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Dios y las cosas
Homilía del Viernes Santo en la Adoración de
la Cruz
Por el Pbro. Rodrigo Vazquez
El hombre es mendigo por naturaleza; desde que nace hasta que muere, pide y
necesita cosas. Posee un deseo ilimitado de ser saciado.
Siempre le falta algo. Más tiene, más desea. Le sucede algo paradójico:
cuando logra alcanzar algo, lo tiene, lo posee, pero casi automáticamente y
en poco tiempo eso que deseaba tanto, ya no lo satisface.
En los primeros años de nuestras vidas, nuestra saciedad está en una
persona, en nuestra madre. En ella está todo lo que necesitamos para vivir.
Al pasar el tiempo crecemos y ya no nos alcanza todo aquello. Creemos que
son las cosas las que nos darán la felicidad plena y ponemos, en
consecuencia, nuestros corazones en ellas.
Tampoco - y nos damos cuenta en nuestra vida social -, las personas nos
sacian del todo; a veces cosificamos a las personas, buscamos en ellas la
belleza, el placer o tal vez apagar la soledad con sus compañías. También
junto con las cosas son efímeras.
Si miramos a nuestro alrededor, también podemos ser nosotros; observamos a
multitudes sin rumbos claros en sus vidas, hambrientos de verdad y felicidad
plena. Es que convertimos los medios en fines; convertimos en Dios, lo que
no lo es.
La atracción que Dios ejerce sobre sus creaturas, hace que nada le produzca
quietud y saciedad plena. Sólo en Él hallamos reposo y plenitud.
Esa atracción ejercida por Dios, hoy llega a su cúlmen, al cumplirse la
profecía que Jesús dijo de sí: «Cuando yo sea levantado en alto atraeré a
todos hacia mí».
Y Jesús nos dice, te dice y me dice: «Si conocieras como te amo, dejarías de
vivir sin amor; dejarías de mendigar cualquier amor». Sólo el amor de Dios
nos sacia de verdad.
Cristo Jesús, nuestro Señor, que se hizo en todo semejante a nosotros, menos
en el pecado; también se hizo mendigo y sólo desea la limosna de nuestro
corazón.
Es el mendigo divino, que hoy desde la cruz, su trono de amor, nos dice:
"¿Qué más quieres que haga por ti?
Jesús en la cruz, nos da su vida, su amor y su ejemplo.
Santo Tomás de Aquino, comentando el cuarto artículo del Credo donde dice:
«Padeció bajo el poder ...», nos explica que si queremos llevar vida
perfecta, no tenemos que hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo
despreció en la cruz y desear lo que Cristo deseó. Ningún ejemplo de virtud
falta en la cruz:
. Caridad: nadie tiene mayor caridad que dar la vida por el otro.
. Paciencia: sufrió pacientemente grandes males y pudiendo evitarlos no lo
hizo.
. Humildad: quiso ser juzgado por Poncio Pilato.
. Obediencia: Como le dice San Pablo a los romanos: «Y de la misma manera
que por la desobediencia de un solo hombre, todos se convirtieron en
pecadores, también por la obediencia de uno solo, todos se convertirán en
justos»
. Menosprecio por las cosas terrenas: repartieron sus vestiduras y bebió
vinagre.
Al pie de la cruz estaba su Madre, María Santísima. Al comienzo de la
meditación decíamos que para el niño, en su madre está todo lo que necesita
para vivir.
Por ello Jesús nos manda hacernos como niños y nos regala a su Madre en este
día santo. Por Ella vino Jesús al mundo y por Ella continúa viniendo y
vendrá al final de los siglos. Por su mediación amorosa alcanzamos la
salvación.
María es corredentora: al pie de la cruz ofreció su Hijo al Padre y se
ofreció con su Hijo por nuestra salvación. Se asoció íntimamente a los
dolores de Cristo. Se cumple hoy la profecía de Simeón: «Una espada
atravesará tu corazón» y así soportó dolores indecibles por amor a sus
hijos.
Por ello, le pedimos a nuestra Madre por su poderosa mediación materna, nos
conceda la gracia que nuestros corazones sean sólo de su Hijo, y que a
través de su mano seamos llevados al cielo junto a Él.
Parroquia Santa Julia
Adoración de la Cruz - Viernes Santo 2007
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