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Sobre la libertad
“Quien quiere conservar limpio su jardín,
no reserva una parcela para sus
malezas”
Dag Hammarskjold
Dice san Pablo: “Ustedes, que eran esclavos del pecado, han obedecido de
corazón a aquél modelo de doctrina al que fueron entregados” 1
La libertad es una característica esencial del testimonio que los discípulos
de Jesús deben dar al mundo, para que de los “gemidos” de los dolores de
parto, salga el “hombre nuevo”.
Es cierto que esta afirmación puede ser equívoca. Ya san Pablo ponía en
guardia sobre los posibles malentendidos en los propósitos:
“Ustedes hermanos han sido llamados para vivir en libertad, pero procuren
que esta libertad no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales:
háganse más bien servidores los unos a los otros, por medio del amor...” (2)
Una numerosa colonia de perdices se había establecido al borde de un bosque.
Pero un cazador se dio cuenta de esa presencia y tendió sobre ellas una gran
red. Una vez prisioneras de las mallas de la red, las desafortunadas
perdices se debatieron en vano para salir.
Una perdiz, más sabia que las demás, juntó a las perdices capturadas y buscó
de enseñarles una táctica para poder salvar la vida.
-Hermanas mías –dijo- estén bien atentas. Ustedes han visto como caen de
improviso las redes del cazador en el prado. Ahora que estamos dentro,
debemos simplemente enfilar la cabeza entre las mallas de la red y después
batir las alas con fuerza todas juntas. De este modo vamos a lograr levantar
la red y dejarla sobre las ramas de un árbol.
Todas las perdices pusieron la cabeza entre las mallas de la red y
comenzaron a mover las alas con todas sus energías. La red voló con ellas
hasta llegar a la cima de un roble.
Allí, apoyada como un viejo trasto inútil, la encontró el cazador al día
siguiente.
Algunos días después, otro grupo de perdices picaban en el prado buscando
insectos y tiernas semillas. Improvistamente la red del cazador cayó sobre
ellas.
—Escuchen hermanas —dijo una de las perdices— sabemos qué debemos hacer para
liberarnos, recordando lo que había sucedido tiempo atrás. Hagamos pasar
nuestras cabezas a través de las mallas de la red y después cuando cuente
hasta tres, comenzamos a aletear todas juntas. ¿Están prontas? Uno, dos...
—No veo por qué tenés que ser vos la que mande! —la interrumpió bruscamente
otra perdiz. Yo soy la más fuerte me toca a mi mandar.
—¿Y eso? —grito otra— me toca a mi porque soy la más anciana
—¿Y vos quién te pensás que sos? —dijo otra perdiz. No tengo ninguna
intención de estar bajo el mando de ninguna de ustedes.
—Yo tengo más experiencia –replicó la primera- es normal que sea yo quien
mande. una, dos…
—Me toca a mí, yo tengo que dar la señal —insistió otra—.
—No, a mi me corresponde —replicaron varias—.
—Por favor, escuchen —suplicó otra perdiz más sensata— el cazador no
tardará. Pongámonos de acuerdo.
Pero las perdices ya no escuchaban nada. A plumas revueltas luchaban a
fuerzas de pico, de arañazos furibundos y lanzando agudos chillidos. En
medio de aquél desorden llegó el cazador que, estrechando la red, pudo sacar
una a una las perdices y ponerlas en la bolsa, donde continuaron a picarse e
insultarse.
Sólo la libertad que conduce a la concordia salvará al mundo. Vivir en
libertad no es desenfreno e individualismo.
EL DISCURSO DE LA LIBERTAD
El discurso de la libertad es tan delicado como esencial. Por eso, para
sostener una vida cristiana auténtica, el cristiano está llamado a vivir un
estilo particularmente genuino y transparente. Esta es una característica
del “hombre nuevo”, del que vive en la “nueva humanidad” restaurada en
Cristo.
¿Cómo se articula y se expresa concretamente la libertad del cristiano?
Precisamente porque pretende ser tan clara y tan fuerte que debe ser sostén
de la Gracia que participa y administra, debe entonces excluir equívocos.
Estas dos características son claves en la vida del seguidor de Cristo:
claridad y fortaleza. Claridad para saber cuál es el origen de la libertad;
fortaleza para que la esclavitud no asome ante la primera debilidad.
Para san Pablo el concepto de libertad es nítido. Sólo la Nueva Ley salva de
la esclavitud de la antigua.
