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Las estaciones del alma
Por el Padre
Ariel Busso
El año se divide en estaciones. Según el calendario universal son cuatro. En
ellas se resume el paso del tiempo climático y lo estados de ánimo del
hombre peregrino. Pasamos “fríos” en el alma, “calores” de vergüenzas,
“primaveras” del corazón y “otoños de vida”… Es imposible escapar de las
estaciones porque no se puede desviar el paso del tiempo.
El alma tiene sus estaciones. No son las cuatro anuales conocidas. Se trata
de los pasos voluntarios para el encuentro de la verdad de las cosas.
Cuando me detengo a pensar cuales fueron en estos últimos años, seleccioné
cuatro:
1) Hacerme buena persona;
2) Hacerme una persona amante;
3) Lograr comunicarme;
4) Ser un buen creyente.
En esta selección he trazado la versión final de mi vida. La inquieta
conciencia me azuza ahora diciendo:
Si estás verdaderamente convencido. ¿por qué no la pones en práctica mejor?
Por lo tanto los ideales que se presentan a continuación son principalmente
eso: ideales. Aún no puedo cumplirlo del todo, aunque lo intento.
Pero hay una respuesta: “¡Dios no ha terminado aún conmigo!”
“¿QUIÉN SOY YO?”
La primera de las percepciones es la forma en que lo hacemos a nosotros
mismos. El viaje por dentro es insustituible para mirarnos en el espejo.
Los indios norteamericanos incluyen un relato que ilustra esta afirmación.
La leyenda dice que, un indio muy valiente encontró un huevo de águila que
había caído del nido sin romperse. Buscó infructuosamente el nido y al no
hallarse colocó el huevo en el de los pollos. El huevo fue incubado por una
gallina clueca. Allí el pichón de águila vio el mundo por primera vez.
Creció un poco más comiendo la comida de los pollos y, como su único modelo
eran los pollitos, se limitaba a hacer lo mismo que ellos: caminar, escarbar
la tierra, picotear bichos y pastitos, buscar granos y cáscaras
desperdigadas y revolotear cada tanto a una palma del suelo. El águila
aceptaba e imitaba la rutina de los pollos, incapaces de volar. Así pasó la
mayor parte de su vida viviendo de ese modo.
Mucho tiempo después, otra águila sobrevoló la nidada de pollos. Nuestra
águila, ya adulta, miró hacia el cielo y con temerosa admiración ante
aquella ave gigantesca y ágil, preguntó con asombro:
─ ¿Qué es eso?
Uno de los pollos que había compartido con ella la nidada, respondió
─ Ya vi una de esas antes. Se llama águila. Es la más orgullosa y fuerte de
todas las aves. Es capaz de llegar volando a mucha altura y ver desde allá
arriba todo el paisaje del mundo.
Al águila le brillaron los ojos y, al advertirlo, el pollo le dijo:
─ ¡Pero ni sueñes a ser como ellas! ¡Tú eres un pollo común y silvestre como
todos nosotros!
Y así vivió y murió el águila, encadenada a esa creencia, convencida que era
un pollo silvestre.
Nuestras vidas están configuradas por el modo de percibirnos a nosotros
mismos. Las actitudes mediante las cuales nos percibimos y adecuamos dicen
quiénes somos. Vivimos y morimos de acuerdo con nuestra propia percepción.
Muchos jóvenes –pero también adultos de todas las edades- nunca conocerán
otro mundo que el que viven, pensando que ese mundo es el único que existe.
Los hábitos de la pertenencia a la “nidada” concurren a concebir la propia
percepción siempre con inexactitud.
