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De angustias y de sombras
Por el Pbro. Dr. Ariel D. Busso
En muchas partes del Evangelio se narra que Jesús se presenta y dice: “No
teman” o “no tengan miedo”.
Un mar embravecido, una ausencia prolongada, una muerte imprevista, y luego
la palabra de Jesús a los suyos: “No se angustien”.
Al estudiar el existencialismo, especialmente a Sartre y a Camus, los
autores diferenciaban el miedo de la angustia y dicen que la “angustia tiene
tiene raíces más profundas que el miedo y que hasta puede darse “una
angustia existencial” permanente y vocacional. En cambio el miedo, dicen, es
concreto, “hic et nunc”, aquí y ahora.
Lo que se por experiencia, que la vida tiene muchos momentos negros y, si no
se pueden esquivar o atenuar, es preciso aprender a sobrellevarlos del modo
más airoso posible.
Desconfiar de las tragedias
Lo primero es desconfiar de las tragedias, siempre y sistemáticamente. “De
esta no me levanto más” y “así no voy a poder vivir”, no decirlo nunca,
porque de todo nos levantamos y, a la corta o la larga, llegamos a vivir con
peores cosas. Hay que sospechar siempre de los días que aparecen demasiados
negros. Eso no dura o es falaz. Todo pasa, los días terribles también.
Muchas tragedias personales son voluntarias y la paz es portátil.
La vida, de suyo, no es trágica. La tragedia pertenece al teatro. En
algunos, como en Hamlet, muere hasta el apuntador y peligran hasta los que
sientan en los primeros asientos. Pero, no es igualmente así en la vida
real. Shakespeare, es admirable, capaz de elevar al más alto rasgo poético a
los problemas humanos. Pero eso está bien en el teatro donde se cargan las
tintas y las meditaciones toman una profundidad contundente. En la práctica,
a las personas comunes como nosotros, no ocurre nada similar al Hamlet o al
Macbeth de Shakespeare.
Muchas aparentes tragedias son espejismos. ¡De cuántas amarguras hemos
salido ilesos!. Las peores heridas dejan, poco a poco, de sangrar. Y no solo
eso: de lo que parecía una tragedia he sacado madurez, estabilidad y
consistencia (siempre que el egoísmo no nos haya transformado en amargados
voluntarios).
La segunda cautela es darle a cada problema sus auténticas dimensiones, sin
ampliarlos.
Gran parte del sufrimiento humano está en nuestra imaginación que lo
encarece y agranda. El ombligo cumplió una muy buena útil función en una
etapa de la vida, pero si uno sigue mirándolo, encorvado uno sobre si mismo,
con intensas y extensas protestas, terminará en sufrimientos de
inimaginables dimensiones.
Existe un pasaje que, creo es de “Ricardo II”, si mal no recuerdo, la reina
está afligida por la marcha de su esposo y llora. Alguien a su lado le dice:
“La sustancia de todo pesar tiene veinte sombras que se asemejan al dolor
mismo pero no son él. Porque los ojos del dolor, alucinados en su facultad
de visión a causa de las lágrimas que enceguecen, dividen una misma cosa en
diferentes objetos . . . Así usted al considerar la partida de su esposo,
descubre en ella mil motivos de pesar, además de la ausencia de la persona.
Por estos motivos, considerados en su realidad, no son más que sombras de lo
que no existe”.
El consejo que le dan a la reina es que no tenga en cuenta otra cosa que el
objeto mismo de su pena; que no se deje amedrentar por el cortejo de sombras
que la acompañan.
Esta sentencia invita a dividir todo pesar y a esforzarnos por ver
objetivamente lo que realmente nos aflige, a fin de enfrentarnos con ello en
sus verdaderas dimensiones, y no apenarnos además por lo que es polvo
alborotado en nuestra frondosa imaginación.
Francisco, Jacinta y Lucía
Un tercer paso consiste en valorar las pérdidas. Parece muy simple pero a
menudo no es tan fácil realizarlo o, mejor dicho, realizarlo bien.
