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¿Defectos? ¿Cuáles defectos?
Por el Pbro. Dr. Ariel D. Busso
El Erizo
Cuando me pongo a pensar sobre los defectos que tengo y que puedan molestar
a los demás, siempre observo que no tengo de “esa clase”. O si los tengo son
siempre más pequeños que lo que poseen los otros.
Así podría expresarme tranquilamente al comienzo del camino moral.
Sin embargo, una brisa me trajo una vez un pensamiento:
“Si no veo los defectos míos que molestan a los demás es porque, a mi mismo,
me resultan comodísimos. Son como las espinas de un erizo, sólo pinchan
hacia fuera”.
Así atiné que mis criterios morales ya habían empezado a cambiar. Mi egoísmo
es muy notable. Al darme cuenta que soy un racional-erizo, soy ahora
conciente que soy un peligro público. Soy un erizo ciego y egoísta, capaz de
sentirme punzado por los defectos ajenos, pero inepto totalmente para caer
en la cuenta de las púas con que, a veces, punzo a los demás.-
Esta idea, una vez concebida, ilumina a cualquiera que la reflexione.
También me ilumina a mí.
Desde aquél día los defectos ajenos que me incomodan me sirven para recordar
que yo también punzo.
Una vez escuché a un director espiritual en el seminario decir que:
“si otro te pone nervioso, puedes tener casi la plena seguridad de que
también vos lo pones nervioso a él”.
Esto me convirtió en un más tolerante, a la vez que me pone en vigilancia
para no ser molesto a los demás. Así agregué a los diez mandamientos, el
undécimo:”no molestar, porque al hacerlo me transformo en un erizo”.
Otro soplo de brisa
Esto fue así y me sentí satisfecho. Pero, al cabo de un tiempo vino otro
soplo de brisa. Y me dijo:
“ . . . los defectos ajenos . . . los defectos ajenos . . .”
“Y si muchas veces, lo que me parecen defectos son diferencias con mis
gustos y pensares?”.
Y en esa ocasión la brisa me susurró al oído:
“Tal vez sean diferencias de temperamento, de gustos; modos de reaccionar
diferentes a los míos, pero tan legítimos como los que tengo”
Y acepté el pensamiento sin ponerle trabas para que entrara en mí. Así pude
crear un gran espacio en mi interior y el reconocimiento hacia los otros fue
gran responsabilidad.
Por otra parte, califican de “defectos” así sin más, las maneras de
reaccionar distintas a las mías, era de por sí molesto. De ese modo si yo me
considero “la norma” para obrar, podría hacer la mayor estupidez. Y tomé
nota que mi escurridizo engaño, como un ser vivo e inteligente, se mete
dentro nuestro, silencioso y astuto.
Así sucede me ocurrió que una de las predicaciones preparatorias a la Semana
Santa, ante una feligresía que daba muestras de viajes vacacionales para
esas fechas, recordé cuál es el fin de la Semana Mayor, instando a los
fieles a permanecer en casa y participar del culto y la caridad social en
familia. Satisfecho del consejo y de mi parecer, terminé la misma. Luego,
mientras me quitaba los ornamentos sagrados, en la sacristía, una anciana
señora, participante diaria de la Eucaristía comunitaria me explicó, con
suave acento, que ella, piadosa y observante siempre, cada año iba con sus
descendientes a una casa que poseía cerca del mar.
- No crea padre que este viaje es de vacaciones, de mi parte. Es la forma
como he encontrado para que todos los míos participen de los cultos en la
capilla a una cuadra de mi casa. Lo planeamos con mi difunto marido; ahora
él ya no está, pero están mis nietos.
Y agregó:
- Pasamos unos días en familia, rezamos juntos y gozamos en una buena cena
la noche de Pascuas de Resurrección.
Al modo de interrogarme, adjuntó:
- ¿Cree usted que debo quedarme?
Hay diferencias que parecen molestar, otras son indiferentes y muchas
enriquecedoras.
La de esta viejita pertenece a las últimas.
Y otro ventarrón
Y pasó el tiempo. Más tiempo. Y un día, un nuevo soplo pero como la ráfaga
de un ventarrón se coló en mi interior y me dijo:
“¿Por qué noto tan fácilmente los defectos de los demás – o los juzgo como
tales – y en cambio debo forzar la vista como un miope para ver sus
cualidades?”
Y observé que cuanto más las cualidades ajenas eran constantes, tanto menos
lo mostraba yo. Discurrí que eso me pasaba porque no me detenía a pensarlo
debidamente, que los juicios los hacía porque recibía sin meditarlos,
después . . . a otra cosa, a semejanza del dinero que sale de un cajero
automático: lo tomo y me voy. Pero las personas no son máquinas. Las
personas tienen muchas cosas para valorarlas y cuando practico este
ejercicio, puedo agregar a la vez que me ayudo haciendo lo que es correcto.
En un hospital conocí a una terapista que dedicaba su profesión a ayudar con
su apoyo a enfermos terminales. Titular de una cátedra de psicología
clínica, animaba con su conocimiento científico y con su fe hasta el fin de
la vida a muchas personas.
Fin de la vida a la que ella llamaba como “el arte de morir”.
Después de asistir a una unción de los enfermos que administré a una señora,
me indicó que en la habitación siguiente había un hombre que reclamaba en
voz alta y desde hacía tres meses que abreviaran su vida. Desde su llegada
ordenaba que “le aplicaran la inyección” según su decir. Le decía “yo se que
me agravaré día tras día, cada vez más. Es inútil, yo no veo razón para que
esto se retarde”.
