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El perdón creativo
por el Pbro. José Manuel Fernández
Nuevamente
Dios providente nos dona la alegría de iniciar el camino cuaresmal que nos
conducirá a la celebración de la Pascua del Señor y la nuestra personal. El
evangelio del Miércoles de Ceniza denuncia la actitud de hipocresía que se
daba en los fariseos, quienes buscaban solo aparentar. Estos cuarenta días
deben ser de desierto. Bíblicamente éste es el lugar de la intimidad y del
encuentro, pero también de las tentaciones y las pruebas. Dejémonos seducir
por el Todopoderoso que nos quiere “hablar al corazón”. Los cuarenta días
debieran estar marcados por la conversión, que no es otra cosa que darle la
espalda al pecado para volver a darle la cara a Dios. La escritora María
Esther de Miguel en su libro de memorias titulado “Ayer, hoy y todavía”
precisaba que convertirse es “despedirse y entregarse”, esto es, decir adiós
a la maldad destructiva y enamorarse de la tierna bondad creadora de Dios.
El salmo 50 sobre el que meditaremos, es llamado “Miserere”, súplica
penitencial por excelencia. En sus primeros versículos se recogen los tres
términos hebreos que habitualmente emplea el Antiguo Testamento para
designar al pecado, y las tres palabras adoptadas para designar a la
misericordia. Es que según la Sagrada Escritura, no se puede hablar del
pecado del hombre sin hacerlo contemporáneamente respecto de la misericordia
divina.
La primera palabra (feshà) indica un acto de rebelión e infidelidad.
Contiene en modo acentuado la idea de hostilidad y rencor. Podría traducirse
con el término “traición”: “¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu
gran compasión, borra mi traición” (v.3). Esto significa que entre Dios y el
hombre existe una alianza que es rota por el pecado. Su nota de relieve es
la ingratitud.
El segundo término (‘awon) es traducido comúnmente por “culpa”: “¡Lávame
totalmente de mi culpa! (v.4). No indica tanto el acto de transgresión sino
una situación de desorden que hace de la vida un fardo pesante. Se lee en el
salmo 38,5: “Me siento ahogado por mis culpas: son como un peso que supera
mis fuerzas”. La tercera expresión (chatta’) significa errar el camino o
fallar al blanco. El pecador cree alcanzar la meta pero en realidad, con su
falta va al encuentro del vacío y la desilusión, características estas de lo
que en esencia es el pecado. Desde las primeras líneas del salmo 50, el
salmista usa tres imágenes que expresan ulteriormente el concepto del
pecado: borra, lávame, purifícame (vv.3-4).
El salmista espera confiado la intervención recreadora de Dios. Sólo él está
en grado de renovar al hombre: “Crea en mí un corazón puro, renuévame por
dentro con espíritu firme” (v.12). El verbo usado es “bara” (crear): un
verbo que la Sagrada Escritura adopta con parsimonia y siempre para indicar
una acción exclusiva, extraordinaria y salvifica de Dios: la creación del
cielo y de la tierra, la liberación del pueblo de Dios en Egipto, la
creación de los cielos nuevos y la tierra nueva. Toda esta potencia divina
es necesaria para arrancar del corazón del hombre, el dominio del pecado.
Así el perdón divino no es sólo un gesto de bondad, sino de fuerza que
cambia el corazón y lo libera de la esclavitud. El perdón es liberación.
Pero este poder de Dios puede ser en cierto modo anulado por nuestra
caprichosa libertad, tal como sucede con el siervo de la parábola (Mt 18,
23-35), que obteniendo la condonación de una deuda inmensa no ha querido
perdonar la pequeña deuda de su compañero de trabajo.
El Antiguo y el Nuevo Testamento son unánimes en el afirmar que el sentido
del pecado se hace claro sólo en el contexto de una experiencia de fe. Para
captar la gravedad del pecado se necesita de una luz que venga de lo alto.
Adán se avergüenza de su pecado al escuchar los pasos de Dios (Gen 3,10).
Cuando Pedro intuye la grandeza de Jesús, es ese el momento en que se
proclama pecador (Lc 5,8), al igual que el publicano Zaqueo (Lc 19,8). Y
cuando es alumbrado por Cristo, Pablo se descubre como el hombre que vive en
las tinieblas (Hech 9,8). Es lícito concluir que cuando la humanidad pierde
el sentido de Dios, pierde igualmente el sentido del pecado. Confrontándose
consigo mismo y con los propios ideales, el hombre puede descubrir sus
propias incoherencias, pero no el sentido cristiano del pecado en toda su
extensión y profundidad. Afirmaba Pío XII el 26 de octubre de 1946, en un
Radiomensaje al Congreso Catequístico de Boston (Estados Unidos) que el
pecado de nuestro siglo es que ha perdido la noción de pecado” .
