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VOLVER A CAMINAR
“Hijo, tus pecados te son perdonados...yo te lo mando, levántate, toma tu
camilla y vete a tu casa”. En estas palabras de Jesús a las que se refiere
Marcos en el relato de la curación del paralítico (Mc 2,1-12), se entrelazan
dos motivos muy queridos para el evangelista: por una parte encontramos la
perspectiva existencial e histórica, representada por la sanación del
paralítico; y por otro lado la dimensión espiritual encarnada en el perdón
de los pecados, dando lugar a una controversia entre Jesús y los escribas.
El anuncio fundamental es claro: frente al mal del pecado, Jesús revela con
la palabra y la acción, que es él quien puede curar no solo las enfermedades
físicas del hombre, sino también y sobre todo la raíz profunda de su ser,
borrando las antiguas miserias.
La misericordia de Dios no es una especie de manto que se extiende sobre
nuestras debilidades o faltas. Es una acción de nueva creación. Como lo
expresa Isaías: “No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las
cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo” (43, 18-19). Su perdón no es
un simple cerrar los ojos frente a las debilidades, sino abrirlos bien para
arrojar en sus destinatarios la luz que proviene de su compasivo corazón, y
salvar iluminando. Después se olvida; no vive sacando a diario las rebeldías
canceladas: “ya no me acordaré de tus pecados” (Is 43, 25).
Estamos ante la curación de un hombre que no puede caminar, como lo indican
otros textos del Nuevo Testamento (Mt 9,1-8; Lc 5,17-26; Jn 5, 1-9; Hch 3,
1-10; 14, 8-10).El término “parálisis” deriva del griego “pàresis”, y se lo
define como la “pérdida parcial de la movilidad muscular”. Para nosotros un
paralítico es aquel que no puede caminar; pero en la concepción hebrea, el
hombre es pensado como un “universo en equilibrio”: un equilibrio interior,
que cuando entra en crisis, se manifiesta en síntomas exteriores (las
enfermedades). Éstas son como “espías” que señalan la presencia de un
problema espiritual. Curar al enfermo, en este segundo caso no significa
remover el síntoma (erradicar los “espías”), sino recibir el mensaje y
reconstruir el equilibrio interno. Podríamos afirmar que la enfermedad es un
estado del hombre que indica una dificultad más profunda que lo que puede
aparecer a primera vista. Hay que subrayar esta premisa para que no se
reduzcan la enfermedad y la curación de los relatos evangélicos, a un simple
hecho físico y funcional. Perderíamos de ese modo lo mejor del mensaje
contenido en las curaciones obradas por Jesús, quien es un divino Salvador y
no un vulgar curandero.
El paralítico era un excluido, un marginado, uno de aquellos que, según las
disposiciones de la ley del Levítico, no eran admitidos a las asambleas del
culto. Este hombre está bloqueado en una camilla; depende completamente de
los otros. No dice una palabra durante todo el episodio, no manifiesta
sentimiento alguno, se limita a dejarse llevar. Son “cuatro” los hombres que
lo ayudan, como los puntos cardinales, y simbolizan a los discípulos
distribuidos en todas las latitudes y longitudes. La Iglesia extendida por
el mundo entero tiene la misión de inclinarse ante todos los que sufren para
acercarles la ternura de Dios; y aquí no se admiten excusas o evasiones. Su
ministerio es de perdón y reconciliación. Es que el ser humano es sujeto de
derechos inviolables ante los cuales la libertad tiene que saber detenerse.
En la Exhortación Apostólica “Reconciliatio et Poenitentia” (2-XII-84), Juan
Pablo II subraya que hoy se ha perdido el sentido del pecado porque hay un
“eclipse”, adormecimiento, anestesia de la conciencia, como consecuencia del
secularismo (cf. n. 18). Podríamos decir que esta es la parálisis que nos
impide dar pasos seguros: la desaparición del sentido de la falta. Ya Pío
XII en el Radiomensaje al Congreso Nacional de Catequesis de EE.UU, el 26 de
octubre de 1946 señalaba que “el pecado de nuestro siglo es la pérdida del
sentido del pecado”. Y el pecado es la “usurpación del nombre del amor”
(Santa Teresa de Jesús). Frente a esta realidad, la comunidad eclesial debe
seguir predicando la curación interior que se obtiene de modo especial a
través del Sacramento de la Confesión, donde se revela la tierna y dulce
misericordia del Padre, y dejamos de lado la “camilla” que nos aliena y
postra.
El Padre Francesco Antonio Fasani quien fue canonizado por Juan Pablo II en
1986, es uno de los santos más populares de la Puglia. Durante su ministerio
sacerdotal fue muy criticado por ser indulgente como confesor. “Este padre
absuelve a todo el mundo”, decían no pocos. Pero él, cuando le echaban en
cara su benevolencia hacia los pecadores, replicaba: “Cuando me presentaré
al Señor para el Juicio, le diré: ‘Sí, yo he sido verdaderamente indulgente
con muchos: pero has sido tú quien me lo ha enseñado!’”. Los hombres tienen
necesidad de compasión y consuelo, y esto la Iglesia no lo puede ni obviar
ni olvidar jamás.
Los acompañantes del paralítico tienen fe en la intervención del Mesías. No
se rinden frente a las dificultades o a los imprevistos. Si es necesario,
inventan soluciones para alcanzar el fin: “como no podían acercarlo a Jesús,
a causa de la multitud, levantaron el techo sobre el lugar donde él estaba,
y haciendo un agujero descolgaron la camilla con el paralítico” (Mc 2, 4 ).
Cada cristiano es un misionero de Dios hacia los otros y debe hacer
comprender que “los problemas con los que nos encontramos en la vida son el
seudónimo de Dios cuando no firma con su nombre”. El creyente nunca se
abate, porque al decir de Alan Watts: “la solución no suele estar muy lejos
del problema”. Jamás el obstáculo debe verse como algo imposible de superar.
Si Dios lo permite, Él nos da la fuerza de la resolución, para poder decir
con firmeza: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4, 13). Que como
el ex-paralítico, recuperemos los pasos y volvamos a caminar sin detenernos,
ya que nuestra vocación no es la de vivir “instalados”, sino la de caminar
como “peregrinos”.
Pbro. Dr. José Manuel Fernández |
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