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CADA PERSONA ES UNA CASA DE DIOS
Si viene el cielo
a tu corazón,
crece también
el cielo a tu alrededor.
Una vez un ateo convencido, profesor de ciencias, se encontró conmigo en una
de esas interminables cenas sociales. Los demás estaban diseminados por el
salón, en la inevitable decadencia de un fin de fiesta. La conversación
resbaló irremediablemente al terreno religioso.
La conversación era delicada y tensa, a la manera como se desarrollan los
juegos de esgrima:
- Me pregunto muchas veces- disparó el profesor aludiendo a mis estudios
-cómo es posible estudiar tanto sobre algo que no existe.
A lo que respondí:
- ¿Sería Ud. capaz de demostrarme científicamente que ese “algo” realmente
no existe?.
- ¿Y Ud. que existe? - me retrucó.
Le dije entonces:
- Para estudiar algo en lo que creo sinceramente, no necesito certezas
científicas, me basta mi convicción personal. Investigar es seguir un orden
y el que investiga sólo se convence después. Al principio hay una fe
personal, de otro modo nadie investigaría.
- ¿Y dónde me coloca usted a ese Dios?. Porque ese Dios que Ud. dice
despertó siempre mi curiosidad, dijo con ironía.
- En ningún lugar –le dije- Dios no “está”, Dios “es”. Si estuviera en algún
lugar no sería Dios. Pero sí alguien quisiera buscarlo le diría esto: “Dios
está realmente en el corazón del hombre”.
El profesor, que era muy joven, abandonó la ironía y me dijo:
- Es la primera vez que alguien me dice eso.
Y la partida de esgrima se convirtió en diálogo. Me dio su tarjeta y pidió
la mía. “Venga a verme” si le sobra tiempo, me repitió antes del apretón de
manos.
Pero la pregunta del amigo “ateo”, me quedó dando vueltas. ¿Dónde está
Dios?. Esta pregunta se la hacen tanto los ateos como los creyentes. Los
primeros porque no aceptan, en el fondo, la picazón de que no exista y los
otros, porque no acaban de saber dónde está. Claro que la respuesta no es la
misma para uno que para otros. A un ateo no es posible decirle de zopetón:
“Dios está en la Eucaristía”, porque estaría partiendo de una presencia
revelada que él niega en principio.
Pero confieso que siempre me llamó la atención de tantos cristianos que
quieren “encontrar” a Dios, con mucho refinamiento: - ”Me voy unos días de
retiro al campo para encontrar a Dios en la naturaleza”, dicen algunos.
Pero es como si dijera: “Voy a dar un paseo por la tierra para ponerme mejor
en contacto con la luz”.
¡Pero si Dios no está sólo allá!. La luz no existe sólo en algunas partes
del mundo.
¿Habremos entendido bien, cuando Cristo revela que “si alguno me quiere,
guardará mi palabra y mi Padre le querrá y vendremos y habitaremos en él”,
como recuerda San Juan?.
Cada hombre es una casa de Dios.
El déficit de solidaridad y de respeto mutuo que vive una sociedad, se
encuentra, en gran parte, en el desconocimiento de una fuerza escondida.
Cada persona es una casa de Dios. No es necesario viajar al campo, a las
montañas, al mar o al espacio celeste para encontrar a Dios. Si he
encontrado a Dios en mi propio interior, difícilmente dudaré en encontrarlo
en el lugar donde existe un prójimo.
Por eso estamos más lejos de algunas realidades escondidas del evangelio que
lo que la tierra está de la estrella más lejana del cosmos.
Dios no puede haberse quedado en la Eucaristía ¾ “Esto es mi Cuerpo”- si
antes no se hubiese instalado en el cuerpo y en el alma de cada ser humano,
obra de su Creación.
DIOS NO TOLERA ÍDOLOS
Hoy los ídolos y las divinidades modernas no son las estatuas de Atenas,
como en tiempos de Pablo. Pero el hombre moderno se va descubriendo ateo
porque no ha sabido librarse de los ídolos. Y sigue adorándolos, quizá no
con culto religioso, pero sí con el corazón, con el deseo, con la angustia y
en el ansia de poseerlos. Son ídolos más peligrosos, porque entran más
profundamente en la vida: el poder, la independencia, el bienestar, la
seguridad, la técnica, el gusto... y la falta no radica en que estas cosas
sean malas, sino porque se las idolatra, se las absolutiza y se es capaz de
arrodillarse ante ellas, divinizándolas hasta tener siempre el incienso
encendido para ofrecérselo.
Y aquí es difícil trazar una línea que separe netamente a los creyentes de
los ateos. Somos mitad idólatras y mitad cristianos. Por eso es difícil
catalogar a las personas en creyentes y ateos.
Dios vive en todos: en creyentes y en ateos. Al cristiano convertido le es
más fácil destruir los ídolos, porque tienen muchas oportunidades de
descubrir la presencia de Dios. San Remy, bautizó a Clodoveo, rey de los
francos, en la catedral de Reims y le dijo: “Ahora, adora lo que has quemado
y quema lo que has adorado”, aludiendo a su vieja condición de pagano. Sólo
destruyendo a sus ídolos se transformó en cristiano.
Pero la parte nuestra de cristianos, ésa cuyo “Dios es el Señor”, debe
desenmascarar lo que hemos barnizado con el oro de nuestras ambiciones, que
tantas veces envenenan nuestras vidas. Y a las ajenas.