Junto a esta experiencia de pecado, el salmista indica una segunda vivencia,
que es la de la misericordia de Dios, en la cual el hombre siempre puede
confiar: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi
espíritu” (v.12). El autor sagrado espera confiado la intervención con la
cual Dios lo puede recrear y hacer nuevo por dentro. El verbo usado es
“bara” (crear), y la Biblia lo adopta para indicar una acción exclusiva,
extraordinaria y salvifica del Absoluto. Toda esa potencia divina es
necesaria para hacer desaparecer del corazón del hombre, el dominio del mal.
Es que el perdón divino no es nunca sólo un gesto de bondad, sino de
potencia que cambia el corazón. El perdón es liberación, aunque ésta puede
ser anulada por nuestra caprichosa libertad.
¡Qué maravilla cuando descubrimos lo que la Palabra de Dios quiere expresar
con la misericordia! El primer término hebraico para hablar de ella es
“hanan” e indica el gesto de quien baja la mirada para manifestar cercanía.
Su nota esencial es la gratuidad acompañada de señorial discreción que no
humilla sino que levanta a quien la recibe.
La segunda palabra: “rahamin” evoca al seno materno y alude a aquel
sentimiento de apasionada ternura de toda madre, tal como se lee en Is
49,15): “¿Puede quizás una madre olvidarse de su niño o no tener compasión
hacia el hijo de sus entrañas? Aunque una madre se olvidara de su hijo, yo
no te olvidaré”.
Por último “hesed”, podría traducirse por “solidaridad fiel y obstinada”. Si
el pecado del hombre es obstinación, no menos insistente es la misericordia
divina. El hombre bíblico experimenta su falta y la misericordia divina “al
mismo tiempo”, y es en ese momento cuando encuentra el coraje de la verdad y
la serenidad del perdón. Quien no sea capaz de admirar el perdón de Dios
corre el riesgo de caer en la angustia del humano error. Quien no ve la
seriedad del pecado vive en la mentira. Las palabras de Jesús a los
pecadores son siempre: “Vete y no peques más” (Jn 8,11). “No pecar más”
indica la gravedad de la culpa, y el “vete” implica el perdón. Pero primero
el perdón, y luego la advertencia.
Relataba un misionero que había estado evangelizando en Papúa
Nueva Guinea, que el jefe de la tribu indígena de los kanakas había sido
alcanzado por la gracia divina y se había convertido al catolicismo. Un día
el sacerdote se lo encontró con el torso desnudo frente al sagrario.
Asombrado por este gesto le preguntó: “¿Qué haces de este modo frente al
Santísimo?”. El hombre respondió: “Me estoy bronceando el alma”. Me parece
que la enseñanza es de una gran hondura espiritual. Había comprendido que
ese Cristo que se había proclamado “luz del mundo” desde el tabernáculo le
transmitía esa calidez que le doraba el alma. Podríamos tal vez también
ponernos delante de la Eucaristía en actitud de adoración, y meditando el
salmo 50 dejar que el Señor nos abrace con sus rayos luminosos plenos de
misericordia sanadora.
En Cuaresma hagamos la experiencia de ejercitar la misericordia, purificando
nuestra memoria: no recordando el mal que nos puedan haber infligido otros
sino orando por los enemigos. Ojos misericordiosos que no se alimenten de
sospechas ni juzguen por las apariencias externas, sino que sepan admirar lo
bello y bueno que exista en el prójimo. Oídos misericordiosos que no sean
indiferentes ante el gemido de quienes sufren o claman nuestra atención.
Lengua misericordiosa que no difame ni calumnie, sino que se emplee solo
para alabar a Dios transmitiendo siempre palabras de consuelo y perdón.
Manos misericordiosas que estén abiertas para levantar a quien yace postrado
en el camino de la vida. Corazón misericordioso que participe del dolor de
cualquiera que sufre. Pies misericordiosos que corran siempre al encuentro
del otro, venciendo la indolencia o el cansancio. Haciendo esta experiencia
saldremos de esta Cuaresma pareciéndonos un poco más a Dios.
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