“Esta es la libertad que nos ha dado Cristo. Manténganse firmes para no
caer de nuevo bajo el yugo de la esclavitud” .(3)
Las cuatro figuras de la libertad
Tal vez se pueda intentar, en cuatro observaciones fundamentales, las
características típicas de la libertad que hacen del “hombre nuevo” un
verdadero seguidor de Cristo, según el Evangelio. Son cuatro figuras de las
que necesariamente debe formar parte el intelecto, la voluntad y “todo el
corazón”.
La primera es: “La libertad frente a”
Frente al Dios misericordioso no tenemos vínculos de esclavos. La ley ha
sido interiorizada y hemos sido educados en la obediencia en la forma de
gratitud. Es la libertad como libre adhesión de la voluntad de un hijo y de
un amigo. La filiación y la amistad se mueven libremente frente al padre y
al amigo. Sólo el respeto a la intimidad del otro le hacen descalzar al
introducirse en las cuestiones paternales y amicales. Lo demás es plena y
segura libertad.
Se distingue claramente el cristiano que experimenta la libertad frente a
Dios porque le ama y se transforma entonces en eficaz herramienta de su vida
espiritual. Los amigos son sensibles protagonistas de la actitud que cada
uno posee frente al Dios que dice creer. El ha respondido libremente a la
llamada de Dios. Es libre, por eso no tiene ataduras para estar frente al
Padre y Señor.
La libertad “frente a” es la que tuvieron y tienen los santos cuyos ejemplos
nos edifican siempre, tales como, Charles de Foucauld, Tomás Moro, Ceferino
Namuncurá, Enrique Shaw (ACDE).
Esta “libertad frente a Dios”, es la que se refiere san Pablo cuando dice:
“¿No soy yo libre? ¿No soy yo apóstol?” (4)
Nunca se logra fácilmente la libertad frente a Dios. Sin duda que el dolor,
descompone muchas veces el sentimiento de esta libertad que otorga la
fortaleza. Atados a muchas cosas vanas que parecen imprescindibles, luego
del inicial dolor al dejarlas, la libertad adquirida es inigualable.
La última parte del “Diario de un cura rural”, de Georges Bernanós, relata
una jornada –la última de la vida del cura– donde inicia una visita a un tal
Dr. Laville. El joven sacerdote se equivoca de médico: en vez de ir a lo del
Prof. La Vigne se presente a un tal Dr. Laville, oscuro practicante de
barrio. La visita se desarrolla en forma evasiva, el médico tiene palabras
tranquilizadoras para el paciente. El cura se va, pero se olvida la receta
de las prescripciones y al entrar, sin llamar al consultorio para
llevárselas, sorprende al médico en el momento en que está practicándose una
inyección de morfina. Tras la sorpresa primitiva, termina por crearse entre
ambos un espíritu de confidencia, y las dos almas se abren: el médico
termina diciéndole al paciente que su pronóstico es la muerte, en el giro de
pocos meses.
Apenas sale de lo del médico, el cura se refugia en una iglesia desconocida,
llena de fieles. No puede concentrarse en la oración: irritado por la
presencia del gentío siente en sí mismo la aridez del espíritu ¡Justo en el
momento en que tiene más necesidad de la ayuda de Dios! La agonía precede a
esta nueva purificación del alma.
Entra en un bar de ínfima categoría. Él, que viene lleno de angustia por la
muerte cercana, vive la soledad de Getsemaní.
Por la noche pierde el tren que lo llevaría a su casa y como no tiene más
dinero, pide la hospitalidad a un antiguo compañero de seminario que,
habiendo sido sacerdote, ha dejado tristemente el ministerio. Este, con gran
alegría, pone todo lo que está a su alcance a disposición de su amigo. Vive
en una pocilga. La soledad de éste quiere acercarse al amigo que llega, pero
del cual desconoce la gravedad de su estado. El huésped improvistamente se
siente mal, tiene un desmayo y abundante hemorragia.
Se enfrenta mucho antes de lo pensado con la muerte.
Lo que caracteriza la muerte del joven sacerdote es la sordidez del ambiente
en los últimos instantes de su existencia, el neto contraste con los
tiernísimos sentimientos que abrigó en su vida. Son los sentimientos de un
sacerdote extraordinario frente a la muerte, a la vida, a la angustia, a la
alegría.
