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TIEMPO DE INTERIORIDAD
Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández
El evangelio del primer domingo de Cuaresma nos dice que “enseguida el
Espíritu lo llevó a Jesús al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue
tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían” (cf.
Mc 1,12-15). Ahora Jesús es puesto a prueba para verificar su personal
adhesión a la filiación divina. El verbo empleado por el evangelista Marcos
para indicar que el Espíritu conduce a Jesús al desierto (en griego: ekballó),
connota una acción fuerte y es usado por Marcos para describir la expulsión
de los demonios (cf. Mc 1,34.39.43; 3,15.22; 6,13). Por dos veces se
especifica que el ámbito de la tentación es el desierto. Según Marcos, Jesús
no va allí “para ser tentado”, tal como lo afirman los otros evangelios
sinópticos (Mateo y Lucas). El desierto es el lugar de la prueba: “Acuérdate
del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto
durante esos cuarenta años. Allí te afligió y te puso a prueba, para conocer
el fondo de tu corazón y ver si eres capaz o no de guardar sus mandamientos”
(Dt 8,2), aunque también de la purificación y de la comprensión de la propia
identidad. Es el lugar no sólo de la “prueba”, sino también de la
“decisión”. No es “ausencia” de hombres, sino “presencia” de Dios. En ese
ámbito se desatan las fuerzas del mal y sucederá la manifestación mesiánica
(cf. Mt 24,26).
Allí transcurre “cuarenta” días. Ese tiempo recuerda grandes acontecimientos
bíblicos: el del pueblo de Israel que camina durante cuarenta años tras la
salida de Egipto en camino hacia la tierra prometida; el de Moisés, que
ayuna durante cuarenta días antes de recibir las tablas de la ley en el
monte Sinaí (Ex 34,28; Dt 9,9); o del profeta Elías en el Horeb: “Levántate,
porque todavía te queda mucho por caminar…Elías caminó durante cuarenta días
y cuarenta noches hasta la montaña de Dios, el Horeb” (1 Re 19,8). Mediante
el participio pasivo presente griego de peirazó (“poner a prueba”) se
remarca la condición duradera de ésta. Sin embargo, Marcos, a diferencia de
Mateo y Lucas, no hace referencia al ayuno de Jesús mientras es tentado. El
agente de la tentación es explícitamente individualizado en la figura de
Satanás. Según la teología del libro del Deuteronomio, la tentación
corresponde al momento en que se verifican las tendencias y las opciones del
corazón (Dt 8,2). A través de esta experiencia, ineludible en el camino
maduro de fe, se examinan las inclinaciones y elecciones del espíritu. Para
Jesús las tentaciones implican verificar la propia identidad mesiánica y la
obediencia a Dios. Antes de iniciar su actividad pública, viene identificado
quién será el verdadero adversario del protagonista.
Él ha tenido la experiencia de la prueba, no sólo al inicio sino a lo largo
de todo su ministerio público. Cuando Pedro reacciona protestando ante el
anuncio del destino ignominioso de Jesús, éste le llama severamente la
atención: “¡Retírate, vé detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no
son los de Dios, sino los de los hombres” (Mc 8,33). Jesús es tentado en la
ocasión en que los fariseos le piden demostrar su identidad, dando un “signo
del cielo” como prueba incontrovertible de su mesianismo: “Llegaron los
fariseos, que comenzaron a discutir con él; y, para ponerlo a prueba le
pedían un signo del cielo. Jesús suspirando profundamente dijo: ‘¿Por qué
esta generación pide un signo? Les aseguro que no se le dará ningún signo’.
Y dejándolos, volvió a embarcarse hacia la otra orilla” (Mc 8,11-13). Apenas
hace su ingreso en Judea, los fariseos verifican su enseñanza: “Se acercaron
algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: ‘¿Es
lícito al hombre divorciarse de su mujer?’ (Mc 10,2). Con la pregunta sobre
la licitud o no de pagar el tributo al César, Jesús siente ser puesto a la
prueba de los fariseos y de los herodianos, sufriendo la tentación de un
mesianismo nacionalista: “Pero él, conociendo la hipocresía de aquellos, les
dijo: ‘¿Por qué me tienden una trampa?” (Mc 12,15).
Llama la atención que Jesús estaba acompañado por las fieras. En la
tradición profética estos animales son el signo del juicio o del castigo
divino (cf. Is 13,21; Jer 7,33), pero en el tiempo mesiánico, expresión de
la no agresión: “el niño de pecho jugará con la cobra, y en la cueva del a
víbora meterá la mano” (Is 11,8). A través de esta doble imagen, el tiempo
mesiánico viene descrito como el período de la pacificación cósmica, en el
que también las bestias que amenazan la vida humana han perdido la
agresividad. La tradición judaica, además, reelabora el relato de la
creación del hombre y de los animales (Gen 2,19-20), presentando a Adán en
el jardín circundado por bestias feroces sobre las cuales se enseñorea. Pero
luego de la trasgresión del mandato de Dios, aquellas se vuelven contra él.
Tal descripción proyecta en el tiempo escatológico la escena bíblica
inicial, para afirmar la condición de paz y armonía del tiempo último. Estas
dos líneas de interpretación se unen en el relato de las tentaciones de
Jesús: el Mesías que va al desierto es tentado, pero al contrario de Adán
permanece fiel a Dios, inaugurando un tiempo de paz, anticipación del tiempo
final. Venciendo a Satanás, él ha restaurado la “paz” primitiva que existía
entre la creación y su creador. La confirmación de esta comunión entre cielo
y tierra está presente en la presencia de los ángeles que lo sirven. Este
hecho evidencia el resultado positivo de la tentación y al mismo tiempo su
condición de Hijo, que no se adecua a un mesianismo derivado de intereses
humanos, sino que permanece fiel a su identidad y al proyecto del Padre
sobre él.