¿He llorado lo suficiente lo que perdí?
Afrontemos la pérdida removiendo de este modo lo que nos ha paralizado o
tenido pensionados, del rechazo, de la venganza, de la culpa.
Si ocultamos una parte nuestra a Dios y nuestra conciencia, nos exigimos en
jueces del pasado. Estaremos limitando la misericordia divina a nuestros
temores humanos.
La manera de salir de las pérdidas y de los temores es enfrentándolos.
Cuando Jesús dice:
“no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”, afirmó que sólo
los que son capaces de afrontar su condición herida podrán ser sanados y
retomar una nueva vida.
Francisco, uno de los videntes de Cova de Iria lo asume a modo con la
inocencia del niño frente a la simplicidad del Dios que se le anuncia.
Cuenta Lucía, en sus memorias, que: “un día de madrugada, temprano, su
hermana Teresa viene a llamarme:
- Ven deprisa, Francisco está muy grave y dice que te quiere decir una cosa.
Me vestí corriendo y allá fui. Pidió a la madre y a los hermanos que
saliesen del cuarto, puesto que era secreto lo que me quería comunicar.
Salieron y entonces él me dijo:
- Es que me voy a confesar para comulgar y morir después. Quería que me
dijeses si me viste hacer algún pecado y que fueses a interrogar a Jacinta
si ello me vio hacer alguno.
- Desobedeciste alguna vez a tu madre – le dije -, cuando ella te decía que
te quedases en casa y tú te escapabas para estar conmigo o para irte a
esconder.
- Ciertamente, tengo éste. Ahora vete a preguntar a Jacinta, si ella se
acuerda de alguno más.
Marché, y Jacinta, después de pensar un poco, me dijo:
- Escucha: dile que, todavía antes de aparecérsenos Nuestra Señora, robó 10
centavos a nuestro padre para comprarle una armónica a José Marto de Casa
Velha; que, cuando los muchachos de Aljustrel tiraron piedras a los de
Boleiros, él también tiró algunas.
Cuando le di este recado de su hermana, respondió:
- Estos ya los confesé; pero vuelvo a confesarlos. Tal vez es a causa de
estos pecados que yo hice, por los que Nuestro Señor está triste. Pero yo
aunque no muriese, nunca más los volvería a cometer. Y poniendo las manos
juntas rezó la oración:
- ¡Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, leva a todas
las almas al Cielo, especialmente a las que más lo necesitan ¡
- Escucha, pide tú también al Señor que me perdone mis pecados.
- Sí, pido, quédate tranquilo. Si el Señor no te los hubiese perdonado ya,
la Virgen no hubiera dicho aún el otro día a Jacinta que te venía a buscar
muy en breve para el Cielo. Y ahora voy a Misa y ahí pido a Jesús escondido
por ti.
- Escucha; pídele para que el señor Cura me dé la Sagrada Comunión.
- De acuerdo.
Cuando regresé de la iglesia ya Jacinta se había levantado y estaba sentada
al lado de su cama. Al verme me preguntó:
- ¿Pediste al Señor escondido para que el señor cura me dé la Sagrada
Comunión?
- Lo pedí.
- Después en el Cielo pediré por ti.
- ¿Vas a pedir? Pues el otro día me dijiste que ni ibas a pedir.
- Eso era para llevarte allá en breve. Pero si tú lo deseas, yo pido, y
después que Nuestra Señora hago lo que Ella quiera.
- Pues quiero; tú pide.
- Pues sí, quédate tranquila, que yo pido.
Los dejé allí y me marché para hacer mis ocupaciones diarias de trabajo y
escuela.
Cuando volví al anochecer ya estaba radiante de alegría. Se había confesado
y el Cura había prometido llevarle al día siguiente la Sagrada Comunión.
