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Hacer nuevas las cosas
por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández
Había un
hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana
Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los
pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las
hermanas enviaron a decir a Jesús: “Señor, el que tú amas, está enfermo”. Al
oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios,
para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Jesús quería mucho a
Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que éste se
encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después
agregó: “Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo”. Cuando
Jesús llegó de Jerusalén se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde
hacía cuatro días. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su
encuentro y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría
muerto”. Jesús le dijo: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en
mí, aunque muera, vivirá”, y al verla llorar a María, él también lloró.
Después gritó con voz fuerte: “¡Lázaro, ven afuera!”. El muerto salió y
Jesús dijo: “Desátenlo para que pueda caminar” (cf. Jn 11,1-43).
El relato de este domingo es la dramatización del tema “Jesús Vida”. “Se
acerca la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz y
saldrán de ellas” (Jn 5,28), y he aquí que Lázaro escuchará el llamado de
Jesús y saldrá del sepulcro. En el diálogo del Maestro con Marta se expresa
la enseñanza principal. Las dos hermanas informaron: “Señor el que tú amas,
está enfermo”. Se trata de una oración respetuosa y discreta. Pero Jesús no
acude inmediatamente, ya que con su presunta pasividad deja que el fruto de
la muerte se consume. Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. En el
antiguo Oriente se sostenía que la muerte se convertía en definitiva luego
de tres días, porque al cuarto comenzaba la descomposición. Sepulcro en
griego se dice “mnemeîon”, que tiene la misma raíz de “memoria” y “muerte”,
al igual que “méros” (parte, herencia) y de “moîra” (suerte). El hombre sabe
que es tierra: de ella procede y a ella volverá. Esta es su suerte, la parte
de su herencia. Pero el Hijo de Dios no ha venido a alterar el ciclo normal
de la vida física, liberando al hombre de la muerte biológica, sino a darle
a ésta un nuevo significado. La enfermedad de Lázaro está destinada a
transformarse en lugar de revelación en el que la potencia de Dios y del
Hijo se manifestará como victoria sobre la muerte.
Al enterarse que Jesús está llegando, Marta corre a su encuentro mientras
María permanece en casa recibiendo las condolencias. Esta costumbre es
antiquísima y en la época de Jesús se practicaba con mucha diligencia,
siendo recomendada por los rabinos. El ceremonial se iniciaba después de la
sepultura, volviendo a la casa del difunto y continuaba por siete días.
Encontrando a Jesús, Marta le dirige un saludo que es al mismo tiempo una
profesión de fe y un tácito lamento: “Señor, si hubieras estado aquí, mi
hermano no habría muerto. Pero yo sé que aún ahora, Dios te concederá todo
lo que le pidas” (Jn 11,21-22). Y como respuesta, las palabras del Maestro
constituyen el corazón del diálogo: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El
que cree en mí, aunque muera, vivirá”. En la fe, la vida presente adquiere
una forma y sentido nuevos: “no morirá más”.
El llanto de Jesús tiene una nota de serenidad. Él se solidariza con el
dolor, no con la desesperación, y su grito: “Lázaro, ven afuera”, hace que
éste recobre su vida física como signo de la definitiva salvación de todo el
hombre y como prefiguración de su misma resurrección. Recuerdo que un día
una pequeña volvía a su casa luego de haber visitado a una vecina a la cual
se le había muerto en un trágico accidente su única hija de ocho años. “¿De
dónde vienes?”, preguntó el padre. “De consolar a la mamá de Agustina”,
respondió la niña. “¿Y qué podías hacer tú tan pequeña, para llevarle
consuelo?”. Y la niña con gran sabiduría y sencillez le contestó: “Muy
simple: me subí en su falda, le acaricié su cara y lloré con ella”.
El escritor franco rumano Emile Cioran afirmaba: “En el día del juicio solo
vendrán pesadas nuestras lágrimas”. Es que como señala el Salmo 56,9: “Tú
recoges mis lágrimas en tu odre”. Las lágrimas derramadas, son acariciadas
por el Señor como si fueran piedras preciosas que conserva en su divino
cofre, para restituirlas transformadas en alegría y luz: “Felices los que
ahora lloran, porque reirán” (Lc 6,21).
Jesús habla de resurrección, no de reencarnación. Ésta es una doctrina
aparecida en la India en el siglo VII a. C e incompatible con la fe
cristiana, pues sostiene que el alma, después de la muerte, se separa del
cuerpo y toma otro cuerpo para continuar otra vida mortal. Además de
destruir la esperanza en la vida eterna es una peligrosa invitación a la
irresponsabilidad, ya que creyendo que se van a tener varias vidas, no se
pondrá gran empeño en el obrar presente. Si como dice el escritor francés
Paul Claudel, “Dios no ha venido a explicar o anular el sufrimiento sino a
llenarlo de sentido”, también podemos afirmar que El no ha venido a destruir
la vida con la muerte sino a darle plenitud, no solo con la inmortalidad del
alma sino también con la resurrección de los cuerpos. Dios no hace cosas
nuevas sino que hace nuevas todas las cosas.
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