Suele advertirse que una vida humana plena se asienta sobre tres factores,
que son como las tres patas que sostienen una tabla: la dinámica
intrapersonal, las relaciones interpersonales y el marco de referencia. Al
faltarle ésta última se condiciona a las dos primeras. El águila, convencida
de su situación de pollo perteneciente a una nidada, se consideraba a sí
misma como pollo, y así también trataba a los demás. Un joven cree que
pertenece a la juventud, si bebe en exceso, si se dedica a jugar con los
sentimientos o logran todo tipo de desbordes; un maduro que pertenece a la
generación del “parecer”, sólo será un buen cuarentón o sesentón si vive de
acuerdo al marketing de moda… Y así siguiendo…
Es siempre esa visión –el marco de referencia- la que condiciona la vida y
la calidad de participación en ella.
Crecer es, en primer lugar descubrir su propia realidad. Como los niños.
Ellos se descubren particularmente primero: sus manos, sus pies; luego las
experiencias de sentirse mojados o la de tener hambre y sed. Luego vienen
los descubrimientos de las emociones: la seguridad, la inseguridad, el
menester de protección, de cuidado… Recién más tarde descubre que él no es
toda la realidad. Pero en la primera etapa la pregunta es siempre “¿quién
soy yo?”
Madurar es descubrirse: Descubrir su génesis y su destino; su grandeza y su
barro.
Es Fray Pedro de los Reyes, quien se ocupó de preguntarse eso en una
conocida poesía religiosa, su origen y su condición. Un viaje por dentro le
llevó a decir:
“Yo para qué nací? Para salvarme.
Que tengo de morir es infalible.
Dejar de ver a Dios y condenarme,
triste cosa será, pero posible.
¿Posible? ¿Y río, y duermo, y quiero holgarme?
¿Posible? ¿Y tengo amor a lo visible?
¿Qué hago?, ¿en qué me ocupo?, ¿en qué me encanto?
Loco debo de ser, pues no soy santo”
“Me cansé de ser moderno, ahora quiero ser eterno” poetizaba Carlos Dumond.
Es como decir “me cansé de imitar a la nidada” para estar “a tono”; ahora
quiero mirar hacia arriba “(y hacia adentro)”.
Quien se descubre a sí mismo, descubre ese deseo de eternidad que tenemos
enraizado y muchas veces nublados por una visión equivocada del marco de
referencia.
“El amigo en tu espejo”
Habla en voz baja contigo mismo.
Habla con libertad
y alaba cuanto tú eres.
Habla con claridad,
orgulloso de todo lo que has sido.
Habla con entusiasmo
de lo que esperas llegar a ser.
Reconoce en ti
el talento
que sólo tú posees,
el sufrimiento
que sólo tú puedes superar,
el propósito
que sólo tú puedes cumplir.
Mira fijamente
el espejo de tu vida
y descubre en él
la persona singular
que sólo puedes ser tú.
Edward Cunningham
El descubrimiento de la propia identidad, el poder saber quién es uno mismo,
tiene relación directa con la comida con que se alimenta.
Un pobre gallo, solo y famélico caminaba desesperadamente en búsqueda de
algo para comer. Picaba por todos lados. Ponía el pico debajo de un atado de
leña, entre las hojas secas, alrededor de las rocas y hasta en el barro que
se formaba por la humedad de las hojas. Pero nada.
Improvistamente el gallo se detuvo. A pocos centímetros de su pico, había
una piedra diferente a las que había visto. Brillaba de un modo particular.
El gallo comenzó a mirarla perplejo. Después de golpe, comprendió. Esa no
era una piedra común. Su forma, su brillo destellante y su dimensión lo
demostraban bien.
“Los hombres llaman a esto diariamente” -refunfuñó el gallo hambriento- pero
tú no vales más para mí que un grano de trigo” Y se volvió sobre sus pasos
buscando con su pico algo útil a su hambruna.
Encontré luces en medio de la noche leyendo la vida de los grandes hombres
que buscaron la verdad. Resulta tediosa la lectura de pasatiempos que no
deja nada. Podrán ser valorados por los mejores artistas del mundo, pero
quien describa los mismos intereses son toda esta gente, buscadoras de Dios.
Hacen ver como el alma se alimenta de su propio hambre.
Pero la verdad no es todo hasta que no es una verdad vivida, que compromete.
¿QUIÉNES SON LOS OTROS?