Después de comulgar al día siguiente, decía a su hermanita:
- Hoy soy más feliz que tú, porque tengo dentro de mi pecho a Jesús
escondido. Yo me voy al cielo; pero desde allí voy a pedir mucho al Señor y
a la Virgen para que pronto os lleve también allí.
Sin trincheras
La cuarta etapa o cuarta cautela consiste en no parapetarnos apasionadamente
contra lo doloso, si es inevitable. Las trincheras no siempre defienden, a
veces retrasan las soluciones. En la Primera Guerra Mundial o Gran Guerra,
el conflicto armado se estancó cuando ambos usaron las trincheras como modo
de “aguantar” la contra del enemigo. Durante ese período se perdieron
innumerables vidas. Solo una mesa de negociaciones, frente a frente, logró
destrabar el conflicto.
Una gran parte de nuestras angustias reside precisamente en la crispación
con la cual las queremos alejar del todo y rápidamente.
La cuestión no está si los problemas son grandes o pequeñas, sino en cómo
reaccionamos ante los obstáculos.
Es preocupante “la violencia nuestra de cada día”. No sólo se lleva la
espada sino a veces también se tiene el alma desenvainada y la violencia es
como Saturno, devora ante todo a sus propios hijos.
Leí una vez un libro que se llama Ping, una rana en busca de una nueva
laguna, cuyo autor Stuart Avery Gold, narra algunas andanzas de la rana
guiada por un búho sabio. Este con mucha paciencia, le enseña los secretos
de la vida. Le dice:
“Poseer verdadera fuerza es poseer capacidad de ceder; de cambiar de curso.
En caso necesario debes ser como el agua. Existen pocos elementos tan
flexibles como ella. Suave y dócil, es tal su fuerza que prevalece por sobre
la roca más dura o el acero más fuerte. El agua gira y modifica su rumbo,
fluye alrededor de todo, por encima, por debajo, cambiando libremente de
dirección”.
No hay nada que el agua no pueda vencer y a pesar de esto su esencia es
ceder, dejarse ir.
El agua tiene el poder implacable de transformar y reestructurar todo lo que
encuentra en su camino. Tú también, porque posees la capacidad de enfrentar
obstáculos inesperados con tu corriente consciente y transformar así el
peligro, los problemas y los desafíos en oportunidades, y la derrota es
victoria.
Un río no tiene forma – dijo – esta contenido sólo por los límites que él
mismo va creando. Tú también eres como el río”.
Frecuentemente enfrentar, con serenidad lo inevitable, mirándolo
pacíficamente a la cara, aquieta el ánimo alborotado.
Es sabiduría ante un mal verdaderamente inevitable, aprender a convivir con
él en paz. Y esta convivencia será tanto más cómoda y armoniosa cuanto mejor
voluntad pongamos de nuestra parte y menos armemos trincheras de angustia.
Hace un tiempo ví en un noticiero de la televisión española, creo, un rostro
y una escena que aún recuerdo. Era el de un pobre hombre, anciano, que
gemía. El día anterior una banda de drogadictos había asesinado a su esposa.
El hombre explicaba a las cámaras que siempre la había querido; llevaba 47
años de casados, pero especialmente la había amado los últimos años: “cuando
dejé mi trabajo – decía – me dediqué a quererla. ¡Esa era mi ocupación! ¡Ese
era mi oficio!. Mirarla, escucharla, acompañarla. ¡El mejor oficio de mi
vida!.
Pensé un momento, ¿ahora qué hará que su mujer no está con él? ¿ a qué se
dedicaría? ¿qué haría?.
El hombre no pedía venganza, no pidió ni siquiera que se castigara a los
asesinos.
Pero luego agregó:
- Mis lágrimas la mantendrán viva.
En realidad no se como será el infierno pero no está lejos del violento y el
que se resiste angustiosamente al dolor.