Frente a la muerte el cura se comporta como Santa Teresita de Lisieux: “Si
tengo miedo lo diré ¿Por qué no?” En ese estado no envidia a los grandes
héroes y piensa que su ángel custodio reiría si se presentase disfrazado de
héroe delante de Dios. El sabe que no es un súper hombre; siente una
terrible angustia; ofrece su agonía como el más bello acto de amor,
consciente de que Jesús, en la angustia de la cruz, ha cumplido
perfectamente su propia humanidad, perdonando y justificando a sus verdugos.
En ese momento recuerda de haber amado a mucha gente, y de haber amado a
veces ingenuamente a muchísimas almas; siente sobre su lecho de muerte que
esta tierra de los vivos le fue dulce, dulcísima. Le vienen sentimientos de
piedad por la infeliz criatura que lo asiste. Esta extraña agonía, que él
nunca esperó, le merece una de las gracias más consolantes de toda su vida:
la reconciliación con sí mismo y que a su vez es la reconciliación con Dios.
Los últimos instantes de la vida del cura los conocemos a través de la carta
del amigo ex-sacerdote a otro sacerdote: Las circunstancias privan al
moribundo de recibir el viático; le pide al amigo que le alcance el rosario
que lo estrecha en el pecho; pide al ex sacerdote que lo absuelva de sus
pecados y como este expresa su lamento porque no puede darle la Unción, el
sacerdote responde: “Pero ¿qué dices? Todo es gracia”, a la manera de
Teresita del Niño Jesús.
Ser “siervos en el amor” es cosa de Dios; hacerse “siervos por amor” es
cuestión nuestra. Siempre hay un momento en la vida del apóstol en que
deberá ser sensible a esta opción. Liberarse de todo para no ser esclavos
frente a Dios.
La segunda es: “Libertad en”
Esta segunda figura de la libertad apostólica es aquella que se expresa en
la dedicación al Evangelio.
Tal vez, la rutina, el cansancio o, lo que es más terrible aún, el hastío,
produzca la rotura interna del apóstol. La costumbre de “trabajar” y hacer
siempre lo mismo, sin profundizar el misterio que conlleva, produce la
rutina y esclaviza al cristiano a su propio “terrible cotidiano”. Quizá se
refiera a esto el poeta León Felipe cuando expresa en sus versos:
“Yo nunca quisiera rezar
como el sacristán los rezos…
Para enterrar cualquiera sirve, cualquiera,
menos el sepulturero”.
Tener libertad “en la fe que no ha adquirido”: esa es la cuestión. Supone
conocimiento de, obediencia de, cuidado de, presencia de, ternura de. La
libertad “frente a” es presupuesto esencial para tener “libertad en”. El
trabajo por amor, y no por otro motivo, es serena consecuencia de la
libertad de ser y sentirse hijo y no esclavo de Aquel que es Amor.
San Pablo es conciente de su libertad al predicar a Jesucristo, y por ello
no escatima de pedir un lugar en los sentimientos de los suyos, como prenda
de reciprocidad.
“Háganme un lugar en sus corazones. Nosotros no hemos perjudicado ni
arruinado ni explotado a nadie. No digo esto para condenarlos: como ya les
dije, ustedes están en mi corazón, unidos en la vida y en la muerte. Yo
siempre les hablo con toda franqueza y tengo sobrados motivos para gloriarme
de ustedes. Esto me llena de consuelo y me da una inmensa alegría en medio
de todas las tribulaciones” (5).
Se puede solicitar algo al otro cuando alguien se siente libre “en” el otro.
“A Dios con humildad, hablarle como a Padre”,
recomienda santa Teresa de Ávila
Se debe vivir cómodamente en el amplio espacio de lo que conseguido, por la
Gracia de Dios. Los escrúpulos y culpas indebidas son lastres del hombre
viejo, que deberán desaparecer y sólo dejar lugar al reflejo de la
misericordia.
Y puede hacerse. Hay fuerzas dentro de uno mismo que empujan a la libertad.
Un cuervo solía posarse en la cabeza de un elefante cerca de un pantano y se
alimentaba de los pequeños insectos que picaban al enorme mamífero. Pronto,
el elefante y el cuervo se hicieron amigos. Un día, en una de sus charlas,
el elefante le confesó al cuervo:
―¿Sabes?, me das mucha envidia. Desde que era pequeño y veía a los pájaros
volar a mi alrededor, suelo pensar en lo maravilloso que será volar. Sería
genial elevarse sobre el río, saltar de un árbol a otro en la jungla, ver
pueblos y paisajes desde la altura.
―¿Y por qué no me lo has dicho antes? ―dijo el cuervo―. Si volar es
facilísimo. ―Y con esto se arrancó una pluma con el pico y se la dio al
elefante―. Toma. Esta pluma te ayudará a volar.
