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Ganar al hermano
Jesús dijo a sus discípulos: “Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo
en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha,
busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la
declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la
comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como
pagano o publicano. Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra,
quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado
en el cielo. También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra,
para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde
hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt
18,15-20).
El presente texto evangélico se encuentra ubicado en el llamado “discurso
eclesiológico” de Jesús. En efecto, todo el capítulo 18 del evangelio de
Mateo nos da a conocer cómo es la Iglesia, quiénes la componen, y qué es lo
que ella debe llegar a ser.
En el modelo de Iglesia propuesto por Jesús, ocupa un lugar de primacía la
lógica salvífica que encierra la corrección fraterna. La comunidad no puede
aceptar todo. La verdad debe hacerse en la caridad (cf. Ef 4,15), pero la
caridad no va nunca separada de la verdad. El primado es siempre del amor;
que se manifiesta ya sea en el buscar al que se ha perdido, iluminarlo en su
perdición, y finalmente en el perdonarlo. Lo que se dice sobre la corrección
fraterna parece estar en contraste con el no juzgar (7,1ss), con la búsqueda
de reconciliación (5,23-26), y con la parábola de la cizaña (13,24-30.49).
En realidad la corrección fraterna es signo de la medida del amor que como
afirma San Agustín “la medida del amor de Dios es amar sin medida”. Esto
solo es posible en una comunidad donde cada uno es acojido en sus límites,
no es juzgado si se equivoca, es absuelto si resulta culpable, es buscado si
se pierde y es perdonado si peca. Sin aceptación incondicionada, no existe
corrección fraterna. Una persona solo si es bien recibida y en la medida en
que es recibida, esta dispuesta a aceptar eventuales observaciones sin
advertirlas como agresiones. La corrección es un modo concreto para que
quien se ha alejado no se pierda: es la expresión más alta de la
misericordia. Es exactamente lo contrario al escándalo. Si esté olvida al
hermano y lo induce al mal, la corrección cuida de el y lo hace vivir la
seducción por el bien.
El pecado rompe la fraternidad. Si perdonas la reestableces solo a la mitad:
tu eres hermano pero el no todavía, hasta que no se reconoce el error y
acepta el perdón. La corrección, cuando se alcanza, reestablece la
fraternidad de ambas partes.
La corrección fraterna es indispensable para que “el estar juntos” no sea
una incomoda situación, sino una teologal comunión, expresión de fraternidad
creadora. Como afirma el salmo 133: “¡Qué hermoso y suave es que los
hermanos vivan unidos! Es como el rocío del Hermón que baja por las alturas
de Sión; allí el Señor otorga su bendición, la vida para siempre”. El
adjetivo hebraico “tôb significa: “bueno, bello, placentero”. Es el adjetivo
que en el relato de la creación (Gen. 1) expresa la alegría de Dios por la
belleza de sus criaturas: “Y vio que era bueno”. El segundo adjetivo
traducido como “suave” significa delicioso, dulce, y fascinante. Encontrarse
juntos los hermanos, es una de las cosas mas bellas de la creación. No basta
ser hermanos, es necesario vivir “juntos”, en paz, unidos y en concordia. La
fraternidad es al mismo tiempo una cualidad interior y exterior, del corazón
y del actuar. Vivir como hermanos es expresión de belleza y tiene su propia
razón: la fraternidad da sabor a la vida.
Pero la corrección fraterna debe ser gradual, discreta y paciente. A cuatro
ojos; delante de uno o dos testigos; ante la comunidad entera.