¡Sin dudas! No hay como el cuerpo humano para adaptarse. El cuerpo tiene una
capacidad innata de adaptación: los poros se cierran cuando hace frío, las
pupilas se contraen con la luz… ¡Ojalá que las mentes y los corazones puedan
ajustarse ante cada nuevo ser; a semejanza del cuerpo!
“¿Qué estás haciendo?” “¿Qué vas a hacer?” “¿Dónde estuviste?” Son preguntas
entre dos personas que se quieren y buscan el encuentro recuperador del
tiempo de separación que los llevó a considerar una posible ignorancia de
uno al otro.
Un punto de encuentro que se arrima a una interacción con los otros.
Nunca se realiza la propia personalidad sin el encuentro. Es la condición de
vida. El mismo Misterio de Dios es un diálogo de amor y comunión trinitaria
y con los hombres.
Vivir es encontrarse.
Pero ¿Con quién? ¿Quién es el otro con quien debo encontrarme?
No se trata del descubrimiento de todos los posibles, se trata de conocer
realmente al “otro” que en el aquí y ahora debo realizar una línea de
conducta práctica con respeto y amor auténtico.
Sin el otro descubierto de este modo no es posible ninguna madurez ni
plenitud de vida. Todo lo que en el cristiano es referencia al prójimo, no
tendría cabida sin el descubrimiento del “otro”.
No se trata de convertir a nadie a nuestras ideas, sino de encontrarlo, de
comprenderlo, de ser su amigo, de caminar juntos el trecho que les toca
vivir en compañía. Construir, crecer y dialogar; relación entre sujeto y
sujeto, descartando la posible objetivización de la elección realizada.
El descubrimiento del otro es el primer empeño a considerar a la persona
humana como un valor en sí mismo, atento a la verdad.
Un señor alto corría apresurado calle abajo cuando otro hombre salió de un
portal, también con prisa, y los dos se dieron un fuerte encontronazo. Este
segundo se enfrentó enojado al otro y, lleno de cólera, le lanzó con furia
una sarta de palabras injuriosas.
El alto esbozó una sonrisa y le respondió cortés y amablemente:
–Amigo mío, no sé quién tiene la culpa de este incidente y no puedo pararme
a averiguarlo. Si yo he tropezado con usted al ir corriendo, le pido perdón;
si usted ha tropezado conmigo al salir del portal, no se lo tomo en cuenta.
Y entonces, con otra sonrisa, se alejó de allí rápido siguiendo su camino.
Un trabajo constante de maduración personal. El otro es un misterio en sí
mismo. Nunca se lo descubre en la primera intención. No es fácil descubrir
al otro porque es como descubrirse a sí mismo. Pero lo más misterioso es que
el empeño conoce sólo el inicio pero nunca el final. La relación entre
personas es una comunicación que alcanza su punto máxima cuando se
constituye al “otro” como persona. El “yo” y el “tú” se esperan en la
reciprocidad y en la sinceridad, para que cada uno se construya como miembro
activo y responsable.
Un anciano, con aspecto de extranjero entro en la iglesia después de muchos
años. Al cabo de mucho titubeo enfiló hacia el confesionario. Se arrodilló
ante el sacerdote y después de un instante de nerviosismo y con los ojos
empañados por las lágrimas, coñeemos a decirle al confesor:
“Tengo las manos llenas de sangre. Estuve en la guerra. Cada día moría uno
de los míos. El hambre era tremenda y ya no había más provisiones. Nos
habían advertido de no entrar nunca a una casa sin el fusil y estar prontos
a disparar ante el primer movimiento extraño. En la casa donde me tocó
entrar habitaban un viejo y una chica con ojos tristes. “Pan, dame pan”-
grité entre ordenando y suplicando_ La muchacha se inclinó. Pensé que iba a
tomar un arma. Decididamente disparé. Cayó hacia atrás. Muerta. Cuando me
acerqué vi que la chica apretaba en su mano derecha un pedazo de pan”
“Padre- sollozó- maté a una chica de 14 años que me ofrecía un pedazo de
pan. Comencé a beber mucho alcohol para olvidarme” “¿Podrá Dios perdonarme?”