El elefante tomó la pluma con la trompa. No se lo acababa de creer.
-¿Estás seguro de que puedo volar con esto?
―Claro que sí ―le aseguró el cuervo―. Tan sólo tienes que sujetar bien la
pluma con la trompa y mover tus enormes orejas tan rápido como puedas. Así
de fácil es. Si no me crees, no tienes más que intentarlo.
El elefante buscó un claro, agarró la pluma con todas sus fuerzas y empezó a
agitar las orejas a gran velocidad. Su enorme cuerpo empezó a levantarse del
suelo. Sin darse cuenta, había empezado a volar por encima de los árboles.
Visitó pueblos y ciudades y observó a las personas desde el aire. Cruzó ríos
y lagos sin mojarse y se lo pasó en grande. Después de algún tiempo, volvió
a donde su amigo el cuervo, que lo estaba esperando para felicitarle.
―No te puedes hacer una idea de lo mucho que has cambiado mi vida ―le dijo
al cuervo―. Aquí tienes tu pluma. Muchísimas gracias por prestármela.
―Ah… ¡la pluma! ―dijo el cuervo―. ¿Sabes?, en realidad la pluma no te hacía
falta. Es una pluma que me iba a quitar de todas formas. Si te digo la
verdad, la pluma no tiene ningún poder especial. Lo que te ha hecho volar ha
sido la fuerza de tus orejas. Pero sabía que si te lo decía te iba a parecer
ridículo y ni siquiera ibas a intentarlo. Así que te di algo en que creer… y
¡qué mejor que esta pluma!
La tercera es: “Libertad de”
Esta tercera figura se agrega necesariamente a las anteriores.
El cristiano no se desata de muchas cosas para atarse a otras. Él debe ser
libre de las cosas y libre de sí mismo. De esto toma alimento la noción de
pobreza y de humildad, típicas de la condición cristiana.
Se trata de la libertad de todo ligamen, léase del dinero, de los ladrillos,
de su propio cuerpo o del ajeno, de los honores, del poder, de la carrera,
de los sucesos de la vida de los otros. Esta libertad es recibida y
alimentada en la vida del cristiano transformándose en una transparente
predicación del Evangelio que no necesita de las palabras.
La capacidad de moverse, de elegir el tipo de movimiento que vamos a
realizar, así como el tiempo y el lugar en que llevarlo a cabo… la
consideramos como algo fundamental en la vida. Su valor sólo lo calibramos
cuando nos vemos privados de ella.
El lobo y el perro
Era un lobo, y estaba tan flaco, que no tenía más que piel y huesos: tan
vigilantes andaban los perros de ganado. Encontró a un perro, un perro
rollizo y lustroso, que se había extraviado. Pensó en acometerlo y
destrozarlo, cosa que hubiese hecho de buen grado el señor lobo; pero había
que emprender singular batalla, y el enemigo tenía trazas de defenderse
bien.
El lobo se le acerca con la mayor cortesía, entabla conversación con él, y
lo felicita por sus buenas carnes.
―No estáis tan lucido como yo, porque no queréis, contesta el perro; dejad
el bosque; los vuestros, que en él se guarecen, son unos desdichados,
muertos siempre de hambre. ¡Ni un bocado seguro! ¡Todo a la ventura!
¡Siempre al atisbo de lo que caiga! Seguidme, y tendréis mejor vida.
Contestó el lobo:
―¿Y que tendré que hacer?
―Casi nada ―repuso el perro―, acometer a los pordioseros y a los que llevan
bastón o garrote; acariciar a los de casa y complacer al amo. Con tan poco
como es esto, tendréis por gajes buena pitanza, las sobras de todas las
comidas, huesos de pollos y pichones; y algunas caricias, por añadidura.
El lobo, que tal oye, se forja un porvenir de gloria, que le hace llorar de
gozo.
Camino haciendo, advirtió que el perro tenía en el cuello una peladura.
―¿Qué es eso? ―le preguntó
―Nada.
―¡Cómo nada!
―Poca cosa.
―Algo será.
―Será la señal del collar a que estoy atado.
―¡Atado! ―exclamó el lobo―; pero ¿Cómo? ¿no vas y venís a donde quieres?
―No siempre, pero eso, ¿qué importa?
―Importa tanto que renuncio a la invitación, y renunciaría al mayor tesoro
por ese precio.
Y echó a correr. Y aún está corriendo.
Jean de La Fantoine, Fábulas escogidas.