Su médico de cabecera, entretenía al paciente diciéndole:”Por el momento
usted no se está muriendo. Si veo que es así, lo hablaremos después . . .”
Este hombre, antiguo piloto de aviación, gustaba de contar sus experiencias
aéreas especialmente los momentos riesgosos de su vida. Cuando de esto
hablaba se le iluminaban los ojos y su rostro hasta parecía sonriente. Nadie
que lo escuchaba, en estos momentos, podría suponer que ese hombre deseaba
ponerle fin a su vida. Sin embargo, cada día, reclamaba al médico su pedido
de eutanasia.
Así, con este precedente, me acerqué a su cama junto a la bondadosa
terapeuta, y en pocos minutos me contó un período de su vida en el que él
pensaba que debía “hacerle la cruz”. Se trataba de su primer matrimonio, en
el cual había tenido dos hijos. “Una historia penosa – me dijo- a la que
quisiera enterrar”. “Pero – me preguntó - ¿por qué me vienen esos recuerdos
ahora?”. Sus hijos deberían estar ahora en la cuarentena pero él no sabía
nada más de ellos. “¿Por qué me traen recuerdos amargos ahora otra vez?” –
se interrogaba.
No lo dijo él pero deduje que su segundo matrimonio también había sido la
causa de la desaparición de sus hijos.
De pronto se me ocurrió una idea y se la hice conocer:
¿No tendría deseos de verlos, aunque sea una vez, antes de morir?
Abriendo inmensamente sus ojos grises, frunció el seño. Al cabo de un
momento, respondió
- Puede ser.
Desde ese día me dijo la terapeuta, nunca más reclamó la eutanasia. Lo
visité un par de veces más y me habló de otras interesantes historias de su
vida.
La búsqueda paciente de parte de algunos amigos con la ayuda de la justicia
electoral, terminamos por encontrar a las dos hijas. Vinieron ambas. Una de
sus hijas era religiosa en un país de América Latina, la otra enfermera. Su
madre había culpado al padre de su infelicidad y decretó la muerte de él
para sus hijas. La presencia de estas mujeres, después de los llantos y
recuerdos, fueron un mundo de dulzura y calma, transformando la soledad en
compañía.
Si no hubiera descubierto “lo bueno de la vida de este señor y me hubiera
quedado con su pedido de eutanasia, ambos hubiéramos equivocado la vida: él
y yo.
Por eso soy conciente que en mis ojos hay también ceguera y en mis instintos
distorsión, como si me sumiera en una cierta oscuridad y desoriento mis
tendencias.
Razones para no dejar de amar
Una de las grandes pestes de la humanidad es que le hemos dado demasiada
importancia a “tener razón”. Aunque no es precisamente eso. Amarse es estar
en paz, convivir alegremente, y por eso es mucho más importante que llevar
la razón. Además porque de cada diez veces que uno dice “yo tengo razón”, en
nueve tratamos de imponer nuestro egoísmo, sin molestarnos siquiera de
tratar de ver el del otro.
Cuando un hombre inteligente llamado Nicodemo va a ver a Jesús , de noche y
le pidió que le explicara tranquilamente su doctrina, Jesús le solicitó que
abandonara su razón perfectamente organizada. Jesús le enseñó a pensar y a
usar el corazón para que sus cálculos meramente intelectuales volvieran a
nacer con el amor.
Con gran dolor me contaba una señora, hace unos días que salió de su casa
angustiada, muy ofendida por su esposo porque él y su hermana se habían
portado injustamente con ella. Tenía la plena seguridad de “tener la razón”
y se preguntaba, entre sollozos, cómo no se la habían dado.
Con ese sentimiento en el corazón me encontró por el camino. Transcribo esta
historia tal como fue, porque nada dije de mi parte, sólo escuché. Al día
siguiente recibí un e-mail y me dijo más o menos así: “Desde un punto
intelectual tal vez tenga razón, pero caí en la cuenta que nadie, tampoco mi
marido, podría razonar con semejante agresión”.
Cuando dos discuten importa poco o nada conocer quien es culpable. Lo más
probable es que lo sean los dos. Lo único que urge es recuperar la paz, la
tranquilidad en el orden. Quizá después, cuando los nervios se calmen se
verá quien llevaba un poco más de razón.
Pero dará lo mismo saberla. Porque lo único importante es que si es cierto
que hay casi ninguna razón para herir, nunca la hay para dejar de amar.
Acusado y defendido
Visto tantos errores he llegado a la conclusión que, en realidad, no veo la
verdad a simple vista y espontáneamente, sino que, para discernirla me hace
falta vencer previamente mi engaño, tanto más peligroso porque él mismo es
invisible y me halaga hasta hacerme su cómplice.
En la Biblia hay alguien que se llama el “Seductor”, el “Tramposo”, el
“Engañador”, que tiene a semejanza de la serpiente, su lengua bífida, capaz
de hacer inescrupulosamente el doble discurso.
Pero también hay alguien que se llama “el Defensor”, el “Paráclito”, cuyo
hálito, su aliento, manda brisas – a veces ventarrones – que sopla donde
quiere y cuyo origen y destino ignoramos en parte, pero que nos guía
conduciéndonos a la verdad. Y cada vez que sopla y me dejo guiar, me despoja
de mis errores y entonces me transformo de erizo en criatura redimida de
Dios.
Si deseas ver la belleza interior
la que llevas y la que tienen los demás,
deberás repartirte con mesura
entre el azul del cielo y el azul del mar.
Parroquia Santa Julia
Viernes Santo 2007
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