El “otro” no es para medirlo, sino para amarlo. Y en esta tensión se
descubre verdaderamente la dinámica del amor, el querer de a dos. Un amor
que tiene como único lenguaje la amistad, que es el único fundamento y
expresión auténtica de todo amor.
Y para que se actúe es necesario la espera del otro que se concretiza en la
escucha, en la comprensión, en la sinceridad y en la mutua contemplación.
El “otro” es la premisa de mí mismo. Es poder decirle:
Te espero con un ser que
no espera a los otros.
En donde yo te espero sólo tú cabes.
Nadie puede encontrarse allí conmigo.
Una palmadita en la espalda a menudo ayuda a sacar pecho.
Funeral por anticipado
El hijo mayor de una familia que trabajaba para una poderosa multinacional
fue trasladado por el trabajo a unos seiscientos kilómetros de su ciudad
natal. Su familia, y en especial su madre, le echaba muchísimo de menos.
Durante el primer año fue a su casa en dos ocasiones y escribía sin falta
todos los meses. Con el tiempo, sus cartas se fueron espaciando y sólo
volvía a casa por Navidad. Luego, estuvo dos navidades más sin aparecer por
casa y apenas escribía, aunque sí llamaba por teléfono a sus padres de vez
en cuando.
Un día, su madre, que le echaba mucho de menos, le llamó por teléfono y le
preguntó:
―Hijo, ¿cuándo vas a venir a vernos?
―Mamá ―le dijo el joven―, tienes razón, debería ir a casa, pero es que tengo
mucho trabajo y no encuentro nunca el momento. Me lo voy a pensar y en
cuanto pueda te aviso.
―Hijo ―insistió su madre―, hay algo que quiero preguntarte desde hace ya
algún tiempo. Cuando muera, ¿vas a venir a mi funeral?
El hombre se quedó de piedra.
―Mamá, pero qué cosas me preguntas… Sabes de sobra que acudiría el primero a
tu funeral.
―Bien. Entonces prométeme una cosa. Olvídate de mi funeral. Ahora te
necesito mucho más que cuando me muera. ¿Por qué no vienes a verme?
Por supuesto, el hijo se dio por aludido y fue a casa a ver a sus padres a
la semana siguiente.
¿QUIÉN ES DIOS?
Sucedió hace muchos años un hecho aleccionador. Le ocurrió en 1892 a un
hombre ilustre.
Sucedió que un señor de unos 70 años viajaba en el tren, teniendo a su lado
un joven universitario que leía su libro de Ciencias. El señor leía un libro
de portada negra. Fue cuando el joven percibió que se trataba de la Biblia y
que estaba abierta en el Evangelio de Marcos.
Sin mucha ceremonia, el muchacho interrumpió la lectura del señor y le
preguntó:
- Señor, ¿usted todavía cree en ese libro lleno de fábulas y cuentos?
- Sí, mas no es un libro de fábulas y cuentos, es la Palabra de Dios. O
¿acaso estoy equivocado?
- Pero claro que está equivocado. Creo que el señor debería estudiar
Historia Universal. Vería que la Revolución Francesa, ocurrida hace más de
100 años, mostró la miopía de la religión. Solamente personas sin cultura
todavía creen que Dios hizo el mundo en 6 días. El señor debería conocer un
poco más lo que nuestros científicos dicen de todo eso.
El señor volvió a preguntarle: -- Y, ¿es eso lo que los científicos dicen
sobre la Biblia?
- Bien, como voy a bajar en la próxima estación, no tengo tiempo de
explicarle, pero déjeme su tarjeta con su dirección para mandarle material
científico por correo con la máxima urgencia.