“Yo de nadie codicié plata, oro o vestidos” (6) les recuerda san
Pablo a despedir a los presbíteros de Efeso, reafirmando su entera libertad.
Jesús tuvo la previsión de preparar a un grupo de seguidores, libres de
condicionadas exigencias, disponibles de ir siempre “más allá” de las
ventajas y pretensiones personales, ocupados en distribuir el don gratuito
recibido.
“A estos
Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: “No vayan a regiones
paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a
las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el
Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los
muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han
recibido gratuitamente, den también gratuitamente. No lleven encima oro ni
plata, ni monedas. Ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni
calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento” (7) .
Estar “libres de”, suelta el alma hacia horizontes más amplios que el de su
siempre limitada visión.
En su libro “La ciudadela”, Antoine de Saint Exupery, comparó el encuentro
de esta libertad con el mar, observando a los que cruzaban el desierto y que
al momento de su llegada al mar, experimentaban la sensación de libertad
provocada por la inmensidad.
“Conozco a los que buscan el mar
al paso lento de sus caravanas,
y que necesitan el mar. Y cuando llegan, se maravillan.
Y sus corazones son lavados de la esclavitud de las cosas pequeñas.
Entonces cargan provisiones de inmensidad.
Y traen a su casa la felicidad plena que han encontrado.
Y en la casa se cambia porque existe en algún lugar.
La salida del sol en la llanura, y el mar.
Porque todo se abre a algo más amplio que uno mismo.
Todo se hace camino y ventana sobre algo distinto de uno mismo”.
José Eduardo Verástegui nació en 1974 en México. Es un productor, actor y
cantante. Fue integrante de un grupo musical y también logró ser conocido
por modelar para marcas importantes de ropa como Calvin Klein. Después actuó
en varias telenovelas en México y también lo hizo en un capítulo de la
famosa serie estadounidense Charmed.
Verástegui se convirtió al catolicismo después de actuar en la película
Chasing Papi, filmada en Hollywood, en ocasión de aprender mejor inglés y su
profesorea le hizo reflexionar sobre el vacío de su vida. Al darse cuenta de
esto, según sus palabras se sintió "temblando por dentro". Un sacerdote lo
empezó a ayudar y le ofreció unos libros que le fueron descubriendo la
belleza de la vida cristiana. Comenzó a asistir a misa diaria y otro
sacerdote le propuso una confesión general. Tras una larga preparación,
Verástegui hizo una confesión de tres horas de duración. Es lo que el actor
considera su segundo momento de conversión. "Comprendí que no había nacido
para ser actor u otra cosa, sino para conocer, amar y servir a Jesucristo."
Entonces, con la audacia del converso quiso vender todos sus bienes e irse a
Brasil como misionero, pero uno de los sacerdotes le hizo ver que donde
debía estar era donde ya estaba: Hollywood. Allí Cristo era más necesario
que en la jungla. Así, Verástegui creó la Productora Metanoia Films para
hacer películas al servicio de la esperanza y la dignidad humanas. “Bella”
es la primera cinta de esta compañía, que se ofreció a Nuestra Señora de
Guadalupe y que ganó el Festival de Toronto contra todo pronóstico. Ha
creado también un estudio bíblico para actores y directores, un lugar de
encuentro en Hollywood para los que buscan algo más que la fama.
Desde hace cinco años, el famoso "latin lover" vive feliz y radiante en
castidad, se siente libre, reza el rosario y va a misa a diario, y se ha
convertido en un referente contracultural en los corrillos de Hollywood.
Verástegui se ha involucrado de manera muy activa en la lucha contra el
aborto, que considera un crimen contra la humanidad y la mujer. Para ello ha
participado en numerosas campañas de oposición al aborto. Acaba de dar una
serie de charlas en Asunción del Paraguay y en otros países.
La cuarta y última es: “Libertad para”
Esta es la cuarta figura de la libertad del cristiano. Anunciar el Evangelio
con autoridad quiere decir –necesaria y contemporáneamente- exhibir el
testimonio de un amor fraterno e incondicionado. La palabra apostólica no
persuade, y entonces queda estéril, si no está acompañada del testimonio de
la divina caridad. O mejor dicho nunca prende la semilla si existe sospecha
de que el que la anuncia posee algún interés personal o espurio al hacerlo.
En síntesis, si el cristiano posee un interés distinto al de la caridad.
La libertad es para el amor. Y es su condición indispensable.