Debería también enseñarnos a descubrir lo que tienen de auténtico esos
mismos ídolos, criaturas suyas, para que por ellos cante la Gloria de Dios
por haberlas creado, pero no para que se le rindan culto.
Cada persona es una casa de Dios. No hay que hacerle dios a ninguna persona,
ni menos aún a ninguna cosa. Ignorar estos dos realidades dolorosas hacen
azotar a muchas vidas, porque le hacen olvidar también de lo que tienen de
mejor como seres humanos: amar. Le hacen olvidar que son capaces de amar. Y
lo dejan abandonados en calles estrechas y frágiles, sin luz.
EN LA CASA DE DIOS HAY PERDÓN
Si la casa de Dios es toda persona, allí debe haber misericordia y perdón.
¿Alguien puede decir que cree en un Dios que todo sea obligación sin
derechos o carga sin alivio?. ¿Un Dios que sea celoso de sus normas morales,
pero sin perdón?.
Leí una vez algo que es capaz de edificar el espíritu y devolver la
confianza en el Dios que está en la gracia del hombre creado. La fiesta del
2 de agosto: el perdón de Asís.
El 2 de agosto todos los que entran a la Iglesia de Santa María degli Angeli
y en algunas otras iglesias, por conversión del papa Inocencio III en un
primer momento y de Honorio III después, reciben la indulgencia plenaria.
Ahora este privilegio es extendido a todos.
En 1216, en pleno período de cruzadas, todo el pueblo cristiano, estaba bajo
la amenaza de los musulmanes, a quienes los cristianos los veían como
verdaderas bestias negras, el imperio del mal al que era necesario
aniquilar. Hasta se había bendecido la espada del cristiano para que pudiera
matar “al mal”.
Corría el año 1217. Inocencio III se encontraba en Perugia organizando la
cruzada y mucha gente pedía audiencias para verlo. Un día, entre tantas
personas, se presentó un jovencito: Francisco, un hombre joven de Asís.
Pidió hablar con el Papa.
Lo introdujeron sonriendo, por que daba algo entre risa y ternura aquel
pobre frailecito.
San Francisco, con la cara serena, típica de los santos, le dijo al Papa:
-Tú, Papa, le concedes indulgencia plenaria a aquellos que quieren
reconquistar, para la devoción de los fieles, el pedazo de tierra que fue
sepulcro de Jesús y donde sólo estuvo por tres días. ¿No podrás conceder tal
indulgencia, a aquellos que visiten la Porciúncula, allá en Asís, para
venerar a la Virgen, en cuyo seno no estuvo por tres días sino por nueve
meses?.
El Papa, al comienzo lo miró con desconfianza, pero después comenzó a pensar
en lo que Francisco estaba diciendo con mucha soltura.
Mientras tanto, algunos consejeros papales, le susurraron al oído:
—Piénsalo bien Santidad, si concedes esta indulgencia comprometes, o por lo
menos, desvalorizas las que diste para los que van a Tierra Santa- le decían
al Papa sus consejeros.
Pero el Papa, fascinando por la figura no violenta de Francisco, se la
concedió.
Ya en el año 1219, Francisco buscó más de una vez no invadir a los
musulmanes, sino a convencerlos. Exhortaba a predicarles por el arma
positiva del Evangelio. No lo escucharon. San Francisco entró al campamento
del sultán Menelek y le llevó un mensaje de paz: “Los sarracenos son
nuestros hermanos y debemos amarle mucho. Tenemos el mismo Dios”.
El perdón y la paz son normas efectivas de encontrar a Dios en su casa más
confortables el corazón del hombre.
LA VENTANA Y EL ESPEJO
Quizá haya llegado para mi vida, el momento de la conversión. Dios no es
alguien más que deba dejarlo más tiempo en la sala de espera de los que debo
recibir. Por eso, el hombre, no puede hacer esperar a su prójimo, que es
donde habita siempre Dios.
Un hombre había juntado una riqueza tal que comenzó a despreciar a sus
semejantes. Entonces, un sacerdote amigo fue hasta él y le dijo:
—Mira por tu ventana, afuera. ¿Qué ves?.
—¡Hombres!. ¿qué quieres que veas?.
—Ahora –le dijo el sacerdote- mira por el espejo. ¿Qué ves?.
—¿Qué otra cosa puedo ver?. ¡A mí mismo!. Respondió.
—¿Ves? –le agregó el sacerdote- la ventana es de vidrio, como también lo es
el espejo. Pero apenas le pones un poco de plata sobre un lado, lo único que
ves es a ti mismo.
No sólo la plata transforma al vidrio espejo de sí mismo. Puede ser también
la envidia, los celos, el deseo de poseer, de vales más, de tener poder.
Dile esta noche al Señor, al despedirte del día:
“Señor, que visite cada día el Sagrario, donde está tu Cuerpo, tu Alma, tu
Sangre y tu Divinidad. Pero, Señor, que no me olvide de tu otra casa: la de
mi prójimo, la de mi hermano, la de todo hombre.
Haz que hoy me mire primero en el espejo, para que en esta historia me
reconozca también a mí mismo.
Y después... después que sepa mirar tras el vidrio de mi ventana”.
Pbro. Dr. Ariel David Busso
Agosto 2003
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