Esto es un llamado para todos los cristianos. En tiempos de secularismo y de
un mundo que hace abstracción del Absoluto, donde se nos invita a vivir como
si Dios no existiera, la Cuaresma que hemos iniciado el miércoles pasado es
una invitación a vivir, no obstante todas las adversidades, manteniendo
intacta nuestra identidad y siendo fieles al proyecto de Dios. Bajo ningún
aspecto debemos enmascarar o disfrazar nuestra creencia. Lo afirmaba
Benedicto XVI en la oración del Ángelus el domingo 26 de febrero de 2006:
“Hay que asumir la Cuaresma con el espíritu nuevo de quien ha encontrado en
Jesús el sentido de la vida”. La invitación a dirigirse al desierto va
realizada a todos. Los monjes o religiosas de clausura han elegido un
“espacio” de desierto. Nosotros en este itinerario cuaresmal debemos optar
al menos, por un “tiempo” de desierto. Recorrer un tiempo con estas
características, significa hacer silencio alrededor de nosotros para
encontrar el camino del corazón, sustraernos del ruido e inútiles
preocupaciones externas, entrando así en contacto con las fuentes de nuestro
ser. Afirmaba San Agustín: “Alejándonos de ti, Señor, nos deformamos;
acercándonos a ti, nos asemejamos”.
Hay tres términos indicativos de cómo nos alejamos de la vida interior:
evasión, distracción y diversión. Son tres palabras que indican una salida
de nosotros mismos para sustraernos de la realidad. Existen espectáculos de
“evasión” (la TV ofrece una multitud) y literatura “evasiva”. En inglés,
todo este género es llamado “fiction”. Preferimos vivir en la ficción antes
que en la realidad. Vivimos en una civilización de la imagen, muchas de las
cuales son malsanas, generan violencia y malicia, desatan los peores
instintos. Son transmitidas expresamente para seducir, pero lo peor de todo
es que dan una idea falsa e irreal de la vida, con todas las consecuencias
que derivan en el impacto con la posterior realidad. Se pretende que la vida
consuma todo lo que la publicidad presenta. Si no asumimos la vigilancia
como premisa clave, en breve tiempo transformamos el alma en una bolsa de
residuos. Una propuesta de penitencia cuaresmal podría ser la de ayuno de
imágenes y palabras sin sentido. Cuando corre viento fuerte, corremos
inmediatamente a cerrar puertas y ventanas, si no se quiere encontrar luego
la casa llena de tierra. Se hace necesaria una ascesis de la vista. Frente a
esta advertencia, una vez alguien me objetó: “¿Pero no es que Dios ha creado
los ojos para mirar todo lo bello que hay en el mundo?” Respondí: “Sí, pero
el mismo Dios que creó los ojos para mirar creó también los párpados para
cubrirlos. Y Dios sabía muy bien lo que hacía”.
San Pablo recomienda: “No profieran palabras inconvenientes; al contrario,
que ellas sean siempre buenas, para que resulten edificantes cuando sea
necesario y hagan bien a aquellos que las escuchan” (Ef 4,29). Un año, al
inicio de la Cuaresma, una comunidad de laicos se interrogaba respecto a qué
gesto hacer para santificar este tiempo. Debieron descartar el ayuno de
alimentos, ya que en ese grupo había varias madres que estaban amamantando a
sus pequeños recién nacidos. Entonces decidieron asumir como programa, hacer
ayuno de palabras inútiles y ofensivas. Colocaron el texto de San Pablo
antes citado en un lugar visible de la casa. Y fue una Cuaresma bendita.
Malas palabras no son sólo las procaces, sino también aquellas hirientes,
negativas, las que ponen de relieve sistemáticamente la debilidad del
prójimo; palabras de crítica o de sarcasmo. En la vida de una familia o de
una comunidad, éstas tienen el poder de hacer que el otro se cierre en sí
mismo, creando amargura y resentimiento. Al pie de la letra, “mortifican”,
es decir, producen la muerte.
No pudiendo ir nosotros al desierto, la alternativa es hacer desierto
alrededor nuestro. San Francisco de Asís nos da una sugerencia de orden
práctico. “Nosotros –decía- llevamos una celda siempre consigo. Donde
vayamos y cada vez que lo queramos podemos encerrarnos en ella como
eremitas”. Tenemos una ermita portátil, por eso es esencial “entrar en
nosotros mismos”.
Meditemos las palabras de San Anselmo:
“Deja un momento tus ocupaciones habituales, hombre insignificante, entra un
instante en ti mismo, apartándote del tumulto de tus pensamientos. Arroja
lejos de ti las preocupaciones agobiantes y aparta de ti las inquietudes que
te oprimen. Reposa en Dios un momento, descansa siquiera un momento en él.
Entra en lo más profundo de tu alma, aparta de ti todo, excepto Dios y lo
que pueda ayudarte a alcanzarlo. Enséñame a buscarte, muéstrame tu rostro,
porque si Tú no me lo enseñas no puedo buscarte. No puedo encontrarte si Tú
no te haces presente. Te buscaré deseándote, te desearé buscándote, amándote
te encontraré, encontrándote te amaré”.
Que el Espíritu que “condujo a Jesús en el desierto”, nos lleve a nosotros
allí, nos asista en la lucha contra el mal y nos prepare para celebrar la
Pascua renovados en el espíritu.
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