El primer paso: “ve y corrígelo en privado” es ante todo por respeto al buen
nombre del hermano y por su dignidad. Dice “tú con él”, para dar la
posibilidad a la persona de poder defender y explicar sus acciones en plena
libertad. Por algo el derecho de defensa es un derecho natural que cuando no
viene reconocido lleva a la nulidad de cualquier acción judicial. Muchas
veces lo que a un observador externo le parece una culpa, en las intenciones
de quien la comete no lo es. Una franca explicación disipa muchos
malentendidos. Pero esto no es posible cuando el problema se lleva
imprudentemente al conocimiento de todos. Para el evangelio, el motivo
último por el que es necesario practicar la corrección fraterna no es el
orgullo de mostrar a los demás sus errores para resaltar la propia
superioridad, ni tampoco el descargar la conciencia para poder decir: “Te lo
había dicho. ¡Ya te lo había advertido! Peor para vos, si no me has hecho
caso”.
La finalidad evangélica de la corrección fraterna es ganar al hermano, es
decir, la búsqueda del genuino bien del otro. Para que pueda mejorarse y no
encontrarse con desagradables consecuencias. Si se trata de una culpa moral,
para que no comprometa su camino espiritual y su salvación eterna. No
siempre depende de nosotros el buen resultado de la corrección; por el
contrario, depende siempre y exclusivamente de nosotros el buen resultado a
la hora de recibir una corrección. No sólo existe la corrección activa, sino
también la pasiva; no sólo existe el deber de corregir, sino también el
deber de dejarse corregir. Y aquí es donde se ve si uno es suficientemente
maduro para corregir a los demás. Quien quiere corregir a alguien tiene que
estar dispuesto a ser corregido. Cuando vemos que una persona recibe una
observación y escuchamos que responde con sencillez: “Tienes razón, ¡gracias
por habérmelo dicho!, nos encontramos ante una persona de valor.
Louis Nizer fue un afamado abogado nacido en Londres en 1902, pero que vivió
la mayor parte de su vida en Estados Unidos. En 1973 escribió “La
conspiración de la implosión”, en el que examinó la condena y ejecución de
Ethel y Julio Rosenberg, denunciados por espionaje a favor de los
soviéticos. Allí escribió una frase significativa: “Cuando un hombre apunta
el dedo acusador contra alguien, debería recordar que los otros cuatro
apuntan hacia él mismo, a su yo y a sus propias miserias”. Uno de los
escritores católicos más reconocidos del s. XX, el colombiano Nicolás Gómez
Dávila, en su libro “Sucesivos escolios a un texto implícito” dice que “el
hombre prefiere disculparse con la culpa de los demás, en vez de hacerlo con
la propia inocencia”. Es que a veces, no faltan los que creyéndose
superiores a quienes consideran más culpables que ellos, olvidan que la
verdadera confrontación debe ser no con la culpa de los otros, sino con la
vida personal para descubrir si en verdad ésta es inocente.
El segundo tiempo: “busca una o dos personas más”, implica el compromiso de
la comunidad de creyentes. Esto es importante en cuanto que algunos testigos
pueden ayudar a cicatrizar una relación humana entre personas heridas por
profundas laceraciones. Pero eso no significa que los dos “testigos” se
deben considerar mejores que los demás. La última alternativa es: “si se
niega a hacerles caso, dilo a la comunidad”. La Iglesia con el don del
discernimiento tiene el deber de decir claramente aquello que no es
admisible para un cristiano.
La enseñanza de Cristo sobre la corrección fraterna debería leerse siempre
junto a lo que dice en otra ocasión: “¿Cómo es que miras la brizna que hay
en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?”
(Lc 6, 41). En algunos casos no es fácil comprender si es mejor corregir o
dejar pasar, hablar o callar. Por este motivo es importante tener en cuenta
la regla de oro, válida para todos los casos, que el apóstol Pablo refiere
en la segunda lectura de hoy: “Que la única deuda con los demás sea la del
amor mutuo. La caridad no hace mal al prójimo”. Es necesario asegurarse de
que en el corazón se dé la disposición de acogida a la persona. Después,
todo lo que se decida, ya sea corregir o callar, estará bien, pues la
caridad verdadera “no hace mal a nadie”.
Pbro. Dr. José Manuel Fernández
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