El anciano entonces, con mucha paciencia, abrió cuidadosamente el bolsillo
derecho de su bolso y le dio su tarjeta al muchacho. Cuando éste leyó lo que
allí decía, salió cabizbajo, sintiéndose más pequeño que un gusano. En la
tarjeta decía:
“Profesor Doctor Louis Pasteur, Director General del Instituto de
Investigaciones Científicas, Universidad Nacional de Francia”.
Por eso se dice que un poco de ciencia aparta de Dios, pero mucha, aproxima.
TOLSTOI Y LA EXPERIENCIA DE DIOS
Tolstoi fue bautizado y criado en la fe cristiana ortodoxa. Su vida pasó por
períodos oscuros, con ribetes dramáticos. La duda, la laxitud de costumbres,
el olvido de lo principal y por último la desesperación signaron largos años
de su existir. Es al final de su vida cuando escribe los que se conoce con
el nombre de “Confesiones” donde vuelca su pensamiento clarificado por la
ineficacia de su anterior tenebrosa oscuridad. Así relata:
“Hay una fábula oriental, que cuenta que hace muchos años, un viajero fue
perseguido por una furiosa bestia en un descampado. Escapando de la bestia,
él logro introducirse en una gruta; pero, tan pronto como se introdujo, vio
en el fondo de la gruta un dragón que abría sus fauces para devorarlo. El
muy desafortunado, había quedado en una posición intermedia en la que si
subía seria devorado por la bestia que lo perseguía y si seguía cayendo
seria devorado por el dragón, así que logró aferrarse a una rama que salía
de una grieta y quedo colgado de ella. Sus manos fueron debilitándose cada
vez mas, hasta que le pareció que pronto tendría que resignarse a la
destrucción que le esperaba, lo mismo arriba que abajo, pero él siguió
aferrado. Entonces, vio como dos ratones, negro el uno y blanco el otro, se
daban a la tarea de pasar royendo una y otra vez la raíz de la rama de la
que él colgaba. Pronto la raíz se desprendería y él caería dentro de las
fauces del dragón. El viajero se percató de su desesperada situación y supo
que perecería inevitablemente. Pero, mientras seguía colgado logró otear
unas gotas de miel en las hojas de la rama, las alcanzo con la lengua y las
lamió.
Así es como yo estoy: colgado de la rama de la vida, conciente de que el
dragón de la muerte me espera, para destrozarme; y no puedo entender como he
llegado a éste tormento. He intentado lamer la miel que antes me consolaba,
pero ya no me otorga placer, y los ratones del día y de la noche terminaran
por roer la rama de la que cuelgo. Mientras veo tan claramente al dragón, la
miel ya no me resulta dulce. Sólo veo al ineludible dragón y a los ratones,
no puedo apartar mi mirada. Ésta no es una fábula, sino la verdad
incontestable, inteligible para todos.
La decepción que me han dado los placeres de la vida, -continúa diciendo-
que antes alejaban de mí el terror al dragón, ya no me consuelan. No importa
que repetidamente me digan: “tú no puedes entender el sentido de la vida, no
pienses en ello, tan sólo vive”, ya no puedo seguir haciéndolo: lo he hecho
ya demasiado. El paso del día y de la noche ya no está a mi servicio, pues
me acerca a la muerte. Esto es todo lo que puedo ver, esa es la única
verdad. Lo otro es falso”.
Las dos goteras de miel que servían de consuelo a mis ojos frente a la cruda
realidad: el amor de mi familia y la escritura -yo lo llamo arte- ya no me
resultan algo dulce.
En “El Dios de las sorpresas”, Gerard W. Hughes dice: “Constantemente,
tenemos la tentación de modelar a Dios a nuestra imagen y semejanza.
Queremos controlarlo y domesticarlo, dándole –eso sí– un lugar de honor en
nuestros corazones, en nuestro hogar y en nuestro país, pero somos nosotros
los que nos quedamos en el centro del control. Dios es incontrolable; está
más allá de todo lo que podamos imaginar”.
Todos buscamos la felicidad. Y son muchos los que han comprobado que la
verdadera felicidad la encontramos sólo en Dios. Este es el don que Dios
concede a los que en él confían, le abren sus corazones y le sirven. La
felicidad está en una vida centrada en Dios, en dejarle a Dios que asuma el
control de nuestras vidas.
