.
Junto a éste, necesariamente el Maestro unió el Orden Sagrado: “Haced esto
en memoria mía”.
El evangelio de Juan habla de la última cena, pero no dice ni una sola
palabra de lo que Jesús hizo con el pan y el vino. Va al corazón mismo de la
cena. La menciona diciendo que “estaban cenando” (Jn 13,2), pero sin
detenerse en ella. Y antes de relatar lo que sucede en esa comida, indica el
motivo de su “desconcertante” accionar: “habiendo amado a los suyos que
están en el mundo, los amó hasta el extremo”. Podemos ir más allá del texto
para afirmar: “y nos sigue amando hasta el extremo”. El amor de Dios nunca
se queda en el tiempo verbal de pasado. Es un eterno presente. El amor de
Dios no hunde sus raíces en las cualidades o méritos del otro. Esa noche
había en esa Cena, un traidor y entregador: Judas. Pero no obstante ello,
Jesús sigue amando, porque su amor es gratuito y lo primero. No presupone
las cualidades del hombre, sino que las crea.
El amor de Jesús en la noche del Jueves Santo se hace más fuerte y se eleva
por encima de cualquier medida humana. Un amor como el de Dios, en esta
noche se torna impaciente e irresistible. Por eso no se queda sentado: “Se
levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó a la
cintura. Después echó agua en una palangana y comenzó a lavar los pies de
sus discípulos y a secárselos” (Jn 13,4-5). Él siempre quiere ser anfitrión,
que en su persona equivale a ser esclavo y servidor. Sus acciones tienen la
lógica del amor de Dios: el dueño se hace siervo, el mayor se pone a servir
al más pequeño, el inocente se arrodilla delante del culpable. Este gesto
quedó marcado a fuego en la memoria de Juan, quien lo puso por escrito y se
lo regaló a la Iglesia. Lo escribió para subrayar lo que Cristo nos
comunica: “No se dan cuenta que cada vez que se reúnen para celebrar la
Eucaristía, me doy como pan vivo bajado del cielo para saciar en la
temporalidad de la vida el anhelo de eternidad. De modo invisible me levanto
de la mesa y me pongo a lavarles los pies de ustedes, cansados de recorrer
los senderos tortuosos de la historia; cubrirles las heridas de peregrinos
con las vendas de la ternura que suaviza y cicatriza; y manifestarles mi
amor sin fin con el beso de la paz”.
Cada año, en la noche del Jueves Santo, la Iglesia nos plantea la pregunta
de Jesús a los suyos: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?” (Jn
13,12). Con Juan, la Iglesia nos dice a cada uno de nosotros: “Ven, entra
sin miedo en el círculo de los doce, alrededor de la mesa y busca tu lugar.
Colócate en el sitio de Pedro, a la derecha de Jesús y aprende su enseñanza
de amor arrepentido. Plantea tu pregunta como Felipe. Sé por una vez,
Santiago, Tomás o Andrés. O colócate a la izquierda, en el sitio de Juan, el
lugar del bien amado, al lado del corazón de Jesús. Pero ten cuidado con la
doblez de Judas”. El lavatorio de los pies no es solo una escena conmovedora
para contemplar, sino una llamada exigente que se convierte en un envío a la
misión para que hagamos nosotros lo mismo: “Les he dado el ejemplo, para que
ustedes hagan lo mismo” (Jn 13,15).
Ese mismo Jueves ha nacido el sacerdocio el cual nace de la Eucaristía.
Quisiéramos transcribir las palabras que Juan Pablo II dirigiera en su carta
a los sacerdotes de la Iglesia en ocasión de esta celebración: “Ante esta
realidad extraordinaria permanecemos atónitos y aturdidos. ¡Con cuanta
condescendencia humilde ha querido Dios unirse al hombre! Si estamos
conmovidos ante el pesebre contemplando la encarnación del Verbo, ¿qué
podemos sentir ante el altar, donde Cristo hace presente en el tiempo su
Sacrificio mediante las pobres manos del sacerdote? No queda sino
arrodillarse y adorar en silencio este gran misterio de la fe”. (n. 2).
Recemos para que cada sacerdote sea muy grande y a la vez muy pequeño. De
espíritu noble como si llevara sangre real y sencillo como un labriego.
Fuente inagotable de santidad y pecador a quien Dios perdona. Uno que jamás
se doblegue ante los poderosos y se incline siempre ante los más pequeños.
Pordiosero de manos suplicantes y mensajero que distribuye el oro de la
gracia a manos llenas. Anciano por la prudencia de sus consejos y niño por
su confianza en los demás. |
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