Supe que una vez, el cónsul de una potencia europea le fue ordenado a pedir
una entrevista al emperador Hailé Selassié en Etiopía, Africa. El objetivo
del viaje no fue conseguido, pero, en la conversación con el monarca, éste
le dijo, entre otras cosas:
- Mire usted . . . yo soy ya viejo . . . y cuando tengo un problema
personal, y puedo, no lo resuelvo. Me he dado cuenta de que cuando se
resuelve un problema aparecen veinticinco.
Tal vez, sólo para oír esa sentencia, valía hacer el viaje a Etiopía.
Los temores de una viuda
Contaré una historia que la recuerdo con seriedad y, al mismo tiempo, con
un didáctico humor.
Sucede que una ciudad de cuyo nombre no quiero recordar porque se trata de
un caso real, vive una mujer viuda y sus hijos. Su marido le dejó un pequeño
departamento de barrio y una pensión que apenas le sirve para los primeros
días de mes. Pero no importa, a esta querida señora le alcanza para comprar
sus verduras, para las pilas de su radio y para encargarle la misa por su
difunto marido.
Sucedió que unos meses le pagaron su pensión con 4 billetes nuevos de cien
pesos, más un pequeño cambio. A ella le alegró ver los billetes nuevos, muy
nuevos y los puso dentro de un sobre ante la hipótesis de poder perderlos. A
la mañana siguiente cambiaría el primero en la verdulería.
Pero comenzó a dudar cuando al ir a pagar en el mercado, a pesar de todas
las precauciones tomadas, el sobre no aparecía. Revolvió y revolvió su
bolso. Y nada. Hizo varias veces el camino andado, pero nada.
La angustia se instaló en su corazón.
¿Cómo haría – se preguntaba – para llegar a fin de mes? ¡Sus verduras! ¡Sus
pilas! ¡Su misa!
Esa noche durmió mal. A la mañana siguiente, antes de la misa de ocho, tomó
una decisión, temblando y con poca esperanza. Clavó un cartel redactado de
su puño y letra:
“Si alguien encontró un sobre con quinientos pesos, devolver a ...”
Y luego partió, gimiendo, a su banco de la parroquia.
Aquella misa fue la más distraída que participó.
En el acto penitencial se acordó que, al subir en el ascensor, la vecina
tenía una cartera nueva, recién adquirida ¡allí estaban sus quinientos
pesos!
En la homilía trajo a la memoria que los estudiantes de arriba, esos que no
la dejaban dormir por noches enteras, subieron un equipo nuevo de música
¡allí se fundieron sus pesos!
Y cuando venía de comulgar recordó que el del primer piso, el carnicero,
tenía una enorme deuda. Lo sabía porque se lo habían contado en el mercado.
Y al salir del templo, ya no era éste o aquél quien le había robado su
dinero sino todos sus vecinos. Todos. Todos eran ladrones, malos y no tenían
ni un poco de lástima de su pobre y miserable viudez.
Sólo cuando entró en su casa, con rabia y mal humor, se le cayó el misal y
de allí se desparramaron una decena de estampas y un sobre con quinientos
pesos. Sólo allí la viuda advirtió lo tonta – retonta porque sólo ella era
culpable de sus sufrimientos.
Pero no todo quedó esto allí. Cuando se disponía ir al mercado a comprar sus
verduras y a la iglesia a encargar sus misas, se encontró con su vecina, la
de la cartera nueva y le trajo un sobre que había “encontrado” con
quinientos pesos. Y detrás de ella venían los estudiantes que ellos ¡qué
cosa! Habían encontrado el sobre en la escalera. Y atrás estaba el carnicero
con cinco billetes nuevos de cien pesos que seguro eran los que la pobre
viuda había perdido.
Y mientras la viuda lloraba, lloraba de alegría, advirtió que el mundo era
hermoso, y que era ella quien ensuciaba el mundo con sus sucios temores.
“Señor, creo en Ti en el dolor, como los ciegos creen en el sol. Ahora no
veo tu luz, pero siento tu calor”.
Parroquia Santa Julia
Retiro de Viernes Santo 2007
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