“Yo salía al encuentro de los que no me buscaban. Les decía: “aquí estoy,
aquí estoy”.
Mantenía mis manos extendidas todo el día
hacia un pueblo rebelde”, dice la Biblia.
Un hecho que ya habrás comprobado es que, en tu corazón, se da una innegable
atracción hacia Dios. A veces, te sorprenderá hasta te turbará el que Dios
te haga sentir su presencia en “circunstancias extrañas”, cuando tu menos lo
esperabas o cuando estás muy lejos de todo “ambiente espiritual”.
Dios parece buscar caminos misteriosos para aflorar en tu vida: Una llamada
de tu conciencia, un rayo de luz en tu sombría mente, como un sol en la
noche cerrada, como un fuego que calienta tu gélido corazón. Él está siempre
allí donde más lo necesitamos: Suscitando, animando, confortando.
Quizá, con frecuencia, has tratado de jugar al escondite con Dios. A veces
por vergüenza, como Adán y Eva, “ocultándote tras las hierbas”, otras veces,
por pura negligencia, olvidando el hecho de que no puedes sobrevivir sin
Dios. Pero Dios te busca siempre y te encuentra… y se termina el juego.
La felicidad es como una mariposa
cuanto más la persigues,
tanto más esquiva se muestra;
pero si centras tu atención en otras cosas,
se aproxima y se posa suavemente en tu hombro.
LA EXPERIENCIA DE JULIÁN GREEN
El famoso escritor francés fue un testigo de lo invisible. Nació en 1900 y
murió a los 97 años. Expresó el grave conflicto entre el poder de Dios y las
mareas de la carne. “¿Quién es Julien Green?”- se interrogaba él mismo- “Me
lo pregunto desde hace 92 años y me gustaría saberlo (...). No sabemos
quiénes somos. El cura de Ars pidió un día al Señor que le mostrara cómo
era; pero cuando el Señor se lo hizo ver, estuvo al borde enloquecer. Por
este motivo, sólo sabremos en el paraíso quiénes somos dentro de su
totalidad, porque ni siquiera las estrellas son puras ante los ojos de Dios”
En qué creía Julien Green? Él mismo lo relata: “Al final de una vida en la
que he debido luchar por conservar la fe, resumiré mis creencias en términos
familiares para todos los católicos. Comparto con ellos la fe en la Iglesia
fundada por Cristo, en la infalibilidad del sucesor de Pedro, en la Comunión
de los santos; la fe en los sacramentos, especialmente el Bautismo, que nos
libra de Satanás, y la Penitencia, sin la cual no puede alcanzarnos la
gracia. Creo en la Santísima Trinidad, en la Encarnación y en la divinidad
de Cristo, en su gloriosa Resurrección, en la vida eterna prometida a todos
los que den testimonio de ella. Creo en la presencia Real en la Eucaristía y
en la realidad permanente del sacrificio de la misa”.
Luego de esto, realiza entonces, el gran interrogante:
”¿Quién es Dios?- se pregunta- Lo sabremos cuando nos presentemos ante Él y
nos diga: Yo soy Aquel que perdona”
La experiencia de Green y sus respuestas dejan en claro que es preciso
“esperar”. No se descubre a Dios en esta vida más que en la caridad y en la
paciencia de la espera.. De nada sirven las elucubraciones de la gnosis. El
amor desciende al mundo y los hombres seguimos siendo prisioneros de la fe.
Por eso, cuando me detengo a pensar, sobre este reflexión: en el
descubrimiento de sí mismo, de los otros y de Dios, subrayo otra vez la
selección de las metas seguras, inequívocas:
1) Hacerme buena persona;
2) Hacerme una persona amante;
3) Lograr comunicarme;
4) Ser un buen creyente de Dios Nuestro Señor y de los valores humanos.
Pbro. Ariel David BUSSO
Pascua 2010
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