El cristiano custodia y cuida la propia libertad para poder amar en
plenitud. Por eso no puede transformar la vida en un escuálido séquito de
lamentos por lo que le toca hacer. Los lamentos y las quejas se revelan muy
pronto en inquietantes desilusiones.
Un día, el diablo organizó una feria para la exposición y venta de sus armas
y de los más sofisticados instrumentos para tentar a los seres humanos.
Durante muchos días, sus secuaces se pusieron a preparar el stand,
arreglaron faros y luces, desenrollaron la moquet, extendieron alfombras
para exponer de un modo llamativo las últimas invenciones diabólicas. Allí
se encontraban todos los dispositivos para todas las categorías de pecados.
Sobre todo para los siete pecados capitales: lo más lujoso para tentar a la
soberbia, a la avaricia, a la gula, a la ira, a la lujuria, a la envida, a
la pereza…
Junto a los dispositivos había también montañas de catálogos, folletos,
videos, etc. Los carteles con los precios estaban bien visibles, algunos de
ellos con el respectivo descuento como corresponde a una feria que se precie
como tal.
Pero en el grande y suntuoso stand había una vitrina misteriosa. Contenía
una pequeña llave dorada sobre un almohadón de terciopelo rojo. Era el único
objeto que en lugar de tener el cartel con el precio tenía una tarjeta que
decía: “no está en venta”.
Uno de los visitantes sacando una tarjeta de crédito muy sofisticada quería
saber a toda costa para qué servía esa llave y manifestaba para quién quería
oirlo que estaba dispuesto a pagar cualquier precio. Frente a esa obstinada
insistencia, los secuaces fueron a llamar al Principal. Después de un buen
tiempo de espera, como suele hacer el diablo para darse importancia, llegó
precedido por el inconfundible olor a azufre. Con sus modos sutiles y
falsamente gentiles, el diablo le dijo al cliente visiblemente interesado
que esa llave era muy querida en el infierno, que no tenía precio y que él
la tenía para sí porque le permitía entrar en el alma de cualquiera.
Cualquiera que fuese el grado de la fe de la persona, de su santidad, de su
edad, esa llave prodigiosa funcionaba siempre.
El cliente era muy insistente, y al fin, el diablo, no obstante su astucia,
no pudo mantener el secreto. Y a media voz, confesó:
“Esta llave es el desaliento”.
El que está desalentado mortifica, llega a odiarse a sí mismo y a los otros.
Porque está herido, hiere a su vez. El desaliento es contrario a la libertad
porque aprisiona.
“Si Dios está
con nosotros, quién contra nosotros” (8)
Es necesario hacer la meditación de nuestras ataduras y esclavitudes con
lucidez y coraje, la falta de libertad del apóstol provoca serios daños e
innecesarias parálisis a la evangelización.
Libertad y dignidad van unidas en el hombre. Toda persona consciente de su
dignidad se ve instada a defender su libertad, no sólo la “libertad de
maniobra o movimiento”, sino también, y sobre todo, la libertad interior.
Ésta debemos conquistarla a diario.
Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.
Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho; dan espuma mis venas,
y entro en los hospitales, y en entro en los algodones como en las azucenas.
Para la libertad me desprende a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos, de mi casa, de todo.
Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada,
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.
Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo a cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño,
porque aún tengo la vida.
Miguel Hernández, “El hombre acecha”
“Señor, ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes,
y a no decir mentiras para ganar el aplauso de los débiles.
Si me concedes fortuna, no me prives de la felicidad;
si me das fuerzas, impide que pierda la razón;
si me das éxito, otórgame también humildad.
Si me das humildad, líbrame de despojarme de la dignidad.
Ayúdame a ser siempre el otro lado de la medalla.
No me permitas culpar de traición a los demás cuando no precisan lo mismo
que yo.
No me dejes caer en el orgullo del triunfo ni en la desesperación del
fracaso.
Concédeme pensar que perdonar es lo más grande que tiene el fuerte, y que la
venganza es la señal primitiva del débil.
Si me quitas lo que tengo, déjame la esperanza.
Si me quitas el éxito, déjame la fuerza.
Y si en mi vida yo he ofendido a alguien dame valor para pedir disculpas”.
Amén.
Pbro. Dr. Ariel David BUSSO
PASCUA, 2010
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(1) Rom. 6,17
(2) Gal 5,13
(3) Gal. 5,1-6
(4)
1Cor 9,1
(5)
Cor.
7,2-4
(6)
Hech 20,33
(7) Mt 10,5-10
(8) Rom 8,31
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